ALEJANDRO NIETO TEORIZA SOBRE LA “DEMOCRACIA CALLEJERA.”

MANIFA

Siempre es gratificante detenerse en las atinadas reflexiones de Alejandro Nieto, una de las voces más autorizadas no sólo en el ámbito del Derecho público, sino de la historia en general. En sus obras históricas siempre ha intentado bien arrojar luz sobre episodios no suficientemente conocidos de nuestro pasado, caso, por ejemplo de Los sucesos de palacio (que fue precisamente su discurso de ingreso en la Academia de Ciencias Morales y Políticas), donde ilustraba sobre los acontecimientos que precipitaron la defenestración de Salustiano Olózaga; o bien iluminaron ciertas etapas históricas que ya fueron objeto de análisis previo, pero que el profesor Nieto opta por acercarse a ellas bajo un nuevo enfoque, como ocurrió con sus dos extensos estudios sobre la Regencia de María Cristina y el gobierno Mendizábal. Como jurista, sus aproximaciones al mundo del derecho tienen la original impronta de no prescindir de un elemento absolutamente indispensable del cual, sin embargo, los restantes autores prescinden: el mundo real. Y es que, en efecto, los manuales y estudios dogmáticos de la disciplina iuspublicista si alguna característica poseen es la de estar elaborados al margen de la realidad, desde las privilegiadas y apacibles atalayas que ofrecen cátedras o despachos situados de espaldas a los eventos diarios que acontecen en la rúa que, de incluirse, se desechan como meras anécdotas o disfunciones puntuales del sistema, aun cuando tales “disfunciones” sean en la práctica mucho más frecuentes de lo que se expone.

Por lo anterior es muy recomendable echar un vistazo a las disertaciones que, de cuando en cuando, Alejandro Nieto ofrece en los plenos que tienen lugar los martes en el seno de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, donde expone de forma rigurosa y didáctica no reñida con la amenidad sus reflexiones sobre temas de notoria y notable actualidad; disertaciones que ulteriormente la propia Real Academia hace públicas en forma escrita. La última de esas intervenciones tuvo lugar el pasado día treinta de octubre, y en la misma don Alejandro diserta sobre lo que ha dado en calificar como Democracia callejera, que es precisamente la intitulación de su discurso, y al que el lector interesado puede acceder íntegramente a través del siguiente enlace.

El origen de esa “democracia callejera” se encuentra precisamente en la crisis de la democracia representativa a causa de la degeneración de ésta, crisis debida a dos hechos interrelacionados. El primero, el reducido margen de maniobra que tiene el ciudadano, a quien se relega única y exclusivamente a emitir una papeleta en la urna cada cuatro años; el segundo, la quiebra del principio de confianza entre representantes y representados. Nieto resume esa quiebra o declive de la democracia representativa en estos términos:

El punto débil de este régimen se encuentra, por tanto y en lo que aquí interesa, en la posibilidad de distanciamiento entre el pueblo y sus mandatarios. Cuando los gobernantes no responden a la confianza de sus mandantes, incumplen sus promesas electorales, son ineficaces o se entregan a la corrupción, nada pueden hacer los ciudadanos mientras no expire el plazo del mandato. La política está exclusivamente en manos de los políticos: los ciudadanos son meros observadores que sólo disfrutan de su soberanía en los episodios electorales previamente señalados. Pueden “criticar” a los políticos pero nada pueden “hacer” contra ellos hasta las siguientes elecciones. Su equivocación electoral no tiene arreglo salvo que intervenga una fuerza externa y “salve al país” con un golpe de Estado.

Es entonces cuando surge la denominada “democracia callejera”, que no es otra cosa que la expresión de descontento de las masas efectuada no en las urnas, sino mediante la toma de las calles en forma más o menos pacífica. El alcance de la misma no es similar en todos los casos, pues como bien se indica en el estudio hay quienes acuden a la misma entendiéndola como un “sistema político alternativo a la democracia representativa” mientras que otros la conciben como “contrapoder que equilibra los poderes constitucionales oficiales.

Es de destacar que, pese a tener una edad provecta, el profesor Nieto no ha permanecido anclado en sistemas o conceptos arcaicos, sino que hace gala de una interpretación jurídica y política muy apegada a la realidad. Ello lo demuestra, por ejemplo, al referirse al término “violencia”, dado que una de las características que se predica de la democracia callejera es, precisamente, la no violencia. Ahora bien, ha de desecharse el concepto tradicional del vocablo (entendido como “uso de armas de fuego”). Vuelve a ser indispensable citar al maestro en otro de sus lucidísimos párrafos que revela la superación del significado tradicional de “violencia” al que, sin embargo y de forma harto paradójica, los políticos profesionales siguen agarrándose:

La democracia callejera se proclama no violentos y los manifestantes efectivamente no van armados. Ahora bien ¿Qué es violencia? Una pregunta que no tiene respuesta segura. Instintivamente se equipara al uso de armas de fuego. Criterio que no por extendido puede sostenerse. Cada día se informa de encuentros entre policías y manifestantes “pacíficos” que se cierran con un balance de docenas de heridos –eso sí: ninguno de bala- de los dos bandos, vehículos y contenedores incendiados, escaparates rotos, carreteras y vías férreas bloqueadas –pero sin empleo de explosivos. Y se declara que no hay violencia. El criterio identificador del uso de armas de fuego es, con todo, insostenible.

Otra de las características de la democracia callejera es su concepción como espectáculo. En efecto, de todos es sabido que uno de los objetivos principales (si no el único) de las manifestaciones y bullangas callejeras es precisamente llamar la atención, lo cual es sumamente fácil en el mundo actual, gracias a la interconexión e inmediación que ofrecen las redes sociales, que permiten extender las noticias en tiempo real y, en ocasiones, lograr resultados objetivos a los cuales no se llegaría por los canales ordinarios u oficiales. Tampoco me resisto a transcribir otro breve párrafo en el que se pone en solfa la pretendida “espontaneidad” de este tipo de manifestaciones:

A la espontaneidad ha seguido la organización y a la organización la instrumentalización. En la democracia deambulante se vota con los pies; pero encajados en el desfile vamos a donde nos lleve el que va delante, como las orugas procesionarias, admirable modelo de disciplina y eficacia.

Jamás una asonada estuvo organizada de forma espontánea, sino que en cualquier tipo de manifestación, algarada, bullanga, motin, conflicto, determinadas personas (en la gran mayoría de los casos, ocultas bajo siete velos pues su intención es precisamente mantenerse en la sombra) son quienes promueven las mismas siendo la masa ciudadana quien lleva a cabo lo que un tercero ha ideado por ella. Es lógico que en un país donde el mito o leyenda de Fuenteovejuna ha calado hasta los huesos de la cultura nacional se idealice el poder de la reacción “espontanea”, pero cualquiera que se haya asomado a tal episodio utilizando fuentes históricas y no la célebre comedia lopesca (brillantísima desde el punto de vista literario pero lamentable desde el punto de vista histórico) sabrá que fue una persona muy concreta quien se encontraba detrás del movimiento; como tampoco fueron, precisamente, motines espontáneos el de Esquilache o el de Aranjuez, y ni tan siquiera el del dos de mayo. Siempre hay una mano interesada detrás. Nieto muestra pruebas evidentes de esta ausencia de espontaneidad al analizar precisamente las manifestaciones populares que tuvieron lugar a raíz de la célebre sentencia de “la manada”. En efecto, a los pocos minutos de hacerse pública la resolución, las calles se inundaron de voces protestando por una sentencia “injusta”……sentencia que contaba con doscientas páginas que era materialmente imposible que ninguno de los manifestantes se hubiese leído, por lo que, como acertadamente concluye Nieto, debido a la rapidez y simultaneidad con que se efectuaron: “hace sospechar que ya estaba todo preparado y sólo se esperaba la señal”; de la misma forma que el 17 de marzo de 1808 tan sólo se esperaba la señal del conde de Montijo (convenientemente disfrazado de “tío Pedro”) para que con una bien preparada y organizada “espontaneidad” diese inicio el estallido popular contra Godoy.

No puede negarse que, históricamente, el pueblo español ha hecho gala de un carácter anárquico y una querencia especial por explicitar una resistencia a las imposiciones desde arriba. Se de la circunstancia que, precisamente estos días, me encontraba leyendo la antología de artículos de Julio Camba, publicada con el significativo título de Sus mejores páginas. En uno de los trabajos periodísticos recopilados, titulado El pueblo alemán, Camba, con su ironía habitual, efectuaba un contraste entre la situación francesa, alemana y española en los siguientes términos:

En Francia hay una autoridad y un pueblo: la influencia del pueblo francés se nota en las costumbres, en el lenguaje, en todo. En España hay pueblo, pero no hay autoridad. En Alemania hay autoridad, pero no hay pueblo […] El ideal del pueblo alemán, como he dicho antes, no consiste en gobernarse, que es en lo que consiste el ideal de todos los pueblos, sino en que lo gobiernen. Así como al español le irritan esos letreros que le prohíben subir al tranvía por una plataforma, obligándole a hacerlo por la otra, para poner un solo ejemplo, al alemán esos letreros le encantan. El quiere que lo gobiernen lo más posible, así como nosotros queremos que nos gobiernen lo menos posible.

En realidad, el carácter español lo había resumido de forma muy certera años atrás el diplomático y escritor Ángel Ganivet con una frase que resumía la aspiración que anidaba en el pecho de todo habitante de la península ibérica: “Que todos llevasen en el bolsillo una carta foral con un solo artículo, redactado en estos términos breves, claros y contundente: ‘Este español está autorizado para hacer lo que le dé la gana

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de Monsieur de Villefort Publicado en Política