EL ÚLTIMO HURRA: JOHN FORD Y EL CREPUSCULO DE LA «VIEJA POLÍTICA».

Una indisposición pasajera que mantuvo a quien suscribe confinado durante una semana en su domicilio impidiéndole el desarrollo de sus tareas ordinarias, le permitió el visionado de algunas películas de culto que desde hacía tiempo no disfrutaba. Una de ellas es un clásico menor que el maestro John Ford rodó en el año 1958 y que ocasionalmente situó no en el lejano oeste y en los escenarios de Monument Valley, sino en plena actualidad y en el sucio mundo de la política local. Me estoy refiriendo a esa joya que es The last hurrah, título que en esta ocasión el traductor español respetó de forma literal.

La acción nos sitúa en una ciudad de Nueva Inglaterra que, aun cuando no llega jamás a concretarse, evidentemente se trata de Boston. Un plano general nos acerca a una amplia vivienda a cuya puerta se agolpa una gran cola de personas. Se trata del domicilio de Frank Skeffington, el veterano y ya ciertamente talludo alcalde, que mantiene incólume su costumbre de recibir en la misma entrada de su domicilio a sus convecinos para atender sus quejas y reclamaciones. Aun cuando rodeado de un equipo de fieles y leales colaboradores, Skeffington reconoce ante su sobrino Adam Caulfield que, pese a ser consciente de su edad y que se encuentra en el crepúsculo no ya de su carrera política sino de su propia existencia, optará a un último mandato como alcalde, lo que supondrá intentar obtener “el último hurra”. No obstante, en su intento va a tener que enfrentarse a dos poderosos obstáculos: el mediático, representado por Amos Force, el director del periódico local en cuyo odio visceral hacia el alcalde se entremezclan motivos tanto políticos y personales, y el financiero, representado por Norman Cash Sr., el todopoderoso banquero y, como tal, responsable de que algunas iniciativas que el consistorio desea acometer puedan llegar a buen puerto. Una vez se convocan las elecciones, Skeffington, un viejo zorro con un agudo sentido de la política, comprueba como su rival, Kevin McCluskey, un joven de buena planta, pero absolutamente inepto, recibe todos los apoyos mediáticos y financieros que se le niegan. La lucha está servida, y en ella todo el mundo intenta arrimar el ascua a su sardina, incluyendo aprovecharse de la egregia figura del cardenal sin el consentimiento del propio interesado.

El film tiene muchas escenas memorables, algunas emotivas, otras hilarantes y otras que sirven para reflexionar en extremo sobre el particular. Entre las primeras, destaca aquélla en la que Skeffington lleva a su sobrino a los barrios humildes de la ciudad, del que todos los protagonistas del drama (el propio alcalde, el cardenal e incluso el banquero Cash) proceden. Entre las segundas, se encuentra el modo en el que el veterano alcalde trata de lograr la financiación bancaria para un proyecto de viviendas municipales que Norman Cash le había negado argumentando que deseaba esperar a que hubiese una nueva corporación, ante lo cual Skeffington no duda en utilizar una sucia maniobra, cual es servirse del hijo del banquero (que posee una evidente minusvalía psíquica) y nombrarlo jefe de bomberos, con la finalidad de provocar un desastre que hundiese la reputación de los Cash. Por último, la escena que da mucho que pensar es la forma en que desde la élite financiera y, sobre todo, la mediática, se fomenta la imagen de un absoluto inepto como McCluskey presentándole como un hombre de familia, buen gestor, universitario y católico ejemplar, inundando literalmente la calle de carteles con su imagen de hombre joven y elaborando un breve espacio de propaganda televisiva que, pese a la evidente manipulación de imagen tendente a beneficiar al candidato, termina revelando el verdadero carácter del joven. En este punto, llama poderosamente a la reflexión cómo los medios de comunicación, teóricamente “independientes” y en la práctica viciados por los motivos más, que no rechazan en modo alguno verse regados con un buen fajo de billetes para manipular al electorado en una y otra dirección, en este caso en favor de McCluskey, en una mezcla de resentimiento (Amos Force, el director del periódico, no soporta que el alcalde fuese el hijo de la antigua sirvienta de los Force) y venganza (en el caso de Cash, por la jugarreta que Skeffington realizó valiéndose de su hijo).

Hay varias curiosidades notables. Así, por ejemplo, para encarnar a Skeffington, John Ford pensó siempre en Orson Welles (quien, al parecer, imputó a su representante el hecho de que ni le transmitiera la oferta) aunque finalmente el rol terminó siendo interpretado por Spencer Tracy. La episódica figura del inepto McCluskey (que, aun presente a lo largo del film, tan sólo llega a tartamudear tres frases) es interpretado por Charles B. Fitzsimons, hermano menor de la fordiana Maureen O´Hara, quien no sólo no era en modo alguno un estúpido, sino que finalizó la carrera de derecho con tan sólo veinte años, no pudiendo ejercer de forma inmediata la profesión porque legalmente se exigía tener veintiuno; Fitzsimons no sólo había intervenido junto a su hermana y a Ford en el breve y divertido papel del padre Paul en esa obra maestra que fue The quiet man, sino que incluso durante el periodo en el que el equipo de rodaje estuvo en tierras irlandesas ejerció de asesor jurídico. En el reparto destacan veteranos del cine negro como Pat O´Brian, grandes como Donald Crisp, Basil Rathbone y James Gleason, y algunos rostros habituales en el mundo cinematográfico de Ford, como John Carradine, Jane Darwell, Jeffrey Hunter y Carleton Young.

La película cuenta, además, con algunas frases harto elocuentes. Por ejemplo, cuando a la hora de optar entre Skeffington y McCluskey, uno de los personajes manifiesta que: “prefiero un pícaro a un completo idiota.” Cuando otro de los personajes se refiere a la ascendencia irlandesa del alcalde y que en la ciudad ya se están derribando las fronteras que separaban a las poblaciones nativa y emigrante, porque “nuestros chicos van a las mismas escuelas y colegios”, ante la airada respuesta de Amos Force que: “ninguno de mis descendientes se casará jamás con uno de los de ellos” recibe la divertida contrarréplica: “No sería sorprendente, Amos, considerando que es usted soltero.” O la airada y firme respuesta que el banquero Norman Cash Sr. recibe de Skeffington cuando aquél pretende hacerse el digno ante la evidente sucia jugarreta que le ha hecho el alcalde: “Me conozco toda su historia de la A a la Z, Cash. No me acercaría a ella ni con unos guantes de basurero.”

En todo caso, si algo exterioriza esta película no es más que el canto de cisne de una determinada forma de hacer política, más apegada a los ciudadanos y a la realidad cotidiana, en beneficio de la política de masas y de medios, mucho más abstracta y lejana.

En fin, una gran película que recomendamos encarecidamente a los lectores de esta bitácora. Para abrir boca, he aquí el trailer:

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