LA EXCEPCIONAL COMPARECENCIA DE ROBERT KENNEDY COMO ABOGADO EN EL TRIBUNAL SUPREMO: GRAY v SAUNDERS.

Hace justo sesenta años de un día como hoy, es decir, el 17 de enero de 1963, tenía lugar un acontecimiento poco usual en la sala de vistas del Tribunal Supremo de los Estados Unidos. Dicho órgano judicial, presidido a la sazón por Earl Warren, celebró en la citada fecha la vista oral del caso Gray v. Saunders. Lo inusual del caso no radicaba en las partes en liza, pues el recurrente era John H Grey, presidente del Comité Ejecutivo Estatal del Partido Demócrata, y el recurrido James O´Hear Saunders, ciudadano de Georgia y residente en el condado de Fulton. Tampoco lo inusual radicó en la incorporación de los Estados Unidos como amicus curiae aliándose con una de las partes, dado que tal circunstancia no es en modo alguno infrecuente. Lo verdaderamente excepcional es que quien compareció representando a los Estados Unidos no fue el solicitor general, como es lo habitual, sino que de forma excepcional lo hizo personalmente el mismísimo attorney general, Robert F. Kennedy. Según figura en la redacción de la sentencia del caso, “el attorney general Kennedy, por autorización expresa del Tribunal, defendió la causa en representación de los Estados Unidos como amicus curiae, solicitando la confirmación [de la sentencia impugnada]”. En la página web del Tribunal Supremo de los Estados Unidos se recuerda hoy esa efeméride añadiendo un par de curiosidades más. La primera, que esposa del attorney general fue una de las personas que acudió como público a la vista y, de hecho, una de las fotografías que ilustra la efeméride es precisamente la de Robert y su mujer Ethel en la explanada sita al pie de las escaleras de entrada al máximo órgano judicial estadounidense. La segunda, que ese mismo día, a requerimiento del attorney general Kennedy, el Tribunal Supremo aceptaba la habilitación de dos abogados para ejercer ante dicho órgano judicial, siendo uno de ellos Edward M. Kennedy, hermano menor tanto del presidente de los Estados Unidos como del attorney general. Todo quedaba en casa.

El pleito en que de forma tan excepcional compareció Robert Kennedy afectaba a la normativa electoral utilizada en el estado de Georgia. La Sentencia, cuyo ponente fue el liberal William O. Douglas y que contó con el apoyo de siete de sus colegas (tan sólo hubo una discrepancia, la del juez John Marshall Harlan II), deja bien claro que la regulación del sufragio activo es competencia estatal, incluso para emitir el voto en las elecciones federales, e incluye una interesantísima precisión sobre los requisitos que pueden establecerse a nivel legal para que una persona pueda gozar de tal derecho:

“Los estados pueden dentro de ciertos límites concretar los requisitos de los votantes para emitir los sufragios en las elecciones estatales y federales, pues la Constitución, en efecto (Art. I Secc 2), dispone que la fijación de tales requisitos corresponde al derecho estatal, incluso para las elecciones federales. Como indicamos en Lassiter v. Northampton Election Board (360 US 45), un estado puede, si así lo desea, exigir a los votantes superar un test cultural, siempre y cuando no sea utilizado como excusa para discriminar a una determinada clase o grupo.”

La problemática a resolver por el Tribunal Supremo no se centraba, pues, en la constitucionalidad de la exigencia de requisitos para gozar del derecho de sufragio activo (tanto porque con carácter general era permisible como porque en el caso concreto no se discutía que el demandante en instancia y recurrido en el Tribunal Supremo atesoraba los requisitos exigidos por la normativa estatal) sino en el propio sistema de recuento:

“Georgia, en cada elección estatal, otorga un voto a cada votante; pero a la hora del recuento, utiliza el sistema de unidad del condado que al final conlleva que el voto rural prima más que el urbano, y el voto de pequeños condados rurales importa más que el de otros mayores.”

El Tribunal Supremo desautoriza tal proceder con un párrafo que liga los propios documentos fundacionales con las enmiendas que garantizaban el voto a negros y mujeres:

“El concepto de igualdad política desde la Declaración de Independencia, al discurso de Lincoln en Gettysburh y la aprobación de la Decimoquinta, Decimoséptima y Decimonovena enmiendas tan sólo puede significar una cosa: una persona, un voto.”

Curiosamente, hay una anécdota, con total seguridad apócrifa, según la cual Joseph P. Kennedy (patriarca de la familia de la que formaban parte tanto el presidente como el attorney general) al ser preguntado si había emitido su voto en unos comicios, respondió irónico que había votado tres o cuatro veces y que no descartaba hacerlo alguna más. Fuese o no cierta dicha afirmación, lo cierto es que el Tribunal Supremo dejó claro que la ecuación una persona un voto es intocable en una democracia.

Por cierto, que la figura de Joseph Kennedy es, a mi humilde juicio, muchísimo más interesante que la de sus afamados hijos, dado que éstos lo tuvieron todo fácil desde la cuna mientras que el progenitor amasó su enorme fortuna con su esfuerzo, aunque no siempre por medios lícitos. Existen dos magníficas biografías del personaje, una, la publicada en 2012 y elaborada por David Nasaw (The patriarch: The remarcable life and turbulent times of Joseph P. Kennedy) que tuvo acceso a numerosas fuentes del archivo familiar de los Kennedy, y la segunda, la que en 2002 publicó Ted Schwarz (The mogul, the mob, the statesmand and the making of American myth: Joseph P. Kennedy) no tan comprensiva con el biografiado. Y hace año y medio vio la luz un interesantísimo estudio de Susan Ronald sobre la etapa de Kennedy como embajador en Gran Bretaña (The ambassador: Joseph P. Kennedy at the court of St. James, 1938-1940) en unos años extremadamente difíciles y decisivos.

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