EL TRIBUNAL SUPREMO DE LOS ESTADOS UNIDOS VUELVE A LA ¿NORMALIDAD?

El pasado miércoles día 8 de septiembre de 2021, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos hacía pública una nota informando que durante el presente año judicial se volverá a la presencialidad en las vistas orales. Ello no supone que las mismas sean accesibles al público, como era habitual antes de marzo de 2020, puesto que al edificio que alberga al máximo órgano judicial de los Estados Unidos tan sólo podrán acceder los jueces, el personal mínimo necesario para el desarrollo de las actividades, los letrados de las partes y los periodistas que gocen de acreditación expedida por el Tribunal Supremo. No obstante, el Tribunal volcará en su página web tanto la transcripción de las vistas como una grabación de las mismas en formato audio, de tal forma que cualquier persona tendrá acceso inmediato a las mismas tan sólo accediendo a la página web oficial del Tribunal Supremo. Desde que se cerró al público el edificio al declararse la pandemia, las vistas se celebraban de forma telemática, sin que conste la existencia de incidencia alguna o de dificultades por parte de los intervinientes, y eso que existen jueces de edad ciertamente cercana a la ordinaria de jubilación en nuestro país, como el chief justice (que cuenta con sesenta y seis primaveras) y otros de edad ciertamente provecta, como Stephen Breyer, que frisa los ochenta y tres inviernos.

Lo cierto es que el Tribunal Supremo afronta un año ciertamente decisivo, y ello por dos razones fundamentales.

En primer lugar, por los vientos de reforma que soplan y que pueden llegar a la hasta el momento pacífica atalaya donde se refugiaban los nueve integrantes del alto tribunal. En efecto, el organismo creado por el presidente Biden con el objetivo de estudiar la necesidad o no de reformas en el Tribunal Supremo y, en caso positivo, la extensión que deberían tener las mismas ha de entregar sus conclusiones a lo largo del último trimestre del año. Habrá que estar atentos al resultado de sus trabajos y, sobre todo, a si se llevan a la práctica las recomendaciones del Comité. Es altamente improbable que con la situación política actual sea inviable una modificación que se pretenda duradera, máxime cuando en la Cámara de Representantes la diferencia cuantitativa que separaba a demócratas de republicanos se ha reducido, mientras que en el Senado la situación está sumamente equilibrada hasta el punto que no sería descartable que, en el hipotético supuesto de aprobarse una reforma, ésta saliese adelante tan sólo con el voto de calidad de la vicepresidenta Kamala Harris.

En segundo lugar, por la crisis de legitimidad que, de forma ciertamente injusta pero incuestionable, está viviendo el alto tribunal. Jueces ideológicamente tan dispares como el veterano Stephen Breyer y la recién llegada Amy Coney Barret han manifestado sus preocupaciones por este dato. Esta última, en una reciente comparecencia, ha aludido a que los medios de comunicación no reflejan las deliberaciones que tienen lugar para llegar a las sentencias, recalcando que “teorías jurídicas no son lo mismo que partidos políticos” y que “decir que el razonamiento del tribunal es erróneo no es lo mismo que sostener que actúa de forma partidista”. Por su parte, Breyer ha hecho de este tema el objeto de su último libro, el breve pero enjundioso ensayo titulado La autoridad del Tribunal y el peligro de la política, donde plasma las tesis ya adelantadas oralmente en una conferencia que tuvo lugar de forma telemática. Por cierto, que existe una campaña mediática bastante intensa para que Breyer renuncie a su puesto en el Tribunal Supremo con la finalidad de permitir al presidente Biden nombrar a alguien más joven.

Lo cierto es que muchas de las críticas que los medios de comunicación vierten hacia el Tribunal Supremo no son del todo justas. Valga un ejemplo. Cuando se revocan doctrinas jurisprudenciales que apenas cuentan con tres décadas de antigüedad, se acusa al máximo órgano judicial de escaso respeto al precedente, siendo así que esos mismos medios ensalzan la figura del chief justice Earl Warren y la etapa en que éste presidió la institución, etapa que si por algo se caracterizó fue por quebrar precedentes algunos con bastante más de cuatro décadas.

En fin, continuaremos informando, en la medida de lo posible, de las evoluciones del Tribunal Supremo y del poder judicial en el país cuna del constitucionalismo moderno.

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