¿ES APROPIADO QUE UN JUEZ LLEVE BIGOTE? LA POLÉMICA DE 1888 EN TORNO AL BIGOTE DEL CHIEF JUSTICE MELVILLE FULLER.

Confieso a los lectores de la presente bitácora que mi estado de ánimo pasó del asombro a la hilaridad una vez finalicé la lectura de las doce jugosas páginas que Todd Peppers publicó en el número correspondiente al mes de julio de la prestigiosa Journal of Supreme Court History. El título ya es de por sí significativo: “El Chief Justice Melville Weston Fuller y el Gran Debate del Bigote en 1888”, y el mismo resume el amplio debate que tuvo lugar en la prensa norteamericana dicho año, y que puede sintetizarse en la siguiente pregunta: “¿Es adecuado o propio que un juez del Tribunal Supremo lleve bigote?” Dicho interrogante, que pudiera tomarse por una simple broma, distó mucho de serlo, dado que durante un año hizo correr ríos de tinta a cuenta del adorno piloso de Fuller. Trataremos de resumir brevemente la cuestión para solaz deleite de quienes tengan a bien detenerse en esta entrada, aclarando que todas las citas y datos se han extraído del citado artículo.

Los hechos se remontan al 23 de marzo de 1888, cuando el entonces chief justice Morrison R. Waite fallece inesperadamente a causa de una neumonía. Apenas un mes más tarde, el 30 de abril de 1888, el presidente Grover Cleveland propone al Senado el nombre del abogado Melville Weston Fuller para cubrir la vacante de Waite. Fuller, que había rechazado anteriormente otros puestos federales, en esta ocasión acepta, obteniendo la confirmación senatorial el 20 de julio de ese mismo año por 41 votos favorables y 20 contrarios. La prensa, que había elogiado la figura del nuevo candidato, aunque haciendo algún que otro comentario jocoso debido a su reducida estatura, se centró pronto en otra cuestión, que llegó a provocar un encendido debate en la prensa: si un juez debe ostentar bigote o, por el contrario, la dignidad del puesto le obligaría a prescindir de tal adorno. La persona interesada podrá formarse su propia opinión tan sólo observando cualquier retrato o fotografía de Fuller, como, por ejemplo, la que encabeza la presente entrada.

El debate a cuenta del bigote no dejó de causar perplejidad entre la opinión pública, toda vez que el antecesor de Fuller, Morrison R. Waite, ostentaba una poblada barba, si bien tan sólo rodeando su poderosa mandíbula, pues había mantenido bien afeitado el rostro entre el labio superior y la parte inferior de la nariz.

Morrison R. Waite

No obstante, esa “precaución” en Waite no se daba en el ya legendario Stephen J. Field, que contaba igualmente con una poblada barba y bigote.

Stephen J. Field

El primer medio que apuntó lo que iba a constituir un encendido debate fue el Chicago Tribune, al afirmar: “La gran objeción que ha surgido contra el Chief Justice Fuller es que lleva bigote.” Esa idea latente la asume de forma inmediata el New York Sun, medio que va a liderar la batalla contra el citado adorno facial en el chief justice. En un principio, dicho medio no sólo no cuestionaba el rostro de Fuller, sino que lo elogiaba de forma entusiasta alabando su dignidad en los siguientes términos:

“Es evidente tras un detenido estudio de los atributos de Mr. Fuller, que la principal curva de belleza, la pieza de resistencia y su punto de apoyo, es su poco común, exuberante y apuesto bigote. En rojos furibundos, en conductores negros, en amarillos o mulatos sin carácter, este bigote no sería la cosa apuesta que es. Su forma es buena, pero es el blanco grisáceo o el grisáceo blanco de su color el que surge de entre la masa de vigores ordinarios y plebeyos y le otorga carácter, dignidad, tono. Este bigote en cualquier otro color no luciría tan apuesto […] Mr. Fuller, en toda la gloria de su toga, pero afeitado, no luciría tan bien como con ese glorioso adorno sobre su boca, un escudo y una bendición. Le aconsejamos que no se lo afeite.”

Sin embargo, no todos los medios fueron tan benévolos con el recién nombrado chief justice, y así, el Lavenword Standard afirmaba:

“ostentarlo en el estrado violentaría la dignidad del tribunal y sería un shock para los jueces que tienen tal respeto al precedente […] es posible que el senado desee un entendimiento con Mr. Fuller sobre este asunto de su bigote antes que su nombre sea sometido a consideración”

La cuestión distó de ser una simple anécdota, pues el asunto llegó a tal extremo que el New York Sun, el mismo que había ensalzado el bigote de Fuller, mutó súbitamente de parecer, y lo hizo con una hilarante metáfora, pues comparaba tal aditamento nada menos que con la figura del águila, símbolo de la nación, y que como tal se hallaba representada a través de una figura en la entonces sede del Tribunal Supremo. En su nueva línea editorial, el Sun afirmaba:

“El águila con sus alas extendidas que hay en el Tribunal Supremo siempre fue el más impresionante objeto para el ojo y la imaginación, y aún lo sería si los deplorables vigores del chief justice estuvieran fuera del campo de visión. La pura verdad es que el efecto simbólico y decorativo de las alas extendidas del águila se empequeñecen por los amplios y extendidos vigores del chief justice, situados justo debajo. Las líneas son precisamente similares, y la dimensión casi idéntica. No hay contraste para aliviar los sentimientos de opresión e inquietud que cada espectador debe experimentar, siempre que sus ojos sean sensibles a tales violaciones de la estética […] ¿La solución? Eliminar el águila o afeitar el bigote.”

El Sun iba incluso más allá, puesto que llegó a involucrar a la abogacía al sostener que los letrados que compareciesen ante el Tribunal en defensa de sus clientes, podrían verse distraídos y perder el hilo de sus argumentaciones ante el enhiesto bigote que lucía orgulloso Melville Fuller. Dicho medio de comunicación no dio la batalla por perdida, y aunque poco a poco la cuestión del bigote fue cayendo en el olvido, todavía a principios de 1890 intentó reavivar la polémica con esta hilarante manifestación:

“Es una suerte que la Justicia sea ciega. Si fuese capaz de ver el bigote del chief justice Fuller ondeando al viento de la elocuencia en la celebración [del centenario del Tribunal Supremo] detendría los procedimientos mientras sustituía su espada por una navaja”

El último en ofrecer su opinión fue el Saint Paul Globe, quien, aún cuando no consideraba apropiado tal adorno, tampoco hacía del mismo un casus belli, pues aun admitiendo que: “es más apropiado en un oficial de caballería que en quien preside el Tribunal Supremo de los Estados Unidos”, el Globe se veía obligado a reconocer que Fuller: “es ciertamente el hombre más apuesto del Tribunal, algo en lo que coinciden tanto hombres como mujeres.”

La cuestión fue poco a poco cayendo en el baúl de los recuerdos. De todas formas, cuando en 1902 el presidente Theodore Roosevelt propuso como juez del Tribunal Supremo a Oliver Wendell Holmes jr, poseedor de un bigote cuando menos tan marcial como el de Fuller, nadie puso objeción al mismo.

No obstante, lo cierto es que desde 1941, año en que el chief justice Charles Evans Hughes renunció a su cargo, los bigotes y barbas quedaron desterradas del Tribunal Supremo, y tan sólo Thurgood Marshall se atrevió a lucir tal adorno facial. Por cierto, que Charles Evans Hughes tenía una prestancia y una efigie que se llegó a decir que nadie como el citado chief justice se asemejaba tanto a Dios todopoderoso.

Tras exponer todo lo anterior, es lógico que el curioso lector se plantee el lógico interrogante ¿Y todo ello por un simple adorno capilar? El artículo glosado dedica los últimos párrafos a intentar de alguna forma ofrecer una explicación algo más lógica ante una polémica que tan sólo cabría, en principio, definir como chusca, y ello siendo extremadamente generoso en el calificativo. Todd Peppers concluye su breve, pero documentado y divertido artículo:

«Los motivos del principal protagonista en el drama, el New York Sun, continúan siendo un misterio. En el momento de proponer a Fuller para el Tribunal Supremo, el editor del Sun era Charles Anderson Dana. Aunque el periódico era considerado una publicación Demócrata, Dana era un furibundo crítico de Grover Cleveland (quien en una ocasión había negado un favor político a Dana, convirtiéndole en enemigo de por vida) y el Sun se refirió al candidato presidencial Cleveland como «grosero libertino» que «traería sus rameras a Washington y les proporcionaría alojamiento en la Casa Blanta»

Es posible que el desdén que Dana tenía hacia Cleveland implicase que todas las nominaciones presidenciales serían culpables por extensión. Aun así, el Sun al principio elogió la nominación de Fuller, y muchos de sus artículos sobre el bigote de éste se publicaron una vez que Cleveland había perdido su intento de reelección. Y si Dana quería destrozar un nombramiento presidencial, seguramente el brillante editor podría haber encontrado faltas mucho más graves que un simple bigote. Mas bien parece que los artículos sobre Fuller tan sólo son ejemplos de lo que Janet E. Steele, biógrafa de Dana, denomina «travieso sentido del humor» del editor»

Como un ejercicio de «travieso sentido del humor» nos lo tomamos y, en consecuencia, esperemos que quienes hayan llegado hasta el final hayan pasado un rato divertido a cuenta del bigote de Fuller.

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