LA CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA ANTE SU «CRISIS DE LOS CUARENTA»: LAS LECCIONES DE «LA CAÍDA DEL IMPERIO ROMANO».

En 1964 se estrenaba en las salas cinematográficas el film La caída del imperio romano, cinta producida por Samuel Bronston y que Anthony Mann rodó en tierras españolas con un reparto excepcional encabezado por Sophia Loren, Stephen Boyd (en un rol inicialmente ofrecido a Charlton Heston, que lo rechazó), Alec Guiness, Christopher Plummer y James Mason, entre otros. Las tres horas de película narran el periodo histórico transcurrido entre los combates de las legiones romanas en las fronteras del imperio, que contaron con la presencia física del emperador Marco Aurelio, y la muerte del sucesor de éste, el enajenado Cómodo, si bien las circunstancias de la muerte de este último, a efectos cinematográficos, se modificaron ligeramente. Mientras la cámara se aleja poco a poco de la escena y eleva su ojo hacia el cielo, una voz en off pronuncia la siguiente frase: 

“Este fue el inicio de la caída del Imperio Romano. Una gran civilización no es conquistada desde el exterior, hasta que se ha destruido a sí misma interiormente.”

Y es que, en efecto, bastó que en la cúpula del poder un emperador ilustrado y filósofo como Marco Aurelio fuese sustituido por un psicópata ególatra como su sucesor Cómodo (más preocupado por realzar su figura y mostrarse como superior al resto de los mortales hasta el punto de exhibirse disfrazado de Hercules) para que el propio sistema se corrompiese desde el interior. Las presiones externas, en forma de invasiones de los pueblos bárbaros, tan sólo fueron un elemento tangencial al principio. El imperio hacía aguas desde el núcleo del poder.

Hoy día 6 de diciembre, es la fecha en que nuestra vigente Constitución cumple un año más, celebrando así el cuadragésimo segundo aniversario desde su ratificación por el pueblo español en referéndum, donde recibió un apoyo realmente abrumador. La sociedad española, que acababa de salir de una etapa dictatorial no deseaba aventurarse ni repetir enfrentamientos fratricidas, de ahí que se acabase aprobando un texto que, sin recoger totalmente las aspiraciones de cada uno de los antiguos bandos, a diferencia de otras constituciones anteriores se elaboró mediante consenso, donde todas las partes supieron ceder en aras a alcanzar un marco común de convivencia en el seno del cual tuviesen cabida las políticas más diversas. Dicho texto constitucional tuvo un parto difícil, una infancia dura, una adolescencia algo problemática, y una madurez envidiable, hasta que ya llegar a las tres décadas, aunque su salud era en general envidiable, comenzaron a manifestarse los primeros achaques. Al principio de forma tímida, casi imperceptible, luego de forma algo más explícita, para, ya frisando los cuarenta, la enfermedad se ha incubado en su seno, extendiéndose hasta extremos que hacen, si no ciertamente imposible, sí muy difícil la cura.

Son varios los factores que han causado una especie de tormenta perfecta, pero que creo pueden resumirse fundamentalmente en tres:

1.- La presencia no desdeñable en las instituciones de fuerzas cuyos programas sobrepasan con creces el marco constitucional. No es que tal situación sea nueva, puesto que en la primera legislatura constitucional existía un diputado de Fuerza Nueva, en las siguientes hubo representantes de Herri Batasuna, si bien la presencia de ambos en el hemiciclo era más bien anecdótica. También contaban con representación los partidos nacionalista catalán y vasco, pero si bien sus objetivos se limitaban entonces a obtener el mayor grado de autonomía posible dentro del marco constitucional, su presencia era políticamente irrelevante, y continuó siéndolo hasta mediados de los noventa.

Sin embargo, el deslizamiento de los partidos nacionalistas desde la autonomía al independentismo abierto, así como la irrupción de partidos cuyos programas son inequívocamente declaraciones de rechazo al texto constitucional (aunque no se diga expresamente) y, lo que es más, esos partidos se hayan convertido en el engrase de la coalición gubernamental, hace que la situación de un giro de ciento ochenta grados respecto a la existente hace tan sólo un par de décadas.

2.- El nefasto papel desempeñado por los medios de comunicación, que han abdicado de su misión informadora para convertirse en una especie de correa de transmisión de los partidos y, lo que es peor, sin casi disimularlo. Un medio es muy libre de tener la línea editorial y la ideología que desee, pero no subordinar a la misma todo lo demás, llegando al punto de silenciar o, si se ve obligada a efectuar una narración fáctica, acomodarla a su línea editorial. Las manipulaciones (a diestra y siniestra) de los medios escritos y audiovisuales ha sido realmente vergonzosas, y no hace falta poner ejemplos concretos que están a la orden del día.

3.- La progresiva degradación del sistema educativo. Desde los años ochenta se ha producido, bien sea intencional o accidentalmente (mi opinión personal es que ha sido algo buscado, aunque en lo que a este punto se refiere tal circunstancia es una simple creencia) una caída del nivel educativo hasta extremos realmente preocupantes, y cualquiera que se asome por las aulas de cualquier facultad lo podrá comprobar sin mucha dificultad. Hace apenas veinte años causaba hilaridad, por anecdótico, que en el último curso de la facultad de periodismo, un alumno, al ser preguntado si sabía quién fue Godoy, respondiese: “un rey godo”. Hoy en día esa respuesta sería casi general, porque cada reforma educativa ha supuesto el descenso de varios peldaños más en lo que a nivel formativo se refiere. 

Lo anterior, ya de por sí grave, conlleva que en muchas ocasiones el ciudadano se mueva a impulsos que deben más a las tripas o al corazón que al cerebro, y que no se detenga a analizar la información que se le suministra, desmenuzándola y verificando si la misma es correcta o no. Basta que desde ciertas instancias se pulse un botón en forma de dos líneas de Twitter o Facebook para que un montón de personas se lance en pos de ello como los niños tras el flautista de Hamelín. 

Si a lo anterior sumamos los preocupantes índices de lectura y que, sobre todo las generaciones más jóvenes, contemplen como una ardua tarea analizar todo lo que exceda de ciento cincuenta caracteres, pues verde y con asas.

Como decía esa voz en off de la película con cuya cita abríamos el post, una sociedad sólo puede destruirse cuando ella misma se ha destruido interiormente. Y España, lamentablemente, ha comenzado a hacer lo hace ya varios lustros.

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