EVENTOS QUE HACEN CONTEMPLAR LAS COSAS DESDE OTRA PERSPECTIVA Y VALORAR MÁS LAS ACTIVIDADES COTIDIANAS.

Existen hechos y aconteceres que, aun cuando de gravedad mínima o nula, hacen que uno recapacite y vea las cosas desde otro punto de vista, hasta el punto de valorar algo tan aparentemente cotidiano y habitual como el uso del brazo y la mano derecha o los paseos diarios por la ciudad.

Viene lo anterior a la circunstancia que las dos últimas semanas quien suscribe hubo de ser hospitalizado por primera vez en su vida, y aun cuando el diagnóstico no era ni mucho menos preocupante (el hecho de ir acompañado de una familiar directo que es una profesional de la medicina -muy apreciada por los pacientes del hospital madrileño en el que desarrolla sus funciones- y que ya le había adelantado el diagnóstico nada peligroso, grave o preocupante) y tratarse de una dolencia que precisaba de intervenciones mínimas, lo cierto es que esas dos semanas implicaron un cambio de perspectiva en muchos sentidos. Vaya por ello las reflexiones que provocaron esas dos semanas de encierro forzoso:

1.- La relatividad del tiempo.

El maestro José Martínez Ruiz Azorín, contraponía el transcurso del tiempo en la ciudad y en los pueblos. Si en aquélla el bullicio y las prisas hacían que las horas transcurriesen a enorme velocidad, en los últimos, donde la vida es más pausada y sin las prisas o el ajetreo de la urbe, el tiempo pasaba mucho más despacio.

Pues bien, en la habitación de un hospital la vida transcurre a un ritmo infinitamente más lento que en los pueblos. Uno se ve confinado entre cuatro paredes, dado que con el argumento de la lucha contra el COVID-19 se ha proscrito el deambular por los pasillos y la consiguiente posibilidad de estirar levemente las piernas con algún que otro paseo. Veinticuatro horas encerrado en un cuarto de dimensiones mínimas sin otra posibilidad que dar vueltas por la reducida superficie (y siempre y cuando tenga un compañero de fatigas a quien no moleste dicha actividad) pasa factura, a la vez que hace que la distinción entre días laborales y festivos se diluya.

Afortunadamente, en mi caso no sólo he tenido la suerte de tener un compañero de habitación (por cierto, con un diagnostico bastante grave) que no sólo estaba dotado de un gran sentido del humor y sobrellevaba sus dolencias con un estoicismo envidiable, sino que facilitó enormemente la estancia. También he tenido la suerte de contar con un teléfono móvil que permitía un mínimo contacto con el mundo exterior (a través de videollamadas y la posibilidad de acceder a las plataformas que facilitaban el visionado de películas) y varios libros que le regalaron los amigos que fueron a visitarme al hospital. Buena prueba es que en apenas tres días y medio he podido ventilarme la reciente novela Roma soy yo, de Santiago Posteguillo, cuya lectura, por cierto, recomiendo encarecidamente.

Pero lo cierto es que lo anteriormente descrito permite otorgar más valor a hechos y circunstancias a las cuales, por el carácter habitual y cotidiano de su ejercicio, apenas se da importancia, como el pasear por las calles de la ciudad o incluso el hecho de estar en el propio domicilio.

2.- La importancia de la empatía.

Encerrado entre cuatro paredes y con el ánimo lógicamente algo abatido por la circunstancia de estar en un hospital, adquiere suma importancia el trato humano que dispensa el personal sanitario.

Pues bien, en mi caso, puedo decir alto y claro que el trato recibido por todo el personal sanitario que trabajaba en los números pares de la tercera planta del Hospital de Cabueñes (médicos, enfermeros, celadores y auxiliares) difícilmente puede superarse en cuanto a amabilidad y empatía. Siempre pendientes de cualquier eventualidad, sin despegar la sonrisa de la cara y con una interlocución amabilísima y siempre insuflando moral y ánimos, es digna de alabanza y es justo que desde esta bitácora se haga constar.

Por eso duele más aún el maltrato que en ocasiones se les dispensa desde los puestos de gestión y recursos humanos, es decir, por quienes, aun intitulándose personal sanitario, no son más que simples burócratas. Cierto es que existirán, como en todo colectivo, garbanzos negros que resten lustre al colectivo, pero lo cierto es que, cuando menos, la experiencia vivida en primera persona por el redactor de estas líneas no puede ser más gratificante en cuanto al trato recibido por todos y cada uno de los profesionales de la sanidad.

Vaya, pues, mi agradecimiento y mi felicitación a todos ellos.

3.- La importancia de la nutrición (y de su carencia).

Los merecidísimos elogios dispensados en los párrafos anteriores al personal sanitario, lamentablemente no pueden extenderse al personal que presta sus servicios en el departamento de cocina.

Es cierto que en estos casos ha de prepararse el menú para un ingente número de personas y, lógicamente, no puede demandarse una calidad análoga a la de un restaurante o pretender que la comida llegue en su punto, pero lo mínimo que puede solicitarse es que los alimentos suministrados sean comestibles, cualidad que algunas veces no podía predicarse de alguno de los platos. En especial, el segundo plato de la cena suministrado el día anterior al alta, que sobre el papel se trataba de filetes de lomo con puré de patatas, aunque en la práctica ignoro qué encubría tal denominación, puesto que ni mi compañero de cuarto ni yo pasamos de un simple mordisco.

En definitiva, estos ataques inmisericordes al aparato digestivo hacen otorgar aún más importancia a la comida casera.

4.- La importancia de los verdaderos amigos.

Mi progenitor solía decir que tenía muchos conocidos, mas por el contrario tenía pocos, pero verdaderos y auténticos amigos. Y en situaciones como ésta, es donde se distingue a los auténticos amigos de los simples conocidos, e incluso donde se permite revelar que incluso hay amigos que son preferibles a ciertos familiares.

La verdad es que, en mi caso, tan sólo comuniqué el ingreso a los dos amigos más cercanos, y aunque rogué que no se difundiera tal circunstancia, lo cierto es que en breve mi hospitalización, aunque no llegó muy lejos, sí que trascendió a ese núcleo íntimo, y no faltaron las llamadas, mensajes y apoyos de los amigos más cercanos, así como los ofrecimientos para cualquier cosa que necesitase, incluso para cubrirme profesionalmente todo el tiempo que se prolongase mi estancia en el centro hospitalario. Porque, evidentemente, la Administración de Justicia continúa impertérrita su funcionamiento, y Lexnet continuaba vomitando notificaciones, pese a que desde el hospital (que, por cierto, carecía de red wifi) era lógicamente imposible acceder a dicha plataforma y desempeñar la actividad profesional ordinaria.

Aquí es donde uno puede apreciar realmente la fortuna de tener verdaderos amigos.

En definitiva, que una circunstancia poco deseada ha servido para contemplar la vida desde otra perspectiva y para otorgar más valor a otras cosas, a las que habitualmente otorgamos escasa o nula importancia.

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