REFLEXIONES DE GALDÓS EN 1874 APLICABLES AL AÑO 2012.

Aprovecho estos días del mes de agosto para conmemorar el bicentenario de la Constitución de Cádiz a mi manera: revisitando la primera serie de los Episodios Nacionales que don Benito Pérez Galdós escribiera allá por los años setenta del siglo XIX. No es sospechoso Galdos de conservadurismo, pero lo cierto es que en estos libritos que narran la odisea de Gabrielillo, ulteriormente convertido en don Gabriel Araceli, el autor expone y desgrana las luchas de los españoles contra el invasor francés tras narrar en los dos primeros episodios la crisis de la monarquía borbónica tras los acontecimientos de Trafalgar y, sobre todo, del vergonzoso proceso del Escorial y el Motín de Aranjuez, donde el populacho, hábilmente dirigido por gentes de noble cuna y asistentes del príncipe Fernando, se rebeló en Aranjuez contra el hasta entonces todopoderoso valido don Manuel Godoy y Alvarez de Faria.

Galdós narra de una forma magistral el heroísmo de las ciudades de Zaragoza y Gerona y su resistencia hasta el límite en su lucha contra las tropas francesas. Pero quisiera dejar constancia aquí de un par de significativos párrafos que ponen fin al penúltimo capítulo del sexto episodio de la primera serie, Zaragoza. Y ello porque su actualidad trasciende al episodio y, aun referido a acontecimientos de 1809 y escritas en 1874, pueden sostenerse perfectamente en 2012. El diagnóstico de Galdós es certero e intemporal:

Lo que no ha pasado ni pasa es la idea de nacionalidad que Espala defendía contra el derecho de conquista y la usurpación. Cuando otros pueblos sucumbían, ella mantiene su derecho, lo defiende, y sacrificando su propia sangre y vida, lo consagra, como consagraban los mártires en el circo la idea cristiana. El resultado es que España, despreciada injustamente en el Congreso de Viena, desacreditada con razón por sus continuas guerras civiles, por sus malos gobiernos, su desorden, sus bancarrotas más o menos declaradas, sus inmorales partidos, sus extravagancias, sus toros y sus pronunciamientos no ha visto nunca, después de 1808, puesta en duda la continuación de su nacionalidad; y aún hoy mismo, cuando parece hemos llegado al último grado del envilecimiento, con más motivos que Polonia para ser repartida, nadie se atreve a intentar la conquista de esta casa de locos.

Hombres de poco seso, o sin ninguno en ocasiones, los españoles darán mil caídas, hoy como siempre, tropezando y levantándose, en la lucha de sus vicios ingénitos, de las cualidades eminentes que aún conservan y de las que adquieren lentamente con las ideas que les envía la Europa central. Grandes subidas y bajadas, grandes asombros y sorpresas, aparentes muertes y resurrecciones prodigiosas resera la Providencia a esta gente, porque su destino es poder vivir en la agitación como la salamandra en el fuego; pero su pervivencia nacional está y estará siempre asegurada.

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de Monsieur de Villefort Publicado en Opinión

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