LOS “NUEVE DE LITTLE ROCK”: REFLEXIONES SOBRE EL EPISODIO HISTÓRICO.

Nine of Little Rock

En el año 1957 la ciudad de Little Rock, capital del estado de Arkansas, vivió una situación ciertamente explosiva desde el punto de vista social y político, y el motivo no era otro que la oposición de las autoridades (amparadas en el descontento popular) a llevar a puro y debido efecto una resolución judicial, a la que desobedecieron abiertamente.

Arkansas era un estado situado al sur de la línea Mason-Dixon y uno de los que en 1861 abandonó los Estados Unidos de América para integrarse en los Estados Confederados de América. Tras el final de la guerra volvió al seno de la Unión, pero políticamente las élites pro sureñas retomaron el control de las instituciones estatales a partir de 1873, y socialmente la abolición de la esclavitud jamás fue bien vista, perviviendo un clima de racismo y de abierto menosprecio a los esclavos liberados, algo que incluso recibió en 1896 el aval del propio Tribunal Supremo de los Estados Unidos en su sentencia Plessy v. Fergusson, que institucionalizó la doctrina separate but equal, en base a la cual se avalaba la constitucionalidad de la segregación racial siempre y cuando el nivel de los servicios para la población blanca y la de color tuviesen unos mismos niveles de calidad. Así, la doctrina “iguales, pero separados”, permitió la segregación racial en viviendas, transportes y centros educativos. La situación dio un giro radical en 1954, cuando en su conocidísima sentencia Brown v. Board of Education of Topeka, el Tribunal Supremo modificó su criterio y declaró inconstitucional la segregación por motivos raciales, por lo que la separación de poblaciones en los centros educativos basados en criterios exclusivamente de raza se consideró contrario al texto constitucional.

Tres años más tarde de la sentencia Brown, nueve estudiantes de color solicitaron su ingreso en el Little Rock Central High School, es decir, en uno de los centros de enseñanza secundaria de la ciudad. El gobernador del estado, el demócrata Orval Faubus, se comprometió a facilitar el cumplimiento de la sentencia y el acceso normal de los nueve estudiantes en el centro educativo. Pero los padres de los restantes alumnos, apoyados por la práctica mayoría de la población de la ciudad, presionaron para que se vetase la admisión de los nueve estudiantes de color. Incapaz de hacer frente a la presión popular, Faubus “sugirió” a los nueve estudiantes que desistiesen de su propósito, a lo que éstos se opusieron. Es más, cuando intentaron acceder al centro se encontraron no sólo con que un amplio grupo de segregacionistas les impedían la entrada, sino que el gobernador Faubus envió a la Guardia Nacional no para ayudar a los estudiantes de color, sino para apoyar a quienes impedían llevar a puro y debido efecto la sentencia Brown.

El Presidente de los Estados Unidos, Dwigt D. Eisenhower, que gozaba de una gran popularidad, se puso en contacto con el gobernador de Arkansas para recordarle que las resoluciones judiciales debían cumplirse, y para pedirle que no se situase en abierta rebelión institucional, pero Faubus se mantuvo en sus trece, temeroso de perder el favor de la población estatal, mayoritariamente opuesta a la integración escolar. La reacción de Eisenhower no se hizo esperar: ante el desafío abierto del gobernador del estado y la defección de la guardia nacional de Arkansas, al Presidente de los Estados Unidos no albergó duda alguna de cual era su deber, y en este sentido movilizó a las tropas del ejército federal, ordenándoles que escoltasen a los estudiantes de color al instituto y garantizasen la integridad física de los mismos. En este sentido, dieron la vuelta al mundo las fotografías de los nueve estudiantes acudiendo al instituto rodeados de los soldados que, con la bayoneta calada, les servían de escolta. También se hizo muy famosa la fotografía de una de las jóvenes estudiantes rodeada de toda una multitud que la abucheaba, fotografía que el juez Stephen Breyer reproduce en su libro Making our democracy work a la hora de evocar este episodio histórico.

No cabe duda que Orval Faubus podía esgrimir legítimamente que, como gobernador de Arkansas, únicamente debía responder ante sus electores, que no eran otros que los ciudadanos de dicho estado, que nadie cuestionaba eran mayoritariamente partidarios de la segregación racial. Pero igualmente, como gobernador de uno de los Estados Unidos, debía lealtad a las instituciones federales. De igual forma, el presidente Eisenhower podía haber sido políticamente correcto y haberse negado a apoyar con la fuerza una resolución judicial, limitándose a considerar lo ocurrido en Little Rock como un asunto interno estatal. Pero, como veterano soldado, optó por hacer cumplir la ley, no temblándole el pulso y demostrando que en ocasiones, como manifestó en su día John Jay en carta al general Washington, la Justicia precisa de una espada tanto como de una balanza.

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