SEIS JUECES HABLAN DE LA UNIVERSIDAD, DEL DERECHO…..Y DE LA VIDA.

harvard

El pasado mes de octubre la Facultad de Derecho de la Universidad de Harvard celebró su bicentenario de una forma muy especial: reuniendo a seis jueces del Tribunal Supremo (cinco de ellos en activo y uno ya retirado) que se habían formado académicamente en dicha institución universitaria. El objetivo no era impartir una lección magistral ni abordar abstrusos temas legales desde un punto de vista abstracto, sino mantener una conversación sobre lo que la Facultad en general y el mundo jurídico en particular había representado para cada uno de los jueces. Así, durante poco más de una hora, el chief justice John Roberts, los associate justices Anthony Kennedy, Stephen Breyer, Elena Kagan y Neil Gorsuch así como el ya retirado David Souter departieron hablando de lo humano y lo divino pero, sobre todo, acerca de sus años universitarios y su experiencia en el mundo jurídico, finalizando con divertidas anécdotas personales. Todo ello en un ambiente de franca cordialidad donde los seis invitados demostraron que, además de grandes jueces, son magníficas personas con un gran sentido del humor, algo digno de elogio, sobre todo si se contrasta con la situación existente en nuestro país, donde en el ochenta por ciento de los jueces entienden que la calidad jurídica implica seriedad y talante severo.

Aun cuando se abordaron los temas más diversos, pueden distinguirse claramente dos grandes bloques temáticos a lo largo de esa hora de conversación:

Primero.- La universidad y la formación recibida.

Todos los jueces evocaron sus años en Harvard, las asignaturas que más les entusiasmaban y los profesores que dejaron huella en su formación. Stephen Breyer, por ejemplo, no albergó la más mínima duda acerca de cual era su materia preferida: “legal process”; John Roberts se decantaba por los contratos, si bien más que por la materia por quien impartía la docencia debido a la calidad de sus enseñanzas. La nota cómica la puso Anthony Kennedy, quien evocó a uno de sus profesores, no precisamente el más brillante, y que debido a que impartía su docencia a las doce del mediodía, sus clases eran conocidas entre el alumnado como “darkness at noon” (la oscuridad al mediodía), puede el lector imaginarse por qué. No obstante, el apelativo era más cariñoso que despectivo, pues el mismo Kennedy reconocía que el docente era “muy popular”. El caso es que todos recordaron con cariño su etapa como universitarios y no tuvieron más que palabras amables para la institución en la que ahora departían tras haber llegado a la cúspide del mundo jurídico estadounidense.

Segundo.- Experiencia previa a la judicatura.

Los seis jueces no tuvieron inconveniente en hablar de su experiencia previa a la judicatura. Tan solo uno de ellos (Stephen Breyer) no ejerció nunca como abogado, y únicamente otro (David Souter) prestó servicios en la judicatura estatal además que en la federal. El resto (John Roberts, Anthony Kennedy, Elena Kagan y Neil Gorsuch) ejercieron previamente la abogacía, tanto pública (en el Departamento de Justicia) como privada. John Roberts (que, en palabras de Elena Kagan, fue uno de los más brillantes abogados que ejercieron ante el Tribunal Supremo) habló de su experiencia no ya en uno y otro lado del estrado, sino a ambos lados de la abogacía, pues tras asumir la defensa del gobierno federal ejerció la defensa de clientes particulares. Es interesantísima la reflexión que el actual chief justice efectúa sobre el particular, pues reconoce que únicamente cuando asumió la defensa de clientes particulares comprendió verdaderamente lo que suponía el estado de derecho. Y lo hace en términos muy didácticos: “a un lado se encuentra el representante de la fuerza más poderosa del planeta: el gobierno de los Estados Unidos y yo tengo un cliente, ya sea una persona física o jurídica. Y esa fuerza tan poderosa desea hacer algo a mi cliente. Y todo lo que debo hacer es convencer a cinco jueces que el gobierno no tiene derecho a hacer eso, y con ello ganaría. Y me chocó, porque es sorprendente que siendo capaz de convencer a cinco jueces, el gobierno retrocedería.” Por supuesto, cabría precisar, Roberts está hablando del mundo norteamericano, porque en nuestro país ni convenciendo a un juez de instancia, a tres del Tribunal Superior de Justicia, a otros tres del Tribunal Supremo y si me apuran a los doce del Tribunal Constitucional los poderes públicos retroceden. También Neil Gorsuch quiso efectuar un canto a la importancia de la abogacía, profesión cuyo ejercicio, reconoció, es muy duro.

Tercero.- Labores que efectúa el juez.

Ha de reconocerse que no se abordó in extenso el mundo de la judicatura, pero sí que se ofrecieron breves apuntes muy interesantes. Y en este caso, el que llamó poderosamente la atención es el requisito en el que incidió Elena Kagan, más que nada porque marca un contraste entre la concepción americana y la española, sobre la que el redactor de estas líneas ha incidido en numerosas ocasiones en la presente bitácora: la claridad y el lenguaje de las resoluciones judiciales. Kagan apuntó que las sentencias no han de dictarse únicamente para satisfacer al juez y a las parte, sino para ser comprendidas por el público en general; y dado que muchísimas personas están interesadas en el funcionamiento del Tribunal Supremo y sus resoluciones, pero carecen de los suficientes conocimientos legales o no se encuentran familiarizados con el argot jurídico, ha de facilitárseles la tarea adoptando un estilo claro y comprensible. Me alegra comprobar que mi razonamiento es compartido nada menos que por los jueces del Tribunal Supremo de los Estados Unidos. Es por ese motivo que las farragosas, plúmbeas y en numerosas ocasiones absolutamente ilegibles resoluciones judiciales españolas, incluso la del más alto tribunal, disuaden más que fomentan su lectura.

Destaco, además, otra circunstancia, cual es la humildad. Al ser preguntados qué preparación ha de tener un juez para llegar al Tribunal Supremo, Anthony Kennedy reconoce que uno nunca está preparado, y Stephen Breyer expuso su tesis citando a Harry Blackmun, para quien el nombramiento como juez del Supremo era “the most unusual assignment.”

Cuarto.- Anécdotas con las que se aprende.

En numerosas ocasiones, con preguntas de apariencia ociosa o intrascendente, las respuestas ofrecidas pueden contener información valiosísima. Así, el moderador planteó a los invitados una pregunta: a qué juez del Tribunal Supremo hubieran deseado conocer y a cual elegirían para compartir una buena comida. Por Stephen Breyer sabemos que desearía conocer a Louis D Brandeis, pues éste era “práctico, interesado en los hechos y una vez que conoce éstos se hace con la situación, comprende los principios, redacta con claridad, y tiene valores decentes”, mientras que cenaría con Oliver Wendell Holmes porque “poseía una enorme cultura, leía muchísimo, sabía todo tipo de cosas, conocía filósofos”. El chief justice Roberts desearía conocer a uno de sus antecesores John Marshall, pues “sus sentencias realmente determinaron lo que la Constitución significaba en la práctica, tenía una capacidad que le permitía comprender todas las implicaciones del caso e introducirse entre ellas, y redactaba de forma brillante”, a la vez que nos aclara que era uno de los mayores importadores de Madeira, uno de los licores más apreciados en aquélla época; sin embargo, a la hora de elegir comensal, Roberts prefiere a otro de sus antecesores, William Howard Taft, porque está seguro que en su mesa “habría abundante comida, y de la buena.” Ello se debe a que William Howard Taft, única persona que ostentó los cargos de Presidente de los Estados Unidos (entre marzo de 1909 y marzo de 1913) y chief justice (entre julio de 1921 y febrero de 1930) tenía una oronda figura debido a su gusto por la comida. Pero tenía una honestidad tal que, como cuenta David Souter en otro momento de la entrevista, cuando impartía clases de derecho en Yale y acudía al campo a ver su equipo de beisbol, adquiría dos entradas en lugar de una porque, según su impecable razonamiento, “no es justo que compre solo una entrada cuando ocupo dos asientos”. Neil Gorsuch escogería a Robert H. Jackson, de quien, por cierto, dice que no estudió derecho en ninguna facultad (y así fue, su formación jurídica la adquirió como pasante en el bufete de un familiar), pero del cual nos ofrece aún más otro dato que igualmente sorprendería en nuestro país: “ocupó los puestos más importantes dentro de la Administración y llegó a juez. Y entonces con frecuencia falló en contra de la Administración.” Envidia, sana envidia.

En definitiva, un documento auténticamente impagable que recomendamos a toda persona interesada no sólo en el mundo jurídico norteamericano, sino en el mundo jurídico en general. Espero que lo disfruten cuando menos tanto como lo hice yo a lo largo de esos setenta minutos.

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