LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y LOS PRESIDENTES AMERICANOS: EL CASO KENNEDY.

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Ni los periodistas ni la prensa en general son imparciales o inmunes a las filias y fobias, simpatías o antipatías que pueden sentir hacia personas o entidades. Ello es algo perfectamente lógico, natural e irreprochable. Ahora bien, tales orientaciones o tomas abiertas de partido suelen disfrazarse sutilmente como “información”, lo cual ya no es en modo alguno admisible. El problema radica en el hecho que es tan sólo una delgada línea roja la que separa la información objetiva y la opinión subjetiva. Y dada la posición y la capacidad de influencia que los medios tienen en la opinión pública ello puede ocasionar que en muchas ocasiones sean precisamente los medios quienes eleven a la condición de semidioses a determinadas personas y que en otras muchas arrojen al fango a otras, simple y llanamente por esas simpatías o antipatías así como, por qué no decirlo (pues ejemplos hay a dar y tomar) por estar a sueldo o en situación de dependencia de esas personas a las que han de elevar a los altares.

Un ejemplo claro de deconstrucción de la biografía de un hombre para sustituirla por  la leyenda de un semidiós es la que tuvo lugar en los años sesenta con el tratamiento que los medios de comunicación dieron a la figura de John Fitgerald Kennedy, a quien se presentó como la nueva imagen del sueño americano, un hombre a quien caracterizaban la juventud, la fuerza, la vitalidad, su condición de hombre de familia y, sobre todo, una visión políticamente avanzada en pro de los derechos civiles y de las minorías. Su oponente, Richard Nixon, era, por el contrario, era un hombre oscuro, gris, reaccionario hasta las médulas y la imagen de establishment político de Washington. A ello contribuyó no poco la imagen que Theodor H White transmitió en su obra The making of the President, que vino a convertirse en poco menos que la obra de cabecera de todo aquel que deseara acercarse a la imagen del trigésimoquinto presidente de los Estados Unidos. Por si fuera poco, las trágicas circunstancias que rodearon la muerte de Kennedy hicieron que la leyenda en vida se elevara ya a la categoría de mito, al igual que ocurrió con figuras como Abraham Lincoln o Alexander Hamilton, este último persona con una innegable capacidad intelectual, pero carente del más mínimo escrúpulo. John Kennedy era, pues, alguien dotado de todas las virtudes, y esa imagen era la que transmitían los medios. Como ocurre siempre, la realidad no era tan sencilla ni tan plana, pues en la construcción de esta biografía los medios de comunicación se habían puesto literalmente al servicio de los Kennedy, algunos de ellos por motivos tan poco elogiables como el haber sido comprados por dicho clan familiar.

Y es que recientemente ha caído en mis manos el impresionante ensayo The real making of the President, de W.J.Rorabaugh, uno de los volúmenes integrantes de la magnífica colección American Presidential Elections que publica la University Press of Kansas. El ensayo es una refutación en su integridad del ensayo que Theodore White escribiera en los sesenta, y para empezar ya se nos advierte que dicho autor formaba parte del grupo de periodistas contratados por Kennedy para seguir su campaña presidencial, lo que ya en principio debería llevar a acoger las tesis de White con las debidas cautelas al estar teñido por una doble parcialidad. Pero cuando uno se adentra en la obra de Rorabaugh comprueba que si la imagen tradicional de Kennedy no era otra cosa que una farsa, la visión tradicional de Nixon tampoco era cierta. Para empezar, aunque se incidía en la juventud de Kennedy, éste tan sólo era cuatro años más joven que su rival en las elecciones presidenciales de 1960. Ideológicamente tampoco eran tan dispares, puesto que si por algo se caracterizaba el entorno Kennedy era por su conservadurismo (Joseph Patrick Kennedy había sido célebre por oponerse a la entrada de los Estados Unidos en la guerra; Robert Kennedy había formado parte del staff del polémico senador McCarthy) y en el ámbito de los derechos civiles el Partido Demócrata tenía mucho menos que ofrecer que los republicanos, pues había sido precisamente el republicano Dwight Eisenhower quien había tenido que imponerse al gobernador demócrata de Arkansas para llevar al debido cumplimiento la sentencia Brown v. Board of Education of Topeka cuando las autoridades estatales se negaron a llevar a efecto la integración escolar, de ahí que Ike optase por federalizar la milicia estatal y a escoltar militarmente a los que desde entonces se conocían como los “nueve de Little Rock”. Tan sólo había una diferencia personal entre Nixon y Kennedy: mientras el primero era un hombre que se había educado en un entorno relativamente humilde y carecía de fortuna personal, el segundo era un potentado que formaba parte de una de las familias más económicamente pudientes del país; buena prueba de ello es que como indica André Kaspi en su popular biografía de Kennedy, el regalo de cumpleaños que Joseph Kennedy otorgó a cada uno de sus hijos al alcanzar la mayoría de edad fue nada más y nada menos que un millón de dólares.

¿Cómo es posible entonces, que el hijo de un millonario, que desde joven padecía serios problemas de salud, con una vida privada llena de infidelidades matrimoniales y que no gozaba de un currículum muy brillante en lo que a la defensa de los derechos civiles atañe ha pasado a la historia como el hombre joven, fuerte, amante esposo y padre pero y, sobre todo, profeta de la igualdad? Pues simple y llanamente gracias a que su familia compró literalmente a los medios de comunicación. No me resisto a transcribir este largo párrafo de la obra citada de Rorabaugh:

The Kennedys were able to keep stories about the vast sums of money and West Virginia´s corruption out of the media. Money, it appeared, could buy votes and manipulate the press into silence. One enterprising reporter from Baltimore Sun wrote and excelent account of the vote buying that he had personally witnessed. He assumed that the story would run on page one but was surprised to find only a watered-down versión in the paper. The independent, family-owned, and undercapitalized Sun could not afford to take on the powerful Kennedys. At the time, Baltimore had a pair of competing newspapers owned by the wealthy  and privately held Hearst Corporation. There had long been ties between the Hearst and the Kennedys, and the Sun could not at that time risk a newspaper war. Publishers had to be alert. Years later, the Republican Boston Herald Traveler was involved in a telecision license scandal. The Publisher suspected that the paper´s corporate counsel had set it up. It was ruined financially and closed, and the Kennedy-oriented Boston Globe became dominant. After the Hearst gossip columnist Igor Cassini irritated the Kennedys, Cassini was indicted on an unrelated matter and had his column killed.

Como se ve, en esta idealización de la figura de Kennedy tuvo mucho que ver la prensa que se rindió a las “poderosas” armas de la familia, que no eran precisamente las virtudes individuales del candidato, sino el color de los billetes que el patriarca del clan se encargó de distribuir generosamente.

En otras ocasiones la construcción y deconstrucción de biografías tiene un matiz más ideológico, aunque sin descartar el componente económico. Baste para ello contrastar el tratamiento que los medios de comunicación han dado a la figura de Barack Obama y a la de Donald Trump. El primero, una persona de innegables dotes comunicativas, que gana en las distancias cortas por su encanto personal, pero que ideológicamente se caracterizó por los vaivenes más extraños, la hipocresía más evidente y por el incumplimiento sangrante de gran parte de su programa electoral. Sin embargo, la presión mediática en su favor era tal que incluso se le otorgó el Premio Nobel de la Paz sin otro motivo que haber sido elegido Presidente de los Estados Unidos, pues apenas llevaba medio año en el cargo cuando se hizo pública la concesión de dicho galardón. El hecho de que continuase la política exterior de Bush (con tan sólo algún que otro retoque formal), mantuviese abierto Guantánamo, e incluso que recriminase a un periodista hispano que osó criticarle levemente en una rueda de prensa espetándole un lacónico “You are in my house”, poco importaron. Por el contrario, Donald Trump es una persona que carece de la más mínima diplomacia, pues si algo le caracteriza es una excesiva logorrea y un escaso (por no decir nulo) respeto a las formas; pero que, hay que reconocérselo, lo que está haciendo es cumplir a rajatabla el programa electoral para el que fue elegido, y en un tiempo record, algo a lo que en Europa en general, y en España en particular, estamos poco acostumbrados, dado que más bien ocurre lo contrario. Sin embargo, no hay día en que los medios (tanto americanos como españoles) adornen el que podría llamarse “rincón de Trump” con todo tipo de críticas, algunas tan chuscas como el hecho de que su hija apareciese sentada en el sillón presidencial flanqueada por su padre y por el primer ministro de Canadá (habría que ver qué hubiese ocurrido si hubiese aparecido de pie y su padre sentado, entonces igual se criticaría el “machismo”).

No obstante, viendo a Trump uno cada vez echa más de menos a Ronald Reagan, que solía desarmar a sus críticos y oponentes con una hilarante anécdota y con su agudo sentido del humor. Quizá la ocasión más célebre tuvo lugar en el tercero de los debates entre Ronald Reagan y su rival, Walter Mondale, y en el seno del cual un periodista reprochó al republicano ser el presidente de más edad, preguntándole si albergaba dudas sobre su capacidad para ostentar el cargo. La respuesta de Reagan fue directa, clara y fulminante, desarmando no sólo al periodista, sino incluso a su rival, que soltó una carcajada por la adugísima respuesta del veterano Reagan: “Not at all…I will not make age an issue of this campaign. I am not going to explote for political purposes my opponent´s youth and inexperience” He aquí el momento, y la imagen de Mondale y del periodista tras esa respuesta dejó ya bien claro que Reagan tenía asegurada la reelección:

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de Monsieur de Villefort Publicado en Opinión

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