MASTERPIECE CAKESHOP v. COLORADO CIVIL RIGHTS COMMISSION: EL PASTEL DE LOS CONFLICTOS.

images

Este martes día 5 de diciembre de 2017 tuvo lugar en la sede del Tribunal Supremo de los Estados Unidos la vista oral del caso Masterpiece Cakeshop et al. v. Colorado Civil Rights Commission, que sin duda alguna se ha convertido en un asunto donde los jueces van a tener que hilar muy fino, porque las consecuencias pueden ser de largo alcance y quizá por ello hay ya quienes defienden solventar el asunto con una narrow scope, es decir, una resolución que limite en la práctica sus efectos al caso concreto enjuiciado. Pero si jurídicamente es un asunto de enjundia, desde el punto de vista de las relaciones personales explicita el nivel de estupidez al que está llegando el género humano.

Como siempre, expongamos los antecedentes fácticos del caso y, ulteriormente, los aspectos relevantes del asunto.

I.- ANTECEDENTES DE HECHO

Confieso que en esta ocasión he tenido la oportunidad no sólo de comprobar los antecedentes fácticos constatados en las resoluciones judiciales, sino que a través del podcast he podido escuchar en una emisora estadounidense las versiones expuestas por los protagonistas de la historia, que en lo esencial confirman lo judicialmente constatado.

Jack C. Phillips es el dueño de una empresa privada que, bajo el nombre comercial Masterpiece Cakeshop, desarrolla su actividad de elaboración y venta de pasteles en la ciudad de Lakewood, Colorado. Es un hecho público y notorio para quienes le conocen que Phillips es una persona profundamente religiosa, y que se atiene en todos sus aspectos de la vida personal y profesional a sus creencias. Por ello, y dado que considera que al elaborar sus productos está creando una obra de arte (en una entrevista indicó que, mientras otros artistas se expresan a través de la pintura o la escultura, él lo hace a través de sus pasteles), considera que no puede crear nada para celebrar algo que va contra sus profundas creencias

En julio de 2012, dos personas, Charlie Craig y David Mullins, acuden a la pastelería y encargan a Phillips un pastel para celebrar el matrimonio que ambos van a contraer en Massachussets, puesto que la legislación de Colorado proscribe el matrimonio entre personas del mismo sexo. Phillips les informa con total corrección que su fe religiosa le impide crear un pastel ex profeso bodas entre personas del mismo sexo y, por tanto, no puede atender su petición, aunque les indica que ello no obsta para que “gustosamente” les elaborase cualquier otro producto que le solicitasen. La pareja en cuestión abandona el local sin más.

Al día siguiente Phillips recibe una llamada de la madre de uno de los futuros contrayentes, quien le pregunta la razón de su actuar. Phillips le indica lo mismo que le indicó a sus hijos, es decir, que sus creencias religiosas le impiden elaborar pasteles de boda para enlaces entre personas del mismo sexo, pero en esta ocasión añade una coletilla: porque en Colorado no están legalmente permitidos los matrimonios entre personas del mismo sexo.

Craig y Mullins presentaron una denuncia ante la División de Derechos Civiles de Colorado, sobre la base de una discriminación por razón de sexo, con amparo en la Ley Antidiscriminatoria de Colorado. El Administrative Law Judge (que pese a su denominación, “juez de derecho administrativo”, no es un órgano judicial sino que forma parte del ejecutivo, es decir, sería el equivalente a un funcionario técnico del cuerpo superior), estimó la denuncia. El acto sancionador fue impugnado en vía administrativa, y la Comisión desestima el recurso confirmando la validez de aquél. La resolución administrativa no consistía en una sanción económica, sino en una obligación de hacer: 1) mutar la política comercial de la empresa y extender su actividad para adecuarla a la normativa legal y, por tanto, en adelante no vedar la elaboración y venta de pasteles a personas del mismo sexo; y 2) durante los dos años siguientes a la resolución, presentar informes cuatrimestrales exponiendo las medidas adoptadas para corregir la situación detectada.

La resolución administrativa fue impugnada judicialmente ante el Tribunal de Apelaciones de Colorado, quien confirma la actuación administrativa. Ante ello, Phillips presenta un writ of certiorari ante el Tribunal Supremo, donde establece como cuestión jurídica a resolver la siguiente: “Si al aplicar las medidas que establecieron las autoridades de Colorado obligando a Phillips a crear obras que contradicen sus sinceras creencias religiosas, se está vulnerando la libertad de expresión o el libre desarrollo de la personalidad recogidas en la primera enmienda.”

II.- REFLEXIONES JURÍDICAS Y PERSONALES SOBRE EL CASO

2.1 Reflexiones jurídicas.

Aun cuando no se ha hecho pública en formato audio la vista oral del caso, sí que se han colgado ya en la página web del Tribunal Supremo las transcripciones de la vista. El asunto se plantea como un conflicto entre el derecho del empresario a no vender el pastel para celebrar determinados eventos (lo que jurídicamente se reconduce al freedom of speech protegido en la primera enmienda) y la no discriminación por razón de sexo que alegan los recurrentes.

En la vista oral los jueces plantearon cuestiones muy interesantes, que se resumen en un interrogante planteado por Stephen Breyer: ¿Dónde se traza la línea que, a modo de frontera, separa ambos derechos? Por su parte, Ruth Bader Gisburn planteó la interesante cuestión de qué ocurriría en el supuesto de que otros profesionales (por ejemplo, el florista o la persona que diseña las invitaciones –la juez Elena Kagan “amplió” el elenco a joyeros y peluqueros) actuasen de la misma forma y, sobre todo, si dichos profesionales podrían acogerse al mismo argumento. La letrada del recurrente se vio obligada a precisar que: “cuando este Tribunal utiliza el término expresión, implica que se esté comunicando algo, al igual que otros modos de expresión protegidos.” En definitiva, que con la “expresión” de lo que se trata es de que con la obra, con la creación, el artista busca proyectar un mensaje personal hacia el exterior. Aunque en este punto la abogada demandante incurrió serias contradicciones al negar que otros profesionales relacionados con los enlaces matrimoniales pudiesen invocar el mismo derecho que su defendido (Elena Kagan apuntó agudamente que la letrada del pastelero solicitaba para su cliente lo que negaba al chef).

Por su parte, los recurridos se acogen al animus discriminatorio que revela la política empresarial del recurrente, que es contraria a la legislación de Colorado, que prohíbe toda discriminación por razón de sexo.

El asunto ha quedado visto para sentencia, en lo que va a suponer un caso esencial para determinar el alcance del derecho al freedom of speech, garantizado en la primera enmienda. Habrá que ver si los jueces optan por efectuar un pronunciamiento cuya doctrina pueda trascender del caso o por el contrario se limitan a efectuar una lectura restrictiva.

2.2 Reflexiones personales.

En mi humilde punto de vista, este es uno más de los casos “artificialmente fabricados” que llegan al Tribunal Supremo. No es el único, y en la historia de dicha institución existen multitud de asuntos en los que unos lobbies poderosos (ya sean del LTBG, abortistas-antiabortistas o armamentísticos) en connivencia con grandes bufetes acechan a la espera del ansiado asunto que les permita lograr sus objetivos. Y ello no es fácil porque, como muchos profesionales han señalado, se requiere buscar al “demandante” perfecto.

Pero si algo revela este caso es la estupidez humana y que, como suele decir un buen amigo mío, demuestra lo feliz que vivía el hombre de las cavernas en su absoluta incivilización y sin el don del lenguaje.

En mi humilde parecer, me permito plantear los siguientes interrogantes:

1.- ¿Cómo es posible que Colorado considere que la actuación de Phillips es una discriminación por razón de sexo cuando el propio estado tiene legalmente proscritas las bodas entre personas del mismo sexo? ¿Acaso entonces el propio estado no debería condenarse a sí mismo por antidiscriminación?

2.- ¿Acaso Masterpiece Cakeshop era el único establecimiento donde los contrayentes podían adquirir un pastel de boda? ¿No existían otros donde podían haber adquirido un producto similar sin ningún tipo de problema?

3.- Ha de tenerse en cuenta que Phillips no cuestionó el derecho de las personas del mismo sexo a contraer matrimonio, ni tan siquiera les vedó adquirir productos ya existentes en su tienda, sino únicamente se negó a elaborar ex profeso un pastel para un enlace matrimonial entre personas del mismo sexo. Sobre esa base, ¿Hasta qué punto puede obligarse a alguien a realizar algo que vulnera sus creencias? ¿No existe, acaso, la objeción de conciencia?

4.- Hagamos el mismo ejercicio que los jueces del Tribunal Supremo de los Estados Unidos y planteemos un supuesto hipotético. Pensemos en un ciudadano probo y honrado que regenta una pastelería y que, por ser homosexual, únicamente elabora pasteles para enlaces entre personas del mismo sexo. Supongamos que una pareja heterosexual acude a su establecimiento en busca de la ansiada bomba calórica con la que se culminan las viandas del enlace, y que el dueño, amablemente, rehúsa porque no elabora productos para ese tipo de enlaces. ¿Debería ser sancionado el pastelero como autor de una conducta gravemente discriminatoria en ese hipotético caso?

De todas formas, como jurista español me quedo con un detalle, que marca la diferencia entre la Administración pública en una y otra orilla del Atlántico. La sanción impuesta al pastelero no consistió en una sanción económica, sino en una obligación de hacer, porque de lo que se trataba, en teoría, es de corregir una vulneración normativa. ¿Se imaginan qué hubiera ocurrido en nuestro país de darse esa situación? La respuesta a ese interrogante no consistiría en la disyuntiva entre negativa o afirmación, sino en el número de dígitos que tendría la cuantía económica de la sanción. Porque ya se sabe que en nuestro país lo que ocupa y preocupa a la Administración no es el fondo, sino el cuánto. Y es que si los lectores de nuestra generación evocan al divertido Guillermito y su voraz apetito, los entes públicos no van a la zaga a aquél en cuanto a su voracidad recaudatoria.

En fin, que todo este asunto se habría evitado si los contrayentes hubieran hecho caso a la afirmación que Stanley Banks (un divertidísimo Spencer Tracy) le espetó al encargado de planificar la boda de su hija: “No queremos pastel. Lo hay en cualquier bodorrio.”

 

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s