“THE BRETHREN”: UN INDISPENSABLE “APERITIVO” PARA ADENTRARSE EN EL MUNDO DEL TRIBUNAL SUPREMO DE LOS ESTADOS UNIDOS.

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Hoy me permitiré hacer una recomendación bibliográfica a los amables lectores del blog que deseen acercarse al sistema procesal estadounidense y sus interioridades. Se trata de una obra que el próximo año 2019 celebrará su cuadragésimo aniversario, y precisamente por dicha circunstancia merece ser revisitada. Se trata del clásico The brethren: inside the Supreme Court, elaborado por Bob Woodward y Scott Armstrong, que vio la luz en 1979 aunque tuvo varias reediciones posteriores, la última, si no me falla la memoria, en el año 2005. Dicha obra no debe confundirse con una novela del mismo título (The brethren) debida al célebre John Grisham, y donde curiosamente el argumento se centra en las actividades chantajistas que tres antiguos jueces, encarcelados por la comisión de variados delitos, efectúan desde la propia cárcel, en la cual, dicho sea de paso, han establecido un curiosísimo tribunal en el que resuelven las controversias que surgen entre los internos en el centro. Esta novela de Grisham ha sido traducida al español con el título La hermandad, mientras que el libro que recomendamos desgraciadamente carece de traducción, pese a lo cual es bastante fácil hacerse con un ejemplar a través de las distintas plataformas de venta electrónica.

¿Qué ventajas tiene para un lector español interesado en el sistema norteamericano adentrarse en la The brethren? Pues varias, que a continuación paso a enumerar:

Primero.- Estilo literario ágil y asequible. El ensayo no es obra de un jurista, abogado, o juez, sino de dos periodistas. Ello implica que se han reducido al mínimo los tecnicismos y el argot profesional del mundo jurídico para facilitar al lector no familiarizado con dicho lenguaje la lectura del libro. Para quien ya tenga una mínima formación, ello puede suponer un cierto inconveniente, pero quien no posea ese grado de cercanía con el sistema americano sin duda agradecerá el esfuerzo de los autores por acercarle a la esfera de los procesos judiciales.

Segundo.- Amenidad. El libro no sólo pretende transmitir información, sino entretener. Así, no sólo se muestran las interioridades del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, sino que lo hace de una forma tal que sin duda alguna el lector aprende sin casi percatarse de ello. Además de elementos puramente técnicos (qué es un certiorari, el modo de tramitarlo, las normas que rigen una vista oral) se incluyen deliciosos apuntes que humanizan a los jueces del más alto órgano judicial de los Estados Unidos. Así, por ejemplo, vemos al juez Potter Stewart solicitando audiencia al presidente Nixon para autodescartarse como potencial candidato a suceder a Earl Warren; los divertidos intentos del chief justice Warren Burger por controlar el resultado de los asuntos abusando de la prerrogativa más importante que ostenta el presidente de la institución (designar al ponente del asunto, algo que tan sólo puede hacer si el chief justice se encuentra entre la mayoría, de ahí que Burger mudase el sentido de su voto de forma harto frecuente); la forma en que un ya anciano Hugo Black (un jurista sureño nacido en Alabama y antiguo miembro del Ku Klus Klan, aunque no en su vertiente camorrista), intelectualmente bloqueado a la hora de redactar una sentencia logró superarlo bajo la inspiración de una vieja canción confederada, I´m a good old rebel; las fobias y filias de cada uno de los magistrados, desde el pomposo snobismo de Burger a la irreverencia de William Rehnquist, cuyo sentido del humor fue elogiado incluso por su némesis jurídica, el liberal William Brennan; lo cerca que estuvo Cassius Clay, alias Mohammed Ali, de entrar en la cárcel, dado que la votación inicial del asunto Clay v. United States arrojó un resultado favorable a ratificar su condena; las agonías del juez Harry Blackmun a la hora de resolver cada asunto, especialmente el delicadísimo Roe v. Wade, para lo cual se encerró en la biblioteca de la clínica Mayo, de la cual había sido asesor jurídico; los titánicos esfuerzos de John Marshall Harlan podesarrollar su actividad pese a estar casi privado de la visión; la negativa rotunda de William O. Douglas a abandonar su cargo tras sufrir un derrame que le postró en silla de ruedas y le paralizó una mitad del cuerpo, lo que hacía difícilmente inteligible su dicción. En fin, el libro está salpimentado con muchos detalles que, sin duda, harán las delicias del público en general.

Tercero.- Aproximación al mundo del Tribunal Supremo. Sin duda alguna, este libro puede servir de base para adentrarse en el apasionante mundo del Tribunal Supremo de los Estados Unidos. En el mismo se narran bastantes asuntos de la naturaleza más diversa, incluyendo varios de notoria importancia (caso del Roe v. Wade, Clay v. United States, o United States v. Nixon), sino alguno que está de plena actualidad, como el New York Times Co v. United States (el conocido como “los papeles del Pentágono”). Quien haya finalizado la lectura de este libro tendrá, sin duda alguna, unas nociones más que suficientes para conocer cómo funciona interiormente el Tribunal Supremo de los Estados Unidos.

Junto a las anteriores e incuestionables ventajas, existen dos inconvenientes:

Primero.- Limitación temporal en la época analizada. El ensayo se inicia en 1969, con la designación de Warren Burger como sucesor de Earl Warren y se detiene en 1976. Por lo tanto, quienes deseen profundizar en otras épocas tanto anteriores como posteriores habrán de acudir a otras fuentes. Esta limitación no implica en modo alguno que con la lectura uno no pueda hacerse una idea plena del funcionamiento del Tribunal Supremo en la actualidad, pero si desea adentrarse en asuntos más recientes deberá complementar la lectura con otros ensayos más recientes.

Segundo.- Manifiesta parcialidad del libro. Conviene tener en cuenta que la obra tenía una finalidad claramente política. El mismo ve la luz en 1979, es decir, ya superado el ecuador de la presidencia del demócrata Jimmy Carter, y cuando el país está dando un giro hacia posiciones más netamente conservadoras, como se demostró en las presidenciales de 1980. Warren Burger era claramente una criatura de Nixon, o cuando menos, así se le muestra abiertamente. Es claro que las críticas a Burger pretendían, por extensión, alcanzar al Partido Republicano de la época. Es más, al comparar a Burger (a quien se ridiculizaba en extremo) con Earl Warren (de quien sólo se contempla la parte positiva, sin entrar en aspectos ciertamente oscuros de su personalidad) el mensaje era claro: no se debía tocar el legado de la jurisprudencia Warren, criticando todo intento de rectificarla en nombre del respeto al precedente. Se silenciaba, eso sí, que las sentencias de la era Warren habían rectificado precedentes en algunos casos con más de cien años de antigüedad, por lo que invocar el respeto al precedente es, cuando menos, paradójico; y se silencia también que el activismo de la época Warren fue criticado por personalidades nada sospechosas como el juez Learned Hand.

La historia del libro es, además, bastante curiosa. Potter Stewart, uno de los jueces del Tribunal Supremo, enojado por los sucesivos abusos de Burger, decidió tomarse la revancha de una forma muy particular. Contactó con el entonces famosísimo Bob Woodward (en la cresta de la ola por ser el coautor, junto a Carl Bernstein, del best-seller All the president´s men, donde desgranaban el escándalo Watergate), a quien facilitó toda clase de datos y documentos, convirtiéndose así en la nueva “garganta profunda” de Woodward.

En definitiva, nos encontramos con un ensayo que podríamos calificar de “aperitivo”, que mata el gusanillo antes de entrar en el “menú” propiamente dicho con libros ya mucho más técnicos y especializados.

 

 

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