BUSCANDO AL «DEMANDANTE PERFECTO»

Para lograr el éxito en un órgano judicial han de concurrir varios factores, no todos los cuales están bajo control de los bandos en disputa. Son circunstancias totalmente fuera del control de las partes la los vinculados al juez, como la personalidad de éste, su pensamiento jurídico, su forma de valorar las pruebas e incluso, por mucho que se niegue, factores extrajurídicos como el estado anímico en la vista oral o la mella que puede tener la presión mediática en asuntos de cierta relevancia. Sin embargo, y a diferencia de lo anterior, el correcto uso del lenguaje y el dominio de la técnica jurídica en los escritos, así como la habilidad de los letrados en la vista oral es algo que sí está en poder de los litigantes, y puede llegar a ser decisivo a la hora de inclinar a un juez hacia uno u otro lado de la balanza. No obstante, existe otra circunstancia que es capaz de predeterminar el resultado final ya sea en la instancia o en el Tribunal Supremo: la correcta elección del demandante a la hora de buscar un resultado concreto. Se trata de asuntos donde en vez de ser el cliente quien acude al letrado, es éste quien, abogando por un principio cuya justicia reclama, trata de encontrar a la persona o personas concretas que puedan ilustrar mejor esa idea.

Viene lo anterior a raíz de la lectura de un breve trabajo de apenas veinte páginas publicado hace ya casi seis años. El artículo, elaborado por Cyntia Godsoe, lleva el ilustrativo título de Los demandantes perfectos (Perfect Plaintiffs) y se publicó el día 12 de octubre de 2015 en el Foro de la Revista de Derecho de la Universidad de Yale. Escrito justo al calor de la sentencia Obergefell v. Hodges (la célebre sentencia que reconocía el derecho constitucional al matrimonio entre personas del mismo sexo), el segundo párrafo daba comienzo con una frase que anticipaba la tesis sustentada por la autora: 

“La cuidadosa selección del demandante indudablemente desempeñó un papel crucial en el ascenso de la igualdad matrimonial, particularmente para un Tribunal que ha sido muy consciente de la opinión pública y preocupado por su legado histórico. Un demandante bien seleccionado puede ofrecer un contexto concreto para conceptos legales abstractos […]”

La autora no redactaba sus observaciones desde las altas cumbres del saber abstracto tan apegadas a las sesudas construcciones dogmáticas alejadas de la realidad, sino desde el suelo de la realidad concreta de la litigación práctica:

“Como antigua litigante para la justicia juvenil y la reforma educativa, se bien que la selección de los demandantes es una de las decisiones más significativas que el letrado de una causa ha de efectuar. Los demandantes deben ser aptos para llamar la atención y ser a la vez simpáticos e identificables para el ciudadano medio.” 

En el trabajo se citan tres casos donde la cuidadosa selección de las partes llevó finalmente a los resultados que se esperaban. La sentencia Loving v Virginia, hecha pública el 12 de junio de 1967 donde el Tribunal Supremo de forma unánime declaró inconstitucionales las leyes que prohibían los matrimonios interraciales. Veamos que nos dice el artículo:

“Mildred y Richard Loving vivían en zona rural, tenían educación secundaria y no conocían a ningún letrado. Tras años de exilio forzoso de su adorado hogar en Virginia, donde el matrimonio interracial constituía un delito, finalmente solicitó ayuda. Aun así estas casualidades fueron el sueño para un abogado de la causa. Comenzando por el apellido: los Loving. Añádase a esto su evidente afecto mutuo, sus tres hijos adorables, y su autosuficiencia en el hogar. Richard, un albañil y mecánico, construyó su propia casa, y Mildred elaboraba el vestuario de su familia. Como tal, el americano medio podía reflejarse en ellos.”

En otras ocasiones, a la hora de escoger al demandante concreto, los letrados pueden cometer la irresponsabilidad de dejarse llevar a tales extremos por el ideal que, al igual que don Quijote personificaba su amor ideal en la vecina del Toboso, idealicen su demandante hasta el punto de vincularlo en exceso con la idea. Tal ocurrió en el célebre asunto Roe v. Wade, la célebre sentencia publicada el 22 de enero de 1973 donde por una mayoría de siete votos frente a dos, el Tribunal Supremo declaró la inconstitucionalidad de las leyes que tipificaban como delito el aborto. En este caso, los letrados que buscaban despenalizar el aborto:

“Escogieron a Norma McCorvey, quien se convirtió en “Jane Doe” en el caso Roe contra Wade. Eligieron a Norma principalmente porque era pobre y estaba embarazada, pasando por alto su problemático historial de abuso de drogas, problemas psiquiátricos y múltiples parejas sexuales de ambos géneros. Los abogados antiabortistas utilizaron sus antecedentes contra ella, al argumentar que ello incrementaría los apoyos de quienes se oponían al aborto. McCorvey se quejó repetidamente de sus abogados, manifestando que la trataron “como una idiota” y que no le ayudaron a lograr un aborto porque necesitaban que estuviese embarazada para la causa. En parte por amargura, McCorvey cambió de bando y se convirtió en una furibunda antiabortista.” 

La casualidad también puede influir a la hora de elegir el litigante perfecto para defender una causa. Tal ocurrió en el caso Lawrence v. Texas, hecha pública el 26 de junio de 2003, y donde el Tribunal Supremo, por seis votos frente a tres, declaró la inconstitucionalidad de las leyes penales que tipificaban como delito la sodomía, dejando así sin efecto la doctrina de la sentencia Bowers v. Hardwick (30 de junio de 1986) que las había avalado; y, por cierto, quienes acusan al Tribunal de no respetar los precedentes, guardan un mutismo absoluto en este caso donde el propio órgano judicial se rectificó a sí mismo en poco más de tres lustros. Pero, a lo que íbamos, en este caso la suerte influyó en cierta medida:

“Las leyes del estado de Texas contra la sodomía raramente se aplicaban y las condenas nunca se recurrían porque el castigo se limitaba a una multa relativamente escasa. Sin embargo, Lawrence y Garner fueron arrestados porque se comportaron de forma agresiva con los agentes, y los defensores tan sólo supieron de esta inusual detención por un secretario judicial gay que ojeó el atestado. Dado lo inusual de los arrestos, los activistas LGB vieron la oportunidad, con todos sus defectos. Para ocultar una “pelea regada en alcohol” y convertirla en una “historia de amor” los abogados silenciaron a Lawrence y a Garner.”

No son los únicos casos donde un asunto se planteó de forma artificial con la vista puesta en una decisión final del Tribunal Supremo. En un intento por lograr que el Tribunal Supremo declarase la esclavitud inconstitucional, en el caso Dred Scott v. Sandford, la parte demandante era el esclavo de un médico militar que había acompañado a su dueño a lo largo de un periplo por varios estados, en algunos de los cuales la esclavitud se encontraba proscrita. Y en un primer y frustrado intento por finiquitar la segregación racial a través del caso Plessy v. Fergusson (sentencia hecha pública el 18 de mayo de 1896 por ocho votos a favor y tan sólo uno en contra, el del célebre juez John Marshall Harlan), el origen tuvo lugar cuando un demandante muy concreto, Homer Plessy (persona que tenía un mínimo porcentaje de sangre de color) quebró deliberadamente una norma que impedía a los ciudadanos de color ocupar asientos en los transportes públicos destinados a los ciudadanos de raza blanca.

En no pocas ocasiones, pues, la elección del demandante ocupa un papel tan importante como los principios que se defienden, los argumentos jurídicos e incluso la habilidad de la defensa. Y, obvio es decirlo, los medios de comunicación también. De ahí que cada vez más, en determinados casos se opte por airearlo convenientemente a través de una cuidadosa presencia en los medios. Y ello porque, aun cuando se pretenda convencer de lo contrario y se niegue rotundamente, Sus Señorías son muy sensibles a la imagen que pueda transmitir de ellos el cuarto de los poderes. Y lamentablemente son pocos, muy pocos los que se atreven a enfrentarse con los (muy, muy, muy, muy venidos a menos) sucesores de William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer. ¿Un ejemplo concreto? Recuerden la campaña desatada en los medios contra el juez que formuló un voto particular en el tristemente célebre caso de «la manada«, con el agravante que muchos de los críticos ni tan siquiera habían leído el voto particular; y recuerden cómo terminó el asunto en la última instancia judicial, que en esta ocasión decidió extremar la severidad y el rigor que en otras ocasiones deja escondido cuando la ocasión lo demanda. Se insistirá que la en sentencia final nada tuvo que ver la campaña mediática a la que incluso se sumó el entonces Ministro de Justicia; es posible, pero tiene tantos visos de ser real como que la noche de cada 24 de diciembre Santa Claus descienda por las chimeneas de todos los hogares para depositar regalos al pie del árbol de navidad.

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