EL CHIEF JUSTICE COMO «CRONOMETRO» EN LAS VISTAS ORALES CELEBRADAS DE FORMA TELEMÁTICA.

En un amplio artículo publicado ayer día 22 de mayo de 2020 en el imprescindible Supreme Court of the United States Blog, Adam Feldman analizaba in extenso el desarrollo de las sesiones del Tribunal Supremo de los Estados Unidos en el nuevo formato de vistas orales adoptado a consecuencia del cierre físico de la sede de órgano judicial a consecuencia de la pandemia ocasionada por el COVID-19. El análisis puede servirnos, además, para contrastar no sólo el estado de la Administración de Justicia en cuanto a dotaciones materiales en ambas orillas del Atlántico sino, lo que es más importante, comprobar que en ocasiones un simple ejercicio de voluntad es capaz de suplir la carencia de medios o sortear determinadas carencias e inconvenientes.

Conviene recordar que en el Tribunal Supremo de los Estados Unidos existen dos fases claramente diferenciadas a la hora de tramitar un asunto. La primera se desarrolla exclusivamente por escrito, y podemos dividirla a su vez en tres subfases: la de petición (integrada por el escrito del recurrente solicitando la admisión del recurso planteando las cuestiones jurídicas a solventar, así como por el escrito del recurrido oponiéndose a la admisibilidad), la de admisión (cuando el Tribunal Supremo decide que tramitará el asunto y fija las cuestiones jurídicas a resolver dando traslado a las partes para que circunscriban el recurso al análisis de las mismas) y la de formalización (donde las partes ofrecen su razonamiento en lo que respecta a las cuestiones jurídicas planteadas en la admisión). Tras esa fase escrita, el Tribunal señalará fecha para la vista oral, que tiene lugar en la sala de vistas del edificio que alberga al máximo órgano judicial de los Estados Unidos. En esa fase oral, cada parte dispone de treinta minutos (ni un segundo más, ni uno menos) donde el letrado de cada una de ellas habrá no sólo de convencer a los nueve jueces que la razón está de la parte de su defendido, sino que habrá de contestar a las numerosas preguntas que surgen de los jueces que, como no podía ser menos, llevan el asunto estudiado y lógicamente plantearán no sólo dudas jurídicas que les asalten, sino que en ocasiones aprovechan las preguntas para mostrar los flancos débiles de un argumento.

El pasado mes de abril de 2020, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos, adoptó una medida extraordinaria para hacer frente a la situación ocasionada por la epidemia del COVID-19: el cierre físico de sus instalaciones. Bien es cierto que no es la primera vez que se adopta una decisión de tal calibre, pero también es cierto que para encontrar un precedente similar hemos de retroceder hasta el año 1918, cuando el Tribunal Supremo (que entonces aún tenía su sede en la base del edificio del Capitolio, en la denominada Old Senate Chamber) cerró sus puertas como medida de contención frente a la mal denominada “gripe española”. Lo importante es que, si bien el Tribunal Supremo cerró físicamente las puertas de su edificio, no clausuró la actividad judicial ni suspendió todas las vistas orales, sino que mantuvo parte de su actividad. Y lo hizo de una forma adecuada a los tiempos que nos ha tocado vivir: utilizando los medios telemáticos a su alcance y, sobre todo, con un despliegue de voluntad que ejercitan tanto los jueces como las partes. Y así, desde abril de 2020 han tenido lugar diversas vistas orales, con la peculiaridad que ni los letrados de las partes en liza ni los jueces comparten físicamente una misma ubicación, sino que merced a las ventajas del mundo virtual cada uno lo hace desde sus propias dependencias.

Lo anterior ha planteado una serie de cuestiones prácticas relativas al desarrollo de la vista, inherentes a toda intervención de tales características y debido a la particular articulación de las vistas orales en el Tribunal Supremo de los Estados Unidos, y que sirven para realzar aún más el papel del chief justice en estos momentos. Adam Feldman resume el planteamiento de la situación de forma sintética y divertida en el siguiente párrafo:

“Con este nuevo sistema, el chief justice John Roberts asume un nuevo papel como cronometrador. En este rol, Roberts verifica cuando es el momento de cambiar el turno de cada juez para hacer preguntas al letrado. Ello no siempre se realiza fácilmente, porque a determinados jueces los botones del silencio aún activados les impedía realizar de forma efectiva las preguntas. El paso de uno a otro juez también planteaba dificultades porque Roberts necesitaba decidir cuándo era el momento adecuado para finalizar el turno de un juez y dar paso a otro”

Es decir, que este nuevo sistema de vistas orales convierte al chief justice en una especie de cruce entre maestro de ceremonias y guardián de las palabras, pues no sólo ha de observar que el tiempo otorgado a cada uno de los letrados no supera los treinta minutos habitualmente establecidos, sino que ha de ser el encargado de ordenar el tránsito virtual pacífico no sólo entre abogado y jueces, sino entre los propios jueces, de tal forma que no sólo se impida que alguien quede con la palabra en la boca, sino que todos y cada uno de los jueces tengan igualdad de oportunidades a la hora de trasladar sus preguntas, cuestiones e inquietudes jurídicas a los abogados defensores de cada parte. Todo ello se realiza sin personal de administración y servicios y, sobre todo, sin la presencia física ni telemática de secretario judicial.

Analice el lector la situación y deténgase en analizar cuáles son los problemas que ocupan y preocupan a quienes desempeñan su labor en el máximo órgano judicial estadounidense. Todo se reduce a garantizar que tanto letrados como jueces puedan mantener un equilibrio en sus intervenciones, ni más ni menos. Es cierto que nos encontramos ante una situación excepcional que requiere medidas excepcionales, pero lo relevante es que el Poder Judicial, en lo que respecta a su máximo órgano, no cesó su actividad ni en la tramitación de asuntos en fases escritas ni (esto es lo importante) en el desarrollo de las vistas orales. Que la máxima preocupación sea el cómo garantizar que cada letrado y cada juez no se vea discriminado en el tiempo de sus intervenciones da una idea de la situación.

Crucemos en unos segundos el Atlántico y situémonos en nuestro país. En este caso los problemas son de doble naturaleza, pues afectan tanto al elemento material como humano. La dejación de los poderes legislativo y ejecutivo hacia el tercero de ellos es sencillamente criminal, puesto que se le ha querido mantener “amordazado” (es la expresión que utiliza el juez Jesús Villegas en su libro, una auténtica llamada de auxilio sobre el estado comatoso del que Alexander Hamilton calificaba como “el menos peligroso de los poderes”) al negarle elementos materiales indispensables o, en los casos en los que se suministra, dotarle de infraestructura anticuada y obsoleta. Contraste el lector en su imaginación los medios absolutamente adelantados a su tiempo con que se dota a la Agencia Estatal de Administración Tributaria y los que se entregan al Poder Judicial. El desfase tecnológico existente en el tercero de los poderes (y por causa no imputable al mismo, sino a los otros dos) es lisa, sencilla y llanamente criminal.

Pero no todo es imputable a la falta de medios, sino que existe un sector (no muy amplio, pero desde luego tampoco desdeñable) de los empleados públicos que sirven en la Administración de Justicia a quienes mentarles las nuevas tecnologías produce el mismo efecto que si al conde Drácula se le mostrase un crucifijo. Así, por ejemplo, cierta Secretaria de cierto Juzgado de lo Social de cierta capital de provincia hace una interpretación de la normativa ciertamente peculiar con el objetivo claro de que se evite la presentación de escritos por medios telemáticos y se utilice el papel, con el que parece encontrarse mucho más cómoda.

He de hacerme eco de una imagen ampliamente difundida en la red social Facebook que muestra a las claras la situación existente en ciertos órganos españoles. Se trata de la diligencia de ordenación fechada el día 15 de mayo de 2020, y donde el redactor de la misma efectúa el siguiente requerimiento a la representación procesal de la parte demandante:

“Asimismo se le requiere para que comparezca ante este Juzgado, en el plazo de 5 días, para que retire la grapa tipo industrial que une la documentación aportada, al carecer este juzgado de medios adecuados.”

Para que no se piense que esto es algo inventado por el redactor de la presente entrada, ahí va la imagen que a estas alturas circula por la citada red social:

Por ello, cuando uno contrasta situaciones, y ve que en Estados Unidos la preocupación se centra en garantizar la igualdad de tiempo de los jueces en las celebraciones telemáticas, y en nuestro país la preocupación de algunos secretarios judiciales es requerir a las partes para que eliminen las grapas de los escritos, está todo dicho. Lo cual revela que para describir la situación española, deberíamos emular lo que el inmortal bardo de Avon efectúa al inicio de su obra Enrique V, cuando hace intervenir a un personaje (el Chorus) encargado de reclamar la ayuda del público de una forma muy concreta, cual era supliendo con su imaginación la carencia de medios. Y lo hacía de la siguiente forma:

“Mas perdonad, nobles espectadores, al espíritu llano que osó trasladar a este indigno escenario tan magno objeto. ¿Puede acaso este tablado representar los vastos campos de Francia? ¿o podemos llenar estas maderas con los muchos cascos que asustaron el aire en Agincourt. Oh, perdonad, ya que un simple figurante habrá de tomar el lugar de un millón; y permitidnos, cifras de este gran acontecimiento, trabajar con las fuerzas de vuestra imaginación. Suponed que en el recinto que engloban estos muros están ahora confinadas dos poderosas monarquías, cuyas altas, contiguas y peligrosas frentes separa un estrecho océano. Suplid nuestras imperfecciones con vuestra imaginación. Multiplicad un hombre por mil y cread un ejército imaginario. Cuando hablemos de caballos, vedlos hollando son sus soberbios cascos la blanda tierra, porque son vuestros pensamientos los que han de vestir a los reyes, trasladarlos aquí y allá, cruzar los tiempos, y reducir los acontecimientos de muchos años en una hora; para ayudaros, permitidme, Coro de esta historia, que como prólogo solicite vuestra paciencia y que atendáis gentilmente, y juzguéis benévolamente, esta obra”

Sería de agradecer que el Ministro de Justicia adaptase el párrafo anterior y demandase la imaginación de los operadores jurídicos pidiendo suplir con la imaginación la carencia de medios. Como no espero que lo haga, dejo a los lectores con la extraordinaria representación que del Chorus hace el gran actor británico Derek Jacobi en la versión cinematográfica de Enrique V dirigida en 1989 por Kenneth Branagh. Y hagan uso de su imaginación, de tal forma que cuando se refiera a caballos, reyes y monarquías piensen que se refiere a equipos informáticos, software y material entregado a la Administración de Justicia……y a la voluntad que muestran ciertos empleados públicos a la hora de llevar a efecto las nuevas tecnologías.

 

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