EL CHIEF JUSTICE ROBERTS DA UNA LECCIÓN A LOS PODERES LEGISLATIVO Y EJECUTIVO….A LA VEZ QUE EXPLICA EL ROL DEL PODER JUDICIAL.

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El pasado día 16 de octubre de 2018, el chief justice John Roberts mantuvo una interesante charla-diálogo con el decano de la Facultad de Derecho de Minessota, al que es posible acceder gracias a la cadena C-SPAN, y a la que el lector interesado puede acceder a través de este enlace. A lo largo de cuarenta y cinco minutos, Roberts abordó uno por uno todos los asuntos relevantes que afectan al Tribunal Supremo de los Estados Unidos: cómo llegan los asuntos a la máxima institución judicial, la forma en la que se adoptan las decisiones en el seno de dicho órgano, la relación entre los jueces. Tres cuartos de hora intensos que, como jurista interesado en estas lides, me supieron a poco.

No obstante, antes de entrar en materia, el chief justice quiso efectuar unas manifestaciones sobre “los tormentosos acontecimientos que tuvieron lugar en Washington en los últimos días”, pudoroso circunloquio para referirse al proceso de confirmación senatorial de Brett Kavanaugh. Uno siente auténtica vergüenza al comparar la exquisita corrección de la que hizo gala John Roberts, quien tanto en la forma como en el fondo demostró ser un auténtico caballero que se permitió dar un severo tirón de orejas a los otros dos poderes, haciendo gala, además de un sentido del humor que no le abandonó a lo largo de la ulterior conversación. En las antípodas de lo que ha ocurrido en nuestro país con la desdichada nota del presidente de la Sala Tercera del Tribunal Supremo del Reino de España, que si algo transmite no ya al jurista, sino al ciudadano de a pie es pena y dolor, cuando no indignación.

John Roberts aprovecha para dar un elegante pescozón al Congreso y al Presidente: “No criticaré a las ramas políticas. Ya lo hacemos bastante en nuestras sentencias”. Tras esta daga florentina propinada con una soberana elegancia, contrasta la función judicial con las otras dos, incidiendo en la diferencia de aquélla: mientras las ramas “políticas” (legislativa y ejecutiva) hablan en nombre del pueblo al gozar de legitimación democrática directa: “Nosotros no hablamos en nombre del pueblo. Hablamos en nombre de la Constitución […] Nuestro rol es muy claro: debemos interpretar la Constitución y las leyes de los Estados Unidos.” Para ello, es preciso actuar de forma independiente, porque tan sólo así se puede efectuar de forma correcta la función que tiene encomendada. “El Tribunal sin duda se equivoca cuando en cuando, pero las ocasiones en que lo ha hecho ello se debió al hecho de ceder ante presiones políticas.”

Ya en la charla-diálogo, profundizó en tales ideas. Así, por ejemplo, al citar la sentencia que proscribió el saludo obligatorio a la bandera en las escuelas, Roberts afirmó que dicha resolución únicamente puede explicarse debido a la independencia de la judicatura, pues si se hubiese sometido a votación popular, con total seguridad se hubiera mantenido el saludo obligatorio. El ejemplo contrario, el asunto Korematsu, donde se avaló la constitucionalidad del internamiento de la población japonesa en campos de concentración a lo largo de la costa oeste, decisión que únicamente puede explicarse por las “repercusiones económicas y sociales” (por utilizar una expresión muy cara a cierto magistrado español) que hubiera tenido un fallo diametralmente opuesto en un país que sostenía en aquéllos momentos una guerra contra el imperio japonés.

Causa maravilla ver cómo Robert se desenvuelve a las mil maravillas haciendo gala de un envidiable sentido del humor que no es en modo alguno incompatible ni con el ejercicio de la función jurisdiccional ni con el cargo que ostenta. Así, por ejemplo, al preguntarle cual es la diferencia entre el chief justice y los restantes ocho jueces, la respuesta ofrecida es que: “percibo diez mil dólares más de sueldo”; cuando le solicitan que indique los cambios que se producen cuando accede un nuevo juez al Tribunal Supremo, responde: “principalmente, que los ocho jueces restantes se comportan mejor”; o, al hacer referencia a las críticas periodísticas de las resoluciones judiciales, afirma: “la ventaja de tener un cargo de por vida es que las mismas no te afectan demasiado.”

De esta charla uno puede obtener píldoras de conocimiento deliciosas. Por ejemplo, que el cargo de chief justice lleva aneja la posición de chancellor del Smithsonian y el de presidente de la Judicial Conference. A la hora de explicar los criterios seguidos para designar el ponente de las sentencias, lo hace con este curioso símil: “es como un acertijo o puzzle donde han de encajarse todas las piezas”, dado que, en efecto, son mútiples factores los que influyen en la decisión final: capacidad del juez en cuestión para aglutinar mayorías y atraer a los discrepantes, necesidad de garantizar un equilibrio para que todos los jueces tengan oportunidad de elaborar sentencias del mismo tipo (es decir, que todos puedan redactar sentencias en asuntos importantes así como en idénticas materias).

Dos asuntos que confieso me llamaron la atención son los que afectan a las relaciones personales entre los jueces y a la forma de redactar las sentencias.

En el primer caso, Roberts informa de un hecho no muy conocido, y es que los días que tienen fijados para las deliberaciones, los jueces almuerzan juntos en el comedor del edificio, y la “única regla” que el chief justice no permite vulnerar es aquélla que: “proscribe hablar en esos momentos de cuestiones laborales.” Ello permite a los jueces conocerse mejor y alcanzar un alto grado de empatía, incrementado por la costumbre ancestral de estrecharse la mano antes de entrar en la sala de vistas o en la de conferencias. Situación opuesta a la que ocurre en nuestro país, donde existen órganos judiciales donde el trato personal entre los jueces es poco menos que nulo.

En segundo lugar, la forma de redactar las sentencias. Al ser preguntado específicamente para quien redacta las mismas (para los abogados, para las partes, para el público), Roberts afirma divertido: “para mis tres hermanas”, algo que a continuación explica ya de forma totalmente seria: se trata de llegar al máximo número de lectores posibles, de tal modo que incluso la persona de inteligencia media, aunque no sea jurista, tenga la posibilidad de comprender la resolución judicial.

Roberts, que, según indicó en cierta ocasión Elena Kagan, antes de ser juez fue uno de los mejores abogados que litigaron jamás ante el Tribunal Supremo, ofreció también algún valioso consejo a los letrados: brevedad, concisión y desapasionamiento. Se trata de facilitar la labor de los jueces, lo cual se consigue sintetizando y condensando los argumentos y evitando florituras dialécticas y escritos demasiado extensos, y así el propio chief justice reconoció que en un determinado caso, le llamó poderosamente la atención que uno de los escritos no agotase el límite de 50 páginas fijado por las rules del Tribunal, sino que desarrollara la argumentación tan sólo en 35 páginas que, además, “estaban muy bien escritas”, lo que llevó a comprobar quién era el letrado (en esa ocasión, letrada) que había redactado el mismo. Pero también incidió en el hecho que los letrados han de mantener siempre una cierta distancia respecto a su caso, y efectuar una defensa profesional, objetiva y desapasionada, debiendo evitar una excesiva fogosidad en la argumentación.

En definitiva, un interesantísimo e imprescindible diálogo tan recomendable para jueces como para abogados. Sobre todo a los primeros, siendo una buena muestra que la profesionalidad, el rigor y la capacidad en modo alguno está reñida con el sentido del humor y con un ambiente distendido.

 

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