SOBRE LIBROS, JUECES, Y LIBROS SOBRE JUECES.

 

97804650932811

Ayer 23 de abril fue día del libro, y curiosamente, de forma casual, recibí (los había encargado con bastante anterioridad, y no estaba planificado en modo alguno que la entrega fuera precisamente coincidente con tal conmemoración) dos biografías de dos jueces del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, ambos además escritos por la misma persona, la periodista Joan Biskupic El primero no es otro que el ya veterano American originalist, aproximación a la vida de Antonin Scalia, y que por estas fechas cumple una década de existencia. El segundo es una obra muchísimo mas novedosa, pues acaba de salir al mercado el pasado mes de marzo, y no es otra que The Chief, acercamiento a la vida profesional de John G. Roberts jr., actual presidente del Tribunal Supremo. No son las anteriores las dos únicas veces que la autora trató de dar a conocer la trayectoria vital de los jueces del más alto tribunal federal estadounidense, pues también a Biskupic debemos acercamientos biográficos a Sandra Day O´Connor, la primera mujer en acceder al Tribunal Supremo de los Estados Unidos (por cierto, que hace escasas fechas se ha hecho público que lamentablemente está aquejada de la enfermedad de alzhéimer, la misma que padeció su difunto marido) y a Sonia Sotomayor.

Evidentemente, las obligaciones profesionales me han impedido avanzar en la lectura con la rapidez deseada y apenas he tenido ocasión de echar más que un vistazo a la biografía del actual chief justice, pero aun así las páginas iniciales prometen. En realidad, está concebido como un largo flashback, puesto que la obra sitúa su punto de partida a las diez de la mañana del último día hábil del mes de junio de 2018, momento en el cual tan sólo John Roberts conoce la noticia que saltará a la luz pública horas después: la retirada de Anthony Kennedy. A partir de ese momento, y tras una gruesa pincelada sobre los acontecimientos que han tenido lugar desde el fallecimiento de Antonin Scalia en 2016 y la designación de Brett Kavanaugh, la autora retrocede a la infancia del biografiado. Y cual sería mi sorpresa cuando antepuesto al capítulo de los años en los que se aborda la más tierna infancia de quien actualmente encarna al tercero de los poderes, ofrece la fotografía de una carta manuscrita que el 22 de diciembre de 1968 aquél envió al director del colegio La Lumiére, en Indiana, una institución muy elitista y que se situaba en vanguardia en la formación de primeros espadas. En ella incluye una frase antológica: “No estaría contento obteniendo un buen trabajo por adquirir una buena educación, sino que deseo obtener el mejor trabajo adquiriendo la mejor educación.” Toda una declaración de intenciones de mano de quien aún no había cumplido los catorce años. Sin embargo, el tiempo le ha dado la razón, y su currículum profesional es impecable: educado en Harvard, secretario jurídico de William H. Rehnquist (entonces uno de los ocho jueces asociados del Tribunal Supremo), asesor en el Departamento de Justicia, brillantísimo abogado en el sector privado que en treinta y nueve ocasiones defendió casos ante el Tribunal Supremo (en palabras de la juez Elena Kagan, Roberts ha sido el abogado más brillante que ha ejercido ante dicho órgano judicial), juez en el Tribunal de Apelaciones del Distrito de Columbia y, finalmente, presidente del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, sucediendo precisamente a William Rehnquist. Sus sólido acervo jurídico, su inmensa cultura, su carisma indudable hace que nadie se plantease rechazar su nombramiento. De hecho, Biskupic transcribe las afirmaciones de una columnista del The New Yorker cuando seguía las sesiones en el Comité Judicial del Senado en las que se abordó la confirmación de Roberts como chief justice: “Ver a Roberts en televisión era como contemplar uno de esos radiantemente saludables héroes que interpretaban Jimmy Stewart y Henry Fonda. No había posibilidad que a tal candidato se le negase un lugar en el Tribunal Supremo.”

Lo he dicho en alguna otra ocasión y lo reitero: una de las principales diferencias entre la judicatura estadounidense y la española es la absoluta opacidad que existe en la última en lo que se respecta a los jueces. En los Estados Unidos, si uno entra en la página web de cualquiera de los noventa y cuatro juzgados de distrito (el nivel inferior de la planta judicial) encuentra la información más completa sobre cada uno de los integrantes. Si uno acude, por ejemplo, a la página web oficial del Juzgado de Distrito Norte de California, existe una pestaña titulada “jueces” donde aparecen identificados con nombre y apellidos cada uno de los integrantes de dicho órgano. Pero si uno pincha en el nombre de cualquiera de los jueces, se encuentra con una completísima información. Ejemplo. Juez de Distrito James Donato, uno de los titulares del citado órgano judicial. Aparece una foto suya (muy sonriente, por cierto), su dirección profesional, el horario de las vistas (no sólo el día de la semana, sino las horas concretas, por ejemplo, los asuntos penales se ventilan el segundo miércoles del mes a las 10:30 en San Francisco y el cuarto miércoles de cada mes a las 9:30 en Oackand), todo el personal a su servicio y el teléfono y dirección de correo electrónico para dirigirse a ellos; pero, lo más importante, una completa información profesional. Sabremos así, por ejemplo, que nació en Pasadena en 1960, se educó en las Universidades de Berkley (1983), Harvard (1984) y Stanford (1988); que entre 1988 y 1989 fue secretario jurídico del juez Procter R. Hug jr; que ejerció la abogacía entre 1990 y 1993, como asistente del fiscal en San Francisco entre 1993 y 1996, año en el que retomó el ejercicio de la abogacía hasta el año 2014, en el que fue nombrado juez a propuesta de Barack Obama. Intenten buscar algo similar en nuestro país y chocarán con la clásica leitanía de que ofrecer esa información vulneraría la normativa de “protección de datos personales” (sic).

Pero además, todo el mundo conoce a los jueces del Tribunal Supremo de los Estados Unidos. En el mercado hay biografías no sólo de los jueces actuales, sino de quienes han desempeñado anteriormente el cargo en dicho órgano. Desde John Jay (el primer chief justice) hasta John Roberts (el último), uno puede encontrar biografías de personalidades tan relevantes como William Rehnquist, Antonin Scalia, William Brennan, Harry Blackmun, Earl Warren, Charles Evans Hughes, Louis D. Brandeis, Oliver Wendell Holmes, Stephen Field, Oliver Ellsworth y, por supuesto, John Marshall. El balance es abrumador. Traslado ahora al lector una pregunta: ¿Cuántas biografías de jueces del Tribunal Supremo español existen en nuestro país? Silencio administrativo que seguramente no tendrá carácter positivo. A nivel particular, la única que conozco es la de José Díaz Herrera sobre Baltasar Garzón. Muto el interrogante: ¿Cuántos conocen el nombre de algún juez del Tribunal Supremo? Últimamente sí que quizá puedan sonar varios, como los célebres Marchena o Llarena, o el tristemente célebre Luís Díez Picazo, conocido por su discutible gestión en el asunto de las sentencias sobre los gastos vinculados a la formalización de préstamos hipotecarios. Quienes aún no peinamos canas pero tenemos ya ciertos años a nuestras espaldas quizá recordamos los de Barbero o Moner (instructores del célebre caso Filesa) o el de Diego Rosas Hidalgo (este último no por su labor profesional en el más alto órgano judicial español, sino por haber sido la persona elegida como árbitro en el programa “Veredicto” que en los años noventa presentaba la incombustible Ana Rosa Quintana y donde el exjuez trataba, con su sabiduría, bonhomía y humor de pacificar conflictos inter privatos).

En definitiva, que se da la paradoja que a nivel profesional es más fácil para mi conocer la vida profesional de un juez estadounidense que la de uno español. Para que luego se presuma con grandilocuentes palabras de la tan cacareada transparencia.

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