CUANDO LA RIVALIDAD ENTRE JUECES LLEGA AL INSULTO.

No es ciertamente algo excepcional que dos órganos judiciales o incluso dos Salas o Secciones de un mismo órgano mantengan una rivalidad más o menos explicitada. Es lo que ocurre en nuestro país, por ejemplo, entre el Tribunal Supremo y el Tribunal Constitucional que, por utilizar una pudorosa expresión que escuché en cierta ocasión a mi admirado Ramón Punset Blanco, “atraviesen en ocasiones momentos delicados”, que en algunas ocasiones incluso han saltado a las portadas de los diarios. Un enfrentamiento similar mantienen el Tribunal Supremo de los Estados Unidos y el Tribunal de Apelaciones del Noveno Circuito (órgano este último que suele ver sus resoluciones sistemáticamente anuladas por aquél) si bien en este caso manteniendo educadamente las formas. Pero si el enfrentamiento o lucha entre las Salas existe, también se producen otros mucho más curiosos: los que tienen lugar entre los jueces que forman parte de un mismo órgano o sección.

Puede ocurrir que la enemistad entre los jueces quede oculta bajo siete llaves y velada o cubierta por un manto de exquisito respeto a las formas y disimulada hasta tal punto que incluso el destinatario de la antipatía no se percate de ello. Un ejemplo de esta animadversión larvada que no llegó a ser conocida hasta mucho tiempo después fue la que mantuvio el chief justice Harlan Fisk Stone hacia Hugo L. Black. Nadie podía sospechar que el chief justice no podía ver ni en pintura a su colega, y éste se enteró por sorpresa de ello al leer la biografía que con el título Harlan Fisk Stone: Pillar of the Law, escribió Alpheus Thomas Mason y que salió al mercado en 1956. Años más tarde, Black confesó al chief justice Warren Burger que al asomarse a las páginas de dicho libro se dio cuenta por vez primera que Stone no le podía soportar.

En otras ocasiones ni la cortesía más exquisita puede evitar que los enfrentamientos entre jueces salten a la luz. James McReynolds, por ejemplo, tenía un carácter tan difícil que le llevó a sonoros enfrentamientos con sus colegas, hasta tal punto que el chief justice William Howard Taft llegó a manifestar que: “todo va como la seda….en ausencia de McReynolds”. Cierto día que Harlan Fisk Stone hizo notar a su colega que el escrito de un abogado contenía “el argumento más estúpido que había visto”, hubo de sufrir un hiriente comentario de McReynolds: “La única cosa más estúpida que se me puede ocurrir es escucharte leer tus sentencias”. Ni tan siquiera alguien tan formal e imponente como Charles Evans Hugues logró evitar un enfrentamiento con McReynolds. Robert H Jackson, attorney general y más tarde juez del Tribunal Supremo, decía de Hughes que “not only resembled Almighty God, he spoke like Him too” (no sólo parece, sino que habla como Dios todopoderoso). Pues bien, en cierta ocasión que el chief justice Hugues envió a un secretario a recordarle a McReynolds que estaban esperando por él para iniciar la votación y fallo de varios asuntos, hubo de recibir una insultante respuesta: “Dígale al chief justice que no estoy a sus órdenes

Enfrentamientos personales los tuvieron igualmente otros jueces como, por ejemplo, el chief justice Earl Warren y Felix Frankfurter. Warren, antiguo gobernador de California y candidato frustrado a la nominación republicana como candidato a la presidencia por dicha formación política, es el ejemplo más claro y evidente del individuo cuya mentalidad es más política (como antiguo gobernador republicano de California, jamás logró digerir su fracaso a alcanzar la nominación de dicho partido para concurrir como candidato a las presidenciales, algo que nunca perdonó a Richard Nixon) que jurídica, a lo que unía un ego inmenso. El mismo ego que poseía Frankfurter, uno de los jueces más capaces que sirvió en dicho órgano judicial, pero que jamás logró desprenderse de su mentalidad de profesor en Harvard. De ahí que sus exposiciones en las conferencias tuviesen más un aura profesoral que judicial. Por ello, en cierto día en que el Tribunal debatía un asunto muy delicado que desembocó en una sesión muy conflictiva, Frankfurter le espetó a Warren: “Be a judge, God damn it, be a judge!” (Sé un juez, por Dios, sé un juez); no sólo quedó ahí, sino que en otra acalorada reunión Frankfurter fue aún más lejos, y no tuvo reparos en dejar manifiesta la opinión que tenía de Warren: “You´re the worst chief justice this country ever had” (Eres el peor Presidente que el Tribunal Supremo ha tenido jamás).

Pero sin duda alguna el caso más extremo fue el que enfrentó a Stephen Field y a David Terry. Field era un jurista nacido en Connecticut que se desplazó a California a mediados del siglo XIX tras el descubrimiento de oro en dicho estado. Dio muestras en innumerables ocasiones de su fuerte personalidad y de que no era una persona que se amilanase fácilmente. Cuando, ejerciendo como abogado, un juez le dijo explícitamente que le mataría si le volvía a ver en su sala, Field ni corto ni perezoso compró dos revólveres y no tuvo empacho en decirle al juez que si deseaba matarle estaría a su disposición esperándole…..con las armas en la mano. Curiosamente, Field fue elegido chief justice de California cuando su predecesor, David Terry, hubo de abandonar el estado al matar en duelo a David Broderick, uno de los senadores del estado. Cuando años después Stephen Field, ya juez del Tribunal Supremo, hubo de resolver como juez de circuito un caso en el que una de las partes era el exjuez Terry y falló en contra de éste, la parte derrotada juró no olvidar. Enloquecido, David Terry intentó asesinar a Field y fue abatido por uno de los guardaespaldas del juez.

En todo caso, si existen rivalidades y soterrados enconos personales, también hay ejemplos de todo lo contrario. El gran chief justice John Marshall instauró una peculiar costumbre para tratar de lograr un ambiente de trabajo cordial entre personas muy diferentes: compartir una copa de Madeira, licor muy apreciado en aquélla época. Inicialmente, tal acontecimiento se limitó a días lluviosos. No obstante, cierto día en que el juez Joseph Story hizo notar a su colega que no podrían tomar la copa en tanto en cuanto hacía un sol radiante, se encontró con que el sonriente chief justice le enmendó la plana con un curioso razonamiento: “Afortunadamente, Dios ha dotado a este país con un territorio tan vasto que indudablemente en alguna parte del mismo estará lloviendo.”

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