LAS IMPUGNACIONES DE VOTOS COMPROMISARIOS EN LA SESIÓN CONJUNTA DEL CONGRESO ESTADOUNIDENSE: EL ESPÍRITU DE MILTON PORTER SOBREVUELA LOS MEDIOS.

A mediados de los ochenta comenzó a emitirse la magnífica serie de misterio Se ha escrito un crimen, cuya protagonista exclusiva era la veterana Angela Lansbury, quien vio elevada su popularidad hasta cotas inimaginables pese a que su carrera interpretativa se remontaba a los años cuarenta. En el vigésimo capítulo de la primera temporada, que llevaba por título Respuesta armada, se iniciaba con un penoso incidente que uno de los protagonistas convirtió, gracias a su actuación en hilarante. Jessica Fletcher (Lansbury) acudía al estado de Texas para servir como testigo en un pleito, y en el aeropuerto de dicho estado la esperaba el letrado Milton Porter (insuperable otro gran actor, Kevin McCarthy) que, como oriundo de Texas, iba tocado con un sombrero de ala ancha tipo cowboy. Un par de niños que iban corriendo de acá para allá chocaron accidentalmente con la señora Fletcher, provocándole una caída. A continuación, tiene lugar el siguiente diálogo:

“MILTON PORTER: Henry, voy a llevar a esta pequeña dama al doctor Sam. Permanece aquí y asegúrate de obtener un informe de la policía. Recoge los nombres y direcciones de todos estos testigos.

JESSICA FLETCHER: Oh, Mr, Porter. ¿Es necesario?

MILTON PORTER: Oh, negligencia grave, abierta y clara. Estamos hablando de cincuenta mil dólares, mínimo.

JESSICA FLETCHER: Pero eso es ridículo.

MILTON PORTER: Tiene razón. Haremos que sean cien mil.”

Kevin McCarthy como Milton Porter

Al finalizar el episodio, una vez que la señora Fletcher hubo resuelto el crimen que se planteaba en el episodio (es curioso que la muerte rodeaba a la protagonista no sólo en su lugar de residencia, sino en todos sus desplazamientos, tanto a lo largo de los Estados Unidos como en el extranjero), al acudir al aeropuerto para tomar el avión que le conduciría de regreso a su hogar, era despedida por el combativo Milton Porter con el siguiente reproche:

“Señora Fletcher, es una lástima que renunciase a reclamar esos doscientos mil dólares”

En otras palabras, que en apenas unos instantes el letrado había cuadruplicado la cantidad que pensaba reclamar al aeropuerto por unos hechos de los que éste no era responsable.

Confieso que el anterior diálogo vino a mi memoria cuando escuchaba la información que el corresponsal de Antena 3 en los Estados Unidos, José Ángel Abad (a quien nos alegra ver totalmente recuperado de la dolencia que le mantuvo apartado de las cámaras durante unas semanas) de los penosos y lamentables acontecimientos que se vivieron hoy en el Capitolio de los Estados Unidos. La imagen de un José Ángel Abad visiblemente nervioso (algo humana y lógicamente comprensible) y su voz que en ocasiones glosaba unas secuencias que se llegaron a repetir hasta siete veces, le llevaron a elevar la cifra de manifestantes de “miles” a “decenas de miles” y, finalmente, a “centenares de miles” en apenas dos minutos, en una hazaña digna del anteriormente citado Milton Porter. La situación la recondujo con mucha habilidad el presentador del informativo quien, sin desautorizar abiertamente al corresponsal, se refirió a los “cientos” o “miles” de ocupantes, cifra mucho más acorde con la realidad, si bien con posterioridad el tantas veces citado corresponsal, inasequible al desaliento, volvió a elevarla a «decenas de miles«. Lo cierto es que teniendo en cuenta la hostilidad de ambos (presentador y corresponsal) contra el Partido Republicano en general y Donald Trump en particular (auténtica bête noire de ambos) no era de esperar un tratamiento muy objetivo, y sin embargo, pese al lapsus numérico de Abad (insistimos, comprensible teniendo en cuenta la situación y el evidente nerviosismo al verse inmerso en una situación totalmente inesperada), el relato de los hechos fue muy acorde a la realidad, pero se deslizaron varias inexactitudes aprovechando la situación para cargar contra Donald Trump. La más grave, y que la presente entrada desea combatir, es la que la certificación de votos compromisarios es una “simple formalidad” limitada tan sólo a «certificar» los votos compromisarios ya emitidos sin que cupiese plantear objeción alguna al resultado.

La anterior afirmación no es cierta, y si no que se lo digan a Andrew Jackson (que, teniendo más votos compromisarios que nadie en los comicios de 1824, se vio desplazado en la presidencia por John Quincy Adams) o a Samuel Tilden (que, en 1876, se vio desplazado tras acusaciones de fraude en cuatro estados, que enviaron cada una dos listas de votos compromisarios). Pero no hace falta irnos a ejemplos históricos, sino tan solo acudir al derecho positivo vigente. En concreto, al Título I, Capitulo III Sección 15 (titulada “recuento de votos en el Congreso”) del United States Code, para lo cual no hace falta la consulta física en formato papel, dado que es fácilmente accesible a través de internet. De una atenta lectura del mismo se extrae que en el recuento efectuado cabe lícitamente plantear objeciones al voto compromisario, que es precisamente lo que Donald Trump se proponía hacer. Dado que dicha sección es bastante extensa, transcribiremos tan sólo este párrafo, aunque cualquier lector puede acceder a la totalidad del documento:

“Después de tal lectura o de cualquier certificado o documento, el Presidente del Senado preguntará si existen impugnaciones. Cada impugnación debe efectuarse por escrito, y manifestará de forma clara y concisa, y sin fundamentarlo, el motivo de la impugnación, debiendo ser firmada al menos por un Senador y un miembro de la Cámara de Representantes antes que la misma sea recibida. Cuando todas las impugnaciones efectuadas a cualquier votación o documento de un estado hayan sido recibidas y leídas, el Senado se retirará, y la objeción será remitida al Senado para su decisión; y el Presidente de la Cámara de Representantes, de igual forma, remitirá las impugnaciones a la misma para su decisión” 

Es más, la Sección 17, titulada “límite del debate en cada Cámara” (que, como se verá, se refiere a un límite estrictamente temporal), está integrada por un breve párrafo que transcribimos en su integridad:

“Cuando las dos Cámaras de forma separada resuelvan las objeciones que se hayan planteado al cómputo de cualquier voto compromisario de cualquier estado, o otra cuestión que surga en la materia, cada Senador y Representante puede hablar del tema durante cinco minutos, y no más de una vez; pero una vez que el debate haya alcanzado las dos horas, será deber del presidente de cada Cámara plantear la cuestión sin más trámites.”

Por tanto, el recuento del voto electoral en sesión conjunta del Congreso no es un simple “trámite”, sino que está legalmente contemplada la presentación de impugnaciones al voto compromisario.

Es posible que acudir a un texto legal tan extenso como el United States Code pueda disuadir incluso a los espíritus más audaces. Bien, aceptemos dicha circunstancia. Pero lo cierto es que el pasado día 8 de diciembre de 2020, el Servicio de Investigación del Congreso de los Estados Unidos, quizá anticipándose a lo que podría suceder en la sesión del 6 de enero de 2021, hizo público un breve documento de diez páginas titulado: “Recuento de voto compromisario: visión general de los procedimientos en la sesión conjunta, incluyendo las impugnaciones por miembros del Congreso”, documento que sintetiza magistralmente la cuestión, al que cualquier persona puede acceder igualmente y sin mucha dificultad a través de internet. En la sexta página consta un apartado que lleva por título: “impugnaciones al cómputo de uno o más votos compromisarios”, y dentro del mismo, otro titulado “tramitación de las impugnaciones” donde en líneas generales se resume el contenido del Título I, Capitulo III Sección 15 USC. Incluso ofrece ejemplos de impugnaciones a votos compromisarios, el último de los cuales tuvo lugar en 2005, cuando se presentaron impugnaciones al voto compromisario del estado de Ohio. Es más, el procedimiento de regulación de las impugnaciones tiene su origen en 1887, cuando aún sangraba la herida abierta por los disputados comicios de 1876, donde la disputa de voto compromisario, ante el vacío legal existente en aquéllos momentos, requirió para solucionar las objeciones la imaginativa creación de un Comité tripartito de quince vocales, cinco de los cuales procedían de la Cámara de Representantes, cinco del Senado y cinco del Tribunal Supremo, es decir, de composición paritaria legislativo/judicial. La injusta campaña desatada por el Partido Demócrata y sus acólitos frente al juez Joseph Bradley (cuyo voto fue decisivo para elevar a la presidencia al republicano Rutherford B. Hayes) fue realmente vomitiva y digna de tal formación política que, por cierto, conviene recordar que se avino a reconocer al republicano Hayes siempre que se retirasen los últimos remanentes de tropas federales que existían en el sur, lo cual se hizo con los resultados de todos conocidos: predominio demócrata en el sur con la inevitable consecuencia de la home rule y la segregación racial. Es curioso y altamente significativo que la formación política que acaudilló el racismo más acendrado y el sometimiento de la población de color se presente ahora como el paladín de ésta, mientras que el partido político que nació precisamente para combatir la esclavitud sea acusado de racista. Vivir para ver.

Una cosa es que las posibilidades de que prospere una impugnación de voto compromisario sean reducidísimas, por no decir nulas. Otra cosa muy distinta es afirmar, como se ha hecho alegremente esta noche en, que es una simple “formalidad”.

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