IN MEMORIAM: LEONTINA ALONSO, MAGNÍFICA PROFESORA Y GRAN PERSONA.

Veo publicada en la edición digital del diario El Comercio de hoy jueves día 9 de diciembre de 2021 (de donde extraigo la fotografía que ilustra la presente entrada) la noticia del fallecimiento en Gijón Leontina Alonso Iglesias. Es posible que, a quienes no sean vecinos de Gijón, el nombre no les diga nada, e incluso es probable que tampoco suene a muchos habitantes de la villa de Jovellanos. Pero no me cabe duda que adquiere hondo significado no sólo para los miembros de la Comunidad educativa asturiana, sino también para quienes, como el humilde redactor de estas líneas cursamos la educación secundaria en el Instituto de Bachillerato “Doña Jimena” en los años que transcurren entre finales de la década de los ochenta y principios de los noventa del pasado siglo y tuvimos el privilegio de tenerla como docente y, ulteriormente, como directora.

Leontina Alonso no era quienes se dedicaron a la enseñanza por simple descarte o pura inercia, sino que era de esas personas que eligieron la docencia por vocación, algo que se percibía en cualquiera de sus clases. Desde el punto de vista personal, puedo constatar que los dos años en los que tuve el privilegio de contar con ella entre el cuadro de profesores, particularmente durante el segundo curso de Bachillerato (impartiendo la asignatura de “Geografía humana y económica”) y en el Curso de Orientación Universitaria (donde brilló con luz propia como encargada de “Historia del Arte”) calaron hondo en mi futura orientación profesional, sobre todo en la primera de las asignaturas citadas, pues fueron sus clases las que inclinaron definitivamente mi opción por la rama de letras en lugar de ciencias, opción ésta sin duda alguna la que a mi padre le hubiera gustado que siguiera. Aquellas horas de la mañana en que, tras el estentóreo, ensordecedor y nada armónico “canto” de la sirena encargada de marcar el final de los cincuenta minutos fijados a cada materia, y después de los cinco minutos de “cortesía” entre asignaturas donde un nutrido grupo de adolescentes ocupábamos durante unos instantes los pasillos para sacudirnos el polvo de la clase anterior, aún permanecen vivas en mi memoria. Y si bien confieso que la geografía humana no era una materia que fuese (a diferencia de la historia, que me encantaba y me sigue cautivando) santo de mi devoción, Leontina supo hacerla agradable a través de su método docente, totalmente alejado de las “clases magistrales” (donde el docente pontifica y los discentes se limitan a recibir silentes la información) para implicar al alumnado con actividades que, en ocasiones, sorprendían agradablemente. Un ejemplo concreto: a la hora de estudiar los diferentes tipos de clima, recuerdo como si fuera hoy mismo que Leontina puso un ejercicio para que, en la clase, se elaborar el correspondiente climograma con los datos suministrados, y una vez finalizado y corregido, informó que era el de la propia ciudad de Gijón. Pero, además de ser una gran docente, Leontina tenía un sentido del humor que transmitía no sólo a sus compañeros, sino también a su alumnado. Así, por ejemplo, cuando en la clase de historia del arte, para impartir la cual se valía de diapositivas (algunas de ellas incluso no del centro, sino personales que había tomado en sus viajes), en una ocasión inadvertidamente se le “coló” una donde aparecía posando la propia Leontina con una amiga, lo cual, pese al intento de “saltarla” con toda rapidez, no pasó desapercibido y provocó el lógico estallido de carcajadas entre los estudiantes. Cuando un alumno, algo distraído, preguntó a qué se debían esas risas, Leontina se limitó a volver atrás la diapositiva, provocando de nuevo la hilaridad del auditorio.

Pero Leontina no sólo era una magnífica profesora, sino, lo que es más importante, una gran persona que se preocupaba extremadamente por sus alumnos y que siempre intentó facilitarles la tarea, en ocasiones con una generosidad inmensa. En cierta ocasión, hubo de efectuarse un examen en horario de tarde, y quien suscribe tomó mal la fecha de realización de la prueba, anotándola para un día después del efectivamente señalado. La tarde en cuestión, recibí una llamada telefónica de Leontina, extrañada de que no hubiese acudido, pues tanto entonces como en la actualidad a quien suscribe jamás se le suelen pasar las fechas, sino incluso las horas. Obvio es decir que, raudo y veloz acudí de inmediato al centro, donde realicé la prueba sin ningún tipo de problema.

Cuando finalicé mis estudios de secundaria, durante mi etapa universitaria e incluso ya iniciado el ejercicio profesional, continué manteniendo el contacto con Leontina. Cada cierto tiempo, regresaba a mi antiguo instituto, ascendía por las escaleras que tantas veces había subido y bajado como estudiante y acudía a su despacho de dirección para charlar un rato. Durante todos esos años, en los que iba percibiendo no sólo los cambios físicos en el interior del edificio que alejaban cada vez más del que permanecía en mis recuerdos, sino la degradación del sistema educativo (debido a una legislación sobre la materia absolutamente disparatada que en vez de evolucionar, involucionaba), Leontina casi siempre tenía unos minutos para charlar, intercambiar opiniones y hablar de los temas más diversos, y nunca se olvidó de preguntar por mis progresos en la carrera, por mi actividad como abogado y, sobre todo, por mi familia. En ocasiones tales charlas finalizaban con divertidas anécdotas personales, como la vez en que quien suscribe, ya totalmente incorporado a su ordinario quehacer profesional, le manifestó sin tapujos la pésima opinión que tenía, tanto a nivel profesional como personal, de la profesora (cuyo nombre y apellidos son indignos de reflejarse en este post, pues lo dejaría “maculado”) a quien por desgracia le tocó en suerte en la asignatura de Educación Física en segundo curso, que era en todos los aspectos la antítesis de Leontina; ésta, tras una sonora carcajada, reconoció que en cierta ocasión, al pasar por donde la citada “docente” martirizaba de forma inmisericorde a sus alumnos, se limitó a manifestarle de forma irónica pero significativa: “hija mía, si me llegas a haber dado tú educación física, todavía estaría en bachiller”.

Es una lástima que profesores como Leontina Alonso se vayan, aunque siempre quedará su recuerdo y, en cierta medida, continuarán a través de las generaciones de alumnos a los que enseñó durante sus tres décadas en el Instituto “Doña Jimena” donde, dicho sea de paso, con la única excepción del garbanzo negro al que antes se aludió, contaba con un magnífico equipo docente. Y es de justicia recordar a quienes nos inculcaron no sólo un sólido utillaje de conocimientos, sino, lo que es más importante, una serie de valores.

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