«CINE Y DERECHO: TOGAS EN LA GRAN PANTALLA» IMPRESCINDIBLE ENSAYO DEL MAGISTRADO RAFAEL MENDIZÁBAL

Existen libros que cuando uno los toma en sus manos es imposible detenerse en la lectura hasta que no se ha superado la última página. Eso me ha ocurrido con Cine y Derecho. Togas en la gran pantalla, imprescindible tomo debido al magistrado Rafael Mendizábal Allende y con prólogo del exfiscal Eduardo Torres-Dulce, cuya lectura inicié la tarde del sábado y finalicé la noche del domingo. Tanto prologuista como autor son dos reputadísimos juristas que unen a tal condición la de ser entusiastas defensores del séptimo arte, lo que se trasluce a lo largo de las páginas de esta deliciosa obra a la que, si alguna objeción se le puede oponer, son las no escasas erratas que se deslizan a lo largo de sus casi cuatrocientas páginas y algunos errores de cierto calado, como el obrante en la página 246 al atribuir a Enrique III el otorgamiento de la Carta Magna cuando en realidad quien la suscribió fue Juan I, el “Juan sin tierra” que aparecía como antagonista en los films protagonizados por el inmortal Robín Hood; o cuando en la página 353 al referirse al «fiscal general» estadounidense afirma: «sin que tal cargo tenga nada que autorice su traducción por ministro de justicia, como se hace frecuentemente, estando más cerca de un ministro de Interior«, constituyendo tal aserto una equivocación de cierto calibre, pues la ley que convierte al attorney general en un miembro del gabinete, y que data nada menos que del 22 de junio de 1870, es la Act to establish the Department of Justice, expresión esta última que no admite otra traducción que «Ministerio de Justicia», pues el del interior sería el Department of Homeland Security.

Ya en el prólogo, Eduardo Torres-Dulce (a quien, por cierto, conocí antes en su faceta de crítico cinematográfico debido a su presencia habitual en el benemérito programa Qué grande es el cine, que las noches de los lunes emitía la segunda cadena) se encarga de resaltar las similitudes entre el mundo del Derecho y el que rodea a la gran pantalla:

“Y es que ineludiblemente y por mucho que parezcan a primera vista muy alejados, el Cine y el Derecho poseen muchos elementos en común. Ambos son lenguajes, y poderosos lenguajes. En el Derecho sea la escritura, para argumentar, razonar, alegar, probar, sea la elocuencia forense en los trámites verbales, orales, es el instrumento sobre el que cabalgan las pretensiones de las partes y las decisiones de jueces y tribunales. El Derecho es decidir conflictos conforme a un catálogo de normas, codificadas o en common law, pero debe comunicarse, trasciende siempre más allá del expediente en el que se encastra. El lenguaje del cine supone una misteriosa alianza entre la imagen, en el principio fue no el verbo sino la imagen, y la palabra. El cine ha codificado, a través de la mirada de los cineastas, a través de un proceloso itinerario expresivo que es la puesta en escena de un guion, un lenguaje propio tejido de planos y secuencias. Su excepcional impacto de comunicación ha permitido que sea utilizado como agitprop en sus más variadas formulaciones. Uno y otro requieren tanto técnica como destreza profesional, y de una y otra dependen los resultados a los que llegan o fracasan.”

Tras la breve pero jugosa presentación de Eduardo Torres-Dulce, toma el relevo la pluma de Rafael Mendizábal quien, tras unas páginas donde se explica la génesis del libro, se adentra ya en el proceloso mundo del séptimo arte que tiene como protagonista a los togados.

Ya es significativo que el libro no se divida en introducción y capítulos, sino en “créditos” y en “bobinas”, tal y como se proyectaban antaño los films en las salas de cine. Al comienzo de la obra uno parece sentir el rugido del león de la Metro bajo el rótulo “ars gratia artis”, la esbelta diosa griega de la Columbia o esa miniatura de la torre Eiffel encima de un orbe emitiendo ondas sónicas en código morse, tras lo cual vienen esos “créditos” donde se anticipan ya títulos clásicos del género y nombres inmortales como el inevitable Atticus Finch o sil Wilfrid Roberts.

El libro da comienzo en puridad con la “bobina” inicial, intitulada “cine forense”, breve capitulillo donde se sintetizan los inicios y desarrollo del séptimo arte así como los “principios generales” del cine que tiene como protagonista el mundo del Derecho o sus aledaños. Pero son las dos “bobinas” restantes las que integran la columna vertebral del libro. La segunda de ellas proyecta al lector/espectador el “Derecho y Justicia. Derechos Fundamentales y Constitución”, y en él se analizan nada menos que doce títulos de diversas épocas y géneros, de tal forma que entre M, el vampiro de Dusseldorf (Fritz Lang, 1931) y La Conspiración (Robert Redford, 2010), se encuentran, entre otros, la tragedia El Delator (John Ford, 1935), la fábula El hombre que vendió su alma (William Dieterle, 1941), la divertidísima y hoy seguramente reputada como “políticamente incorrecta” La costilla de Adán (George Cukor, 1949), el western crepuscular El hombre que mató a Liberty Valance (de nuevo John Ford, 1962) o el drama histórico Un hombre para la eternidad (Fred Zinneman, 1966). Puede quizá extrañar la inclusión del western que emparejó a dos leyendas como John Wayne y James Stewart, pues, a diferencia del resto de títulos, no existe juicio ni remedo de controversia jurídica alguna, de ahí que el autor, como buen juez, ilustre los motivos por los cuales ha insertado un western crepuscular en un ensayo que hermana cine y derecho:

“Esta película donde no se ven togas ni se presencia ningún juicio es un vehemente alegato por el Derecho reflejado en el binomino ley y orden como opuesto frontalmente a la ley del oeste, patente desde el primer enfrentamiento entre el joven abogado Ramsom Stoddard que viaja en la diligencia y su asaltante, el salvaje Liberty Valance, que destroza los libros y azota a su dueño con el látigo cuya empuñadura de plata es la firma de su dueño.”

Idea ésta, por cierto, que se ilustra igualmente en otro clásico del western, La conquista del oeste, cuando el Marshall Lou Ramsey (Lee J. Cobb) se dirige a su antecesor en el cargo, Zeb Rawlings (George Peppard) ante la inminente excarcelación del bandolero Charley Gant (Eli Wallach) a quien Rawlings detuvo. Cuando el antiguo Marshall anticipa los problemas que ello acarreará, Ramsey apunta hacia varios letrados y advierte a su amigo Zeb: “¡Míralos! Ellos son ahora la ley. Los tiempos de Jesse James se han acabado” Y, en efecto, se acabaron, y si en el antiguo y polvoriento oeste la razón se encontraba del lado de quien tenía más destreza en el revólver, a quien únicamente podía vencerse no mediante un juicio, sino gozando de mayor destreza (ser más rápido) o disparando por la espalda (así fue abatido Wild Bill Hickok en 1876, el mismo año que vio la masacre de Little Big Horn y el desmantelamiento de la banda de los James), en los tiempos modernos la razón (jurídica) se encuentra no de quien ostenta la material, sino de quien sabe retorcer mejor los argumentos de la ley. A un arma física ha sustituido una metafísica, pero el grado de falibilidad es el mismo. Y nada lo ilustra mejor que un clásico del género de suspense que escapó, quizás injustamente, de la selección efectuada por Mendizábal. Me estoy refiriendo a El cabo del terror (John Lee Thompson, 1962) donde el abogado Sam Bowden (un Gregory Peck que rodó este film justo antes de enfundarse el traje de Atticus Finch) ve impotente cómo la ley es incapaz de protegerle a él y a su familia del acoso que sufre por parte de Max Cady (Robert Mitchum, sustituyendo al inicialmente previsto Ernst Borgine), quien fue encarcelado por violación debido a la declaración testifical de Bowden. Un film que da mucho que pensar sobre las limitaciones de la ley. Y, por cierto, regresando a Liberty Valance, da mucho que pensar una escena donde el bandolero humilla al hombre de leyes al provocarle una caída zancadilleándole cuando acudía a servir una de las cenas en el restaurante donde trabajaba, mientras que huyó atemorizado cuando otro hombre más diestro con el revolver le planta cara, de tal forma que cuando Tom Doniphon (el cowboy que hizo batirse en retirada a Liberty) pregunta divertido qué les habría asustado, el director del periódico local, el satírico Dalton Peabody (Edmond O´Brian) afirma: «Yo te diré lo que les ha hecho huir. La imagen de la ley y el orden levantándose de entre el fango y las patatas

La tercera y última de las “bobinas” se reserva a los protagonistas absolutos del drama judicial, ilustrando cada instituto procesal o cargo con uno o varios títulos. Así, para la figura del juez se opta por Anatomía de un asesinato (Otto Preminger, 1959), si bien quizá hubiese otros títulos que podrían ilustrar mejor las competencias y las limitaciones de los magistrados, como Los jueces de la ley (Peter Hyams, 1983) o El juez (David Dobkin, 2014). Para el jurado opta por un título imprescindible, los Doce hombres sin piedad (Sidney Lumet, 1957) y la discutible Traición al jurado (Heywood Gould), pues hubiese sido más propio otro título que, además, se cita en la obra, El jurado (Gary Fleder, 2003), adaptación de la novela homónima de John Grisham y que hubiera planteado hondas cuestiones para el debate, para empezar la frase que se pone en boca de Rankin Fitch (inconmensurable Gene Hackman) para quien: “Los juicios son una cosa muy seria como para dejarlos en manos de un jurado”. Para los tribunales militares se echa mano nuevamente de John Ford, esta vez con El sargento negro, si bien pueden completarse sus reflexiones con La conspiración (analizada en la segunda “bobina”) que versa sobre el enjuiciamiento que un tribunal militar realizó a los implicados en el asesinato de Abraham Lincoln. Para los tribunales eclesiásticos, Mendizábal opta por dos títulos que exponen unos mismos hechos desde dos puntos de vista diferentes: El crisol (Nicholas Hytner, 1996) y Las brujas de Salem (Joseph Sargent, 2002). La justicia penal internacional se ilustra con dos ejemplos que narran los juicios a los jerarcas y simpatizantes del tercer Reich, Vencedores y vencidos (Stanley Kramer, 1961) y Nuremberg (que no es propiamente un film, sino una miniserie). Al Ministerio Público se dedican un par de títulos, la ya legendaria aunque algo maniquea JFK (Oliver Stone, 1991) y La noche cae sobre Manhattan (Sidney Lumet, 1996), mientras que para los letrados particulares Mendizábal opta por dos títulos que muestran las dos caras de la moneda: el bien absoluto representado por Atticus Finch (Matar un ruiseñor, Robert Mulligan 1961) y el hombre común tentado, en el sentido literal, por el diablo (Pactar con el diablo, Taylor Hackford, 1998).

Mendizábal une a su sapiencia jurídica un brillantísimo estilo literario y un enciclopédico conocimiento cinematográfico e histórico, y un manejo absolutamente profesional de la historia y ordenamiento jurídico norteamericana, de tal forma que previamente a analizar cada uno de los títulos nos sumerge en el contexto histórico no sólo de la época en la que se ambienta la película analizada, sino incluso del año en que se rodó. Que en ocasiones viene salpimentada con referencias comparativas hacia el sistema español no exentas de ironía crítica, como la siguiente sobre el jurado que no me resisto a dejar de transcribir:

“La Constitución de 1978 autorizó su establecimiento de nuevo, que se demoró por falta de entusiasmo en el ambiente, hasta la Ley Orgánica 5/1995 de 22 de mayo, donde se subvierte el sistema haciéndolo ininteligible. La norma potestativa que configura el derecho a ser juzgado por sus pares renunciable, como tal, se convierte en imperativa, imponiendo además que los veredictos sean “motivados”, exigencia incompatible con la esencia de la institución”

Y no quiero dejar pasar la ocasión de decir que la agudeza de Rafael Mendizábal detectó en el film Vencedores y vencidos un dato que suele pasar desapercibido a muchas personas. Cuando en el año 1991 inicié mis estudios de Derecho, el entonces inefable catedrático de Filosofía del Derecho (de cuyo nombre no es que no quiera acordarme, es que renuncio a hacerlo por caridad cristiana) decidió proyectar dicho título a los alumnos para ilustrar las diferencias entre el iusnaturalismo y positivismo. La idea era excelente, pero el análisis realizado por el citado docente tras el film ponderaba la integridad del juez Heywood, sobre todo en esa sensación de superioridad que traslada en la última escena del film en el encuentro con Janning en Prisión. Cuando Janning felicita al juez que lo condenó e indica que tiene su respeto, pero le afirma que por su honor no sabía nada de los campos de concentración ni que se podía llegar a ello, Heywood afirma pomposamente desde una autoproclamada superioridad moral que se llegó a donde se llegó: “la primera vez que condenó a una persona sabiendo que era inocente.” Pues bien, ese mismo juez Heywood, casi al principio del film, la primera vez que debate con sus colegas en el despacho, afirma sin ruborizarse: “Cuando me eligieron juez, sabía que existían personas intocables, y que debían continuar intocables si yo quería seguir siendo juez”. Lo cual supone, como muy bien expone Rafael Mendizábal en su análisis: “No las tocó. Prevaricó por conservar su puesto”. Asunto éste que para el anteriormente mentado catedrático de filosofía debió carecer de importancia, dado que ni lo apuntó, quizá pensando que, como Tracy solía encarnar a personajes bonachones y de quienes uno se podía fiar, cabía predicar lo mismo en esta ocasión, demostrando quizá no haberse asomado por Lanza rota (Edward Dmytrik, 1954) donde, por cierto, al igual que en Vencedores o vencidos, Tracy coincidía también con el gran Richard Widmark.

Hay una cuestión que Mendizábal denuncia a lo largo de toda la obra, especialmente a la hora de analizar el film Anatomía de un Asesinato: las libertades tomadas a la hora de verter a nuestra lengua conceptos e instituciones del ordenamiento norteamericano. Como bien se dice en la obra comentada:

«Ahora bien, como en otras ocasiones debo denunciar ahora la pésima traducción del lenguaje forense inglés al español, que a veces lo hace ininteligible. Los culpables de tal desaguisado no conocen bien el idioma inglés pero tampoco el suyo. «Counsel» por consejero, siendo abogado, «reports» por informes y no sentencias [en realidad, más que sentencias -«opinions» o «decisions»- son libros recopilatorios de sentencias], «statute» por estatutos y no leyes, «entering» por escalo en vez de allanamiento, «deputy sheriff» por honorario y no delegado, «adjourn» por clausurar y no suspender, «legal excuse» literalmente, siendo eximente e «inmaterial» por capcioso cuando significa impertinente, son muestras de un notable desconocimiento de los dos idiomas»

En definitiva, una obra que debería ser de lectura obligada no sólo para estudiantes de Derecho, sino para abogados, fiscales….y jueces; pues no deberían olvidar que, en el fondo, está escrito por “uno de los nuestros”.

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