EL ARTE DE ELABORAR UNA BUENA DEMANDA CONTENCIOSA

En el año 2009, un juez del Tribunal Supremo de los Estados Unidos (Antonin Scalia) y un profesor universitario (Bryan A. Garner) unieron sus esfuerzos para dar a luz Making your case: The art of persuading judges, un libro de tamaño bolsillo y no demasiada extensión (240 páginas) que, sin embargo, constituía una ayuda valiosísima al jurista práctico al ofrecerle un arsenal de herramientas y utillaje para llevar a buen puerto los asuntos que se le encomendasen. Los consejos iban desde aspectos puramente estéticos (la importancia de ir vestido adecuadamente), hasta los retóricos y ya propiamente jurídicos. Dicha obra, que adquirí hace ya casi una década, me ha proporcionado una ayuda valiosísima a la hora de articular jurídicamente una demanda o una pretensión.

Pues bien, en el ámbito bibliográfico español acaba de salir al mercado el libro Las claves de una buena demanda contencioso-administrativa: psicología, mitología y jurisprudencia, escrito por el magistrado José Ramón Chaves García, obra que, según declaración propia, será el último de sus libros, decisión absolutamente comprensible desde el punto de vista personal (visto el tiempo que consume la elaboración de una obra, que lógicamente ha de restar a sus ratos familiares y de ocio) aunque sus muchos seguidores, entre los que me encuentro, lamenten. Este último libro de José Ramón Chaves puede considerarse el equivalente castellano al elaborado por Scalia y Garner, pero con una particularidad: todos los epígrafes van encabezados por una referencia de la mitología clásica. En efecto, si en una obra anterior (El arte de la guerra en la justicia administrativa) se valía de las enseñanzas de Sun Tzu, en este caso son los dioses y héroes de la mitología clásica (es esta circunstancia la que explica la imagen que ilustra la portada), desde Cronos hasta Heracles quienes desfilan por las páginas del libro ilustrando con sus legendarias hazañas y trabajos los pormenores de la elaboración de una demanda. Quienes desde bachiller adquirimos un gusto especial por la cultura grecolatina y la obra de Homero, Hesíodo, Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes, Ovidio o Virgilio entre otros, así como por la sistematización de la mitología griega que han llevado a cabo autores como el legendario Robert Graves o el español Carlos García Gual, encontramos deliciosa cada referencia. Aunque, permítaseme decirle al autor que quizá por su sentido del pudor le falta una muy importante que a mi juicio serviría para ilustrar a la perfección el comportamiento del poder ejecutivo con el judicial: el modo con el que el titán Cronos destronó a su padre Urano, castrándolo con una hoz dentada. Bien es cierto que, según la referencia mitológica clásica, el desenlace tuvo cuando menos un fruto positivo, dado que una vez el sádico titán arrojó al mar los genitales de su progenitor, de la espuma que surgió alrededor de las aguas donde habían caído los órganos reproductores de Urano nació Afrodita, diosa del amor; si bien me temo muy mucho que no cabe decir lo mismo en el caso de los ataques del ejecutivo español al judicial. En cuanto a las referencias clásicas que constan en el libro, con permiso del autor me permito humildemente discrepar de una de ellas tan sólo respecto a lo que pretende ilustrar: la ejecución de las sentencias contencioso-administrativas no es equiparable a un regreso a Ítaca (pues, al fin y a la postre, ello implica tan sólo demorar en extremo un final feliz), sino un auténtico descenso al Hades, un viaje sin retorno que no implica necesariamente un término placentero, como se encargó de señalar el espíritu de Aquiles a Odiseo cuando éste hubo de desplazarse a los infiernos para encontrarse con el alma del adivino Tiresias.

Pero no es sólo mitología lo que aparece a lo largo de las doscientas ochenta páginas del libro. También se ofrecen reflexiones personales acompañadas de sutiles pinceladas doctrinales, y así efectúan una aparición especial personajes como el inolvidable Eduardo García de Enterría, Tomás Ramón Fernández Rodríguez, Alejandro Nieto, Juan Alfonso Santamaría Pastor, Rafael Mendizábal Allende y, en un rasgo de generosidad inmenso, Fernando Gómez de Liaño (quien, como suele decir habitualmente un brillantísimo compañero de promoción -que, al igual que el redactor de estas líneas, hubo de sufrir estoicamente a Liaño como docente- “no nos formó, nos deformó”), pero también doctrina foránea, como los italianos Carnelutti y Calamandrei e incluso nombres no tan conocidos en nuestro país como el juez estadounidense Learned Hand.

El libro está muy bien escrito, es de lectura ágil y ofrece al jurista numerosos consejos prácticos ilustrando las consecuencias tanto del correcto proceder como de una desviación de las reglas y principios que articulan las exigencias de toda demanda. El análisis va desde los aspectos previos a la elaboración del escrito (como el estudio del asunto, la planificación, gestión del tiempo, las diversas vías impugnatorias) hasta la misma presentación, en un estudio que, aun cuando lógicamente centrado en el ámbito contencioso-administrativo, en realidad sirve para cualquier tipo de demanda salvo, quizá, las del orden social, donde la relajación extrema tanto en las formas como en el fondo permite que los escritos iniciadores del proceso no permitan equipararlos a sus homónimos de los restantes órdenes jurisdiccionales. En fin, nos encontramos ante una obra no puede considerarse, ni el propio autor lo pretende, un estudio exhaustivo que agote la materia con abundante cita de doctrina y jurisprudencia en la materia, sino como un breve manual de ayuda a quien se adentre en ese auténtico Mar de los Sargazos que es el proceso contencioso-administrativo, un orden jurisdiccional donde, como en los casinos de Las Vegas o Montecarlo, la banca siempre termina victoriosa, aunque lógicamente de cuando en cuando la dirección del establecimiento deba resignarse a conceder algún premio más o menos importante para evitar la desbandada general y fomentar que la gente siga acudiendo a perder su tiempo y dinero.

Personalmente, hay dos afirmaciones del actual chief justice John Roberts (que antes de acceder a la judicatura fue un brillantísimo abogado) que siempre he intentado, con mayor o menor fortuna, tener muy presentes a la hora de elaborar cualquier escrito de demanda. La primera (que, dicho sea de paso, José Ramón Chaves explicita en su libro), es que todo caso o asunto que se encomiende a un letrado para la defensa constituye una historia, y el principal reto del abogado es contar esa historia de la forma más atractiva para el juez. La segunda se refiere a las formas, es decir, a cómo debe estar redactada la demanda, para lo cual intento seguir la respuesta que ofreció Roberts cuando le preguntaron en cierta ocasión en quién pensaba a la hora de redactar las sentencias, si en sus compañeros jueces, en los tribunales inferiores, en los letrados o en las partes. Roberts contestó, provocando inicialmente las risas del auditorio: “en mis hermanas”. A continuación, ofreció el impecable razonamiento: sus hermanas eran personas con titulación superior, aunque no jurídica, y de inteligencia normal, por lo que debían estar en condiciones de entender perfectamente la sentencia aun siendo legas en Derecho. A eso debe aspirar todo escrito procesal, tanto de las partes como del juez.

En definitiva, una obra muy útil que todo letrado debería tener en su biblioteca.

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1 comentario en “EL ARTE DE ELABORAR UNA BUENA DEMANDA CONTENCIOSA

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