MCCOY v. LOUISIANA: ¿PUEDE UN ABOGADO RECONOCER LA CULPABILIDAD DE SU CLIENTE CUANDO ÉSTE LA NIEGA SI LAS PRUEBAS EN SU CONTRA SON ABRUMADORAS?

BOSTON LEGAL, Rene Auberjonois, Candice Bergen, William Shatner, 'From Wence We Came', (Season 1), 2

En el séptimo episodio de la segunda temporada de la divertidísima serie Boston legal, el inimitable y exitoso abogado Denny Crane era convocado a dependencias judiciales, a fin de que asumiese la defensa de un acusado puesto que, según el juez dada la naturaleza de los delitos que se le imputaban a aquél se precisaba de un abogado de prestigio y con experiencia. Al preguntar el letrado la naturaleza de los cargos, el juez le informó que la persona cuya defensa había de asumir se enfrentaba a la acusación de violar y asesinar a una niña de trece años. Tras echar un vistazo a “su” cliente y ver una provocadora sonrisa en un rostro que explicitaba la culpabilidad más indubitada, Denny Crane, asqueado, se vuelve hacia el juez y pronuncia su alegato: “La defensa se declara culpable y asume la condena y el castigo solicitado por el Ministerio Fiscal. Denny Crane.” El juez, obviamente, no permitió al abogado tal aserto por cuanto el acusado rehusaba declararse culpable, y ante la negativa del letrado, que alegaba la imposibilidad de asumir la defensa del violador y asesino de una niña, le espetó que “alguien tiene que hacerlo, y le ha tocado a usted porque lo digo yo”. Denny Crane, ante tal respuesta, contraataca diciendo: “Ello me lleva al segundo punto. Usted es un gilipollas, y no trabajo bien con gilipollas”, ante lo que el juez le espeta un “Buen intento, pero infructuoso. Tendrá que llevar este caso.”

Pues bien, lo que hace diez años se planteaba en el episodio de una comedia televisiva ambientada en el mundo jurídico, hace apenas un mes ha llegado al Tribunal Supremo de los Estados Unidos en el caso McCoy v. Louisiana, puesto que la cuestión jurídica a resolver por el máximo órgano judicial de la federación se plantea en los siguientes términos: “si es inconstitucional para la defensa asumir la culpabilidad del acusado en contra del criterio expreso de dicho acusado.” Si uno echa un vistazo a los antecedentes fácticos del caso en cuestión verá que el acusado era un “angelito” acusado de un triple homicidio (el de sus suegros y el de su propio hijo, que se encontraba con ellos). El sujeto en cuestión fue detenido y acusado de un triple homicidio en primer grado, y dado que era un indigente el Indigent Defend Board, el organismo público encargado de prestar asistencia legal y defensa a quienes carezcan de recursos (en Estados Unidos afortunadamente ese servicio no lo prestan los colegios de abogados y quizá por ello, sin estar bien pagado a los ojos de un norteamericano las retribuciones son infinitamente mayores que las que percibe un abogado de oficio en nuestro país) le asignó un letrado que se encargase de su defensa. Más tarde, el presunto homicida solicita ante el juez que se le permita defenderse a sí mismo, tras alegar un “conflicto de intereses” con su abogado defensor, siéndole judicialmente estimada tal pretensión “hasta que encontrase otro abogado que asumiese su defensa.” Poco después, un abogado con el curioso nombre de Larry English comparece asumiendo la defensa del procesado, aunque honestamente reconoció que “aun cuando no estaba acreditado para llevar casos que pudiesen implicar pena de muerte, había formado un equipo con personas que sí gozaban de dicha acreditación.” Trasladada dicha información al defendido, éste no formuló objeción y aceptó que Larry English le defendiese.

El conflicto surge porque la estrategia del nuevo abogado pasaba no por negar los hechos (las evidencias y pruebas contra su cliente eran abrumadoras), sino por aceptar un veredicto de culpabilidad tratando de lograr una condena no por homicidio en primer grado, sino en segundo grado alegando alteraciones mentales, algo a lo que el acusado se negó, rehusando toda declaración explícita que supusiese un reconocimiento de los hechos; aclararemos para el lector que el homicidio en primer grado es el equivalente a nuestro delito de asesinato (es decir, el homicidio con premeditación), mientras que el de segundo grado es idéntico al delito español de homicidio stricto sensu. El acusado solicita del juzgado que se le permita prescindir del abogado y asumir su propia defensa, petición que se rechaza por extemporánea.

En conclusiones, el abogado del presunto homicida reconoce explícitamente la culpabilidad y tiende a orientar la defensa según su estrategia, pero sus intentos se saldan con un fracaso: el jurado no sólo condena al acusado como autor de homicidio en primer grado, sino que se pronuncia de forma unánime recomendando al juez la imposición de la pena capital. Impugnada la sentencia, el Tribunal Supremo del estado de Luisiana confirma íntegramente la condena, dado que estimaba correcto que un letrado no siga los criterios del cliente en relación a la culpabilidad siempre y cuando mantenga una estrategia procesal razonable. El asunto llega finalmente al Tribunal Supremo de los Estados Unidos, que admite a trámite el recurso y celebró la vista oral del caso el pasado día 17 de enero.

Aun cuando el asunto se encuentra pendiente de resolución, conviene tener en cuenta varias consideraciones, que trascienden al ordenamiento jurídico norteamericano y que son plenamente aplicables a este lado del Atlántico.

Primero.- El abogado es un asesor jurídico, no un mago ni Dios todopoderoso. Quiere ello decir que no puede crear hechos de la nada o suprimir los que efectivamente se han producido. Cuando un hecho relevante queda acreditado de forma clara, fehaciente y rotunda, el abogado no puede negarlo sistemáticamente, porque con ello no sólo perjudica su propia credibilidad, sino la de su cliente. En varias ocasiones, cuando algún cliente se empeña en negar la evidencia, siempre le digo lo mismo: “Soy abogado, no el Gran Houdini.”

Segundo.- La efectividad de un hecho y la interpretación que se dé al mismo son dos cuestiones distintas y no incompatibles entre sí. Pongamos dos ejemplo. Si un trabajador percibe unas retribuciones brutas anuales de 24.000 euros y se acredita de forma indubitada que en su declaración de la renta únicamente refleja 14.000, no puede negar que ha declarado la totalidad de sus ingresos; podrá decir que ha sido un error involuntario (al estar las teclas numéricas del 1 y el 2 una al lado de otra) y que, como mucho, es culpable de negligencia, no de una ocultación deliberada. Si un vehículo es multado por estacionamiento en doble fila y se acredita tal aspecto con una fotografía que muestra al vehículo en tal posición, no puede negarse el hecho (la doble fila), aunque sí la interpretación (puede argumentarse que no era un estacionamiento, sino una detención mínima).

Tercero.- Que un abogado siga el juego al cliente y se empeñe en negar la realidad, puede reportarle beneficios a corto plazo (la retribución de la minuta, siempre y cuando gane el caso –y no siempre- dado que si no sale a entera satisfacción del cliente la cosa se complicará), pero a la larga es contraproducente, porque mina su credibilidad ante el resto de la comunidad jurídica y, sobre todo, ante los jueces. Un abogado que goce de una credibilidad tendrá mucho más fácil la defensa que uno que tenga fama de trolero o mentiroso. En su imprescindible libro Making your case: the art of persuade judges, Antonin Scalia y Bryan A. Garner aconsejan a los letrados no perder nunca ese norte, esa estrella polar por la que todo abogado debe guiarse, y que es la credibilidad; porque una vez perdido el rumbo, es muy, muy difícil volver a encontrarlo y regresar al buen camino.

Por cerrar a la vez el círculo y la entrada, diremos que en el episodio en cuestión, Denny Crane logró evitar defender a tan incómodo cliente. Cuando éste le confesó, en el encuentro que mantenía a puerta cerrada, que tenía SIDA y que asesinar a la niña era el mejor favor que le podría haber hecho, Denny Crane abrió su maletín e hizo ademán de buscar papeles, pero lo que sacó fue un revólver con el que pegó un tiro en las rodillas al asesino confeso, y cuando los guardias de seguridad acudieron arma en mano ante el ruido del disparo, el ilustre abogado alzó las manos gritando: “Me atacó y tuve que defenderme. Temí por mi vida.”

 

 

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