NARUTO v SLATER: HACIENDO EL MONO.

Planet of the apes

Ni en la más hilarante de las películas protagonizadas por los hermanos Marx puede encontrarse un pleito tan surrealista como el que vamos a describir en la presente entrada. Lo que hace especialmente destacado este curiosísimo asunto es que la parte demandante es literalmente un mono. O, para ser más exactos, un macaco.

Los hechos del caso son bien sencillos. Habiéndose desplazado hasta la isla de Sulawesi, en Indonesia (más concretamente a la reserva de Tangoko) para hacer un reportaje fotográfico, David J. Slater dejó sin vigilancia durante unos instantes su cámara fotográfica, a la que había colocado con un disparador para la toma de instantáneas. Ese momento de despiste fue aprovechado por Naruto (un ejemplar de macaco que habitaba en dicha reserva), para acercarse a la cámara y accionar en varias ocasiones el disparador (no constando acreditado si voluntariamente o de forma accidental), tomando así varios autorretratos o “selfies”, donde aparece la faz de tan inesperado fotógrafo esbozando una sonrisa. Dichas instantáneas fueron incluidas por Slater en un libro titulado “Wildlife personalities”. Hasta aquí, pudiéramos contemplar la situación como un hecho inocente e incluso divertido.

Pero la diversión se transforma en bufonada cuando intervienen los “amigos cercanos” del macaco, expresión textualmente utilizada en la documentación judicial. Y es que una de las organizaciones calificadas como animalistas, en concreto la People for the Ethical Treatment of Animals (PETA) y el doctor Antje Engelhar, a quien se define como “primatólogo y etólogo alemán”, toman la iniciativa procesal. Para ello, interponen una demanda, pero no en nombre propio, no, sino que utilizan como demandante a Naruto el macaco (de quien se presentan como “amigos cercanos”), ejercitando una acción judicial frente a Slater por vulneración de la normativa sobre propiedad intelectual. El asunto se turna al Juzgado federal del Distrito Norte de California, bajo la denominación Naruto v. Slater y con número de asunto 15-cv-04324-WHO. La vista oral tuvo lugar el día 6 de enero de 2016 y se prolongó durante veinticuatro minutos. A renglón seguido, el juez William H. Orrick inadmite a trámite el asunto, fulminando las tesis del macaco demandante con un párrafo demoledor:

El Juzgado dicta la presente resolución siguiendo la línea jurisprudencial del Tribunal de Apelaciones del Noveno Circuito expuesta en el asunto Cetacean Community v. Bush, según la cual si bien el Congreso y el Presidente pueden extender a los animales la protección que la ley otorga a los seres humanos, no existe indicio alguno de que ello se efectuase en la legislación de propiedad intelectual.

La resolución judicial citada por el juez como precedente era, en efecto, el caso Cetacean Community v. George W. Bush, dictada el 20 de octubre de 2004 por el Tribunal de Apelaciones del Noveno Circuito (386 F.3d 1169 [9th Cir. 2004]) donde se requería a dicho órgano judicial para que determinase si “los cetáceos del mundo tienen legitimación activa para entablar litigios en su propio nombre” al amparo de diversas leyes medioambientales. Su respuesta negativa fue transcrita literalmente por el juez Orrick en su breve párrafo.

Disconforme con el pronunciamiento, Naruto impugna dicha inadmisión ante el Tribunal de Apelaciones del Noveno Circuito, lo que hace a través de la PETA como del doctor Engelhar. No obstante, éste último, bien porque su amistad con el macaco se resintiese por causas que se desconocen, bien por entender que ya había logrado con creces su minuto de gloria, bien por desgana o por entender que una retirada a tiempo es una victoria, opta por apartarse del caso, dejando a la PETA como único “amigo” del risueño Naruto.

La posición de Slater era ciertamente sólida, y se amparaba fundamentalmente en la carencia de legitimación activa del demandante. La People for the Ethical Treatment of Animals carecía de la más mínima vinculación con el asunto, pues ni se encontraba presente en el momento que se tomaron las instantáneas ni (lo que era más importante) demostraron la más mínima relación con Naruto. Éste, a su vez, carecía de legitimación activa por cuanto su condición de macaco no le convertía en sujeto capaz de solicitar por vía judicial una infracción de la normativa sobre propiedad intelectual.

Pese a todo, quizá el apelado recordó el célebre aserto según el cual “vale más un mal acuerdo que un buen pleito” y logró un acuerdo transaccional, aceptando el fotógrafo donar una quinta parte de las cantidades que percibiese a consecuencia de dichas fotografías a entidades dedicadas a la protección de los macacos indonesios.

La cadena BBC se hacía eco del acuerdo con un titular que no es del todo exacto, dado que según dicho medio de comunicación “La larga batalla legal por el selfie del mono termina con una victoria para el ser humano”. Lo más adecuado hubiera sido hacer uso del animus iocandi y titular este vergonzoso affaire, como “Consecuencias de hacer el mono”. Porque lo cierto es que el asunto me ha planteado como jurista, medio en broma medio en serio, los siguientes interrogantes:

1.- ¿Qué hubiese ocurrido si el demandado, el fotógrafo Slater, hubiese solicitado como medio de prueba el interrogatorio de la parte demandante?

2.- En el caso de que sus señorías hubiesen aceptado el interrogatorio del macaco, ¿cómo se le tomaría el juramento o promesa?

3.- ¿Podría el demandado señor Slater reconvenir solicitando del actor una indemnización por daños y perjuicios derivados del uso inconsentido de aparatos fotográficos no pertenecientes al macaco?

4.- ¿Se beneficiará Naruto personalmente de las cantidades percibidas a consecuencia de sus derechos de imagen? En consecuencia ¿Slater ha de ingresar las cantidades en una cuenta corriente de la que Naruto sea el único titular? En caso afirmativo ¿Cómo se abriría esa cuenta y cómo se retiraría el dinero?

Tengo amigos que profesan abiertamente la ideología animalista, entendida ésta como la defensa de los animales frente a cualquier tipo de maltrato. Se trata de personas razonables (algunas de ellas, además, vinculadas al mundo de la Justicia) y que realmente predican con el ejemplo. Pero, como he dicho más de una vez, una cosa es ser animalista y otra muy distinta descender a la animalidad. En el caso Naruto no existía maltrato alguno hacia el divertido macaco, y todo el devenir del caso demuestra que la organización más bien olfateó la posibilidad de una buena dosis del vil metal que ingresar en sus propias arcas (bien directamente mediante dinerito contante y sonante, bien de forma indirecta mediante la publicidad que el asunto le proporcionaría) a costa del pobre animal, a quien ningún beneficio práctico ni material le ha reportado este dilatado iter procedimental.

Lo que permite concluir que en el presente caso, el “mono” más bien lo ha hecho una organización integrada por bípedos implumes, y no el sonriente macaco protagonista, cuyo célebre retrato no reproducimos por si alguna entidad “amiga” del mismo decidiese reclamar al autor de la presente entrada derechos de propiedad intelectual.

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