¿ES USTED UN ANTIADMINISTRATIVISTA?

Es usted el asesino

A finales de los años sesenta del siglo XX, una Radio Televisión Española que suplía sus escasos medios con un voluntarioso despliegue de imaginación, emitía la magnífica serie ¿Es usted el asesino?, que dirigía y protagonizaba Narciso Ibáñez Menta. El título y el argumento de la serie acudieron de inmediato a mi memoria a medida que me adentraba en la lectura de las curiosísimas pero interesantes reflexiones que Aaron L Nielson publicaba en la Harvard Law Review, bajo el provocativo título Confessions of an anti-administrativist (Confesiones de un antiadministrativista). De ahí que tras su lectura me surgiese inevitablemente como título para esta entrada el utilizado, no sólo por su evidente pertinencia en cuanto al fondo, sino a modo de homenaje a la célebre serie española que tanta expectación causó en el momento de emitirse.

En realidad, las breves reflexiones de Nielson no son más que una réplica al extenso trabajo que, con el título 1930s Redux: The Administrative State Under Siege publicaba Gillian E Metzger en la misma revista. Nielson, tras reconocer la valía del trabajo original, recoge el guante hábilmente arrojado por Metzger. La frase inicial con la que Nielson abre el trabajo no deja ya la menor duda y constituye una declaración de intenciones: “Me han cazado y lo confieso soy un antiadministrativista.” Pero la sorpresa no finaliza ahí, sino que unas líneas más adelante, continúa con la aparente provocación al sostener que: “Quizá usted sea también un antiadministrativista. Y si no lo es, debería serlo”.

¿Qué define, pues, al antiadministrativismo y cuáles son sus notas características? Enunciado general: “Reconocer que el Derecho administrativo es algo valioso, pero que también tiene sus disfunciones y se extravía algunas veces, es la esencia del antiadministrativismo, cuando menos el que profeso.” Son tres, por tanto, las tres notas anteriores las que constituyen la esencia del del antiadministrativismo. De hecho, con posterioridad el autor nos ofrece las tres líneas maestras que, según el artículo original al que replica, constituyen el antiadministrativismo: “1. La resistencia visceral y retórica a un derecho administrativo que se percibe como desbocado. 2. Considerar a los órganos judiciales como frenos del poder administrativo. 3. Una  visión contraria al derecho administrativo como opuesto o contraria a la estructura constitucional básica y a la concepción originaria de la división de poderes.” Nada más, y nada menos.

En realidad, la divertida tesis del autor no tiene más objeto que cuestionar el artículo al que sirve de réplica, que efectúa una división únicamente entre los “antiadministrativistas” y los “comprometidos con el proyecto administrativo.” El problema, según el autor, es que “no he conocido a nadie opuesto al proyecto administrativo”, y que “quizá exista alguien que consideren el derecho administrativo como infalible”. No obstante, considerar antiadministrativistas a quienes afronten dicha rama del ordenamiento con una mirada crítica y acepten que el mismo alberga disfunciones, supone incluir en el grupo “a la mayoría de miembros del Congreso, al menos cuatro jueces del Tribunal Supremo (y el número debería ser mayor), una grupo de antiguos presidentes de ambos partidos, juristas de diversas tendencias y un ganador del premio Nobel.” El autor de la réplica no se encuentra, pues, sólo en su antiadministrativismo, sino en una numerosa y envidiable compañía.

La estructura constitucional estadounidense no contempla una Administración como la que conocemos en los ordenamientos europeos. Recordemos que en la Constitución de los Estados Unidos no se contemplan otros órganos ejecutivo que el Presidente y el Vicepresidente. En otras palabras, no se recoge ni la existencia de un ejecutivo colegiado, ni departamentos ministeriales ni potestades como la reglamentaria. La creación de los Departamentos ejecutivos se ha efectuado a golpe de normativa legal, y las atribuciones de adjudication y rulemaking (equivalentes en cierta medida a nuestras potestades reglamentaria y de dictar actos administrativos) se han efectuado a través de leyes específicas, y no generales. Tampoco existe en el ordenamiento jurídico estadounidense la potestad de autotutela (en su vertientes declarativa y ejecutiva) de ahí que los órganos judiciales no sólo sean los encargados de velar por la adecuación a Derecho de la actuación administrativa. Pero ese control no es una revisión ex post facto, como nuestro sistema, sino ex ante, es decir, previo a la propia ejecución del acto. Un órgano como nuestra Agencia Estatal de Administración Tributaria sería percibido en los Estados Unidos como una auténtica amenaza para las libertades individuales, una especie de cruce entre el Leviathan y la prostituta de Babilonia, no por las propias funciones del acto (pues el Internal Revenue Service existe en territorio norteamericano desde nada menos que 1870), sino por las desorbitadas e intolerables prerrogativas que ostenta.

No es cuestión de adentrarnos en este momento, ni tan siquiera de forma esquemática (como hace Nielsen) en la peculiar evolución histórica del Derecho administrativo norteamericano, tema éste al que quizá dedicaremos más adelante un post específico, sino de ofrecer al lector las líneas maestras de una concepción que se ha definido como “antiadministrativista”.

Al igual que Nielsen, me confieso abiertamente antiadministrativista. Soy de quienes creen que es posible mejorar sobremanera el Derecho administrativo. Soy de quienes creen que la historia y el desarrollo actual de la disciplina demuestran que la misma goza de enormes carencias, algunas de ellas abisales. Soy de quienes creen que las potestades de autotutela ejecutiva y declarativa no son inherentes al buen funcionamiento de los órganos administrativos, sino que, por el contrario, se prestan a enormes abusos, como la práctica cotidiana demuestra. Soy de quienes creen que el desarrollo de la disciplina se ha desbocado y convertido el ordenamiento jurídico-administrativo en algo invasivo y peligroso para los derechos individuales. Soy de quienes creen que los órganos jurisdiccionales no han de regirse por el principio pro-Administración, sino por una visión pro-ciudadano, y que han de ser los ángeles tutelares del individuo, y no del Leviathán. Soy de quienes creen, en definitiva, que sin cuestionar la existencia del Derecho Administrativo como disciplina y rama del ordenamiento, sí que deben replantearse gran parte de sus funciones, potestades y contenidos.

Me declaro, pues, culpable. Soy un antiadministrativista y como tal, me someto gustoso al veredicto de los lectores. Pero, en mi descargo, me permito lanzar a mi vez un interrogante: “¿Es usted un antiadministrativista?”

Anuncio publicitario

2 comentarios en “¿ES USTED UN ANTIADMINISTRATIVISTA?

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s