LAS “AUGUSTAS” VACACIONES DEL JURISTA.

Vacaciones

Hemos llegado al octavo mes del año, agosto, que debe su nomenclatura a Cayo Julio César Octaviano, conocido en la historia como Augusto, primer emperador de Roma. De igual manera que el séptimo mes del año recibe su nombre del padre adoptivo de éste, el famoso Cayo Julio César. El emperador Cayo Julio César Germánico, a quien la historia recuerda por su apelativo Caligula, decretó que el mes de septiembre pasase a denominarse Germánico en honor a su padre, pero la medida no gozó de la estabilidad que la de los dos anteriores.

De ahí que pueda decirse en estricta Justicia que las vacaciones del jurista son, ciertamente, “augustas”, aunque tan sólo en dicho sentido. Porque lo cierto es que no es inhabitual que a medida que se acerca la mágica fecha del treinta y uno de julio, la tensa calma que suele presidir la Administración no sea más que el preludio de la tempestad que se desata en los últimos instantes del último día hábil a efectos procesales. En efecto, no es nada infrecuente que periodos más o menos dilatados de inactividad den paso a una pléyade de resoluciones que los órganos administrativos y judiciales regurgitan sin freno para desesperación de quien ya tenía la mente puesta en la jornada vacacional y a quien ese alud de Diligencias de Ordenación, Providencias, Autos y Sentencias arruinan los primeros días del periodo vacacional. Y eso por lo que a la Administración de Justicia se refiere, dado que en lo que al sector público respecta el mes de agosto, hábil a efectos administrativos, suele ser la época predilecta para que del vientre administrativo emanen los más variados efluvios, en ocasiones tras una pausada y pesada digestión.

Siempre me ha llamado la atención tal hecho, es decir, cómo es posible que sea precisamente en las últimas jornadas hábiles del año judicial, y en algunos casos apuradas hasta extremos casi hilarantes, cuando se resuelvan asuntos que en algunos casos llevaban tiempo en las dependencias judiciales. Creo que pueden ofrecerse tres respuestas, que no son necesariamente incompatibles o excluyentes entre sí.

I.- La necesidad de cerrar los casos en el año judicial. Conviene tener en cuenta que el año judicial no comienza en enero y finaliza en diciembre, sino que se inicia de ordinario el primer día hábil del mes de septiembre y finaliza el último día hábil del mes de julio. De ahí que sea preciso liquidar los asuntos para dar comienzo a un nuevo periodo limpio, en lo posible, de polvo y paja. Primera explicación, pues, circunscrita a motivos estadísticos

II.- La inveterada costumbre española de dilatar los asuntos resolviéndolos a última hora. Es un hecho público y notorio que, salvo rarísimas y honrosas excepciones, el principio que suele regir en nuestro país es “no resuelvas hoy lo que puedas dejar para mañana.” Este principio general es aplicable en todos los extremos y situaciones. Si, por ejemplo, han de presentarse las declaraciones trimestrales antes del día veinte, lo más habitual es que el grueso de los contribuyentes demoren tal actividad hasta los tres o dos últimos días, y en ocasiones hasta en los minutos finales del último día. Hay letrados que han hecho de presentar los escritos el último día hábil un auténtico modo de vida. De igual manera que hay empleados públicos que se toman con auténtica calma oriental la tramitación de asuntos. También he de reconocer que esas personas jamás suelen tener problemas, aunque el redactor de estas líneas es de la filosofía opuesta: cuanto antes se quite de en medio un asunto, mejor que mejor, de ahí que en caso de serle otorgado diez días para evacuar un trámite raramente suele demorarlo más allá del quinto, más que nada para evitar imprevistos.

III.- Deseo consciente de fastidiar. Si bien no puede decirse que sea un motivo o móvil frecuente, tampoco puede decirse que este afán sea inexistente. Expliquémonos. Es un hecho público y notorio que, salvo en despachos integrados por varias personas, el jurista ve limitado su periodo vacacional al mes de agosto por ser el fijado como inhábil a efectos procesales. No obstante, los empleados públicos no necesariamente las disfrutan ese mes. Es inherente a la condición humana que la persona que acude a su puesto de trabajo contemple con cierta sana envidia cómo otros inician su periodo vacacional, de ahí que, si es posible, se intente de alguna manera picar cual abejita. Es el clásico síntoma del insomne que, incapaz de conciliar el sueño, se encarga de que todos quienes le rodean tampoco puedan disfrutar de los brazos de Morfeo. En algunos casos, ese deseo de reducir la jornada de descanso se explicita, además, con una crueldad de lo más refinada. Recuerdo en cierta ocasión que un procedimiento especial para la protección de derechos fundamentales, iniciado en los últimos días del mes de noviembre, fue resuelto por un magistrado del orden contencioso-administrativo el viernes de la primera semana de agosto, dando además orden expresa de ser notificado ese mismo día…..que curiosamente coincidía con su última jornada laboral, puesto que dicho juez tiene la inveterada costumbre de trabajar la primera semana de agosto e iniciar su periodo vacacional la segunda semana de dicho mes.

A nivel estrictamente personal, jamás me gustó el mes de agosto como propio de las vacaciones estivales. Quizá ello se deba a que mi padre siempre optó por disfrutar sus vacaciones en un periodo distinto, que inicialmente fijó en la primera quincena del mes de junio para, finalmente, trasladarlo a la segunda quincena de septiembre, que es el periodo en el que, desde que quien suscribe frisaba los nueve años, disfrutaba de las vacaciones junto con su familia. Creo que mi padre acertó plenamente con esas fechas, y ello por varios motivos. Económicamente son mucho más rentables, pues no estamos en los meses centrales del estío donde los precios se encarecen, en ocasiones duplicando o triplicando la tarifa normal. Y estacionalmente, porque aun cuando el verano cede el paso al otoño en esa segunda quincena del noveno mes, el tiempo aun es lo suficientemente cálido y los días lo bastante largos como para disfrutar y aprovechar la calidez del sol y los baños de mar. En mi caso a las anteriores consideraciones se sumaba otra circunstancia que hacía de esas fechas algo especial, y es que precisamente en esa franja de tiempo se sitúa el día de mi cumpleaños.

En fin, que aunque las vacaciones del jurista sean ciertamente “augustas”, ello en modo alguno implica o conlleva, cuando menos en mi caso, que se hagan “a gusto” en este octavo mes del año. Pero es lo que hay.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Opinión

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