CÓMO PIENSA UN JUEZ: EL EXHAUSTIVO ANÁLISIS DE JOSÉ RAMÓN CHAVES SOBRE EL MODO DE EJERCER LA FUNCIÓN JUDICIAL.

El ser humano no posee, cuando menos en el momento actual, facultades que le permitan introducirse en el cerebro de otra persona con el objetivo de leer sus pensamientos. No obstante, a través de la observación y de la aplicación del procedimiento inductivo a los hechos objetivamente percibidos se puede determinar con ciertos visos de acierto lo que en esos momentos puede estar pasando por la mente de otro, y quienes hayan visto la magnífica serie El mentalista pueden comprobarlo. Aplicado el anterior principio general al ámbito jurídico, ello conlleva que no es posible verificar qué es lo que piensa un juez a la hora de enfrenarse a un supuesto concreto, pero sí es posible mediante la constatación de ciertos hechos (lectura de sentencias dictadas por el juez en cuestión, actitud del magistrado -a través del lenguaje verbal y no verbal- en el acto de la vista) y mediante un procedimiento tanto inductivo como intuitivo poder de alguna forma anticipar cual es el lado de la balanza hacia el que se inclinará el juez.

Lo anterior viene a cuento debido al libro del magistrado José Ramón Chaves García, y titulado significativamente Cómo piensa un juez. El reto de la sentencia justa (Wolters Kluwer, 2021). Con este recentísimo trabajo (utilizo tal calificativo porque en justicia no puede decirse que sea el “último”, pues aun habiendo sido publicado a principios de año su autor ya a sacado un nuevo libro al mercado, en este caso sobre la prueba en el orden contencioso-administrativo) José Ramón Chaves afronta la tarea de exponer al público en general el proceso que sigue un juez a la hora de enfrentarse a un asunto. Conviene precisar una cuestión que ya el propio título deja claro. El autor no pretende exponer lo que piensa un juez o lo que pasa por la mente de un magistrado a la hora de sentarse ante su mesa para redactar la sentencia, sino el procedimiento y las herramientas que posee a tal fin, y por esa potísima razón el título de la obra es precisamente “cómo” piensa un juez, y no “qué” piensa. De ahí que podamos decir que en este libro su autor ejerce el rol que en la anteriormente citada serie El mentalista asumía Patrick Jane: observar, percibir y razonar. Lo único que, a diferencia del personaje interpretado por Simon Baker, Chaves ha trasladado al papel sus observaciones para que todos puedan beneficiarse de ello.

El libro está maravillosamente escrito, con un estilo muy sencillo y asequible que permite incluso al lego en derecho adentrarse en su lectura, de tal forma que tan sólo momentos muy concretos de la obra la carencia de formación jurídica puede dificultar la comprensión de algunos párrafos. Mas, a salvo de esas contadas excepciones, cualquier persona disfrutará de la lectura de un libro que, pese a su volumen (630 páginas, si excluimos las notas que, para facilitar más la lectura, están situadas al final del libro en vez de a pie de página) se lee de un tirón. Y cualquiera que se asome a sus páginas podrá comprobar que José Ramón Chaves ha seguido el consejo que ofreciera el fallecido juez Antonin Scalia: el buen jurista no debe limitar sus lecturas a leyes, sentencias y doctrina jurídica, sino a obras literarias y ensayísticas ajenas al mundo del Derecho. Por ello no debe sorprender que se salpimenten las páginas no sólo con citas de juristas españoles (Luis Zarraluqui, Francisco Sosa Wagner) y extranjeros (Richard Posner, Lord Neuberger) sino con citas de autores y pensadores clásicos (de Shakespeare a Ortega y Gassett) e incluso de obras cinematográficas (como el clásico Doce hombres sin piedad o El Cabo del miedo).

Confieso que cuando el autor de estas líneas finalizó la lectura de la obra, ha dado marcha atrás en algunas tomas de posición, aunque también ha visto reforzadas otras. Por ejemplo, el sistema de resolución en órganos colegiados (en el libro comentado se aborda en el epígrafe divertidamente titulado “la alquimia de las deliberaciones”), que personalmente me permito calificar de “unipersonalidad material” por dos motivos: en primer lugar, a diferencia de lo que ocurre en el mundo anglosajón (donde todos los jueces estudian los asuntos) todo pivota en torno a la figura del ponente, de tal forma que si éste no ha comprendido bien el asunto, trasladará a sus colegas una impresión no del todo ajustada al caso; en segundo, porque en este punto, la característica del sistema español es la práctica ausencia de votos particulares, que parecen tomarse como una especie de ofensa personal.

Yerran quienes vean en este libro una especie de defensa a ultranza del estamento judicial frente a toda crítica. Existe, sí, a lo largo del paginado una serie de circunstancias que apuntan a la dificultad de la función de juzgar, desde las “arenas movedizas de los hechos” a la “liquidez del derecho”. De igual forma que existe una dogmática relativa al error y sus causas (capítulo segundo) así como a los condicionantes del juez (personales, formativos, ideológicos) y cómo los mismos pueden proyectarse en la resolución judicial. Pero en la obra no se rehúsa la crítica cuando la misma se estima necesaria. Destaco tan sólo dos párrafos que me han llamado la atención por la divertidísima forma en que se exponen. El primero, es el relativo a la formación de los jueces, dado que, en efecto, los mismos han tenido que superar una oposición muy compleja, pero visto el mundo de “leyes desbocadas” en el que vivimos, el mero hecho de aprobar en un momento concreto un proceso selectivo no garantiza el conocimiento si quien ha superado el mismo no perfecciona o actualiza los conocimientos adquiridos. En este punto, se dice que:

“el CGPJ despliega una notable actividad de oferta de seminarios, foros y publicaciones para facilitar la formación continua de los jueces. Sin embargo, no es fácil sacar de su zona de confort a los leones en la sabana y no existen mecanismos serios que incentiven de forma eficaz dicha formación, que queda al gusto y voluntad de cada cual. El resultado es una formación diferencial en la formación de jueces y magistrados del mismo orden jurisdiccional. Unos actualizados hasta la médula, y otros con la despensa de ciencia jurídica con telarañas. Unos con sana curiosidad por profundizar en novedades y otros con sana displicencia hacia lecturas académicas o estudio de jurisprudencia ajena al caso que tienen entre manos. Una minoría que participa en coloquios, imparte charlas y colabora en publicaciones, y una mayoría que permanece discreta en segundo plano.”

La segunda, hace referencia a los condicionantes del juez, y en concreto, el epígrafe “ser sociable es recomendable”. Al comienzo del libro Making your case. The art of persuading judges (obra que, por cierto, Chaves ha manejado e incluso cita expresamente) Antonin Scalia y Bryan A Garner terminaban el breve capítulo abogando porque el jurista se relacionase con los demás y, de no ser ese el caso, aconsejaban “mejorar sus relaciones sociales” porque con ello mejoraría su propia vida. Pues bien, en esta obra podemos encontrar un ejemplo concreto (que, por cierto, parece estar retratando al juez interpretado por José María Pou en el decimoquinto episodio de la clásica serie Turno de oficio) de lo que ocurre de no seguir ese consejo:

“Comentaré que en cierta ocasión hablaba con un magistrado veterano, soltero y sin hijos, sobre su plan de disfrute de vacaciones y me confesó que se las pasaría en su casa, o sentándose en la terraza de una cafetería próxima al tribunal; le pregunté si no tenía aficiones de implicación colectiva (deportes, asociaciones, viajes…) y para mi sorpresa me contestó que no las necesitaba. Que era feliz con su colección de filatelia y su gata. Nada puedo objetar a la sagrada libertad que cada uno decida como vivir el finito tiempo disponible, pero abrigo la intuición de que aquellos hábitos explicaban su falta de sensibilidad en algunas de las sentencias que rezumaban frialdad metálica.”

En definitiva, nos encontramos ante un libro extenso, muy bien escrito, donde sapiencia, claridad expositiva y sentido del humor van cogidos de la mano para atrapar al lector. Un libro que, sin duda, en el jurista provocará emociones encontradas, dado que por una parte comprobará las dificultades reales que entraña la función de juzgar y que le harán variar algunas ideas que erróneamente se creían asentadas en sólidos cimientos. Mas, por otra, verá confirmadas algunas de sus sospechas relativas a deficiencias estructurales del sistema judicial español.

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