JUSTICIA, LEY Y JUECES EN UNOS PÁRRAFOS DEL PRIMER VALLE-INCLÁN

En el año 1908 don Ramón María del Valle Inclán publicó su breve novela Los cruzados de la causa, primer tomo de la trilogía dedicada a las guerras carlistas. Situada cronológicamente en el tercero de los conflictos dinásticos, ubicó la acción en un universo geográfico que le era plenamente familiar y que ya había servido como marco de sus Sonatas: Viana del Prior y las tierras de Lantañón, ficticias localidades situadas en la brumosa Galicia. También optó por utilizar personajes que ya habían aparecido en obras anteriores: el Marqués de Bradomín y Juan Manuel Montenegro. En unos años donde el novelista aún mantenía vivas las simpatías por el tradicionalismo, don Ramón planteaba en su novela el contraste entre la Galicia rural, apegada a las tradiciones arrumbadas, y el inevitable progreso que simbolizaba el constitucionalismo. Así, el “caballero legitimista” (tal y como se define machaconamente, a lo largo de la novela, a Bradomín) y el vinculero Montenegro se mantienen apegados a los viejos ideales de la nobleza titulada con los que intentan sobrevivir en un mundo que les es ajeno. Esa quiebra del respeto a que se sentían acreedores los viejos nobles se muestra claramente en el tercer capítulo, cuando Juan Manuel Montenegro reflexiona acerca del retorno del Marqués de Bradomín a su viejo palacio, regreso que se consuma en el silencio de una noche lluviosa. Ante dicha situación, Montenegro afirma: “En otro tiempo, mi sobrino hubiera entrado en la villa a son de campanas. Es el privilegio obtenido por la defensa que hizo uno de sus antepasados, y también mío, cuando arribaron a estas playas piratas ingleses.”

No obstante, ya en las páginas finales de la novela, es el mismo Juan Manuel Montenegro quien efectúa unas curiosas reflexiones sobre la Justicia, la Ley y los Jueces, a través de un diálogo con la Madre Abadesa, una religiosa a la que se encuentra unido por vínculos familiares. Cuando ésta habla de la eficacia de las leyes, don Juan Manuel efectúa la siguiente reflexión, seguida de un diálogo muy revelador de la personalidad del vinculero:

“-¡Hablan de las leyes como de las cosechas! Yo, cuando siembro, todos los años las espero mejores…Las leyes, desde que se escriben, ya son malas. Cada pueblo debía conservar sus usos y regirse por ellos. Yo cuento setenta años, y jamás acudí a ningún alguacil para que me hiciese justicia. En otro tiempo mis abuelos tenían una horca. El nieto no tiene horca, pero tiene manos, y cuando la razón está en su abono, sabe que no debe pedírsela a un juez. Pudiera acontecer que me la negase, y tener entonces que cortarle la diestra, para que no firmase más sentencias injustas. La primera vez que comprendí esto, era yo joven, acababa de morir mi padre. El Marqués de Tor me había puesto pleito por una capellanía, pleito que gané din derecho. Entonces me fui adonde estaba mi primo, y le dije: Toda la razón era tuya, córtale la mano a ese juez y te entrego la capellanía.
-¡No lo haría!
-No lo hizo…Pero yo le devolví la capellanía.
-¡Pobre Marqués de Tor, me lo figuro! ¡El siempre tan mirado!
Y don Juan Manuel levantó los brazos:
-¡Y aquel mentecato aún siguió en pleitos toda su vida, acatando la justicia de los jueces!”

Las reflexiones y el diálogo anterior muestran de cuerpo entero la ideología de Montenegro que, digámoslo claramente, en parte compartía el propio Valle-Inclán. No cree en la justicia humana personalizada en los jueces, contra la que expresamente se pronuncia y se rebela, mas sin embargo ello no le impide regirse por un código de honor periclitado, hasta el punto que pese a ser beneficiario de una sentencia judicial que le otorga un determinado honor, renuncia a él entregándoselo a otro porque considera que el fallo a su favor es injusto. No obstante, esas ideas enunciadas se desarrollan a continuación merced a un breve diálogo entre Montenegro y un canónigo:

“-Señor mío, que haya un juez venal no implica maldad en la ley.
-Hasta ahí conforme.
En los labios del canónigo se acentuaba la sonrisa doctoral:
-¿Entonces, señor mío?
Don Juan Manuel hizo un gesto violento:
-Pero si con ley buena hay sentencia mala, puede haber con ley mala sentencia buena, y así no está la virtud en la ley, sino en el hombre que la aplica. Por eso yo fío tan poco en las leyes, y todavía menos en los jueces, porque siempre he visto su justicia más pequeña que la mía.”

En ese breve diálogo de una novelita escrita hace ciento doce años se dejan planteadas cuestiones vitales relativas a la Justicia, a la ley positiva y a su aplicación. Cuando se han disuelto los vínculos entre el Derecho y la aspiración a un ideal de Justicia (debido a la asunción del dogma roussoniano de la voluntad general), y cuando la ley aprobada por los representantes de la comunidad puede no necesariamente ser buena debido a la incidencia del factor humano en su elaboración, factor humano que también puede comprometer la aplicación, uno se pregunta dónde quedó el viejo ideal de Justicia. Nadie, que yo sepa, ha dado una respuesta a esta interesante cuestión salvo el gran Alejandro Nieto, quien constató tristemente que el Estado moderno ha renunciado al objetivo de alcanzar la Justicia refugiándose en una tarea mucho más sencilla de justificar: resolver los conflictos intentando ofrecer una respuesta en Derecho.

Ideas, conceptos, reflexiones que Valle-Inclán puso en boca de uno de los protagonistas de las Comedias bárbaras. Y que, aun cuando desclasado y fuera de tiempo, no por ello dejaba de tener cierta grandeza.

Por cierto, que dada la abierta simpatía con que se abraza la causa legitimista en esta novela, uno se pregunta si en la actualidad pasaría el filtro de lo políticamente correcto y, por tanto, si no habrá quien proscriba su lectura, de la misma forma que se ha llegado a proscribir la lectura de algunos cuentos infantiles en las escuelas.

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