TURNO DE OFICIO: HOMENAJE “JURÍDICO” A ANTONIO MERCERO.

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Anteayer fallecía, tras una larga lucha contra la terrible enfermedad del alzhéimer, el realizador español Antonio Mercero, uno de los grandes nombres que forman parte indeleble de la historia televisiva de nuestro país. Esta entrada pretende rendirle un homenaje recordando una de las series de las que fue responsable, y es evidente que nuestra elección no podía ser otra que Turno de oficio, donde se analizaba precisamente esa función que, casi desinteresadamente, continuaban y continúan prestando los letrados inscritos voluntariamente en dicho servicio, tan maltratado por las distintas Administraciones.

Desde casi el inicio de los tiempos hubo autores que pretendieron transmitir sus enseñanzas de una forma accesible al gran público a través de metáforas, leyendas, parábolas o cuentos. No otra cosa hizo Esopo con sus Fabulas, Platón con sus Diálogos y Jesucristo con sus parábolas. En una de las obras de nuestra literatura medieval, El conde Lucanor, el infante don Juan Manuel indica de forma expresa en el prólogo que su intención es precisamente ofrecer consejos valiosos valiéndose del pretexto de pequeñas historias con mensaje que Petronio, el sirviente de un noble feudal, cuenta a su amo, el aristócrata que da título a la obra. Pues bien, eso mismo es sin duda alguna lo que pretendió efectuar Antonio Mercero: una labor didáctica (tomándose, eso sí, ciertas licencias inherentes a toda obra literaria o cinematográfica) que al amparo de una serie pudiera facilitar la divulgación. No es la primera vez que asumía dicha tarea, pues de todos es sabido que el origen de Crónicas de un pueblo no fue otro que el deseo del almirante Carrero Blanco de explicar de forma sencilla al gran público el entonces vigente Fuero de los Españoles. No obstante, Mercero supo diluir hábilmente dicha intención didáctica ofreciendo una estampa costumbrista de la vida de un pueblo castellano en la década de los sesenta. Si Ramón de Mesonero Romanos en sus Escenas Matritenses ofrecía pequeños cuadros con episodios de la vida social en el Madrid de la primera mitad del siglo XIX, el Mercero de Crónicas de un pueblo mostraba esos problemas que aquejaban la vida diaria de los habitantes de un pueblo. El alcalde, el cartero, el maestro, el cura, todos aportaban su granito de arena y sus enseñanzas.

Tras el éxito de Verano azul, en menos de un lustro apareció en la pequeña pantalla una nueva serie de Mercero, Turno de oficio, cuyo título no podemos decir que sea engañoso, pero sí incompleto, pues sus diecisiete episodios desbordan con creces la intención inicial para constituirse en un valiosísimo retrato social de la España de mediados de los años ochenta. Cambiando el pueblo por la ciudad (más concretamente Madrid, la “ciudad de ciudades”), el espectador que en la segunda década del siglo XXI se decida a visionar la serie, sin duda alguna tendrá sentimientos encontrados, en función de si ha vivido o no aquella época.

Turno de oficio narra las experiencias vitales de tres abogados. Uno de ellos, Juan Luis Funes, alias chepa (interpretado de forma magistral por Juan Luis Galiardo), abogado curtido en mil batallas que, pese a encontrarse ya en la segunda mitad de la vida, continúa prestando el servicio de turno de oficio, aunque sus años le han hecho ser algo escéptico por encontrarse de vuelta de todo. Eva Martín (Carmen Elías) es una joven abogada que lleva ya ciertos años en la profesión, y que sin ser una novata stricto sensu, tampoco es una veterana. El tercero de los personajes es Cosme Fernández, un recién licenciado en derecho que se encontraba preparando oposiciones a notarías, dado que esa era precisamente la función que ejercía su difunto padre (el primer capítulo, donde se presenta al trío protagonista, lleva por título precisamente El hijo del notario), que por las circunstancias descritas en el episodio inicial, donde es detenido tras una inusual ingesta de alcohol, opta por abandonar las oposiciones y abrir un despacho profesional en su propio domicilio, inscribiéndose en el turno de oficio. La contestación que ofreció Cosme al policía encargado de interrogarle tras su detención ha pasado a los anales de la historia televisiva: según el frustrado aspirante a notarías, no estaba embriagado, sino que tenía simplemente un “pedete lúcido” (de ahí que en varias ocasiones su colega el chepa se dirigiese a él cariñosamente como “pedete”).

Turno de oficio no sólo muestra estampas difíciles de comprender para un abogado del siglo XXI, como esa sala del colegio donde los letrados de guardia pasaban la noche, en vela o durmiendo en un pequeño sofá, por si se requería su presencia a través del Colegio (aún no habían hecho su aparición los “buscas”) o una Administración de justicia sin ordenadores y donde el papel era el dueño y señor de las dependencias. De igual forma, ofrece una imagen del Madrid de los años ochenta, fiel imagen de una España que reflejaba lo que había sido y lo que pretendía ser sin serlo aún del todo. En este punto, la serie tiene un cierto paralelismo con las dos películas de El Crack, dirigidas por José Luis Garci, que constituyen un auténtico documento de un Madrid ya inexistente, con esas hoy nostálgicas imágenes en travelling de una Gran Vía que hace tiempo pasó a mejor vida. En la serie de Mercero también se muestra esa imagen del Madrid de la movida, los problemas de la época, sobre todo la lacra de la droga, que tantas vidas segó en los ochenta. Se muestran unas fuerzas del orden en transición aún no consumada, donde los mandos pretenden adecuarse a los nuevos tiempos, pero donde inequívocamente aparecen de forma aislada comportamientos de antaño; así, un agente llega al extremo de golpear a chepa cuando asiste a un raterillo fichado, si bien Mercero no carga contra el estamento policial, y no en vano el jefe de ese agente es no sólo amigo, sino compañero de partidas del golpeado. También en un curiosísimo episodio se muestra la terrible ecuación que tiene por factores juventud, consumo de alcohol y tragedia en la carretera, episodio en el que, por cierto, amén de contar con un impagable plantel de actores invitados (José María Pou, Fernando Hilbeck, Juan José Artero y Luis Merlo) se insinúa hábilmente una prevaricación de un juez, porque el joven que provocó el accidente era precisamente el hijo de un magistrado, colega del juez de instrucción que debía investigar el asunto. Gracias al chepa, amigo del juez, no llega a consumarse, y aun cuando el magistrado actuó conforme a lo que de él se esperaba, es decir, aplicando estrictamente la ley, los remordimientos que le ocasionó el resultado final le llevaron a abandonar la judicatura. Porque en dicho episodio, la justicia “privada” finalizó lo que la justicia “oficial” dejó sin resolver por falta de pruebas; inexistencia de material probatorio que caracterizó, también, el ajuste final.

Pero la serie no sólo era un reflejo del Madrid de los ochenta, sino la historia de tres personajes, a los que se añadía la sombra de un cuarto, doña Marina (espléndida Irene Gutiérrez Caba) la siempre bienintencionada pero metomentodo madre de Cosme, de quien se mostraba en extremo protectora. Las relaciones no sólo profesionales, sino personales entre los tres letrados son el otro puntal de la serie. En este sentido, los tres se complementaban a la perfección: el realismo desengañado de chepa se complementaba con el todavía incólume entusiasmo de Eva y las incontrolables ansias del neófito Cosme. Hay una divertidísima escena que no sólo ilustra a la perfección dicho contraste sino que muestra, a la vez, una lección que vale por un tratado de derecho. Es aquélla en la que Cosme, recién abandonadas las oposiciones a notarías, con un amplio bagaje teórico en el ámbito del derecho civil pero ayuno de conocimientos penales, ha de enfrentarse a su primer caso, respondiendo al escrito de acusación del fiscal. Juan Luis Funes, su colega, no duda en tenderle una mano, y tras echarle un vistazo al borrador, le dice más o menos lo siguiente (cito de memoria y pueden no ser las palabras exactas, pero la idea sí que lo es): “Brillante. Los hechos perfectamente descritos y una magistral argumentación en cuanto a la defensa. Por eso precisamente tu escrito es del todo inútil.” Ante la sorpresa de Cosme, la veteranía y el amargo desengaño de chepa aparecen descubriendo la realidad al novel abogado: “Desengáñate. Casi todos los clientes del turno de oficio son culpables, no te molestes en negar la evidencia. Concéntrate en las circunstancias eximentes y atenuantes. Es ahí donde está la pelea.” Entusiasmo del abogado novel versus realismo del abogado veterano.

Diez años después, se rodó una segunda parte, pero ya sin Mercero en la dirección. Una segunda parte donde se evidenciaba el enorme cambio no sólo en los personajes (el enorme pelo rizado de Cosme da paso a una calvicie evidente) sino en el Madrid, en una capital más luminosa y donde las huellas del pelotazo (esa imagen de las torres Kío) se enseñoreaban donde antaño aún se escondían rincones e imágenes más cercanas a los años sesenta. Pero eso ya es otra historia.

Descanse en paz, Antonio Mercero.

 

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