EVOCANDO A “AZORÍN”, EL CLÁSICO MODERNO, EN EL CINCUENTENARIO DE SU FALLECIMIENTO

El pasado día 2 de marzo se conmemoraba el medio siglo del fallecimiento del gran José Martínez Ruiz, Azorín, el más longevo de los escritores que integraron la denominada generación del 98. En el año 1967, a los noventa y tres años, fallecía en su domicilio en el número 21 de la madrileña calle Zorrilla, justo lindando con la parte trasera de lo que entonces eran las Cortes Españolas y hoy es la sede del Congreso de los diputados. Había sobrevivido a todos sus colegas de generación. Miguel de Unamuno, Ramón María del Valle Inclán y Ramiro de Maeztu habían fallecido en 1936, los dos primeros por causas naturales y el último de ellos asesinado en una de las matanzas que tuvieron lugar en la capital ese trágico año; la vida de Antonio Machado se apagó en Colliure en 1939, sin tiempo a que su hermano Manuel, con quien se encontraba personalmente muy unido, pudiese llegar para verlo por última vez (triste y simbolica historia la de estos dos hermanos tan queridos y bien avenidos, separados física e ideológicamente por la guerra sin que por ello dejasen de guardarse el afecto fraternal que siempre se tuvieron; el “impío” don Pío Baroja y Nessi había fallecido en 1956, once años antes que Azorín exhalase su último suspiro.

José Martínez Ruiz, Azorín, nacido en la ciudad levantina de Monóvar, fue sin duda alguna uno de los ensayistas más prolíficos y delicados de la historia de la literatura española. Su depuradísimo estilo literario con el dominio de las frases cortas, descriptivas y evocadoras es magistral, hasta el punto que, como él mismo decía, lo realmente difícil es hacer pasar por sencillo lo que no lo es. Desde su juventud, incapaz de finalizar la carrera de Derecho (pese a sus promesas, finalmente incumplidas, de hacerlo) se orientó definitivamente hacia la literatura. Llega a la capital de España en plena crisis finisecular, del mismo modo que desde la periferia levantina lo hiciese Ramiro de Maeztu. Escritor de artículos en varios de los periódicos de la capital, llega imbuido de ideas anarquistas que se proyectan en los mismos y que aún tiñe algunas de las páginas de su primera novela, La voluntad (en uno de cuyos capítulos, uno de los personajes llega a decir expresamente “la propiedad es el mal” haciendo una glosa de la principal literatura anarquista). No obstante, esos conatos revolucionarios ceden pronto y nuestro escritor gira súbitamente hacia el conservadurismo, y de la mano de dos grandes próceres de dicha formación, Antonio Maura y Juan de la Cierva, obtiene un acta de diputado al Congreso. Salvo en los años de guerra, donde se exilió a París, toda su vida permaneció en la capital, convirtiéndose en los últimos años en una figura ya propia de otra época.

Sus obras más conocidas son aquéllas en las que pone a Castilla y su paisaje como objeto principal de análisis. Ya desde La ruta de don Quijote, recopilación en forma de libro de los quince artículos redactados en 1905 cuando el director de El Imparcial le encomendó, para conmemorar el tricentenario de la publicación de la inmortal obra cervantina, un recorrido por las tierras manchegas. Pero también destacan Un pueblecito: Riofrío de Ávila, Pensando en España, Castilla (que Inman Fox, en su estudio introductorio a la magnífica edición publicada en Austral, califica de “quintaesencia de la obra de Azorín”) o Una hora de España (versión de su discurso de ingreso en la Real Academia Española, donde hace una deliciosa evocación de la vida en las postrimerías del siglo XVI a través de unos magníficos cuadros de costumbres donde, del rey abajo, desfilan todos los estamentos). Son también de destacar sus obras de acercamiento a los clásicos de la literatura española desde un punto de vista muy personal e íntimo. Así, por ejemplo, Los dos luises y otros ensayos, Rivas y Larra (impresionante la minuciosa y crítica disección a que somete el Don Álvaro o la fuerza del sino) o Clásicos y modernos. Es autor también de diversas crónicas parlamentarias y de un libro, El político, elaborado a la manera de los antiguos memoriales.

Como admirador confeso de la obra azoriniana, son varias las obras de dicho autor que han logrado hacerse un hueco en mis preferencias. Sin duda alguna, en un lugar destacado se encuentra La cabeza de Castilla, una recopilación de artículos que tienen como lugar común la figura del Cid y el paisaje castellano, y donde aúna de forma especial descripción de estampas castellanas y análisis literario del Cantar de mio Cid. Evidentemente, Castilla, que es un fresco en el cual el autor pretendió atrapar “una partícula del espíritu” de dicha tierra, lo que hace en varias estampas de las cuales recomiendo vivamente Las nubes (una especie de visión ucrónica de La Celestina, en la cual Calixto y Melibea no han fallecido, sino que han contraído matrimonio y viven felices) así como La fragancia del vaso, una melancólica continuación de La ilustre fregona. También es de destacar la colección de cuentos Blanco en azul (blanco de las nubes y azul del cielo), que tanto gustaba al recordado don José María Martínez Cachero, uno de los más conocedores y agudos analistas de la obra de Azorín. E incluso, como cinéfilo empedernido que soy, no puedo dejar de referirme a El cine y el momento, uno de sus últimos libros y en los que en su peculiar y fácilmente reconocido estilo pasa revista a las películas que ya en su ancianidad visionaba con afecto. “He pasado en mis predilecciones, en el cine, de Walter Pidgeon a Gary Cooper. Walter Pidgeon es el prototipo del caballero en la ciudad. Gary Cooper es el prototipo del caballero en el pueblo. Los pueblos me seducen.” Con esas palabras iniciaba su breve análisis de una de las obras maestras del western, Solo ante el peligro.

Existen en el mercado ejemplares fácilmente asequibles de las obras más conocidas de Azorín. No obstante, atesoro en mi biblioteca varios ejemplares de la benemérita colección austral así como tres volúmenes de las Obras completas editadas en los cincuenta por Aguilar y la más reciente selección titulada Obras escogidas, que Espasa Calpe publicó en tres gruesos volúmenes en edición de Miguel Ángel Lozano Marco.

Nunca está de más volver nuestra mirada hacia el maestro Azorín. Porque si éste sentía pasión por los clásicos, hoy en día él mismo se ha convertido ya en un clásico.

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