EL JUEZ OLIVER WENDELL HOLMES SE “CUELA” EN EL JUICIO A LOS INDEPENDENTISTAS.

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Javier Melero, iniciaba sus conclusiones finales como letrado de una de las defensas en la vista oral de la causa 20907/2017 seguida en la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo, citando al juez Oliver Wendell Holmes, en concreto la frase: “hard cases make bad law”, que podría traducirse más o menos literalmente como “los casos difíciles acarrean un mal derecho”. Es cierto que el juez Holmes efectúa tal afirmación en el voto particular discrepante que formula en el caso Northern Securities Co. v. United States (193 US 197 [1904]), pero también es cierto que la frase no es original suya, sino que enuncia un viejo aforismo del common law, que ya en 1837 un juez daba como principio consolidado. Puede ser útil, no obstante, un análisis del caso Northern Securities para insertar la afirmación de Holmes en su contexto, dado que si uno lo analiza el resultado creo que no sería precisamente el que se daba a entender en la cita..

El asunto en cuestión afecta a un tema que a finales del siglo XIX y principios del XX propició numerosos pronunciamientos de órganos judiciales: la legislación antimonopolística, en este asunto concreto, aplicada a las compañías ferroviarias. El 2 de julio de 1890 el presidente Benjamín Harrison sanciona la Act to protect trade and commerce against unlawful restraints and monopolies, cuya denominación abreviada es Anti Trust Act o Sherman Act (en honor a John Sherman, senador por Ohio, quien presentó la iniciativa legislativa en la Cámara Alta). Dicho texto legal proscribía los monopoliois o los acuerdos entre compañías que supusieran una restricción del libre mercado.

En 1901 dos compañías ferroviarias, la Great Northern (de Minnesota) y la Northern Pacific (de Wisconsin) formaron un holding denominado Northern Securities Company. Las hasta entonces compañías que se disputaban competitivamente el transporte por ferrocarril desde los Grandes Lagos y el Río Mississippi hasta el Océano Pacífico, se fundían en una sola y su gestión pasaba a unificarse. Por ello, en palabras del Tribunal Supremo, “necesariamente, las compañías cesaban, bajo tal unión, de ser competidores activos en el transporte y comercio en sus respectivas líneas, para convertirse en una poderosa y consolidada corporación.” En otras palabras, el clásico asunto antimonopolio que con tanta frecuencia se dio en aquella etapa de la historia norteamericana. El gobierno federal, al amparo de la Sherman Act, ejercita un pleito antimonopolio frente a la Northern Securities Co (el holding), la Great Northern Railway Company y la Northern Pacific Railway Company (las sociedades que lo integraban). Los juzgados dieron la razón al gobierno y el asunto acabó en el Tribunal Supremo.

La sentencia del caso se hizo pública el día 14 de marzo de 1904, y por una ajustada mayoría de cinco votos frente a cuatro, se confirmaron los pronunciamientos de instancia que consideraron la unión de las compañías como una vulneración de la legislación antimonopolística. En una sentencia de la que fue ponente John Marshall Harlan que conto con el apoyo de tres de sus colegas (Henry B. Brown, Joseph McKenna y William R. Day) y con el voto particular concurrente de David J Brewer, el Tribunal Supremo afirmó que las pruebas “acreditaban totalmente” que los hechos constituían una vulneración de la normativa legal “en tanto en cuanto ésta declara ilícita toda combinación o acuerdo que restrinja el comercio entre los diversos Estados y las naciones extranjeras, y prohíbe las tentativas de monopolizar tal comercio o parte de el.”

Sin embargo, el asunto distaba de estar tan claro como pretendía, porque existen dos votos particulares discrepantes. Uno, redactado por el juez (y futuro chief justice) Edward White, al que se suman el entonces chief justice Melville M. Fuller, Oliver Wendell Holmes y Rufus Peckam. El segundo, redactado por Oliver Wendell Holmes (que aún distaba mucho de ser esa especie de “Pepito Grillo” o “Gran Disidente” del Tribunal Supremo en que llegaría a convertirse, dado que en el momento de resolverse el asunto aún no había cumplido el año y medio como juez de dicha institución) al que se adhirieron nada menos que el entonces chief justice Melville M. Fuller, el juez (y futuro chief justice) Edward White, y Rufus Peckam. Dicho voto particular se abre invocando el célebre principio que Javier Melero enunciaba en sus conclusiones. Pero conviene no detenerse en la frase aislada, sino en el párrafo completo, porque en el mismo explica con detalle lo que pretende decir con ello. La cita completa es la siguiente:

“Los grandes casos, como los casos difíciles, acarrean un mal derecho. Porque los grandes casos se denominan grandes no debido a su importancia real a la hora de conformar el derecho del futuro, sino por algún accidente de interés abrumadoramente inmediato que apela a los sentimientos y distorsiona el criterio. Esos intereses inmediatos ejercen una clase de presión hidráulica que hace que lo que previamente estaba claro parezca dudoso, y antes de los cuales incluso los bien asentados principios del derecho vincularían. Lo que debemos hacer en este caso es encontrar el significado de algunas palabras no muy difíciles. Debemos intentarlo, he intentado hacerlo con la misma libertad de interpretación natural y espontánea de la que uno estaría seguro si la misma cuestión surgiese de un pleito derivado de una ley similar y que no excitase la atención del público, y tan sólo fuese importante para el prisionero que comparece ante el tribunal. Más aun, aunque en ocasiones los jueces necesitan para su trabajo la experiencia de economistas o estadistas, y debe resolver a la vista de las consecuencias que pueda acarrear, aun así su tarea es interpretar y aplicar las palabras del texto legal, su función es meramente académica para empezar -leer el inglés de forma inteligente- y las consideraciones respecto a las consecuencias entran en juego, de hacerlo, tan sólo cuando el significado de las palabras está abierto a dudas razonables.”

Es evidente, por tanto, que Holmes lo que dice es que precisamente lo que hace un caso difícil no es su complejidad intrínseca (que él mismo reconoce no lo es en absoluto) sino la presión mediática que el apasionamiento puede ejercer, en una parte y en otra.

Aplicado a la causa especial, la pregunta es clara. Si los comportamientos atribuidos a los procesados los hubiesen efectuado personas anónimas y en modo alguno tuviesen la relevancia mediática que han tenido por las circunstancias que les rodean, ¿se definiría la causa especial como compleja?. Personalmente, lo dudo mucho.

Por cierto, no deja de ser muy interesante y significativo que, aun cuando en una minoría integrada por cuatro jueces, Holmes se aliara en esta ocasión con la élite empresarial de las grandes corporaciones en perjuicio del ciudadano usuario del ferrocarril, medio de transporte por antonomasia en aquellos momentos. Pero lo cierto es que Holmes es uno de esos personajes a quienes se les perdona todo. Incluso su brutal afirmación en el célebre caso Buck v. Bell, avalando la constitucionalidad de una normativa virginiana que obligaba a esterilizar a los incapaces: “Tres generaciones de imbéciles son suficientes.”

 

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Un comentario el “EL JUEZ OLIVER WENDELL HOLMES SE “CUELA” EN EL JUICIO A LOS INDEPENDENTISTAS.

  1. Enhorabuena, Ms De Villefort, por el blog. Lo sigo habitualmente pero esta entrada ya creo que se ha superado, por la rapidez de reflejos y por la erudición que acredita sobre el Derecho norteamericano. Mis respetos. Un abrazo

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