LA APELACIÓN AL PUEBLO…..¿ES DEMOCRACIA?

Bruce Ackerman, en su magnífico y celebrado ensayo The failure of the founding fathers, contiene una afirmación que conviene no perder de vista: “The men of 1787 were very proud of being revolutionaryes, but talk of democracy made them nervous.” En efecto, quienes con una energía, vigor y decisión sin precedentes osaron enfrentarse a una de las más poderosas monarquías europeas, sin embargo desconfiaban de otorgar excesivo poder al elemento popular, en tanto en cuanto con una mentalidad muy típica de la época y del movimiento conocido como despotismo ilustrado, consideraban al pueblo como menor de edad, a alguien a quien debía protegerse y tutelarse, pero en modo alguno otorgarle excesivas facultades. Por eso me sorprendió notablemente cuando, enfrascado en la lectura del entretenidísimo libro Plain, honest men, escrito hace unos años por Richard Beeman y en el que sumerge al lector en los debates del proceso constituyente americano, uno comprueba que James Wilson, representante del estado de Pennsylvania, fue una voz discordante en cuanto no sólo abogó por que los miembros del Senado fuesen elegidos directamente por la ciudadanía, al igual que la Cámara de Representantes (sus colegas defendían que los senadores fuesen elegidos por las legislaturas de los estados), sino que incluso la elección directa del Presidente, mientras que el resto de delegados, temeroso de que la legitimación popular directa del Jefe del Ejecutivo pudiera facilitar que un demagogo accediese al cargo amparándose en una legitimación popular, abusase de las prerrogativas apelando a la legitimidad de origen. James Wilson no era en modo alguno un demócrata, en tanto en cuanto sus gustos y formas aristocráticas le distanciaban sobremanera del estamento popular. Su argumentación era tan simple como lógica: el pueblo carecía de la formación suficiente y era fácilmente manipulable, por lo que el poder recaería siempre en la élite intelectual que los padres fundadores decían representar. No era incoherente con el ideal del republicanismo clásico, que defendía la existencia de una élite intelectual que, precisamente por su formación, debía ser quien se encargase del gobierno, teniendo, eso sí, por único objetivo y principio de gobierno la felicidad de los ciudadanos. En definitiva, que esa apelación al pueblo encubría en el fondo una defensa del “gobierno de los mejores”, algo defendido a lo largo de la historia por numerosas e ilustres personalidades, entre ellas nada menos que José Ortega y Gassett.

A lo largo de la historia no han sido infrecuentes los casos de appelatio ad populum por individuos que en modo alguno podían identificarse con ese pueblo al que decían representar. ¿Acaso era coherente que Cayo Julio César, procedente de una de las familias aristocráticas más antiguas de Roma (la gens Iulia) integrase las filas de los “populares”? ¿Acaso los propios revolucionarios franceses no procedían en muchos casos del elemento aristocrático e incluso de la propia alta burguesía, es decir, de estamentos o clases cuyos intereses no coincidían más que de forma tangencial con los del pueblo? Es cierto que en ocasiones quien acude o se ampara en los intereses del pueblo es sincero, pero ejemplos hay y habrá en la historia de lo contrario. Recuerdo que en cierta ocasión, en una conferencia impartida por Gustavo Bueno con el objetivo de presentar su libro Panfleto contra la democracia realmente existente, cargó las tintas frente a quienes calificó de “fundamentalistas democráticos”, llegando a decir ante el numeroso público que llenaba la sala, cito textualmente: “Cada vez que alguien dice que la solución de la democracia es más democracia…..esa persona es peligrosísima. Ahí está un fundamentalista democrático.” No siempre la apelación al pueblo conduce a la democracia, y ahí tenemos el ejemplo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y de los sistemas que formalmente se calificaban como “democracias populares.” La democracia, como la tolerancia, no se invoca, sino que se practica.

Para finalizar esta intervención, diremos que James Wilson, el intelectual americano que defendió la elección directa de senadores y del Presidente, fue nombrado en 1789 juez del Tribunal Supremo de los Estados Unidos. Su final fue realmente trágico, pues su condición de juez en el más alto tribunal de los Estados Unidos no le libró de estar durante breve tiempo entre rejas por causa de las numerosas deudas que había contraído. Con problemas de alcoholismo, falleció en agosto de 1798.

de Monsieur de Villefort Publicado en Sin categoría