NUEVA YORK, EL GOBERNADOR Y LA CRISIS SANITARIA.

Corría el mes de julio del año 1795 cuando en la ciudad de Nueva York tuvo lugar un acontecimiento aparentemente cotidiano: un médico fue llamado para que acudiera a un navío atracado en el East River, a fin de que atendiese a varios miembros de la tripulación que se encontraban enfermos. Apenas unos días más tarde, tanto los marineros como el galeno habían fallecido a causa de lo que se demostró ser una epidemia de fiebre amarilla. Una vez tuvo conocimiento del hecho, el recién elegido gobernador del estado de Nueva York (que había tomado posesión del cargo el día 1 de julio de 1795) no se hizo esperar, pues de forma instantánea no sólo ordenó el cierre del puerto de la ciudad a buques procedentes del Mediterráneo y de las Indias Occidentales, sino que se hizo asesorar por un consejo de expertos en medicina para responder a una medida adoptada por Pennsylvania, que había proscrito la entrada en su territorio a todos los ciudadanos de Nueva York. Aun cuando los doctores consultados afirmaron que la enfermedad no era contagiosa, Pennsylvania mantuvo la cuarentena y vetó la entrada de neoyorkinos en su territorio.

Con todo, el gobernador rehusó abandonar la ciudad de Nueva York, como le recomendaron sus allegados. Cuando le hicieron ver que debía buscar la seguridad abandonando la sede del gobierno y trasladándose al mucho más seguro estado de Nueva Jersey, la respuesta del máximo responsable del empire state no se hizo esperar, y se reafirmó en su deseo de permanecer en la ciudad junto con su familia, manifestando que: “Nuestra situación nos ofrece considerable seguridad frente al desorden, y pienso es mejor que mi familia permanezca aquí, puesto que su marcha aumentaría la alarma, que ya es demasiado grande.” Cuando la epidemia remitió, el jefe ejecutivo del estado emitió en noviembre de ese año 1795 una proclama en la que recomendaba a los ciudadanos del estado elevar sus oraciones dando las gracias al Creador por el fin de la trágica situación. En una carta recibida que le había escrito un juez, éste manifestaba: “He leído con placer la proclama de su excelencia acordando un día de plegarias y acción de gracias; las causas son bien conocidas, y las solicitudes proporcionadas. Todo el mundo coincidirá que hemos recibido grandes e inmerecidos dones, como sociedad, de nuestro Creador; y que es adecuado y propio que, como sociedad, reconozcamos e imploremos su continuación.”

El gobernador en cuestión no era otro que John Jay, uno de los más destacados padres fundadores que, recién abandonada la presidencia del Tribunal Supremo y apenas un mes después de ser elegido gobernador de su estado natal, hubo de enfrentarse a un grave problema de salud pública. Es de destacar no sólo la firmeza con la que se enfrentó al mismo, sino la energía con la que adoptó las medidas que consideraba necesarias, sin que vacilase o le temblara el pulso con ello. También destaca el hecho que se rodease de profesionales en la materia, si bien lógicamente, no puede juzgarse con criterios modernos la situación existente, sino que en justicia ha de efectuarse la valoración conforme al estado de la ciencia en el siglo XVIII. Pero, sobre todo, llama poderosamente la atención el hecho que Jay desoyese las voces que le aconsejaban de huir de la ciudad para evitar el contagio. Jay, cuya vida fue un ejemplo constante de achaques, enfermedades y dolencias que no le impidieron gozar de una “mala salud de hierro”, rehusó abandonar la ciudad en momentos tan difíciles y, lógicamente tomando las precauciones necesarias para evitar la extensión de la enfermedad, optó por permanecer en la urbe, argumentando que su salida de la misma podría ser interpretada como una huida y acrecentar la alarma, ya de por sí bastante crecida.

Es menester valorar enormemente la energía, la prudencia y, sobre todo, la humanidad de Jay. En momentos de una enorme dificultad, no dudó en afronta la situación de forma decidida, pero sin caer en alarmismos innecesarios que tan sólo acrecentarían el temor de la población, lo que podría además ser fuente de conflictos.

Quizá ya iniciada la tercera década del siglo XXI los padres fundadores aún puedan ofrecer algún que otro ejemplo a los desnortados líderes mundiales contemporáneos.

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