JULIO CÉSAR (1953): DOS HORAS DE ENTRETENIMIENTO Y REFLEXIÓN.

 

En el año 1953 se estrenaba el film Julius Caesar, dirigido por Joseph Leo Mankiewicz, y que suponía la adaptación a la gran pantalla del célebre drama histórico de Shakespeare. El director se rodeó de un plantel de estrellas de primera magnitud, si bien con una modificación de última hora. Aun cuando el célebre general romano era quien da título a la obra, los dos personajes principales que van a protagonizar el silente duelo que se explicitará en el último acto eran Marco Junio Bruto y Marco Antonio. El primero fue interpretado por el magnífico actor británico James Mason, quien realmente ofreció un auténtico recital de actuación; el segundo, iba a ser encarnado por el actor Paul Scofield, pero las pruebas realizadas a Marlon Brando resultaron tan satisfactorias que fue éste quien se alzó con el rol del futuro triunviro. Junto a Mason y Brando, estarían el sólido actor teatral John Gielgud interpretando al manipulador Casio (curiosamente, en la versión cinematográfica de 1970 Gielgud interpretaría a Julio César) y el por entonces habitual del cine negro Louis Calhern en el papel del general romano. En la cinta harían aparición igualmente grandes estrellas en roles episódicos, como Edmond O´Brian (Casca), George Macready (Marullus) Greer Garson (Calpurnia) o Deborah Kerr (Porcia).

La película, adaptación bastante fiel al drama de Shakespeare, abunda como éste en grandes temas como la desmedida ambición política, el abuso de poder, la soberbia humana y la manipulación a que se somete al populacho. La acción se sitúa en el año 44 a. C., cuando Julio César, que ha vencido a su rival Pompeyo (éste asesinado por sus propios aliados egipcios, y cuya muerte su rival lamentó profundamente llegando a castigar sin piedad a los asesinos) ha sido nombrado dictador vitalicio. Y la escena inicial no puede ser más ilustrativa. Dos ciudadanos romanos, Flavius y Marullus, alzan su voz contra quienes vitorean al general convertido en dictador a perpetuidad. Tras pronunciar un discurso contra los abusos del poder, retiran los adornos florales y laureles que se han colocado en un busto del César. Tras hacerlo, se encuentra con un soldado romano que se lo lleva, para ulteriormente enterarnos que ambos discrepantes han sido eliminados.

El nudo principal tanto de la obra teatral como del film pivota sobre las dos caras de una moneda: la ambición de Julio César por un lado y la envidia y resentimiento de Casio por otro. La primera de las circunstancias se expone de una forma muy curiosa, puesto que no se representa directamente al espectador, sino a través de la narración de un acontecimiento que efectúa un tercer personaje. Dos de los protagonistas del drama, Casio y Bruto, conversan en una plaza cuando oyen “clarines y aclamaciones” procedentes del anfiteatro. El espectador ignora qué ocurre hasta que uno de los asistentes al evento, Casca, lo expone a los otros dos personajes:

“Fue pura farsa. Vi a Marco Antonio ofrecerle una corona -aunque no era tampoco una corona, sino una de esas guirnaldas, y, como os decía, la apartó una vez; pero, a pesar de todo, pienso que le habría gustado tenerla. Entonces, se la ofreció otra vez; nuevamente la rechazó; pero tengo para mi que se le hizo muy pesado retirar de ella los dedos. Y luego se la ofreció por tercera vez; por tercera vez la alejó de sí. Y mientras de este modo la rehusaba, la chusma vitoreó y aplaudió con sus callosas manos, echando por alto sus gorros mugrientos y exhalando tal cantidad de aliento pestífero porque César había desdeñado la corona, que medio lo asfixiaron, pues se desmayó y rodó por el suelo”

Este hecho revela dos cuestiones que son dignas de reflexión. En primer lugar, la, en efecto, teatralidad de César, quien rechaza poseer un título formal (el de “rey”, debido al odio que la población romana tenía hacia los monarcas) pese a que materialmente goza de todos sus atributos y funciones, pero que desea efectuar una representación para simular desprendimiento o desinterés. En segundo lugar, la peculiar visión negativa que del pueblo tiene quien, en breves momentos, va a integrarse en una conspiración para terminar con la vida de César, precisamente en nombre del pueblo y sus libertades, oprimidas por el dictador. Dos hipocresías, pues, la del titular del poder y la de quien se le opone.

A partir de ahí, todo va a conducir al asesinato del general romano, hecho al que van a contribuir tanto la decisión de los conspiradores como la soberbia de César. Éste llega a afirmar, ante los negros augurios que se ciernen sobre su persona: “¡Los cobardes mueren varias veces antes de expirar! ¿El valiente nunca saborea la muerte sino sólo una vez!”. Y cuando, pese a todos los avisos (el augur que le advierte contra los idus de marzo, los sueños proféticos de su esposa Calpurnia), César decide acudir al Senado, el espectador sabe que el fatum se ha cernido sobre el celebre miembro de la gens Julia. Es en estos momentos previos cuando el bardo de Avon nos ofrece una visión muy antipática y soberbia de César:

“¡Podría ablandarme si fuera como vosotros! Si pudiera rebajarme a suplicar, los ruegos me conmoverían; pero soy constante como la estrella polar, que por su fijeza e inmovilidad no tiene semejanza con ninguna otra del firmamento”

 

César se considera, pues, literalmente una “estrella” y situado muy por encima de los mortales. Es justo en ese momento cuando Casca, el mismo que se había burlado tanto de César como del populacho, alza su puñal al grito de “hablen mis manos por mi”. Y la acción que un hombre solo no se atreve a realizar, la efectúa sin remordimientos cuando actúa en grupo y su responsabilidad tiende a diluirse en el colectivo. Todos clavan sus puñales en Julio César quien, en esos momentos, se redime cuando al ver que Bruto también está entre sus agresores, pronuncia el célebre: “Et tu, brute? Entonces muere, César”. Aunque la frase parece ser que no se encuentra en las fuentes clásicas, sí es cierto que éstas recogen que, tras apuñalarle bruto, César se cubrió la cara con su toga, dando a entender que aceptaba su final.

Primera parte del drama: asesinato del dictador en nombre de la libertad por conspiradores como Casio y Casca que despreciaban al pueblo. Segundo acto del drama: los célebres discursos de Bruto y Marco Antonio y la volubilidad de la masa amorfa. Bruto, que se había opuesto noblemente a verter otra sangre que la de César, habla noblemente para justificar su acción, e incluso permite que Marco Antonio pronuncie un elogio fúnebre del caído general romano. El mismo público que había vitoreado a Bruto, que había manifestado “erijámosle una estatua como a sus antepasados” e incluso “nombrémosle césar” y que acogen torvamente a Marco Antonio al decir: “lo mejor sería que no hablase aquí mal de Bruto”, muta su criterio y da un giro de ciento ochenta grados tras el célebre discurso que el amigo de César pronuncia, aderezándolo con la famosa coletilla: “Pero Bruto ha dicho que no. Y Bruto es un hombre honrado”. Y el pueblo, manejado por unos y por otros, se lanza a una nueva guerra civil, la que enfrenta a los herederos tanto personales como políticos de César (Octavio y Marco Antonio) con sus asesinos (Casio y Bruto).

El resultado es consabido, pues incluso es profetizado en la obra a Bruto nada menos que por el espíritu de César. Pero entre todo el lodazal de ambición política, envidias, resentimientos y bajas pasiones, también hay lugar para la nobleza. La que representa Marco Bruto, a quien en el film el rostro de James Mason otorga un plus. Bruto jamás tuvo ambiciones, y su aspiración única fue lograr la felicidad de un pueblo al que su nombre estaba íntimamente ligado, pues había sido precisamente un antepasado suyo quien había librado a la ciudad del último de los reyes Tarquinos y dado paso a la República. Y nada menos que al final de la obra, cuando los restos inertes del conspirador yacen en una tienda, es nada menos que su rival, Marco Antonio, quien efectúa un sentido reconocimiento a la figura de su rival:

“¡Éste es el más noble de todos los romanos! ¡Todos los conspiradores, menos el, obraron por envidia al gran César! ¡Sólo él, al unirse a ellos, fue guiado por un honrado pensamiento patriótico y en interés del bien público! Su vida fue pura, y los elementos que la constituían se compaginaron de tal modo, que la Naturaleza, irguiéndose, podría decir al mundo entero: “Éste era un hombre”

Entre lo luctuoso y lo trágico de los acontecimientos, Shakespeare se permite introducir alguna reflexión divertida sobre la naturaleza de los hombres, como la que pronuncia César a la salida del anfiteatro:

«Rodéame de hombres gruesos, de hombres de cara lustrosa y tales que de noche duerman bien. He ahí a Casio, con su figura extenuada y hambrienta. ¡Piensa demasiado! ¿Semejantes hombres son peligrosos»

He aquí el trailer oficial de la película, cuyo visionado recomendamos encarecidamente a todos los lectores para distraerse un poco en esta etapa de reclusión menor. Dos horas de cine clásico en estado puro que sin duda alguna plantearán reflexiones e interrogantes que trascienden a la época romana y gozan de rabiosa actualidad.

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