RAGTIME (1981): CONFLICTOS JURÍDICOS Y SOCIALES CON PLESSY v. FERGUSSON (1896) DE FONDO.

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El 18 de mayo de 1896, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos hacía pública la sentencia Plessy v. Ferguson (167 US 537 [1896]) en virtud de la cual sostenía que la segregación racial no era contraria a la equal protection clause, principio consagrado al máximo nivel jurídico en la decimocuarta enmienda. Y lo hacía resolviendo un asunto que, como tantos otros en los Estados Unidos, no surgió de forma espontánea, sino que fue cuidadosamente planificado a través de una estrategia a largo plazo.

Es cierto que a finales de los años noventa del siglo XIX, en los estados del norte de los Estados Unidos la población de color había alcanzado cierto estatus que, sin llegar a la igualdad plena, sí que había conseguido superar ya muchos obstáculos en aras a logras la plena integración, pero en el sur, sobre todo en el profundo sur, la población blanca continuaba percibiendo a los negros como seres inferiores y, anclados en los arcaicos principios de la home rule, intentaba mantener distancias no sólo a nivel social, sino jurídico.

Así, el 10 de julio de 1890 el estado de Luisiana aprobó una norma, la Separate Car Act, que imponía a las compañías ferroviarias ofrecer el mismo trato a la población blanca y de color, pero a su vez imponía una segregación efectiva al exigir situar a los miembros de ambas razas en vagones separados o, de no ser posible ello, en bloques de asientos claramente diferenciados. Un colectivo de pudientes ciudadanos de color decidió cuestionar jurídicamente la adecuación de la ley a la decimocuarta enmienda constitucional, para lo que ideó una situación que les permitiese acudir a juicio: servirse de Homer Plessy, un mulato nacido ya libre (es decir, no un antiguo esclavo emancipado), para que éste comprase un billete de ferrocarril para sentarse en un vagón de primera clase. Algo que, efectivamente hizo el 7 de junio de 1892, cuando adquirió un billete de primera en el ferrocarril intraestatal que efectuaba el recorrido de Nueva Orleans a Covington. Según consta en la sentencia, “tal compañía se incorporó por las leyes de Luisiana como transporte ordinario, y no estaba autorizada a distinguir entre ciudadanos según su raza; a pesar de ello, al demandante se le ordenó, bajo amenaza de expulsión del tren y encarcelamiento, a abandonar el asiento adquirido y a situarse en asientos que la compañía tenía reservados para personas que no fueran de raza blanca”. Al rehusar Plessy a ello (siguiendo el plan elaborado) fue expulsado del tren, encarcelado y llevado a juicio. En el juzgado de distrito criminal de la parroquia de Nueva Orleans, cuyo titular era el juez John Howard Ferguson, Plessy esgrimió como defensa la inconstitucionalidad de la Separate Car Act, al vulnerar dicho texto legal la decimocuarta enmienda. Ferguson rechazó esa línea defensiva, argumentando que, como estado soberano, Luisiana tenía perfecto y legítimo derecho a aprobar dicha norma legal. El comité de ciudadanos que había utilizado a Plessy, se encargó de su defensa y apeló al Tribunal Supremo de Luisiana, que avaló en todos sus extremos la sentencia de instancia. El asunto llegó al Tribunal Supremo, con Plessy como recurrente y el juez Fergusson como recurrido.

En una sentencia que contó con el voto favorable de siete magistrados, el Tribunal Supremo avaló las resoluciones impugnadas, al entender primero, que las normas legales aprobadas eran válidas y que de ellas no se podría deducir necesariamente que las leyes considerasen a los integrantes de determinadas razas como inferiores; y, segundo, que la decimocuarta enmienda no imponía necesariamente la equiparación total, sino la proscripción de toda discriminación en función de la raza; en definitiva, lo que popularmente se conoció como la doctrina “separate, but equal” (iguales, pero separados). En este sentido, la muy cuestionable doctrina de la sentencia indicaba que:

“Una ley que simplemente implica una distinción legal entre las razas blanca y de color (distinción fundada en el color de ambas razas, y que debe existir en tanto los blancos sean distintos de los de otras razas) no tiene tendencia a destruir la igualdad de las dos razas, o reestablecer un estado de servidumbre involuntaria.”

 

Dicha sentencia establecía una distinción entre: “leyes que interfieren con la igualdad política de los negros y aquellas que requieren la separación de las dos razas en escuelas, teatros y vagones de ferrocarril.” Las primeras eran, evidentemente, inconstitucionales y nulas; las segundas, válidas en cuanto emanaban del “police power” de cada estado.

La doctrina Plessy, que contó con un furibundo voto particular discrepante del juez John Marshall Harlan, se mantuvo incólume hasta el 17 de mayo de 1954, cuando a la hora de resolver el asunto Brown v. Board of Education of Topeka, fue expresamente rechazada.

En este ambiente histórico y social se ambienta la excelente película Ragtime, dirigida en 1981 por Milos Forman y que adaptaba a la gran pantalla la novela homónima de E.L. Doctorow. El film es notable no sólo por su cuidadísima ambientación escénica, sino por suponer la última aparición en la gran pantalla de James Cagney y Pat O´Brian, dos grandes leyendas del cine negro de los años treinta y cuarenta que incluso habían protagonizado juntos un film, Angels with dirty faces (Ángeles con caras sucias); por la reaparición del cómico, cantante y bailarín Donald O´Connor, que efectúa una impagable performance del célebre número musical I could love a million girls; y, sobre todo, por suponer el primer rol importante de actores que ulteriormente alcanzarían notoriedad, caso de Robert Joy (muy popular a comienzos del siglo XXI por su papel de médico forense en CSI: Nueva York), Brad Dourif (por su intervención en las dos últimas películas de El señor de los Anillos), Jeff Daniels, Mandy Patinkin (el inolvidable Íñigo Montoya de La princesa prometida) o Mary Steenburgen, si bien ésta ya gozaba de cierta fama.

Aun cuando el film, ambientado en Nueva York, recoge hechos reales, como el asesinato del constructor Stanford White el 25 de junio de 1906 mientras asistía a una representación del musical Mam´zelle Champagne, el núcleo de la película se centra en la grave afrenta que varios ciudadanos blancos, pertenecientes al cuerpo de bomberos, propician a un músico negro, Coalhouse Walker jr, cuando ven a éste circular en un automóvil último modelo. Tras impedirle la circulación flanqueando su vehículo con dos coches de extinción de incendios, le exigen un “peaje” de veinticinco dólares por abrirle paso. Coalhouse acude a un policía, y cuando regresa contempla que el vehículo se encuentra perfectamente estacionado en un solar, pero con excrementos en el asiento del conductor. Ante la pretensión de Walker de que le limpien el asiento, el agente de la policía se muestra en principio favorable, pero recula cuando los bomberos le insinúan que, de seguir por ese camino, el agente podría tener problemas y encontrarse con que, en caso de producirse un incendio en su domicilio, los bomberos se negasen a acudir.

Walker sufre un auténtico vía crucis, por cuanto cada vez que acude a una institución para defender sus derechos le responden con una afirmación muy típica del mundo español: “no somos competentes para resolver su reclamación”: así, la policía le remite al Ayuntamiento, éste a las instituciones estatales y estas, a su vez, a la policía local, en un círculo vicioso del que no es posible salir. Cuando la futura esposa de Walker, Sarah, acude a un mitin del Vicepresidente de los Estados Unidos con el fin de solicitar ayuda para su prometido, fallece tras ser golpeada por los miembros de la seguridad del vicepresidente. Al ver cómo no sólo se le niega la tutela de sus derechos, sino que incluso se acaba con la vida de sus seres queridos, Walker opta por llamar la atención de la única forma posible: tras abatir a varios miembros del cuerpo de bomberos que le habían agraviado, se encierra con varios simpatizantes en el edificio de la Biblioteca Morgan (que cuenta con piezas de valor incalculable), edificio que, además, mina con varias bombas para evitar el asalto.

El visionado de la película invita a reflexionar sobre varios aspectos, para los cuales forzosamente hemos de situarnos desde la perspectiva de un ciudadano neoyorkino de principios del siglo XX, y no desde un “presentismo” que distorsionaría sobremanera la comprensión.

Primera.- La sociedad es la que ha de inspirar la ley, y no a la inversa.

 

Hemos visto que la acción se sitúa en un estado del norte, más concretamente en Nueva York, donde la abolición de la esclavitud se había aprobado en una fecha tan temprana como 1798, cuando el entonces gobernador John Jay, cuya religiosidad le infundió siempre una animadversión contra la esclavitud, había sancionado una ley que en la práctica supondría la gradual emancipación de los esclavos.

En el Nueva York no era en modo alguno infrecuente ver a ciudadanos de color en puestos, cargos y situaciones inconcebibles al sur de la línea Mason-Dixon. Así, el ver a Coalhouse Walker jr. conducir orgullosamente un automóvil último modelo por las calles de la ciudad no causa extrañeza, sino más bien envidia por el éxito logrado, envidia que, en realidad, es el desencadenante de la acción que marca el inicio de la tragedia.

Pero, en definitiva, Nueva York no contaba con ley discriminatoria alguna porque la propia sociedad neoyorkina había evolucionado de forma más rápida que otras del sur.

No se trata, por tanto, de imponer una norma o ideología desde arriba, es decir, contra la población o determinado sector de ella; es la propia sociedad quien ha de reaccionar elevando a nivel legal lo que es normal. En caso contrario, lo más probable es que la ley fracase por resistencia de la población o porque esté ideada para una sociedad diferente; tal ocurrió, en nuestro país, con la Constitución de Cádiz, imposición de una élite minoritaria y pensada para una sociedad muy distinta de la española de la época, que apenas se sintió vinculada por un texto y unos principios ajenos a ella.

Segunda.- El individuo marca la diferencia.

En contra de lo que auspicia la metodología histórica marxista, el individuo puede marcar la diferencia. En este caso, los acontecimientos se desencadenan por la envidia que el jefe de bomberos, Willie Conklin un frustrado bravucón, siente al ver que otro individuo a quien considera inferior ha logrado con su esfuerzo prosperar más pero, sobre todo, por la inacción del agente de policía, cuya simpatía inicial por Walker flaquea cuando el jefe de bomberos le insinúa que, de continuar por ese camino, nadie acudiría a extinguir un incendio en casa del miembro de las fuerzas del orden. Cuando ya en pleno drama, Conklin trata de repetir la misma baladronada ante el Rhinelander Waldo, Comisionado de la Policía de Nueva York, comprobará como éste no se amilana.

Tercera- La ley es ineficaz cuando los individuos no desean cumplirla.

Gran parte de la tragedia se masca por la ineficacia de la tutela efectiva, no por falta de leyes, sino por la división orgánica y jurídica entre las distintas instituciones. Thomas Paine, en su célebre tratado Common sense (escrito en 1776 en apoyo a las colonias americanas en plena rebelión contra Gran Bretaña) decía que los gobiernos absolutos tienen como única ventaja su simplicidad, en tanto puede determinarse de forma casi instantánea cualquier vicio o irregularidad; sin embargo, en Gran Bretaña, un país donde las libertades gozaban, cuando menos desde el punto de vista jurídico, de plenas garantías, era institucionalmente tan compleja que podrían pasar años antes de que pudiera determinarse la causa. Eso es lo que ocurre en la película cuando el pobre Walker inicia un peregrinaje por las distintas instituciones, donde cada una le remite a otra diferente, hasta que el afectado estalla.

Cuarta- El derecho de resistencia y sus límites.

El derecho de resistencia frente al poder ilegítimo fue recogido en los tratados medievales, desde Santo Tomás hasta Juan de Salisbury. Pero incluso un pensador tan avanzado como John Locke admitía en ciertos casos la resistencia activa frente a actos de poder ilegítimo. Los propios Estados Unidos habían nacido precisamente del ejercicio del derecho de resistencia frente a un poder que consideraban ilegítimo. El problema que plantea todo ejercicio de esta potestad extrema radica en dos interrogantes: quién decide la ilegitimidad y, sobre todo, determinar qué es ilegítimo.

En el film vemos cómo en dos ocasiones se ejerce personalmente un derecho de resistencia frente a la inacción de las autoridades. La primera, cuando el industrial Harry Kendall Thaw asesina al constructor Stanford White, al comprobar que el ordenamiento jurídico no le ofrecía remedio a lo que consideraba una ofensa a su honor (White había esculpido una estatua de una mujer desnuda en pose de lanzar una flecha, y la había colocado en la cúpula de uno los edificios más vistosos de la ciudad; el problema era que la modelo no había sido otra que la mujer de Thaw). La segunda, la protagoniza Coalhouse Walker tras comprobar el fracaso de todos los intentos de encauzar su pretensión por vía legal.

En definitiva, un brillantísimo film que, pese a sus dos horas y media de duración, en modo alguno se hace largo. Y, para finalizar esta entrada, nada mejor que ofrecer la interpretación que el gran Donald O´Connor efectúa de esa alegre y divertido tema que es I could love a million girls, tema, por cierto, que mucho me temo hoy en día estaría censurado debido a la nefasta “corrección política” por desgracia cada vez más extendida.

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Un comentario el “RAGTIME (1981): CONFLICTOS JURÍDICOS Y SOCIALES CON PLESSY v. FERGUSSON (1896) DE FONDO.

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