VUELVE LA CENSURA CINEMATOGRÁFICA: EL LAMENTABLE AFFAIRE DE «LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ»

 

Hoy en día se considera risible que, en los años cuarenta del pasado siglo, en nuestro país se desencadenasen oleadas de indignación ante el estreno de la película Gilda, la obra maestra de Charles Vidor, cuando el personaje que da título al film se quita sensualmente un guante mientras entona la canción “Put the blame on me”. Que, al estrenarse Mogambo, el doblaje mutase la relación que ligaba a los personajes encarnados por Donald Sinden y Grace Kelly para “transformarlos” de marido y mujer en hermanos para dulcificar una más que evidente relación adúltera entre el personaje de Kelly y el jefe de la expedición africana que interpretaba un ya excesivamente maduro Clark Gable; con lo cual se evitaba el adulterio, pero curiosamente se insinuaba una relación incestuosa entre los “hermanos” del doblaje. Que se tapase la cámara cuando dos personajes se besaban apasionadamente, comportamiento éste no exclusivo de nuestro país, dado que, como puede comprobar quien haya visto esa obra maestra que es Cinema Paradiso, en la muy democrática República de Italia, durante la segunda mitad de los años cuarenta y la década de los cincuenta se actuaba de la misma forma cuando la gran pantalla intentaba mostrar un amoroso ósculo entre dos protagonistas. Por último, se critica de forma acerva que determinadas películas estuviesen ausentes de la cartelera española por su mensaje; películas que podían ser desde divertidos retratos costumbristas (caso de las célebres películas que tenían como pareja antagonista a Giuseppe Botazzi, alias Peppone –alcalde comunista de Brescello- y el párroco Don Camilo) o que mostraban episodios de un pasado excesivamente cercano, como la curiosa Behold a pale horse (que, al estrenarse en España, fue penosamente rebautizada Y llegó el día de la venganza), al no considerar adecuada ni la desfavorable imagen que transmitía de la Guardia Civil (concentrada en el personaje de Viñolas, magistralmente encarnado por Anthony Quinn) ni la favorable del maquis (personificada en Manuel Artiguez, a quien dio vida ese auténtico caballero que fue, dentro y fuera de la pantalla, Gregory Peck). Episodios de una censura que, creíamos, había pasado a mejor vida hace ya muchos años.

No obstante, el lamentable episodio que ha tenido lugar hace unos días cuando, merced a un lamentable artículo, cierta plataforma televisiva eliminó el clásico Gone with the wind de su catálogo, argumentando que el mismo fomentaba el racismo. Dada la reacción del público (que, en una inmensa mayoría, rechazó tal proceder) la citada plataforma aparentemente dio marcha atrás y volvió a incluirla en su parrilla, pero acompañándola de un curioso “aderezo”, cual es explicar que la película regresaría con “una explicación de su contexto histórico”. Lo cual es un doble insulto al espectador: en el primer caso, por impedirle (en cierta medida, dado que afortunadamente existen alternativas) el visionado de una película que desde todos los puntos de vista es una auténtica obra maestra del séptimo género; en el segundo, porque la plataforma, al parecer, considera a sus abonados como una especie de palurdos iletrados que no son capaces de discernir entre realidad y ficción, por lo que hay que “ilustrarles” sobre el contexto histórico. En definitiva, señores espectadores, que a ojos de ciertos empresarios ustedes no se caracterizan ni por su inteligencia ni por su cultura. Vaya por Dios!.

Aunque la medida adoptada trajo unas consecuencias probablemente no deseadas por los instigadores de la misma (la película “suprimida” del catálogo de la plataforma pasó a liderar las descargas en otra plataforma alternativa y su edición en DVD y BluRay se disparó), no estamos ante un comportamiento ni deseable ni, lamentablemente, novedoso. La maravillosa película Song of the South (una cinta producida por Disney en 1946 y que mezclaba imagen real y animaciones) fue eliminada del catálogo porque, al parecer, transmitía una imagen de los negros no conforme a los principios de igualdad que de forma indiscutible han de regir en el trato a las personas. De igual forma, últimamente está siendo puesta en cuestión Lord of the Rings, por motivos que ciertamente no logro explicarme. En otros casos, aunque no se censura un film, sí se objetan ciertos hechos tangenciales como, por ejemplo, el clásico de Agatha Christie Ten little niggers (titulo de una canción tradicional) ha tenido que ser rebautizada como And then there were none, con lo cual en cierta medida destripa parte del argumento. En definitiva, se retoman costumbres y maneras del tan criticado franquismo, siendo lo único que se modifica son los criterios o valores en base a los cuales se practica la censura, que si antaño eran los propios del nacionalcatolicismo, ahora son los del feminismo, LGTB y población de color, los actualmente poderosos lobbies que pretenden imponer su visión como antaño otros lobbies trataban de imponer la suya.

Manifestar que Gone with de wind es racista o que fomenta el racismo es un absoluto disparate, lo diga quien lo diga; y valga como ejemplo que precisamente por su interpretación en dicho film, Hattie McDaniell recibió el Óscar a la mejor actriz de reparto, siendo la primera vez que una persona de color recibía la preciada estatuilla. La película muestra con profundo respeto a la población negra, y el personaje de Mammy es altamente ilustrativo, aunque también está el ejemplo de aquel antiguo esclavo que, ya libre, auxilia a su antigua propietaria de ser sexualmente agredida por un blanco. Es cierto que el film oscila entre personas a quienes acentúan los rasgos positivos hasta extremos harto empalagosos (la bondad excesiva de Melania Hamilton, el idealismo ciego de Ashley o la excesiva ingenuidad próxima a la niñería de Prissy) pero también la hay personajes cuya personalidad no es tan maniquea, caso de Rhett Butler (aparentemente egoísta e interesado, pero que no duda, tras salvar a Scarlett, en acudir a la lucha junto con los confederados en Atlanta, cuando la causa sureña está definitivamente perdida). Gone with the wild ni es racista, ni fomenta el racismo, sino que simplemente transmite, y de forma bastante realista, lo que era la sociedad americana en los años anteriores y posteriores a la guerra de secesión, donde la esclavitud era algo omnipresente en los estados del Sur. Hubo que esperar a 1865, en concreto a la aprobación de la decimotercera enmienda constitucional, para que la “peculiar institution” (tal y como se le calificaba pudorosamente) desapareciese a nivel estrictamente constitucional del ordenamiento jurídico norteamericano. No obstante, pese a los esfuerzos del gobierno federal, la discriminación de la población de color se mantuvo hasta más allá de la segunda mitad del siglo XX. La doctrina “separados pero iguales” (que recibió el aval del Tribunal Supremo en la sentencia Plessy v. Fergusson) se mantuvo hasta que en 1954 la célebre sentencia Brown v. Board of Education of Topeca declaró contraria al texto constitucional la segregación racial existente.

Por cierto, tengo una enorme curiosidad por ver cómo los responsables de la plataforma en cuestión “explican” o “contextualizan” la película. Personalmente, les ofrezco una serie de datos curiosos. Thomas Jefferson, el más siniestro e hipócrita de los founding fathers y que fue la cabeza visible del Partido Republicano (no confundir con el actual del mismo nombre, que nació a mediados del siglo XIX como reacción a su homónimo anterior, que pasó a recibir su actual denominación de “Partido Demócrata”) consideraba a los negros seres inferiores, y que poseía esclavos por centenares, aunque en su haber ha de reconocerse que ello no le impidió mantener relaciones sexuales con una de sus esclavas (Sally Hemmings) con la que tuvo desdendencia; el federalista Jay, por ejemplo, no sólo fue presidente de la Comisión para la Manumisión de Esclavos, sino que siendo gobernador de Nueva York sancionó en 1799 la ley que abolía gradualmente la esclavitud, y a su muerte en 1829 no tenía ningún esclavo. Me pregunto si dirán, por ejemplo, que el Partido Republicano nació en 1854 siendo su principal seña de identidad la abolición de la esclavitud, pues surge como oposición a la Kansas-Nebraska Act, una ley aprobada a instancias del senador demócrata Stephen Douglas y que permitía a los estados de nueva incorporación decidir libremente si deseaban ser esclavistas o no (derogando implícitamente el Compromiso de Missouri sancionado en 1820, y que proscribía la esclavitud en determinadas zonas de la Unión). Me pregunto si se dirá que Abraham Lincoln (candidato del Partido Republicano a la Presidencia de los Estados Unidos en las elecciones de 1860) no obtuvo ni un solo voto en los estados del sur, y que el Partido Demócrata estaba tan vinculado ideológicamente con la cultura sureña que parte del mismo rechazó incluso al candidato oficial Stephen Douglas (que, insistimos, remitía la cuestión de la esclavitud a la decisión libre de cada estado) por no considerarlo excesivamente próximo a su causa e incluso designó su propio candidato a la presidencia, John Breckenridge quien, por cierto, aun teniendo menos voto popular, tuvo mucho más voto compromisario que su correligionario del norte (Douglas sólo tuvo 12 compromisarios frente a los 78 de Breckenridge). Me pregunto si se dirá que los esfuerzos del Partido Republicano por garantizar la libertad de los antiguos esclavos (a través no sólo de las enmiendas constitucionales, sino a través del Freedman´s Bureau) se vieron obstaculizados por el Partido Demócrata, el que con más ardor defendía la que el Sur mantuviese incólume su cultura.

En definitiva, que la censura como instrumento de purga o depuración de contenidos ha vuelto. Antaño fue Song of the South. Ahora es Gone with the Wind. Mañana será, posiblemente, The Quiet Man, una de las más deliciosas películas jamás realizadas; al fin y al cabo, ¿Qué importa que sea una obra maestra que uno no se cansa de ver? ¡Es intolerable que el protagonista Sean Thornton (John Wayne) se dirija a su esposa Mary Kate Danaher (Maureen O´Hara) como “mujer de la casa”; que Micheleen Ogg Flynn (insuperable Barry Fitzgerald), en su condición de “intermediario” encargado de gestionar la boda, le diga a la novia cuando está a punto de propinar un bofetón a su pareja: “no le abofetees hasta que sea tu marido y pueda devolverte el golpe”; o que, en el culmen final, una vecina le entregue a Thornton una vara mientras le dice: “Aquí tiene una vara para que pueda golpear a su encantadora esposa” (vara que, por cierto, el marido, aunque agradece, arroja sin utilizar). Es también posible que sea objeto de severa censura la ópera Rigoletto, dado que sus protagonistas son un ser deforme del que se burla todo el mundo (el bufón que da título a la obra), un libertino que no sólo desprecia a la mujer (el duque de Mantua, cuyas manifestaciones en las arias Questa o quella y La donna é mobile serán consideradas sin duda alguna intolerables para la “corrección política” del momento actual) sino que consuma una violación. O también el dedo del censor actual apunte a obras literarias y políticas como la de Aristóteles, pues al fin y a la postre, tal autor defendía la esclavitud como algo natural.

No puede analizarse el pasado con los ojos del presente, y cuando se acomete el visionado de una película o la lectura de una obra ha de insertarse en el contexto en el que se elaboró. El presentismo, o más grave aún, el adanismo, es un virus mucho más extendido actualmente que el COVID-19. Y en aras a esa «corrección política» el censor vuelve a sus cometidos tradicionales decidiendo qué debe y qué no debe verse, sustituyendo el antiguo lápiz rojo por el editor de textos o el botón de suprimir archivos. Todo ello porque los ciudadanos son menores de edad o tan iletrados que en su propio beneficio hay que «ilustrarles» de tal forma: proscribiéndoles el acceso a determinadas fuentes culturales.

Cuando en 1814, desde su exilio inglés, José María Blanco White sometió a una profunda y lúcida crítica al texto constitucional de Cádiz debido a los enormes poderes que otorgaba al legislativo en detrimento de los otros dos, de tal forma que no existía un equilibrio de poderes, sino una preeminencia absoluta de uno de ellos frente a los otros dos, deslizó una afirmación que ha de tenerse muy en cuenta en los momentos actuales: “La tiranía también puede provenir de las asambleas.” Conviene no olvidarlo.

No quisiera terminar esta entrada sin un recuerdo hacia mi padre, quien en muchas ocasiones me contó lo que había disfrutado en su niñez cuando le llevaron a ver Song of the South. Muchas veces intentó recuperar esa sensación intentando obtener esa película, pero le fue imposible porque, como he dicho, la propia Disney la eliminó de su catálogo y rechazó sacarla a la venta. Con internet, pude descargar la película, tanto en español como en inglés (sin que puedan considerarse vulnerados derechos de autor cuando el propio autor renuncia a vender un producto) permitiendo a mi padre verla de nuevo y hacer que, por unos instantes, regresase a su niñez perdida. He aquí el número principal de la película, aquel en el que el protagonista, Uncle Remus, un esclavo negro interpretado por James Baskett (y a quien, por cierto, la cinta se aproxima con un respeto y un cariño que hace inexplicable el odio africano hacia el film) interpreta la alegre melodía “Zip a dee doo dah”, para encontrarse con uno de los personajes animados del film, brother rabbitt (que en la versión española se tradujo de forma harto divertida como “hermano rabito”)

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