THE CROWN: DOS LECCIONES SOBRE LA POSICIÓN DEL MONARCA EN UN RÉGIMEN PARLAMENTARIO.

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Me confieso seguidor de la magnífica serie The Crown, que aborda el último año de reinado de Jorge VI (un magnífico Jared Harris, que llega incluso a superar la interpretación que del monarca en cuestión hiciera Colin Firth en la oscarizada The King´s speech) y el acceso al trono británico de la reina Isabel II así como sus primeros años de reinado a la sombra del casi octogenario premier Winston Churchill (una auténtica lección interpretativa de John Litghow). Cada uno de los episodios es una auténtica delicia visual por el despliegue de medios, que hacen al seguidor adentrarse literalmente en los entresijos de la monarquía del todavía glamuroso Imperio Británico, aunque ya cuarteado por la pérdida de la India (ya en el primero de los capítulos, en la boda de la todavía princesa Elisabeth, Winston Churchill identifica a Lord Mountbatten como “quien entregó la India”). Pero no sólo ofrece las interioridades y avatares personales de cada uno de los miembros de la familia real, con sus fortalezas y debilidades (la dolorosa enfermedad del rey debido al abuso a la hora de fumar cigarrillos, lo que llevó a que le tuviesen que extirpar uno de los pulmones; el resentimiento familiar hacia el duque de Windsor por su abdicación, lo que se consideró como un acto de debilidad y cobardía incluso por su propia madre, algo que es correspondido por un abierto desprecio del duque hacia el resto de sus familiares), sino que incluso ofrece ejemplos concretos de lo que es papel del rey en una monarquía parlamentaria y cómo puede ejercer su poder moderador sin invadir competencias que legalmente corresponden al ejecutivo. En este sentido, hay dos escenas fundamentales a tener en cuenta. Dos auténticas lecciones que muestran cuándo es deber del monarca abstenerse de toda actuación y cuándo debe ejercer con tacto, pero con firmeza, su poder moderador.

La primera lección de lo que es un monarca constitucional tiene lugar nada menos que en medio de una cacería, cuando Anthony Eden, Secretario de Asuntos Exteriores, acude a la misma para implorar al rey Jorge VI que ejerza sus facultades moderadoras y convenza a Winston Churchill para que abandone su cargo de Primer Ministro al encontrarse ya en una edad provecta que le impide cumplir con efectividad y diligencia sus funciones (apenas unos segundos antes, la serie había mostrado en una hilarante esena cómo, en plena reunión del gabinete, el premier, sin articular palabra o dar explicación alguna, se levanta lentamente de la silla y abandona la reunión para encerrarse en el excusado). Cuando el rey comunica a Eden que como monarca constitucional no puede hacer lo que le pide, aquél reconoce ser cierto que Jorge VI no puede inmiscuirse en cuestiones de gabinete, pero que como Albert Windsor puede aconsejar en su condición de amigo a Winston Churchill para que éste se replantee su continuidad. La respuesta del monarca no se hace esperar, “Albert Windsor está muerto. Lo mató su hermano al abdicar.” Ante la firmeza del monarca, Eden no insiste y comprende que aquel tiene razón. La Corona no puede inmiscuirse en las luchas políticas que existen en el seno del gabinete.

La segunda tiene lugar años más tarde, ya con Isabel II como inquilina del Buckingham Palace. En una situación internacional muy delicada (la Unión Soviética ha realizado pruebas nucleares) es preciso un encuentro entre el presidente norteamericano Eisenhower y el primer ministro británico Winston Churchill. Éste se encuentra convaleciente por un ataque apopléjico que lo ha postrado literalmente en el lecho, circunstancia que oculta a la reina al hacerle llegar que únicamente sufre un resfriado. Anthony Eden, que como Secretario de Asuntos Exteriores se ha desplazado a Washington, ha tenido que ser hospitalizado por agravarse una dolencia que padecía en silencio, de tal manera que las personas que ocupan los dos puestos más importantes del gabinete inglés se encuentran temporalmente incapacitados para el ejercicio de sus funciones. Cuando la reina se entera de la maniobra que le había sido ocultada, moviliza al personal para que encuentren algo. Ese algo es un cuaderno significativamente titulado: “Elisabeth: The Constitution”, que había rellenado con las lecciones que, siendo una niña, recibió de un tutor en la Universidad de Eton. El preceptor le había resumido la obra del gran autor británico Walter Bagehot, y su célebre The English constitution, donde resumía la constitución política inglesa distinguiendo entre las efficient parts (simbolizadas en el Parlamento y el Gabinete, que ejercían respectivamente la función legislativa y de Gobierno y, como tales, respondían ante el electorado) y las dignified parts (fundamentalmente la Corona, que no era responsable ante el electorado, sino únicamente ante Dios). El secreto del buen funcionamiento de la Constitución inglesa se resumía en una palabra, tan sólo una que resumía las relaciones que debían existir entre las dos partes: trust (confianza), palabra que aparecía subrayada en el cuaderno redactado por la entonces princesa. Pues bien, una vez se entera de los esfuerzos del gabinete para ocultarle tan grave situación, la reina convoca a una audiencia privada tanto al primer ministro como a Lord Salisbury, a quienes recibe por separado. Al primero le fulmina tan sólo afeándole la conducta y espetándole abiertamente que quizá la confianza ciega que el anterior monarca tenía en él no estuviese del todo justificada, sin más. Pero, con todo, lo decisiva es la recepción que ofrece al enfermo y octogenario Churchill. No le pide que dimita, y ni tan siquiera le pide explicaciones, simplemente abre el cuaderno con las notas que de niña había tomado en Eton y le explica la relación que ha de existir entre la Corona y el Gabinete; su responsabilidad como monarca es simplemente garantizar que el gobierno inglés esté en manos de gente no incursa en situaciones que les impidan desarrollar con normalidad el ejercicio de sus funciones, es decir, que ha de limitarse a asegurar que los ingleses tengan un gobierno, algo que durante quince días no había ocurrido por la grave enfermedad tanto del premier como del secretario de asuntos exteriores. Y ofrece la segunda lección de lo que ha de ser un monarca constitucional: no interviene en el desarrollo ordinario del gobierno, en cuanto no pide la dimisión de su primer ministro, ni tan siquiera insinúa que Churchill haya de renunciar, pero sí que sin salirse de su estricto papel moderador da una lección a dos miembros del gabinete de cómo no se debe actuar.

La secuencia donde todo el personal al servicio de la reina remueve todas las instancias no sólo de Buckingham, sino de otras regias moradas, en busca de ese cuadernillo donde resumía la obra de Bagehot es sinceramente deliciosa. Y muestra, a la vez, cómo aun a mediados del siglo XX se continuaba reverenciando a un autor que, en pleno apogeo del liberalismo inglés y en el ecuador del reinado de Victoria I, intentó ofrecer al público británico en un lenguaje sencillo y accesible, sacrificando erudición en aras a lograr una obra más didáctica, un resumen del sistema político británico, cuyas virtudes oponía frente al régimen presidencialista norteamericano. Por cierto, que la obra de Bagehot fue publicada en nuestro país con el título La constitución inglesa, en una traducción efectuada por el asturiano Adolfo Posada, y que hace unos años fue reeditada por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales precedida de un amplio y luminoso estudio preliminar debido a Joaquín Varela Suanzes-Carpegna. El lector interesado puede ver una reseña de dicha obra en este enlace.

THE BEST MAN: DIGNIDAD POLÍTICA v POPULISMO DEMAGÓGICO EN LA POLÍTICA ESTADOUNIDENSE.

The best man

Seguimos aprovechando este tirón vacacional para revisar películas clásicas, y si en nuestro anterior post reseñábamos el film Advise and consent, y las maniobras políticas que tenían lugar en el interior de las instituciones de Washington relativas a la confirmación de un candidato a ocupar el puesto de Secretario de Estado, en esta ocasión analizaremos otra película que aborda igualmente la política norteamericana, pero en esta ocasión centrada no en el seno de las instituciones, sino en la convención de un partido que ha de elegir a su candidato a la presidencia de los Estados Unidos. El film en cuestión es The best man (en esta ocasión el traductor español respetó literalmente el título al traducirlo como El mejor hombre), la adaptación cinematográfica que en 1964 Franklin J Shaffner (que tan sólo cuatro años más tarde dirigiría la primera versión de Planet of the apes) hiciera de la obra dramática de Gore Vidal que con tanto éxito se había estrenado en Broadway.

Washington, convención de uno de los dos grandes partidos (sin que ni el film ni la obra de teatro especifiquen claramente cual de los dos). Son cinco las personas que pretenden alzarse con la nominación presidencial, siendo decisivo el apoyo del presidente Art Hockstader (Lee Tracy, que repite el papel que con éxito encarnara en los escenarios de Broadway). De entre los cinco candidatos, son dos los destacados: el secretario de Estado, William Russell (magnífico Henry Fonda, en un papel que en la versión teatral encarnaba el legendario Melvyn Douglas) y el senador Joe Cantwell (Cliff Robertson, que hereda un papel interpretado en los escenarios por Frank Lovejoy, que había fallecido pacíficamente mientras dormía un par de años antes). Russell es un hombre honrado, un intelectual que pretende efectuar una campaña centrado en el mensaje y en la ética política. En el otro extremo, Cantwell es un político sin escrúpulos que agita el miedo y que no duda en jugar sucio para allanarse el camino a la Casa Blanca. En los primeros minutos del film nos enteramos que el presidente en funciones, Art Hockstader, está muriendo, y pese a que inicialmente tenía previsto otorgar su apoyo a Cantwell (al creer que la honradez de Russell puede ser precisamente un obstáculo para impedirle tomar decisiones arriesgadas en momentos cruciales) cambia de opinión después de un tenso encuentro con el candidato, dejando así oficialmente la convención abierta sin candidato oficial, pero maniobrando entre bastidores a favor de Russell. Ya iniciada la campaña y al pelear por los votos de los delegados estatales, nos enteramos que Cantwell ha obtenido por medios ilícitos un informe sobre la salud mental de su principal oponente, quien poco tiempo atrás había sufrido una crisis nerviosa de la que hubo de ser tratado médicamente. Pese a lo ilícito de su origen y lo dudoso de su contenido, Cantwell se decide a utilizarlo facilitando una copia del mismo a cada una de las delegaciones estatales. No obstante, pronto la situación da un giro cuando el asesor de campaña de Russell encuentra un testigo que puede acreditar que el senador Cantwell, adalid del pensamiento ultrareligioso y paladín de la moralidad, ha tenido relaciones homosexuales durante la guerra. Russell se plantea si realmente ha de utilizar esa información y caer tan bajo como Cantwell lo que le lleva a una reflexión más profunda: si ha de combatir la indignidad con indignidad o mantenerse fiel a sus principios éticos. Aunque el presidente Hockstader le insta a que use esa información contra su rival, incluso advirtiéndole que de no hacerlo ello implicaría que no está preparado para estar en la alta política, Russell duda……

La obra plantea una de las cuestiones más profundas que subyace en el mundo de la alta política: dignidad y honradez frente a populismo demagógico y rastrero. Ningún rostro mejor que Henry Fonda para encarnar la integridad moral y apego a los principios de la ética política que representa William Russell (que según Gore Vidal está inspirado en Adlai Stevenson, quien por tres ocasiones fue un serio aspirante a lograr la nominación demócrata para la presidencia, siendo derrotado en las tres ocasiones por otros candidatos). En el otro extremo, Cliff Robertson da ese aire de demagógico populismo, incluso diríamos fanatismo que representa Joe Cantwell, que curiosamente no responde a una sola persona, sino a varias distintas y de varios partidos. Es evidente que tiene mucho de Richard Nixon en lo que se refiere al uso de la imagen y en el hecho de que, a diferencia de otros candidatos que provenían de alta cuna, tenía orígenes humildes (de hecho, en una escena del film el personaje de Russell apunta claramente a esa identificación cuando dice que “a este hombre no le compraría un coche usado”), pero también tiene no poco de Joseph McCarthy (agitación indiscriminada del miedo comunista) y, sorpresa sorpresa, de John Fitzgerald Kennedy, quien según parece retiró el saludo a Gore Vidal y rehusó todo contacto con él tras el estreno de la obra.

Las maniobras rastreras de Cantwell que desbordan con creces los límites de la moral y la legalidad, los juegos entre bambalinas de un muy enfermo presidente Hockstader (en esta ocasión, dentro de los límites del juego político tradicional, limitándose a actuar según las reglas de la oferta y la demanda a la hora de buscar apoyos) y el deseo de Russell de mantener su candidatura impoluta de toda sombra de sospecha de inmoralidad son el eje central de la obra, y las dos confrontaciones directas entre Russell y Cantwell, así como la conversación final entre el primero y un literalmente moribundo presidente Hockstader no tienen desperdicio. El desenlace sin duda alguna no dejará indiferente a nadie…

Otra gran obra cinematográfica ambientada en la política norteamericana. Imprescindible.

TEMPESTAD SOBRE WASHINGTON: VIBRANTE MUESTRA DEL CINE POLÍTICO.

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Quien desee no sólo conocer el funcionamiento básico del sistema institucional norteamericano a la vez que pasar dos horas y veinte de auténtico entretenimiento, sin duda alguna no puede perderse el visionado de la magnífica Advise and consent (nuevo atentado del traductor español, dado que se distribuyó en la península bajo el título Tempestad sobre Washington), que dirigió en 1962 el gran cineasta Otto Preminger. El film adaptaba a la gran pantalla la novela homónima de Allen Drury, un cronista político estadounidense que había obtenido con dicha obra el premio Pulitzer. Curiosamente, aunque ninguno de los protagonistas de la novela son reales, sin embargo todos están basados en algunos relevantes miembros de la clase política norteamericana, y todas las situaciones descritas en la novela están sacadas de episodios reales auténticos a los que Drury se enfrentó como cronista político.

La trama de la película es aparentemente sencilla: el Presidente de los Estados Unidos (Franchot Tone) a quien jamás se le designa por el nombre, aunque casi al final de la cinta uno de los personajes se dirige a él como “Chuck” (en el doblaje español por ignotas razones se muta este diminutivo por el nombre “John”-) pretende nombrar a Robert A. Leffingwell (un Henry Fonda muy elegante en su sobriedad interpretativa) como Secretario de Estado, pero la intención presidencial choca con el necesario y constitucionalmente imperativo consentimiento del Senado (el principio constitucional del “advise and consent” que da título a la novela y al film) y se da la circunstancia de que el mismo partido al que pertenece el Presidente, y que es mayoritario en la Cámara, se encuentra muy dividido sobre el tema, entre otras cosas porque Leffingwell, una persona íntegra y alejada del mundo político que además tiene un elevado sentido del honor, no es ciertamente un hombre “de partido”. Robert Munson (magnífico Walter Pidgeon), senador por Michigan y majority leader, es el encargado de llevar a buen puerto el designio presidencial, ayudado para ello por su fiel escudero el senador Stanley Danta (Paul Ford), así como por Lafe Smith (Peter Lawford) senador por Rhode Island. Sin embargo, en la propia formación mayoritaria surge la voz de  Seabright Cooleigh (el gran Charles Laughton en su última aparición cinematográfico), veterano senador por Carolina del Sur (“Le atemoriza a uno. Cuarenta años en el Senado”, según dice su correligionario senador Stanley Danta), que en este caso une su voz a la del partido minoritario, tanto por un evidente desfase generacional como por un rechazo personal hacia el nominado, quien en el pasado le había humillado políticamente. Dado que el nombramiento no es automático, el asunto ha de ser sometido previamente a su conocimiento por el Pleno al debate y votación en el Comité de Relaciones Exteriores del Senado, que a su vez nombra un Subcomité para cuya presidencia es designado el senador Brigham Anderson (Don Murray), senador por Utah, frustrando así los deseos del senador Fred Van Ackerman (George Grizzard). En el seno de los procedimientos senatoriales en el subcomité, donde queda patente que Leffingwell tiene criterios propios y muy particulares (al sostener que no en todos los casos es necesario un conflicto bélico para solventar una disputa entre dos naciones), surge un foco de conflicto al comparecer como testigo Herbert Gelman (Burgess Meredith), quien acusa a Leffingwell de ser comunista. A partir de entonces la situación se desgrana en múltiples hilos argumentales: los deseos del senador Cooleigh por explotar dicho argumento para boicotear el nombramiento de Leffingwell, la tozudez del Presidente en sostener el nombramiento, el difícil equilibrio en el que ha de mantenerse el senador Bob Munson para lidiar con tan compleja situación, y la propia desventura del presidente del subcomité, el senador Anderson, que se ve sometido a un chantaje para que de luz verde a la designación de Leffingwell. Todo ello aderezado con brillantes sesiones en la Cámara Alta estadounidense. La última media hora, donde se solventan de un plumazo el resultado del chantaje y el designio final del aspirante a Secretario de Estado, es realmente apasionante.

Al comentar esta película, el jurista Miguel Ayuso dijo en cierta ocasión que el sistema norteamericano “te entra visualmente”. Y es cierto. No sólo porque gran parte de la cinta está ambientada en el interior de la Cámara del Senado (para recrear el cual se retomaron los decorados de la clásica Mr Smith goes to Washington), sino porque a través de sutiles comentarios deslizados en el momento oportuno se vienen a explicar reglas procedimentales y principios y normas constitucionales. Por ejemplo, que el vicepresidente de los Estados Unidos es Presidente nato del Senado pero que no es senador y únicamente vota en caso de empate, o que por ejemplo la llamada a quorum suspende todas las intervenciones. Pero muestra igualmente que en la alta política de Washington hay lugar para la honestidad a toda prueba y para las bajezas más abyectas, así como para la expiación sincera de las culpas. Buena prueba de ello son las intervenciones finales del senador Cooleigh entonando de manera brillante un mea culpa y solicitando expresamente el perdón de la cámara, y la réplica del senador Munson, no menos emotiva y donde recoge el guante lanzado por su correligionario a quien rehabilita ante todos sus colegas. De la misma forma que niega el perdón final al senador que había perpetrado el chantaje a Brigham Anderson, a quien lanza una de las filípicas más duras que se recuerdan al hacerse precisamente enfatizando la libertad: “En el Senado lo toleramos todo: prejuicios, fanatismos. El Senado está para tolerar la libertad. Pero usted nos ha deshonrado […] Afortunadamente nuestro país logra sobrevivir a patriotas como usted. Podríamos solicitar un voto de censura y expulsarle, pero conviene que las flaquezas de Brigham Anderson no salgan a relucir. Sean las que fueran. Se puede usted quedar solo….con su vergüenza!”

Lo cierto es que esta película tiene anécdotas curiosas y situaciones ciertamente divertidas. Por ejemplo, el personaje de Lafe Smith está lejanamente inspirado en John Fitzgeral Kennedy, y el actor que lo encarna, Peter Lawford, era miembro del clan Kennedy al emparentar por vía de matrimonio con dicha familia. Por cierto, que la presentación del senador no tiene desperdicio: cuando el majority leader se dirige al cuarto del senador Smith para solicitar su apoyo a Leffingwell y ve salir del mismo a una joven muy elegante, Bob Munson pregunta a Smith por qué no regulariza su situación, a lo que éste responde: “Perdería mi puesto. Fueron las mujeres solteras las que me votaron.” El personaje muy secundario del vicepresidente (que encarna Lew Ayres) le fue ofrecido nada menos que a Richard Nixon, que había ostentado el cargo entre enero de 1953 a enero de 1961 y que acababa de ser derrotado en las elecciones presidenciales de 1960. Aparece en un papel muy secundario la “chica de oro” Betty White en el que fue su debut cinematográfico. Hay auténticos senadores estadounidenses que tienen cameos en el film, y uno de los más divertidos es el del casi nonagenario Henry Fountain Ashurst (que, al igual que Charles Laughton, fallecería poco después de finalizar el rodaje) en el divertido rol del senador McCafferty, que siempre se queda dormido y que, al ser despertado, siempre lo hace al son de la frase: “Me opongo. Me opongo rotundamente.”

En definitiva, una magnífica película que sirve de forma indubitada para mostrarnos el funcionamiento básico del sistema institucional estadounidense. No se la pierdan!!!!!

MALDAD BAJO EL SOL.

Evil under the sun

Estos días del mes de agosto en el que los juristas bien cierran las oficinas o bien disminuyen su actividad debido a la consideración general de dicho mes como inhábil (salvo excepciones) a efectos judiciales, no sólo conviene aprovecharlo para afrontar esas lecturas pendientes que durante el año la cotidiana actividad profesional ha impedido abordar, sino para revisitar algunas de aquéllas películas clásicas que por cualquier razón, quedaron grabadas en nuestra memoria. Hoy quisiera compartir con los lectores del blog una de ellas, la no tan antigua Evil under sun, dirigida en 1982 y que adaptaba a la gran pantalla la novela homónima de la inmortal Agatha Christie.

La obra, dado que se trata de una adaptación de la célebre autora de misterio, tiene las tres características fundamentales de sus obras: un crimen, un número reducido de sospechosos y un investigador profesional ajeno a las fuerzas del orden que trata de poner su intelecto al servicio de la resolución del crimen. En este caso, el crimen no tiene lugar en el interior de un recinto cerrado (la biblioteca o el dormitorio de una mansión), sino en la playa de una isla donde un grupo de personas pasa sus vacaciones. La asesinada es la célebre artista de vodevil Arlena Marshall (Diane Rigg), estrangulada mientras tomaba el sol en la playa. La particularidad del caso es que en esta ocasión todos tenían motivos para desear la muerte de la actriz: su segundo marido, Kenneth Marshall (Dennis Quiley) quien veía cómo su esposa coqueteaba de manera nada indisimulada con el joven Patrick Redfern (Nicholas Clay), sin que éste considerase un impedimento que su propia esposa, Christine (Jane Birkin) le acompañase en las vacaciones. Pero también eran sospechosos el amanerado Rex Brewster (magnífico Roddy McDowell), quien había terminado una biografía de Arlena cuya publicación ésta había vetado; Odelle Gardner (James Mason, en una de sus últimas apariciones), productor de la obra que se fue a pique cuando Arlena, principal intérprete, la abandonó súbitamente; y sir Horace Blatt (un Colin Blakely que tan sólo tres años antes había encarnado a Watson en Private life of Sherlock Holmes, la cinta dirigida por Billy Wilder y que fue gravemente mutilada para reducir su metraje) millonario y antiguo amante de Arlena a quien había regalado un brillante de cincuenta mil dólares que ésta le sustituyó por una falsificación una vez roto el compromiso matrimonial entre ambos. Incluso la dueña del hotel donde todos residen, Daphne Castle, tenía motivos, pues era una antigua rival de Arlena en los escenarios. Afortunadamente, entre los huéspedes del establecimiento residencial se encuentra el detective belga Hercule Poirot (inconmensurable el gran Peter Ustinov) quien con la ayuda de sus “células grises” tratará de desentrañar un misterio aparentemente insalvable: cómo es posible que una mujer fuera asesinada en una playa sita en un extremo de una isla cuando todos los sospechosos pueden acreditar mediante testigos que en el momento que se perpetró el crimen se encontraban en la otra punta de la ínsula que, sin ser muy lejana, sí se encontraba a una distancia considerable. Como siempre, Poirot no decepciona.

Esta era la segunda ocasión en que Peter Ustinov se metía en la piel de Hercule Poirot, tras hacerlo por vez primera cuatro años antes en Death on the Nile tras la negativa de Albert Finney a repetir el papel que desempeñara en Murder in the Orient Express. Para el público de finales del siglo XX y principios del XXI sin duda alguna la figura del peculiar detective belga estará ligada al actor David Suchet (quien, curiosamente, encarnó al inspector Japp en la adaptación de Lord Edgware dies, donde Ustinov encarnaba de nuevo a Poirot; justo es decir que Suchet manifestó con posterioridad que su interpretación de Japp era manifiestamente mejorable), pero lo cierto es que Ustinov aporta a Poirot un rasgo que Suchet no logra del todo inculcarle: sentido del humor. Pese a que, en efecto, no estamos ante un Hercule Poirot como el que aparece en las novelas de Christie (al estar dulcificada su egolatría, su evidente sensación de superioridad así como sus manías y excentricidades) Ustinov supo dotarle de un aura humorística con su simple presencia, algo a lo que sin duda alguna contribuyó la personalidad del actor, que poseía un gran sentido del humor.

La película cuenta también con la presencia de dos grandes damas de la escena británica (Maggie Smith y Diane Rigg) así como con dos grandísimos intérpretes de la misma nacionalidad: James Mason y Roddy McDowell. A ello se une que los exteriores de la película se rodaron en la isla de Mallorca, y que cuenta con una deliciosa música de Cole Porter.

No estamos, evidentemente, ante una obra maestra de esas que copan las listas de grandes clásicos imperecederos. Pero es sin duda alguna una cinta que merece verse, que sin duda no decepciona y que proporcionará dos horas de entretenimiento donde el espectador puede intentar rivalizar con el inmortal detective belga para averiguar la identidad del asesino. La escena, ya cerca del final, donde un Hercules Poirot con gorra, bastón, bombachos y polainas recorre, cronómetro en mano, la distancia que separa ambos extremos de la isla para comprobar su teoría, mientras como música de fondo suena un Begin the Beguine es sinceramente deliciosa. Como hilarante es aquélla otra en la que el detective, con gorra y llamativo batín, desciende las escaleras de la playa para darse un baño marino……ciertamente peculiar.

GREGORY PECK, ABOGADO EN EL CINE.

Gregory Peck

No soy imparcial en lo que a Gregory Peck se refiere, pues es uno de mis intérpretes preferidos. El pasado mes de abril se conmemoró el centenario del nacimiento de este auténtico caballero dentro y fuera de la pantalla, pues únicamente en un par de films donde interpreta al villano de turno. Y es que, en efecto, decir Gregory Peck en el cine es decir bonhomía e integridad, pese a que en cierta ocasión el mismo Peck reconocía que lo auténticamente fácil es interpretar a un villano, y lo difícil encarnar a un personaje lleno de virtudes. Mi primer encuentro con Gregory Peck en el cine fue en la épica Horizontes de Grandeza (la pésima traducción que se dio en nuestro país al título The big country), aunque si he de quedarme con dos interpretaciones suyas me inclino sin duda alguna por El hidalgo de los mares (otro nuevo asesinato de un título, pues el original inglés no es otro que Captain Horatio Hornblower, film este, por cierto, que marca el debut cinematográfico del gran Christopher Lee, curiosamente en el episódico papel del capitán español del buque Natividad) y, sobre todo, El mundo en sus manos (en esta ocasión sí se respeta el título original, The world in his arms), donde junto a la pareja protagonista formada por Gregory Peck y Ann Blyth destaca sobremanera, pese a lo secundario de su papel, un magnífico Anthony Quinn en el rol del Portugués. Otra de sus interpretaciones legendarias tuvo lugar en El pistolero (The gunfighter), donde su impactante interpretación Jimmy Ringo (un pistolero que ansiaba dejar las armas pero cuya fama le perseguía en forma de bravucones que deseaban medirse con quien se había convertido ya en una leyenda) le llevó a cometer uno de los poquísimos errores de su carrera: rechazar el papel del sheriff Will Kane en Solo ante el peligro (High noon) que le fue ofrecido un año más tarde y que no aceptó al recordarle sobremanera el que acababa de interpretar.

Pero me interesa en la presente entrada hacer referencia a las cuatro películas en las que interpretó a un abogado, máxime porque cada una de ellas nos ofrece una enseñanza para quienes ejercemos la profesión.

1.- Proceso Paradine (The Paradine case). Se trata de una cinta dirigida en 1947 por el mago del suspense, Alfred Hitchcock, quien curiosamente deseaba que fuese Ronald Colman (un veterano actor del cine mudo y uno de los pocos que pasó con éxito al cine sonoro) quien encarnase al abogado inglés Anthony Keane, rol que finalmente recayó en Peck, quien sin duda alguna suplió la veteranía de Colman con la juventud y entrega al papel. La cinta aborda el proceso al que se ve sometida Maddalena Anna Paradine, a quien se acusa de haber asesinado a su marido, un héroe militar que se había quedado ciego. Su abogado, el joven Keane, se involucra en exceso en el asunto, sospechando que André Latour (encarnado por Louis Jourdan) el misterioso jardinero que trabajaba para el matrimonio Paradine, puede tener algo que ver en el asunto. Y así la película entrecruza de forma magistral el suspense que conlleva el desarrollo del proceso con la trama sentimental que subyace y que presenta un curiosísimo dilema, pues Keane, pese a estar casado, se encuentra con que poco a poco va enamorándose de su cliente.

Esta película nos muestra uno de los peligros que supone vulnerar uno de los consejos que ofreciera el jurista italiano Calamandrei: involucrarse en exceso en un caso hasta el punto de tomarlo como algo personal, algo que aquí se lleva al extremo. Pero también nos ofrece otra imagen muy reveladora: la independencia absoluta de un juez inglés. Así, cuando en los momentos finales de la película el juez del caso (encarnado por un Charles Laughton que tan sólo diez años después encarnaría al abogado inglés sir Wilfred Roberts en la no menos brillante Testigo de cargo -Witnsess for the prosecurion-) está cenando en casa con su mujer y ésta de forma muy sutil intenta orientarle hacia un determinado punto, el magistrado la corta de plano diciéndole que en ese momento está hablando con un juez de Su Majestad, y que nada ni nadie influirá en su decisión.

2.- El cabo del terror (Cape fear). Se trata de una cinta dirigida en 1962 por John Lee Thompson (con quien Peck había trabajado el año anterior en Los cañones de Navarone -Guns of Navarone-) y en la que el que se adaptaba la obra The executioners, de John D. Macdonald. En dicha película, el abogado Sam Bowden (Gregory Peck) tiene que contemplar impávido cómo, Max Cady (Robert Mitchum) que acaba de salir de la prisión donde ha cumplido una condena de ocho años por violar a una joven, pretende ejecutar una sibilina venganza, dado que el elemento determinante para su condena había sido la testifical de Bowden. Pese a que cuenta con la ayuda del jefe de policía, Charles Dutton (Martin Balsam), Bowden se ve indefenso y maniatado por la ley y no tiene otra opción que combatir a Cady siguiendo su propio juego. Pese a que en este caso el elemento jurídico es tangencial (limitado a la condición de abogado de Bowden y a su aparición en Sala en un par de ocasiones), la enseñanza primordial que nos ofrece este film radica en que la ley, elemento indispensable para garantizar la libertad y seguridad del individuo, en ocasiones se convierten en instrumentos que amparan más a quien pretende orillarlas que a las personas a quienes debe proteger.

Esta película tiene varias circunstancias curiosas. En primer lugar, el hecho de que Gregory Peck fuese el productor de la misma. El segundo lugar, el reparto, que sufrió una modificación esencial: el papel del abogado Sam Bowden fue ofrecido entre otros a Charlton Heston, el del psicópata Max Cady iba a interpretarlo inicialmente Ernst Borgnine, el de hija del matrimonio Bowden estaba creado específicamente para Hailey Mills y finalmente se logró para un episódico papel a Telly Savallas, que aún luce algo de cabellera. Los códigos imperantes en la época hicieron que se eliminase la palabra “violación” (que es sustituida por la más pudorosa de “ataque”) o la escena final del enfrentamiento entre Cady y los Bowden en un barco en el río Cabo del Terror que da nombre al film, que Peck pretendía rodar en medio de una tormenta (como ocurrió en el remake de 1991). Por cierto, en la pelea final entre Mitchum y Peck éste golpeó accidentalmente al primero en el estómago. Mitchum, que actuó igualmente como un caballero en el plató (la actriz Polly Bergen, que encarna a la mujer de Sam Bowden, lo recuerda) lo encajó con deportividad como un lance más del rodaje, limitándose a indicar que “compadezco al que tenga la osadía de pelearse con Peck.”

3.- Matar un ruiseñor (To kill a mockingbird). Esta película la rodó Peck en el mismo año 1962, justo tras la anterior. Qué decir de la adaptación de la novela de Harper Lee, y qué decir de Atticus Finch, “el” abogado por excelencia. Creo que cualquier aficionado al cine y al derecho conoce perfectamente los acontecimientos que tuvieron lugar en la ciudad de Meycomb (denominación ficticia para la muy real Monroeville) durante la gran depresión, donde el abogado por excelencia ha de defender a un ciudadano de color, Tom Robinson, acusado de agredir y mantener relaciones amorosas con una chica blanca. La integridad, la altura moral de que hace gala no sólo profesional, sino personalmente con sus hijos Scout y Jem son de sobra conocidos. La escena donde tras el juicio toda la población de color se levanta y donde uno de los miembros del grupo le dice a Scout, que no puede contener las lágrimas: “levántese, señorita, su padre se marcha” valen por todo un tratado. Gregory Peck recibió un merecidísimo oscar por esta interpretación, y lo recibió de manos de una impresionante Sophia Loren, con quien apenas tres años después protagonizaría la divertida Arabesco.

En un encuentro público que el actor mantuvo con varios de sus seguidores más de tres décadas después de protagonizar este clásico, se encontró con que muchos de ellos, abogados en ejercicio, reconocieron que se despertó su vocación precisamente al ver esta cinta, e incluso alguno solicitó que Peck estampase su firma en el título oficial de licenciado en Derecho. Una curiosidad más: en ese mismo encuentro se encontraba Mary Badham, que encarnaba a su hija en el film, y en un breve pero divertido diálogo pudimos ver que Peck reconoció que nunca dejó de llamarla “Scout” en la vida real, mientras que ella continuaba llamándole “Atticus”.

4.- El cabo del miedo (Cape fear). En el remake que Martin Scorsesse hiciese del clásico de 1962, a modo de homenaje ofreció a los tres actores protagonistas de la versión anterior tres pequeños papeles. Mitchum en esta ocasión hacía el papel de teniente Elgar, y a Gregory Peck se le puede ver en el episódico rol de Lee Heller, “uno de los mejores criminalistas del Estado”, pero que apenas permanece en pantalla un minuto. Lo hace como abogado de Max Cady, con un look ciertamente peculiar (chaqueta blanca, pajarita, reloj de cadena y, sobre todo, un curioso bigote -algo no habitual en Peck, que únicamente lució dicho adorno en tres ocasiones a lo largo de su dilatada carrera) y que, según el propio actor, “farfullaba sobre la biblia”. El aficionado al cine seguramente esbozará una sonrisa cuando el personaje encarnado por Peck no sólo defiende a un antiguo violador y que actualmente se dedica a acosar a un abogado y a su familia, sino que es el que se encarga de amenazar a Bowden con denunciarle al comité de ética.

Esta película es mucho más oscura que la anterior versión, y muchas cosas cambian. Sam Bowden ya no es un personaje íntegro, de vida privada familiar e intachable y, sobre todo, no es el testigo de la violación que ocasiona el encarcelamiento de Cady. Por el contrario, ahora Bowden había sido el abogado defensor de Cady, que abochornado por la violación cometida por su cliente ocultó pruebas decisivas en el juicio y que demostraban que la chica sexualmente agredida había mantenido numerosas relaciones con anterioridad (la disculpa ofrecida por Bowden fue: “si vieses lo que le hizo a esa chica”) y, sobre todo, su vida privada dista de ser ejemplar, pues mantiene una relación amorosa con su ayudante pese a estar casado y con una hija. Max Cady ya no es tan sólo un ser brutal pero inculto, sino que en esta ocasión adereza su brutalidad con conocimientos legales adquiridos precisamente en la cárcel.

En definitiva, cualquier momento es bueno para acercarnos brevemente a la filmografía de uno de los grandísimos actores que ha dado el séptimo arte.

PERRY MASON: HOMENAJE A UNA EXCELENTE SERIE POLICÍACA CON ROPAJES JURÍDICOS.

Perry Mason

 

En una entrevista concedida hace poco, Elena Kagan, juez del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, revelaba que su colega Sonia Sotomayor había decidido cursar los estudios de Derecho gracias a la serie televisiva Perry Mason. Y es que son muchos quienes optaron por efectuar una carrera universitaria marcados por una película, una serie o una novela. Si en los años cincuenta Dragnet logró no sólo popularizar el cuerpo de policía de Los Ángeles sino despertar muchas vocaciones policiales, a principios de los sesenta fue Richard Chamberlain quien gracias a su Doctor Kildare hizo aumentar el número de quienes deseaban convertirse en médicos, de la misma forma que Perry Mason abrió los ojos de muchos al mundo del derecho. De ahí que en esta bitácora le rindamos un sentido homenaje con esta entrada.

El personaje en cuestión procede de las novelas de Erle Stanley Gardner, un abogado que se popularizó escribiendo novelas entre las cuales destacaban las que tenían por protagonista a Perry Mason, un célebre abogado criminalista. Junto con su secretaria Della Street y su amigo y colaborador el detective privado Paul Drake, lograba en cada uno de los complejos supuestos que se veía obligado a afrontar no sólo demostrar la inocencia del cliente cuya defensa tenía encomendada, sino presentar ante la justicia al verdadero criminal. En realidad, más que novelas ambientadas en el mundo jurídico se trataba de novelas clásicas de misterio, al más puro estilo de las escritas por Arthur Conan Doyle o Agatha Christie, con la peculiaridad que en ellas el detective cedía paso al abogado. Los pleitos no dejaban de ser un atrezzo final, el marco donde se completaba el rompecabezas del caso. Y mientras el célebre detective belga Hercules Poirot mantenía incólume la costumbre de reunir en torno suyo a todos los sospechosos para exponerles la solución final que sus células grises le habían inspirado, el gran Perry Mason lo hacía en el Palacio de Justicia, aunque en alguna que otra ocasión se saltaba ese marco decorativo tradicional para hacerlo en alguna otra ubicación.

El personaje, como otros tantos, dio el salto de la literatura al cine en unas películas hoy olvidadas. Pero hoy en día al mencionar a Perry Mason todos evocan el físico del actor Raymond Burr y la serie rodada directamente para la televisión a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, extendiéndose durante seis temporadas. Curiosamente, Raymond Burr se había presentado al casting para encarnar al fiscal de distrito Hamilton Burger, mientras que entre quienes optaban al rol principal se encontraba un magnífico secundario, William Hopper, de quien incluso se conservan pruebas de rodaje en el papel de Mason. Finalmente, la productora de la serie fue quien decidió otorgar a Burr el papel de Mason, relegando a Hopper al del detective privado Paul Drake, mientras que la “secretaria confidencial” de Mason (en la serie se insinúa un más que claro romance entre ambos, pero que no llega a reconocerse de modo explícito) recaería en la siempre eficaz Barbara Hale. En cada uno de los episodios, de tres cuartos de hora de duración, se mantienen invariables varias notas características: la comisión de un crimen, la intervención de las fuerzas policiales comandadas por el teniente Arthur Tragg (interpretado por Ray Collins), el arresto de una persona cuya defensa asumía Mason, el juicio donde la acusación estaba en manos del fiscal Hamilton Burger (encarnado por William Talman) y la intervención final de mason desenmascarando al verdadero autor material del crimen, casi siempre cuando éste se encontraba en los estrados deponiendo como testigo. Aunque en las primeras temporadas la relación entre Mason, Tragg y Burger era cortés pero distante, en las siguientes temporadas se hace mucho más cercana desembocando en abierta camaradería. Quizá el ejemplo más claro de esa simbiosis entre abogado y fiscal se da en uno de mis episodios favoritos, el decimocuarto episodio de la tercera temporada, titulado The case of the prudent prosecutor, donde el personaje acusado del crimen no sólo es un amigo del fiscal Hamilton Burger, sino que éste le debía, además, la vida a aquel. En una escena que vale por un tratado, el Burger se acerca a Mason y le narra el modo en el que el acusado le había salvado la vida tras un accidente acaecido en un lago; cuando Mason le dice que entiende su conflicto personal porque debe acusarlo, Burger en primer lugar le anuncia que “I have to disqualify myself, remove myself from any prosecution” (debo abstenerme, apartarme de la acusación), y a continuación le expone el motivo de su visita: “It still be my responsability. I supose I have no right to be talking to you this way. Let alone suggest that…..Perry, if Jefferson Pike is arrest for this crime and…if you can find any merit in the case…” (aún soy responsable. Supongo que no tengo derecho a hablarte de esta forma. Sólo sugiero que…Perry, si Jefferson Pike es arrestado por este crimen y…si puedes encontrar alguna vía de defensa…) a lo que Mason le responde sin dudarlo que se hará cargo del asunto, añadiendo animus iocandi que lo hará “even if he did save your life” (aunque te haya salvado la vida). Cuando al final del episodio Perry Mason demuestra una vez más la inocencia de su defendido, en la escena final vemos a Mason y a Burger (que, efectivamente, se había abstenido) juntos en una finca de recreo y brindar juntos cuando el fiscal indica, divertido que: “Perry, I think I´ve won this case” (Perry, creo que he ganado este caso). He aquí el episodio completo por si alguien desea verlo.

La serie creó un vínculo casi familiar entre los actores. En efecto, cuando en las últimas temporadas Ray Collins se vio aquejado de una grave enfermedad pulmonar y hubo de ser sustituido en muchos capítulos, tanto sus compañeros como los productores mantuvieron su nombre en los títulos de crédito, asegurándole que con ello se pretendía hacer ver al público que la ausencia era temporal, y que en cuanto se repusiese tenía asegurado su puesto, algo que no pudo ser porque Collins falleció en 1965, siendo sustituido definitivamente por Richard Anderson. De igual forma, William Talman fue despedido tras haber sido detenido en una redada policial llevada a cabo en una fiesta, y únicamente fue readmitido a instancias de Raymond Burr. Cuando la serie se despidió en 1966, en el capítulo final podemos ver al creador de Mason, al propio Erle Stanley Gardner encarnando a un juez.

Pese a un fallido intento de reproducir el éxito con otros actores (que se saldó con un rotundo fracaso), en el año 1985 se rodó el telefilm Perry Mason Returns, al que siguieron otros veintinueve. Raymond Burr volvía a encarnar al célebre abogado, que en el primero de los episodios renunciaba al cargo de juez del Tribunal de Apelación para encargarse personalmente de la defensa de su antigua secretaria, Della Street (de nuevo encarnada por Barbara Hale), indicándole cuando ella le ruega que no lo haga que: “Let´s say I got tired of writing opinions” (Digamos que me he cansado de redactar sentencias). William Hopper, que había encarnado a Paul Drake, había fallecido de un enfisema pulmonar en 1970, por lo que el papel de Paul Drake jr lo interpretó durante nueve capítulos William Katt, quien en la vida real es hijo de Barbara Hale (de hecho en uno de los episodios se hace un guiño a esta situación cuando Paul Drake Jr le dice a Della Street: “Si me viese mi madre”). El esquema de cada uno de los capítulos seguía el mismo esquema clásico de la serie original, sin otros cambios que los que el inevitable transcurso del tiempo impuso en los actores, en la moda y en la geografía urbana. La muerte de Raymond Burr en 1993 puso fin a la nueva aventura, aunque aún se rodaron cuatro episodios más con otros actores en el papel de abogados amigos de Perry.

John Grisham, autor de best sellers jurídicos mucho más apegados a la realidad jurídica, reconoce de igual forma el magisterio que Perry Mason tuvo sobre una generación a la hora de inclinar los gustos de determinadas personas por la rama jurídica. Así, en los libros de su serie Theodor Boone, se menciona expresamente en varias ocasiones la serie, aunque incidiendo que los pleitos que en la misma se desarrollan poco o nada tenían que ver procesalmente con la realidad cotidiana que cualquier jurista americano afrontaba (como, probablemente, poco tendría que ver la medicina que ejercía el doctor Kildare con la que ejercían los médicos de cualquier hospital estadounidense). Pero es evidente que ello no impidió que la misma despertase muchas vocaciones y que una buena parte de los juristas norteamericanos, de igual forma que en el caso de Sonia Sotomayor, se inclinase por los estudios de Derecho gracias a Perry Mason.

P.D. Raymond Burr, que tenía un gran sentido del humor, contestó en una ocasión a una televidente, cuando le preguntó por qué nunca había perdido un caso: “Porque usted sólo me ve los fines de semana.” De igual forma, Burr aceptó interpretar a Perry Mason en una parodia efectuada en el programa del cómico Jack Benny, donde éste soñaba ser enjuiciado por el asesinato de un gallo que no cesaba de molestarle con sus cacareos. Benny decía haber contratado al “mejor abogado de la ciudad” y cuando Mason entra en sala y es aplaudido no sólo por el jurado, sino por el juez (quien, además, le pide un autógrafo), ello hace manifestar al acusado que “creo que voy a ganar el caso”. Mas, para su sorpresa, ese día Perry había perdido su habitual pericia. Compruébelo el lector por sí mismo en este divertidísimo pleito……

AN INSPECTOR CALLS v NO NAME ON THE BULLET: UN EXTRAÑO COMO CATALIZADOR DEL CONFLICTO LATENTE.

An Inspector Calls

Ciudad de Brumley, mes de abril del año 1912. La familia Birling, integrada por Arthur (próspero industrial), su esposa Sybill y sus hijos Eric y Sheila celebran en el comedor de su vivienda una plácida cena familiar para institucionalizar el compromiso matrimonial de Sheila con Gerald Croft, integrante de otra próspera familia cuya fortuna está ligada igualmente a la gran industria. En la tranquilidad del hogar, donde nada parece alterar el idílico ambiente burgués de comienzos del siglo XX, mientras el patriarca de la familia, una vez finalizada la cena, comienza a esbozar un discurso alabando el espíritu de prosperidad ligada a la responsabilidad individual desligándose de todo compromiso que no sea estrictamente personal (“da la impresión de que todo el mundo está obligado a cuidar de todo el mundo…como si estuviéramos mezclados como las abejas en una colmena…, la comunidad y todas esas tonterías. Pero hacedme caso a mí, ahora que sois jóvenes, porque lo que sé lo he aprendido en la escuela de la experiencia, una maestra dura pero competente; lo que un hombre tiene que hacer es ocuparse de sus propios asuntos y cuidar de sus intereses y los de su….”) súbitamente hace su aparición en el domicilio el inspector Goole, de la policía, quien dice investigar el suicidio de una joven, Eva Smith. El inspector comienza a abordar uno por uno tanto a los miembros de la familia Birling como al propio Gerald Croft dado que, como indica el funcionario policial, “Es mi manera de trabajar. Una persona y una línea de investigación cada vez. De lo contrario, todo se complica”. Merced a esa técnica, van haciendo su aparición oscuros secretos familiares, acciones nada halagüeñas que ponen de relieve episodios desconocidos de la vida de cada uno de los miembros de la aparentemente intachable familia y como las acciones de uno van a influir de forma decisiva no sólo en los acontecimientos que afectan al resto de miembros de la familia, sino en el de terceras personas. Al final, como en un gran puzzle donde todas las piezas encajan, se ofrece el resultado final de las pesquisas y se logran desvelar tanto los motivos por los que una joven llena de vida ha optado por el suicidio como los episodios ocultos de la familia Birling (no delictivos, pero sí moralmente reprobables) que la figura del inspector ha logrado sacar a la luz.
El párrafo anterior describe someramente el argumento de An inspector calls, la celebérrima obra teatral de J.B Priestley, cuyo estreno tuvo lugar en el año 1946 con un ya consagrado Ralph Richardson en el papel del inspector Goole (de hecho, la foto que ilustra este post es la del gran actor británico interpretando el papel de Goole en esa representación inicial) y un jovencísimo Alec Guiness en el rol de Eric Birling. Sin duda alguna, en ella están presentes temas que interesaron sobremanera al autor británico, como el enigma del tiempo (presente en otras obras suyas como Time and the Conways o I have been here before -curiosamente, esta ultima obra fue la escogida por Radio Televisión Española en el año 2000 para intentar resucitar las célebres adaptaciones teatrales del clásico Estudio Uno-), la idea de que la responsabilidad de cada persona no se extiende a lo estrictamente individual, sino que sus actos afectan a todo el colectivo, así como una visión pesimista de la evolución humana. Pero, sin duda alguna, un hecho que a mí me ha llamado la atención y en el que el autor incide es el hecho de que determinados colectivos, más o menos extensos, que aparentemente desarrollan su vida cotidiana en una plácida existencia encubren en realidad un torbellino de pasiones y secretos que un elemento extraño a dicha comunidad puede desencadenar, transformando las pacíficas aguas de un lago en un auténtico tsunami que pone en peligro la propia existencia del colectivo. Así ocurre en esta obra, donde la quietud inicial (en la que, dicho sea de paso, pueden intuirse elementos del latente conflicto) se rompe con la súbita aparición del inspector, que es el elemento activo encargado de sacar a la luz toda esa información comprometedora de cada uno de los miembros de la familia Birling.
Esta idea central es la que inspira igualmente una película norteamericana de serie B que constituye una deliciosa obrita menor del género western y cuya duración apenas se extiende más de una hora. Me estoy refiriendo a No name on the bullet, dirigida en 1959 por Jack Arnold y protagonizada por Audie Murphy en una de sus más memorables interpretaciones. A la pacífica ciudad de Lordsburg llega el jovencísimo John Gant, un pistolero a sueldo que se ha ganado una notable fama no sólo por su rapidez con el revólver, sino por la no habitual circunstancia de limitarse estrictamente a cumplir con el encargo recibido, de tal manera que las únicas muescas de las que presume se deben a las vidas de aquéllos para cuya eliminación fue contratado, así como las de quienes intentaron medirse infructuosamente con él, siendo, además, destacable que jamás ha acabado con una vida a traición, sino cara a cara y en duelos donde cumple estrictamente con las normas habituales (quien desenfunda más rápido, es el vencedor). Gant no sólo es un pistolero atípico por ello, sino por su vasta cultura y por el hecho nada habitual de ser un experto jugador de ajedrez. Pero su llegada implica que alguien que ha cometido un hecho reprobable está señalado. Como Gant no suelta prenda de quién es el señalado (de ahí el título de la película) la tranquilidad del pueblo comienza a verse afectada, pues los más destacados ciudadanos comienzan a bucear en su pasado y con ello afloran a la superficie episodios nada honorables que han sido protagonizados antaño por los hoy “honorables” ciudadanos. Gant no es, pues, el causante de romper la paz y armonía de Lordsburg (como Goole tampoco lo es de quebrar la armonía de la familia Birling) sino que es el elemento catalizador, el detonante de un explosivo que se encontraba enterrado bajo un manto de ficticia paz social. Por cierto, que si el final de An inspector calls deja al espectador atónito por el súbito giro de los acontecimientos en un tour de force inesperado, la escena final de la película No name on the bullet no deja igualmente de sorprender por el estoicismo que demuestra el jovencísimo pistolero ante el dramático acontecimiento que sufre en sus propias carnes y que le supone una muerte en vida: “Don´t worry about it physician. Everything come to a finish

MAYOR DUNDEE: OBSESIONES, RIVALIDADES Y PATRIOTISMO.

Mayor Dundee

Personalmente no me gustan las películas de Sam Peckinpah, y ello se debe tanto a su predilección por centrar el foco de la cámara en personajes turbios, nada recomendables cuando no algo psicológicamente inestables (el caso del personaje encarnado por Warren Oates en Quiero la cabeza de Alfredo García sería el paradigma) como por su recreación en los estallidos de violencia (contenida o soterrada en los minutos iniciales y que suele estallar súbita, abrupta e incontroladamente en las últimas secuencias) que acaban en masacres indiscriminadas. Sin embargo, pese a todo, no quisiera dejar pasar la oportunidad de referirme a una de sus películas, curiosamente aquélla de la cual más abominó al haber sido mutilada de forma inmisericorde por la productora, quien incluso negó la posibilidad de rodar escenas que el director consideraba decisivas y esenciales para entender la historia en su totalidad. Me estoy refiriendo a Mayor Dundee, el film protagonizado por Charlton Heston y Richard Harris, que ahora se puede disfrutar en una versión extendida gracias a la magia del DVD, que ha recuperado algunos de los fragmentos que el productor cercenó del metraje final y que contribuyen a explicar determinadas omisiones y huecos (por ejemplo, la matanza inicial perpetrada por los apaches liderados por Sierra Charriba) en la versión estrenada en los cines y que habitualmente emiten las distintas cadenas de televisión.
Mayor Dundee es la historia de una rivalidad y de una obsesión. La rivalidad la protagonizan dos personajes que tienen mucho en común: los dos son sureños, los dos han servido en el Ejército de los Estados Unidos y los dos aman profundamente su país. Pero mientras el primero, el mayor Amos Dundee, tiene un carácter rígido, duro y obsesivo, el capitán Benjamín Tyreen se presenta como más abierto y tolerante, amén que sus finas y aristocráticas maneras hacen de él el prototipo de caballero sureño. Ambos habían sido amigos y combatido en el mismo ejército estadounidense (en un determinado momento, Tyreen menciona que sirvió a las órdenes de Ulises Grant en la guerra contra México que tuvo lugar entre 1846 y 1848), pero tras un incidente cuya naturaleza no llega a explicarse en ningún momento, Tyreen es expulsado del ejército debido fundamentalmente al testimonio de Amos Dundee. Este hecho quiebra definitivamente la antigua amistad, y esa brecha que separa a ambos se hace aún más profunda tras el estallido de la Guerra de Secesión, debido a que Dundee, pese a ser sureño, milita en las filas unionistas, mientras que Tyreen lucha en el ejército confederado. La mala suerte hace que éste caiga prisionero y sea encarcelado en el puesto al mando de Dundee, del que trata de escapar tras agredir a un soldado de la guardia, intento que se frustra al ser nuevamente capturado por las tropas unionistas que regresaban de una expedición. Ambos rivales pactan, no obstante, una tregua para acabar con las masacres que Sierra Charriba y su grupo de apaches perpetran en suelo estadounidense (tras cometer las cuales, por cierto, los apaches corren raudos a cruzar la frontera y refugiarse en territorio mexicano para evitar que las tropas americanas los alcancen), de tal manera que Tyreen y su grupo de confederados aceptan cabalgar a las órdenes de Dundee y el confederado empeña su palabra de someterse a la jerarquía del unionista “hasta que Sierra Charriba sea capturado o muerto” (frase ésta que repite constantemente a lo largo del film cada vez que hay un choque entre las tropas que ambos lideran) y dice mucho del valor que a la misma otorga el unionista que no exige garantía adicional, siendo suficiente esa promesa empeñada por Tyreen.
Desde este momento, la historia se centra en un doble frente. De un lado, la obsesión de Dundee por capturar al asesino apache, lo que le lleva en determinadas ocasiones a perder la objetividad y a realizar acciones no del todo justificadas desde el punto de vista militar. De otro, la continua rivalidad entre Dundee y Tyreen, rivalidad que se traslada a los respectivos grupos de soldados y que amenaza con estallar abruptamente en varias ocasiones. Rivalidad, por cierto, que también surge desde el punto de vista sentimental al enamorarse ambos personajes de la misma mujer, lo que da la oportunidad al director para incidir aún más en la psicología y el comportamiento de ambos soldados al quedar patente la distinta forma que tienen ambos de cortejar a su amada.
Con todo, existe una escena que vale por todo un tratado de psicología y donde queda de manifiesto expresamente el carácter y la psicología del pueblo americano. Cuando tras cumplir con éxito su misión en tierras mexicanas regresan de vuelta a suelo americano, son perseguidos de forma inmisericorde por un numeroso grupo de militares franceses (debe recordarse que por aquel entonces México estaba regido por el emperador Maximiliano, cuyo cetro sostenido por las bayonetas francesas era disputado por los partidarios de Benito Juárez). Es entonces, en el río que sirve de frontera entre México y Estados Unidos, cuando estalla la violencia que preside todas las cintas de Peckinpah, si bien de forma sorprendente el conflicto no se produce entre Dundee y Tyreen, ni tan siquiera entre unionistas y confederados, sino entre el grueso de los soldados americanos de uno y otro bando y el numeroso cuerpo de tropas francesas. Se lucha cuerpo a cuerpo y un jinete francés derriba al portaestandarte americano, de tal forma que la bandera que portaba, la de la Unión, cae al agua. Es en ese momento cuando la película muestra un hecho que al espectador, tras casi dos horas de rivalidad abierta entre ambas facciones de americanos, inicialmente le cuesta comprender: Benjamin Tyreen, el capitán sudista, el soldado que lucha abiertamente por la causa confederada que simboliza bandera sureña (la Bonnie Blue Flag que dio origen a unan canción del mismo nombre, aunque ulteriormente fuese sustituida por la clásica bandera que aún hoy en día se identifica con Dixie) se lanza presuroso y arriesgando su propia vida a recoger de las aguas el estandarte de la Unión a cuyas fuerzas está combatiendo, poniéndola en manos de otro soldado unionista para que éste pueda izarla con orgullo. Este momento, ese patriótico gesto de Benjamin Tyreen ofrece toda una lección al espectador. Y es que Tyreen ya no está combatiendo a Dundee, ni tan siquiera al ejército de la Unión, sino a unos militares franceses, es decir, a otra nación; por ello no puede consentir que sea humillada la bandera de la Unión, la enseña a la que nunca ha dejado de considerar “su” bandera pese a que en los últimos cuatro años haya estado combatiendo a las fuerzas unionistas que la defendían. Ante el ataque de un elemento ajeno, la división interna desaparece y de ahí que el confederado pase a considerarse, en ese momento, un norteamericano más.

MANHATTAN MELODRAMA: CUANDO LA MORAL Y EL DERECHO COINCIDEN.

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Manhattan Melodrama es un film del año 1934, dirigido por Woodbridge Stone Van Dyke jr e interpretado por Clark Gable, Myrna Loy y William Powell. En España su título no se parece en nada al original, puesto que aquí se estrenó como El enemigo público número uno, debido a una curiosísima circunstancia: el gánster norteamericano John Dillinger (conocido precisamente como “el enemigo público número uno”) fue abatido a tiros por agentes federales en julio de 1934 cuando salía del cine de ver precisamente esa película. Quienes sean aficionados al cine y hayan visto la película Public Enemies (donde Johnny Depp daba vida a Dillinger) habrán podido comprobar que en el tramo final de la película se incluían escenas de Manhattan Melodrama.

La historia del film rodado por Van Dyke en 1934 no es novedosa, pues nos presenta a la pareja de amigos que crecen a uno y otro lado de la frontera que separa la legalidad de la delincuencia; sin ir más lejos, cuatro años más tarde, en 1938, el inmortal director Michael Curtiz abundaba en este mismo tema en su clásico Angels with dirty faces, protagonizada por James Cagney y Pat O´Brian, aunque con unos tintes bastante más sombríos. Sin embargo, en este caso, Manhattan Melodrama ahonda en un tema que quizá en otros films no llega a alcanzar tan altas cotas de profundidad: el sentido de la lealtad hacia el amigo unido a una ética personal que lleva a los personajes a tomar unas decisiones muy duras derivadas tanto de profundas convicciones morales como de estricto acatamiento a la ley. A Ewward Gallagher, conocido como Blackie Gallager (a quien da vida el “rey” Clark Gable salvo en los minutos iniciales, donde el personaje en su infancia es encarnado por Mickey Rooney) y a James Wade (William Powell) son dos amigos de carácter profundamente distinto que, pese a todo, ven cimentada su amistad por perder a sus progenitores en un trágico accidente al incendiarse un barco en el East River y fallecer gran parte del pasaje. Ambos sobreviven, pero mientras Blackie orienta su carrera hacia el mundo del juego, de los casinos y de las apuestas, Jim Wade lo hace hacia el mundo del derecho. Así, mientras el primero se convierte en uno de los nombres más conocidos de los grandes salones de juego ilegal y de los cabaretes, Wade logra acceder al puesto de ayudante de fiscal. Curiosamente, la novia de Blackie (Myrna Loy) merced a un curioso giro del destino propiciado por éste va a conocer a Wade, de quien se enamora y con quien se acaba casando, con las bendiciones de Blackie, quien, en el fondo, es muy consciente de que su amigo Jim vale mucho más que él.

El conflicto no sólo jurídico, sino moral estalla cuando Wade, ya fiscal de distrito, anuncia su candidatura a gobernador del estado de Nueva York. Pero curiosamente, su éxito electoral depende de un juicio en el que el acusado es precisamente Blackie Gallagher, acusado de matar precisamente a uno de los ayudantes de Wade, a quien éste había despedido por ser una persona poco recomendable. Lo que el fiscal no sabe es que Blackie había cometido el asesinato para ayudar a su amigo, dado que la víctima pretendía emprender una campaña de desprestigio (basado, además, en meros rumores) frente a Wade para impedir su elección como gobernador. Blackie no desea que su abogado gane el caso, y es más, llega al punto de decirle al inicio del juicio que “en lo que a usted respecta este juicio ha terminado” (es significativo que cuando el letrado de Blackie pretende aprovecharse de una tardanza del fiscal debido precisamente a las exigencias de la campaña electoral para gobernador, su cliente le impide beneficiarse de esa circunstancia). Jim Wade hace un vibrante discurso pidiendo la condena del acusado pese a que, es cierto, se desconoce el móvil, pero alegando que ya no son infrecuentes, sino generales los asesinatos que se cometen sin motivo; abrumado y pesaroso, tras su alegato hace pasar una nota a su amigo diciéndole “lo siento, pero tenía que hacerlo”, que es respondida por un no menos significativo “estate tranquilo, chico, que yo lo estoy”. Cuando le comunican que el jurado ha condenado a Blackie, Wade comenta entristecido que “acaban de condenar a un amigo”. Ello le catapulta al cargo de gobernador, desde el cual ha de enfrentarse a la petición de indulto a Gallager, que con profundo dolor rechaza al no haber motivos que lo fundamenten. Es entonces cuando el gobernador se entera de la verdad por boca de su esposa: Blackie ha cometido el asesinato precisamente para silenciar la campaña de desprestigio a su amigo. El gobernador Wade acude finalmente a Sing Sing a despedirse de Blackie, a quien van a ejecutar, y es entonces cuando el aparentemente impasible gobernador se derrumba: “No puedo consentirlo, Blackie. Te indultaré”. Hasta en dos ocasiones el condenado a muerte rechaza el indulto, basándose en que no sólo es su amigo, sino “el gobernador” y que en lo que a Gallager respecta, Wade ha “sido el mejor amigo que he tenido jamás”. A los pocos días de cumplirse la pena capital, el gobernador James Wade convoca a ambas cámaras legislativas en una sesión extraordinaria, y en ella les confiesa las razones por las cuales Blackie Gallager cometió el asesinato que le llevó a la silla eléctrica. Las palabras finales de Wade no tienen desperdicio: “Haciendo dejación de mis deberes, permití que mis sentimientos personales influyeran al ofrecerle el indulto a Blackie Gallager. Que él lo rechazara es lo de menos. El hecho es que he obtenido el cargo de gobernador gracias a un crimen. Es por ello que no me encuentro en condiciones de seguir en este puesto, por lo que no me queda más que renunciar al cargo de gobernador del estado de Nueva York”, algo que hace pese a las protestas de los parlamentarios opuestos a tal renuncia.

Las reacciones de los dos personajes principales dan para un profundo debate sobre derecho y moral. Blackie Gallager no es un asesino; es un personaje que se mueve al borde de la ley, e incluso en numerosas ocasiones vulnerando abiertamente la normativa, pero en asuntos que no merecen un excesivo reproche (se trata de juego y apuestas, donde a nadie se obliga a realizarlas) y que únicamente en dos ocasiones comete actos contra la vida de las personas: una en defensa propia (una persona que le debía dinero intentó estafarle, y a la hora de reclamarle el dinero no sólo se negó a pagar, sino que intentó desenfundar un revolver antes de que le disparara, por lo que desde el punto de vista legal se estaría ante una legítima defensa) y otra en defensa de la reputación de su amigo. Sin embargo, Blackie no se escuda en cuestiones morales, y ni tan siquiera intenta una defensa legal en el proceso, sino que se somete al mismo, reconociendo su culpabilidad y asumiéndolas hasta las últimas consecuencias, silenciando los motivos que le llevaron a cometer el segundo crimen. Por su parte, James Wade se debate entre la lealtad y amistad hacia Gallager y sus obligaciones primero como fiscal y luego como gobernador. Wade parece frío e inflexible, pero internamente está destrozado. Parece que su única brújula para orientarse en estos trágicos acontecimientos lo marca la ley, lo que le lleva a obtener la condena a muerte de su amigo y a denegar la conmutación de la pena. No obstante, esta inflexibilidad aparente es una mera fachada, pues en el momento decisivo, la visita final a su amigo en vísperas de la ejecución, Wade se derrumba internamente y ofrece en dos ocasiones el indulto a su amigo, quien lo rechaza tajantemente siendo además el propio reo a quien van a ejecutar quien ha de tranquilizar la conciencia del gobernador. Pero es entonces cuando Wade, que podría merecer un reproche a ojos del público por el rigor con que ha actuado frente a su amigo, se engrandece ante nuestros ojos al orillar la ley y orientarse por criterios morales. El gobernador podría haber silenciado los motivos del crimen de Gallager y continuar en su puesto, pues al fin y al cabo para eso había muerto su amigo. Pero en lugar de ello hace públicos los motivos de la condena de Blackie y, aunque él ciertamente estaba limpio porque nada sabía del asunto, asume que ha obtenido el cargo gracias a un acto ilícito, lo que le lleva a renunciar pasando incluso por encima de la oposición de los parlamentarios. En definitiva, que en esta ocasión Wade prima la moralidad sobre la legalidad.

Si es posible, recomiendo a los lectores que echen un vistazo a esta película, muestra del buen cine americano y rodada en plena época de la depresión económica ocasionada por el crac bursátil del 29, época en que grandes masas de la población acudían a las salas de proyección a olvidarse durante un rato de sus problemas cotidianos disfrutando del buen cine.

Como guinda final, les ofrezco la escena de la película Public enemies, donde el gánster John Dillinger (Johnny Depp) contempla emocionado varias de las escenas de esta película.

VÍCTOR ROS: UN EJEMPLO DEL BUEN HACER TELEVISIVO.

Victor Ros

Hace ya casi quince días se inició la emisión de la serie Víctor Ros, basada en las novelas de Jerónimo Tristante que tienen como protagonista a este joven policía (según los cánones actuales, dado que a finales del siglo XIX una persona de veintiocho años era ya un hombre hecho y derecho en plena madurez) y como marco histórico-geográfico la España del último cuarto del siglo XIX. Sin duda alguna que los lectores aficionados a las novelas de intriga estarán sin duda familiarizados con este formato debido, sobre todo, a la serie de novelas debidas a la pluma de la escritora Anne Perry y que tienen como protagonista al inspector Thomas Pitt. Pitt es un policía dotado de un enorme poder de intuición, y que desarrolla su labor en la Inglaterra victoriana, también en el último cuarto del siglo XIX, y cuya presentación tiene lugar en la novela Los crímenes de Cater Street (que, por cierto, fue objeto de una adaptación cinematográfica), donde se enfrenta a una serie de asesinatos de mujeres jóvenes, todas ellas por estrangulación. Es en esa novela, la primera de una serie que llega a los veinte títulos, donde conoce a la joven Charlotte Ellison, la segunda de las hijas de un matrimonio de clase media-alta, que acabará convirtiéndose en su esposa y de hecho, la segunda novela, Los asesinatos de Callandar Square, se abre ya con la pareja convertida en matrimonio. El matrimonio Pitt (dado que su esposa no duda en echar un capote al marido) se encarga de resolver crímenes que afectan habitualmente a integrantes de la alta sociedad, y casi siempre se acaba demostrando que la aparente quietud, orden y estabilidad que caracterizaban el sistema victoriano no eran más que una fachada que encubría habitualmente bastante turbiedad. Ni tan siquiera la propia realeza se libra de esa sordidez (como puede comprobarse en Un crimen en Buckingham Palace –donde el escenario del crimen es precisamente el palacio real y la víctima una joven con la que el príncipe de Gales había mantenido un affaire la noche anterior- y, en menor medida, en El complot de Whitechapel –dado que en esta última se juguetea con la tesis de que bajo los asesinatos cometidos por Jack el Destripador podría estar implicado el príncipe Albert Víctor, duque de Clarence y primogénito del Príncipe de Gales, heredero directo, por tanto, al trono de Inglaterra)

Al igual que su equivalente británico, Victor Ros ha de resolver delicadas situaciones en la España del siglo XIX, en concreto en la de los primeros años de la restauración borbónica. Y ello sirve al autor para ofrecer un retrato de la sociedad del momento, con sus luces y sombras y, sobre todo, para ofrecer pinceladas de los gustos de todo tipo (musicales, literarios e incluso religiosos) de la sociedad, así como la notable inclinación a lo paranormal, que desemboca en que muchos, ante situaciones inexplicables, tiendan a buscar respuestas acudiendo al más allá. Ros no. El se guía, al igual que Pitt y que, por supuesto, el gran Sherlock Holmes, por la observación y por el método deductivo, pero también por la notable intuición que desarrolló en sus años juveniles de raterillo en la capital, mundo del que fue rescatado por don Armando, “el molinillo” (como le denominan cariñosamente los propios rateros debido a su particular forma de dar sopapos), un personaje al que no llegamos a conocer físicamente, pues la primera de las novelas (El misterio de la casa de Aranda) se inicia precisamente con la llegada de Víctor Ros a la capital para asistir al entierro de su mentor. Pero, sobre todo, lo que a mi juicio describe muy bien la novela es la tensión (que nunca llega a desembocar en un conflicto abierto) entre razón y fe, entre la investigación científica siguiendo los nuevos métodos de análisis forense y la religiosidad extrema de un sector (bastante amplio todavía, y que alcanzaba incluso a las clases altas) de la población anclada aún en viejos esquemas.

Pues bien, esta serie de novelas ha sido adaptada a la gran pantalla y han podido verse ya los dos primeros capítulos. Evidentemente, existen ciertas discordancias entre la serie y la novela. Para empezar, en el mundo televisivo Víctor Ros aparece en el Madrid de los años noventa del siglo XIX, cuando la presentación literaria del personaje tiene lugar veinte años antes, en 1877; el primer capítulo nos muestra a don Armando como investigador de los asesinatos en serie de unas cuantas prostitutas, siendo finalmente abatido por el asesino, mientras que en la novela esto no ocurre, dado que fallece de causas naturales con anterioridad. Con todo, esas divergencias son lo de menos, puesto que lo que destaca sobre todo es la magnífica ambientación que logra recrear de manera insuperable el Madrid del siglo XIX. Cuando uno observa las calles de ese Madrid finisecular, las impresionantes recreaciones de lugares como la Puerta del Sol o la Plaza Mayor, uno casi está tentado a creer que, en efecto, una cámara ha viajado en el tiempo para traernos imágenes del pasado. Las interpretaciones son igualmente destacables, y ello hace que los personajes sean muy creíbles, y los guiones saben salpimentar una serie policíaca con algún que otro rasgo de humor para relajar el tono de vez en cuando, sin descuidar la trama sentimental, en concreto la pugna entre Lola “la Valenciana” y Clara Alvear, por lograr el amor del protagonista, de cuyo resultado el lector de las novelas seguramente ya está al tanto. En definitiva, que nos encontramos ante un claro ejemplo de que pueden hacerse series de calidad sin necesidad de acudir a guiones extravagantes, diálogos chabacanos y muestras de violencia gratuita.

Por cierto, un dato final. Cuando hace no tanto tiempo glosábamos en este mismo blog la serie “Alatriste”, nos hacíamos eco de la falta de respeto que hacia el espectador suponía la emisión con más de un cuarto de hora de retraso (algo que, decíamos, no era extraño en una cadena que se caracteriza por despreciar de forma abierta al televidente, y no sólo por lo zafio y nauseabundo de su parrilla habitual) sino que además la demora venía motivada por “alargar” un programa dedicado a escarbar en la hediondez más nauseabunda, algo que incluso el propio autor de las novelas, Arturo Pérez-Reverte, ha denunciado a través de su cuenta en Twitter. Pues bien, en este caso no sólo no existe un retraso significativo (uno o dos minutos, a estos efectos, suponen un ejercicio de puntualidad), sino que además puede visionarse sin ninguna pausa, tanto en directo como en internet.

En definitiva, una magnífica serie que nos reconcilia con lo mejor de la televisión, que ya era hora!!!.