HÉROES Y COMPORTAMIENTOS HEROICOS

Attack

Corría el mes de abril del año 1788 cuando en la ciudad de Nueva York una muchedumbre enfurecida se dirigía a la cárcel para linchar a varios reclusos. Los encarcelados eran varios galenos que habían incurrido en un comportamiento que, aun siendo cotidiano a ojos del espectador del siglo XXI, a finales del “siglo de las luces” continuaba siendo considerado no sólo ilícito, sino impío: practicar la disección con cadáveres, que obtenían saqueando tumbas. Las autoridades, más por proteger a los doctores que por estar convencidos de que el comportamiento fuese realmente digno de prisión, optaron por recluir a los físicos en los calabozos de la ciudad. No obstante, la multitud, amparada por la impunidad que otorga al individuo el hecho de diluir su personalidad en la amorfa masa colectiva, considerando que las autoridades estaban siendo bastante complacientes optó por tomarse la justicia por su mano y acudir a la cárcel para “hacer justicia”. Es decir, “su” justicia.

Varias autoridades trataron de oponerse a la muchedumbre, y una de las personas encargadas de mantener el orden se dirigió a casa del entonces Secretario de Asuntos Exteriores de los Estados Unidos, John Jay, quien se encontraba aún convaleciente de una grave enfermedad. Cuando Jay fue informado de la situación, no dudó de lo que había de hacer, y tomando una espada acudió en auxilio de las autoridades para evitar el linchamiento. Cuando, junto con Alexander Hamilton, intentaba repeler a la multitud recibió una pedrada en la cabeza que hizo le hizo perder el conocimiento. Jay tuvo que ser auxiliado por otras personas y llevado a su casa con una gran brecha en la frente que incluso hizo temer por su vida. Afortunadamente, todo quedó en un susto y pudo reponerse. La esposa de Jay narraría en una epístola que dirigió a una de sus amigas los momentos de angustia que pasó cuando vio cómo varias personas introducían en casa el cuerpo ensangrentado de su marido. El que pasaría a la historia como el “doctor´s mob riot” fue sofocado cuando el gobernador de Nueva York, George Clinton, convocó a la milicia estatal para oponerse a los insurrectos. Un año después de este acontecimiento, Jay era nombrado Presidente del Tribunal Supremo de los Estados Unidos.

Jay era una persona que rechazaba todo tipo de violencia (debido fundamentalmente a sus profundas creencias religiosas), que por principio repelía a sus sentimientos, aun cuando considerase que en ocasiones existía la obligación de oponerse a los comportamientos injustos. Pero su actuación demuestra que no dudó en luchar por defender a quienes creía víctimas de una situación injusta. Nadie le obligaba a oponerse físicamente a una muchedumbre enfurecida, y mucho menos cuando aún se encontraba convaleciente de una enfermedad grave, pero su íntimo sentido de la Justicia con mayúsculas le hizo oponerse, arma en mano, a lo que ha sido considerado por algunos como la mayor bajeza moral en que puede caer un ser humano.

El trágico fallecimiento del español Ignacio Echeverría, que armado únicamente con su monopatín no dudó en defender a varias personas que estaban siendo atacadas por terroristas, me hizo evocar el comportamiento de Jay, enfermo y que, espada en mano, hizo frente a una multitud para evitar el derramamiento de sangre inocente. Lamentablemente, Echeverría no tuvo la suerte que en su día tuvo Jay, dado que no sobrevivió al ataque. Pero sin duda alguna lo que demuestra es una afirmación vertida por el protagonista de un capítulo de la serie Bonanza: los héroes están donde uno menos se lo espera y en muchas ocasiones los comportamientos heroicos provienen de quienes uno menos se lo espera. Nadie pensó en su día que Jay fuese capaz de gestos heroicos, ni por su carácter ni por sus convicciones (muy vinculadas al cristianismo protestante); pero ante una injusticia, cuando varias personas iban a ser injustamente linchadas, no dudó en olvidarse de su propio estado de salud y de su integridad corporal para enfrentarse valientemente a un grupo de enojados ciudadanos que iban a atentar contra las vidas de personas indefensas.

¿QUIÉN CONOCE A UN JUEZ DEL SUPREMO?

Who knows

En cierta ocasión, David Souter, cuando aún era juez en activo del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, fue abordado por un matrimonio que se dirigió a él de la siguiente forma: “Usted es Stephen Breyer.” Éste era no sólo uno de sus colegas en el Alto Tribunal, sino uno de sus amigos, y dado que Souter no quería hacer pasar un mal rato a sus dos interlocutores, les siguió la corriente diciendo que, efectivamente, así era. Cuando ya al final, antes de irse, uno de los cónyuges preguntó al juez cual era la mayor satisfacción que le daba el ocupar tal puesto, la divertida respuesta del magistrado fue: “El privilegio de trabajar con David Souter.

La anécdota, totalmente veraz y que Jeffrey Toobin recoge en su libro The nine, muestra un hecho cierto: que el público estadounidense está familiarizado con los jueces que integran su Tribunal Supremo. Pueden confundir físicamente a unos con otros (el propio Toobin reconoce que tomó en cierta ocasión a Anthony Kennedy por William Rehnquist), pero salvo rarísimas excepciones, el público en general conoce quiénes integran en cada momento el más alto órgano judicial de la federación. Los procedimientos de confirmación senatorial permiten conocer hasta el más mínimo detalle de la vida personal y profesional del juez pues en el expediente abierto al efecto quedarán incorporados su currículum vitae, los informes del F.B.I y de la American Bar Association, así como los artículos publicados, sentencias redactadas, conferencias impartidas, seminarios dirigidos y todo el cursus honorum seguido por la persona nominada. El público sabe, pues, no sólo cómo se llama y qué aspecto físico tiene el juez sino, fundamentalmente y lo que importa, cuál es su pensamiento jurídico.

Contrasta esa situación con la del Tribunal Supremo del Reino de España. Salvo en círculos profesionales vinculados al mundo jurídico, el público en general no es ya que desconozca el pensamiento de los magistrados que integran dicho órgano judicial, sino que ni tan siquiera está familiarizado con el nombre de los jueces. En definitiva, que la composición del Tribunal Supremo en nuestro país viene a ser una especie de misterios de Eleusis, una especie de arcano únicamente accesible para los iniciados, pero que deliberadamente se mantiene alejado del público en general.

¿Quién conoce a un juez del Tribunal Supremo? ¿Quién sabe cómo se llaman, lo que piensan, qué han escrito? ¿Son partidarios del activismo o del retraimiento judicial? ¿Ha de otorgarse deferencia a las “political branches” o debe verse en la judicatura un muro que defienda a la persona frente a los ataques del poder público, ya sea éste legislativo o ejecutivo? En este punto, la respuesta no sólo del público en general, sino de gran parte de las personas vinculadas al mundo jurídico sería: no sabe, no contesta. Cierto es que en el portal de transparencia del Tribunal Supremo uno puede encontrar el nombre de los magistrados que integran cada Sala, e incluso existe una breve semblanza biográfica, pero ello de poco nos sirve. Teniendo en cuenta, además, que el procedimiento de selección de los jueces del Tribunal Supremo español si por algo se ha caracterizado es por el hermetismo, tampoco ayuda mucho.

El ya desaparecido juez Antonin Scalia elaboró, en colaboración con Bryan A. Garner, un breve libro de ayuda para los abogados, libro significativamente titulado: Making your case: the art of persuading judges. Uno de los primeros consejos que daban ambos autores era, precisamente, que el abogado que tenía un caso ante un órgano jurisdiccional tenía que: “conocer al juez”. Me temo que en nuestro país, salvo rarísimas excepciones, sería imposible. En el viejo continente se ha identificado independencia judicial con retraimiento social del juez, de igual forma que se equiparaba el rigor jurídico con la severidad en las formas. Craso error, que desgraciadamente aún hoy estamos pagando, aunque desde hace algún tiempo existen motivos para cierto optimismo, pues se comienzan a vislumbrar esperanzadores cambios.

de Monsieur de Villefort Publicado en Opinión

LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y LOS PRESIDENTES AMERICANOS: EL CASO KENNEDY.

prensa

Ni los periodistas ni la prensa en general son imparciales o inmunes a las filias y fobias, simpatías o antipatías que pueden sentir hacia personas o entidades. Ello es algo perfectamente lógico, natural e irreprochable. Ahora bien, tales orientaciones o tomas abiertas de partido suelen disfrazarse sutilmente como “información”, lo cual ya no es en modo alguno admisible. El problema radica en el hecho que es tan sólo una delgada línea roja la que separa la información objetiva y la opinión subjetiva. Y dada la posición y la capacidad de influencia que los medios tienen en la opinión pública ello puede ocasionar que en muchas ocasiones sean precisamente los medios quienes eleven a la condición de semidioses a determinadas personas y que en otras muchas arrojen al fango a otras, simple y llanamente por esas simpatías o antipatías así como, por qué no decirlo (pues ejemplos hay a dar y tomar) por estar a sueldo o en situación de dependencia de esas personas a las que han de elevar a los altares.

Un ejemplo claro de deconstrucción de la biografía de un hombre para sustituirla por  la leyenda de un semidiós es la que tuvo lugar en los años sesenta con el tratamiento que los medios de comunicación dieron a la figura de John Fitgerald Kennedy, a quien se presentó como la nueva imagen del sueño americano, un hombre a quien caracterizaban la juventud, la fuerza, la vitalidad, su condición de hombre de familia y, sobre todo, una visión políticamente avanzada en pro de los derechos civiles y de las minorías. Su oponente, Richard Nixon, era, por el contrario, era un hombre oscuro, gris, reaccionario hasta las médulas y la imagen de establishment político de Washington. A ello contribuyó no poco la imagen que Theodor H White transmitió en su obra The making of the President, que vino a convertirse en poco menos que la obra de cabecera de todo aquel que deseara acercarse a la imagen del trigésimoquinto presidente de los Estados Unidos. Por si fuera poco, las trágicas circunstancias que rodearon la muerte de Kennedy hicieron que la leyenda en vida se elevara ya a la categoría de mito, al igual que ocurrió con figuras como Abraham Lincoln o Alexander Hamilton, este último persona con una innegable capacidad intelectual, pero carente del más mínimo escrúpulo. John Kennedy era, pues, alguien dotado de todas las virtudes, y esa imagen era la que transmitían los medios. Como ocurre siempre, la realidad no era tan sencilla ni tan plana, pues en la construcción de esta biografía los medios de comunicación se habían puesto literalmente al servicio de los Kennedy, algunos de ellos por motivos tan poco elogiables como el haber sido comprados por dicho clan familiar.

Y es que recientemente ha caído en mis manos el impresionante ensayo The real making of the President, de W.J.Rorabaugh, uno de los volúmenes integrantes de la magnífica colección American Presidential Elections que publica la University Press of Kansas. El ensayo es una refutación en su integridad del ensayo que Theodore White escribiera en los sesenta, y para empezar ya se nos advierte que dicho autor formaba parte del grupo de periodistas contratados por Kennedy para seguir su campaña presidencial, lo que ya en principio debería llevar a acoger las tesis de White con las debidas cautelas al estar teñido por una doble parcialidad. Pero cuando uno se adentra en la obra de Rorabaugh comprueba que si la imagen tradicional de Kennedy no era otra cosa que una farsa, la visión tradicional de Nixon tampoco era cierta. Para empezar, aunque se incidía en la juventud de Kennedy, éste tan sólo era cuatro años más joven que su rival en las elecciones presidenciales de 1960. Ideológicamente tampoco eran tan dispares, puesto que si por algo se caracterizaba el entorno Kennedy era por su conservadurismo (Joseph Patrick Kennedy había sido célebre por oponerse a la entrada de los Estados Unidos en la guerra; Robert Kennedy había formado parte del staff del polémico senador McCarthy) y en el ámbito de los derechos civiles el Partido Demócrata tenía mucho menos que ofrecer que los republicanos, pues había sido precisamente el republicano Dwight Eisenhower quien había tenido que imponerse al gobernador demócrata de Arkansas para llevar al debido cumplimiento la sentencia Brown v. Board of Education of Topeka cuando las autoridades estatales se negaron a llevar a efecto la integración escolar, de ahí que Ike optase por federalizar la milicia estatal y a escoltar militarmente a los que desde entonces se conocían como los “nueve de Little Rock”. Tan sólo había una diferencia personal entre Nixon y Kennedy: mientras el primero era un hombre que se había educado en un entorno relativamente humilde y carecía de fortuna personal, el segundo era un potentado que formaba parte de una de las familias más económicamente pudientes del país; buena prueba de ello es que como indica André Kaspi en su popular biografía de Kennedy, el regalo de cumpleaños que Joseph Kennedy otorgó a cada uno de sus hijos al alcanzar la mayoría de edad fue nada más y nada menos que un millón de dólares.

¿Cómo es posible entonces, que el hijo de un millonario, que desde joven padecía serios problemas de salud, con una vida privada llena de infidelidades matrimoniales y que no gozaba de un currículum muy brillante en lo que a la defensa de los derechos civiles atañe ha pasado a la historia como el hombre joven, fuerte, amante esposo y padre pero y, sobre todo, profeta de la igualdad? Pues simple y llanamente gracias a que su familia compró literalmente a los medios de comunicación. No me resisto a transcribir este largo párrafo de la obra citada de Rorabaugh:

The Kennedys were able to keep stories about the vast sums of money and West Virginia´s corruption out of the media. Money, it appeared, could buy votes and manipulate the press into silence. One enterprising reporter from Baltimore Sun wrote and excelent account of the vote buying that he had personally witnessed. He assumed that the story would run on page one but was surprised to find only a watered-down versión in the paper. The independent, family-owned, and undercapitalized Sun could not afford to take on the powerful Kennedys. At the time, Baltimore had a pair of competing newspapers owned by the wealthy  and privately held Hearst Corporation. There had long been ties between the Hearst and the Kennedys, and the Sun could not at that time risk a newspaper war. Publishers had to be alert. Years later, the Republican Boston Herald Traveler was involved in a telecision license scandal. The Publisher suspected that the paper´s corporate counsel had set it up. It was ruined financially and closed, and the Kennedy-oriented Boston Globe became dominant. After the Hearst gossip columnist Igor Cassini irritated the Kennedys, Cassini was indicted on an unrelated matter and had his column killed.

Como se ve, en esta idealización de la figura de Kennedy tuvo mucho que ver la prensa que se rindió a las “poderosas” armas de la familia, que no eran precisamente las virtudes individuales del candidato, sino el color de los billetes que el patriarca del clan se encargó de distribuir generosamente.

En otras ocasiones la construcción y deconstrucción de biografías tiene un matiz más ideológico, aunque sin descartar el componente económico. Baste para ello contrastar el tratamiento que los medios de comunicación han dado a la figura de Barack Obama y a la de Donald Trump. El primero, una persona de innegables dotes comunicativas, que gana en las distancias cortas por su encanto personal, pero que ideológicamente se caracterizó por los vaivenes más extraños, la hipocresía más evidente y por el incumplimiento sangrante de gran parte de su programa electoral. Sin embargo, la presión mediática en su favor era tal que incluso se le otorgó el Premio Nobel de la Paz sin otro motivo que haber sido elegido Presidente de los Estados Unidos, pues apenas llevaba medio año en el cargo cuando se hizo pública la concesión de dicho galardón. El hecho de que continuase la política exterior de Bush (con tan sólo algún que otro retoque formal), mantuviese abierto Guantánamo, e incluso que recriminase a un periodista hispano que osó criticarle levemente en una rueda de prensa espetándole un lacónico “You are in my house”, poco importaron. Por el contrario, Donald Trump es una persona que carece de la más mínima diplomacia, pues si algo le caracteriza es una excesiva logorrea y un escaso (por no decir nulo) respeto a las formas; pero que, hay que reconocérselo, lo que está haciendo es cumplir a rajatabla el programa electoral para el que fue elegido, y en un tiempo record, algo a lo que en Europa en general, y en España en particular, estamos poco acostumbrados, dado que más bien ocurre lo contrario. Sin embargo, no hay día en que los medios (tanto americanos como españoles) adornen el que podría llamarse “rincón de Trump” con todo tipo de críticas, algunas tan chuscas como el hecho de que su hija apareciese sentada en el sillón presidencial flanqueada por su padre y por el primer ministro de Canadá (habría que ver qué hubiese ocurrido si hubiese aparecido de pie y su padre sentado, entonces igual se criticaría el “machismo”).

No obstante, viendo a Trump uno cada vez echa más de menos a Ronald Reagan, que solía desarmar a sus críticos y oponentes con una hilarante anécdota y con su agudo sentido del humor. Quizá la ocasión más célebre tuvo lugar en el tercero de los debates entre Ronald Reagan y su rival, Walter Mondale, y en el seno del cual un periodista reprochó al republicano ser el presidente de más edad, preguntándole si albergaba dudas sobre su capacidad para ostentar el cargo. La respuesta de Reagan fue directa, clara y fulminante, desarmando no sólo al periodista, sino incluso a su rival, que soltó una carcajada por la adugísima respuesta del veterano Reagan: “Not at all…I will not make age an issue of this campaign. I am not going to explote for political purposes my opponent´s youth and inexperience” He aquí el momento, y la imagen de Mondale y del periodista tras esa respuesta dejó ya bien claro que Reagan tenía asegurada la reelección:

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SOBRE ABOGADOS Y PERIODISTAS: UN LAMENTABLE ARTÍCULO PUBLICADO EN “EL MUNDO”.

abogado

En los minutos finales de la deliciosa comedia Sabrina (adaptación cinematográfica que en el año 1954 hizo el genial Billy Wilder de la obra teatral de Samuel Taylor), Oliver Larrabee, el anciano patriarca de la familia, clamaba su malestar contra los periodistas con una airada afirmación: “All columnists should be beaten to a pulp and converted back into paper” (Todos los periodistas deberían ser reducidos a pulpa y convertidos en papel). Lo hacía justo cuando  su hijo menor, David Larrabee (muy acertado William Holden) leía a su hermano mayor, Linus (un muy inadecuado Humphrey Bogart, que intentaba acomodarse en un rol que en el último momento rehusara interpretar Cary Grant) una información publicada en uno de los diarios de Nueva York. Y es que, en efecto, son numerosas las ocasiones en que el séptimo arte ha reflejado la cara menos amable del periodismo, desde la apocalíptica Network (que citábamos en nuestro anterior post) a la algo más amable Front Page (Primera plana) que en 1971 dirigía igualmente Billy Wilder (en realidad, la tercera versión de un drama teatral escrito por Ben Hetch y Charles MacArthur), donde ni el periodismo ni quienes integran la profesión salen precisamente bien parados, empezando por el siniestro Walter Burns (Walter Mattau) director de un periódico capaz de sacrificarlo todo por un titular.

Pese a ello, sería injusto generalizar e imputar a toda una profesión los defectos o lacras de un individuo. Porque, en eso forzosamente hay que estar de acuerdo, en todas las profesiones existen garbanzos negros, individuos que son una auténtica deshonra para el colectivo, pero en modo alguno pueden extenderse los defectos individuales a una corporación. Que un empleado público sea indolente no significa que todo el empleo público lo sea; que un abogado sea deshonesto no implica que la abogacía sea inmoral; que un juez sea venal o prevaricador no quiere decir que la judicatura tenga por norma ese comportamiento; que un periodista se venda al mejor postor no quiere decir que todo el periodismo pueda comprarse. En definitiva, que la profesionalidad y la honradez son cualidades que se predican de una persona, de la misma forma que sus opuestos, la dejadez y la deshonestidad.

Viene todo lo anterior con motivo un artículo de dudoso gusto titulado El peor oficio del mundo, que ha escrito un periodista bonaerense y que ha sido publicado hoy en el diario El Mundo. Confieso que tuve conocimiento del mismo al verlo compartido en la red social Facebook por varios amigos, y decidí sumergirme en su lectura. Me costó ciertamente lo suyo, no sólo porque el individuo en cuestión vomita literalmente su odio hacia la abogacía (además de dejar explícito que posee otros traumas personales muy intensos, como puede deducirse del uso excesivo de determinados sustantivos) sino por hacerlo con un estilo literario bastante pedestre, zafio e indigesto a más no poder, hasta el punto que tras finalizar la lectura del mismo se precisa una buena dosis de bicarbonato para digerirlo. Llama la atención que se antepongan al texto tres palabras  (“relato de ficción”) que ya de por sí son una falsedad, pues ni se está ante un relato ni parece en modo alguno que el mismo sea de ficción, y más bien parece que el objetivo de esos tres vocablos sea precisamente utilizarlos como escudo protector frente a las críticas y posibles acciones judiciales que puedan lloverle con motivo de la publicación. Se empieza, pues, con una mentira, algo que no debe sorprender en tanto en cuanto el propio autor hace una excelente descripción de sí mismo ya bien avanzado el artículo: “todo el mundo descubrió temprano que yo había nacido con la ambigua capacidad de engañar, de convencer a la gente sobre cualquier cosa.” Hablando en plata, un mentiroso compulsivo, un vendedor de crecepelos como el personaje que encarnada Humphrey Bogart en el film No somos ángeles, la clásica cinta dirigida por Michael Curtiz en 1955. Pero, además de mentiroso, no se caracteriza nuestro autor por la modestia, dado que pese a las intolerables descalificaciones hacia la abogacía y sus integrantes, resulta que la visión que tiene de sí mismo el inefable es que de no haber recibido la llamada divina del periodismo, hubiera sido poco más o menos que el rey de los pleitos: “Yo habría sido un gran abogado. El más hijo de puta de todos. El más respetado, el que más culpables ricos habría salvado de la cárcel, el que más inocentes pobres habría metido en prisión. Un gran abogado, sí señor. Una mierda de persona. Hasta tendría un chalet con pileta, un auto grandote”. Pero claro, una profesión como esa le hubiera anulado como persona, de ahí que haya optado por integrarse en el periodismo, otro colectivo cuando menos tan respetado como el de los juristas. Lo único que deja patente el meritado artículo es la catadura y el mal gusto del autor así como el del medio que lo reproduce, que si algo patentiza es la degeneración progresiva que viene sufriendo en los últimos años.

En lo que al mundo del periodismo se refiere mucho podríamos decir, pero En modo alguno ello autioriza a cubrir de expresiones denigratorias al colectivo. Hay medios y personas en el mismo que, ciertamente, se han cubierto de gloria en los últimos años y han hecho gala de un comporatamiento manifiestamente mejorable, pero de ahí a denigrar a toda la profesión o a soltar como ex abrupto la afirmación de Oliver Larrabee con la que abríamos la presente entrada media un abismo. El mismo que separa los términos “Hernán Casciari” y “periodista”.

de Monsieur de Villefort Publicado en Opinión

EL CASO NADIA O LA IRRESPONSABILIDAD DE LA PRENSA ACTUAL: NETWORK REDIVIVO.

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A finales del año 1898, cuando la prensa española reclamaba a grandes titulares la responsabilidad de quienes habían conducido al país a la pérdida de sus últimas colonias, un joven periodista vasco se atrevió a hacer autocrítica y lanzar un dardo envenenado contra los propios diarios, a quienes acusaba de haber sido los promotores del desastre. En un gesto de valentía sin límites, casi diríamos suicida para alguien que se ganaba la vida precisamente del periodismo, manifestaba entre otras cosas: “¡Depuremos las responsabilidades!…A las órdenes de ustedes, señores periodistas. Pero veamos, ante todo, si somos nosotros los más autorizados para lanzar la primera piedra […] Porque por ninguna parte hemos leído esos informes minuciosos, imparciales, escrupulosos, dignos, con que los grandes diarios de otros pueblos suelen ilustrar a sus lectores. Aquí no hemos visto más que noticias de reporteros, infundios de advenedizos ambiciosos y aduladores del poder o del perro-chico y artículos en los que se han hecho y deshecho, levantado y derribado, docenas de reputaciones, tan inmerecedoras de los elogios que se les prodigara, como de los ataques  con que se los desprestigió.“ El joven periodista se llamaba Ramiro de Maeztu, y el artículo donde hacía gala de tan gallarda actitud llevaba por título Responsabilidades, y debió parecerle tan certero que un año después lo incluyó en su libro recopilatorio Hacia otra España. Y conviene no perder de vista que a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX la prensa escrita era mucho más seria, rigurosa y profesional que sus sucesores en el siglo XXI.

Las citadas afirmaciones de Maeztu me vinieron a la memoria al albur del ahora denominado “caso Nadia”. Hagamos memoria. Hace no tanto tiempo un progenitor acudió a diversos medios de comunicación, escritos y televisivos, solicitando dinero para su hija enferma, dado que precisaba importantes cantidades de dinero para someterla a un oneroso tratamiento que por desgracia nuestro país no suministraba. Diferentes programas dieron su asilo al padre y a la niña, a quienes exhibieron en sus shows matutinos logrando beneficios recíprocos, pues mientras las emisiones incrementaban las audiencias excitando el pulso emocional del espectador con las lágrimas dolientes del padre y los inocentes correteos de la menor por el plató, la cuenta corriente del meritado progenitor alcanzaba las seis cifras. Ningún medio de comunicación se molestó en verificar si la historia era cierta o si no había en la misma indicios que permitieran cuando menos sospechar que existía gato encerrado. No. Lo importante era la conjunción de intereses entre los medios a la búsqueda de audiencias y los padres a la búsqueda de ingresos fáciles, de tal forma que la pequeña Nadia pudo ver a su padre convertido poco menos que en la versión masculina de La reina de Nueva York, aunque careciese de la gracia y la prestancia de Carole Lombard. Sin embargo, poco tiempo después saltó la liebre demostrando que esa emotiva historia no era más que un cúmulo de falsedades que encubrían un vulgar intento de estafa aprovechándose de la buena fe de la gente. El dinero recaudado no servía para sufragar el tratamiento médico de la menor, sino para satisfacer los caprichos de los progenitores, siendo detenido el padre cuando éste proyectaba la fuga. Fue entonces cuando esos mismos medios de comunicación que alzaron en volandas a una persona hasta el cielo de la fama le retiraron súbitamente los apoyos para hundirle en el cieno. A partir de entonces, esos medios que no tuvieron empacho en exhibir al ahora investigado por sus platós sin comprobar la veracidad de la historia, esos mismos medios que hicieron de la imprudencia su bandera, tratan de lavar su imagen de la manera más vil, rastrera y cobarde. No es que el sujeto no merezca algunos de los severos calificativos con que se le adorna, muchos de los cuales no es que le cuadren, sino que pecan de generosos. Pero uno se pregunta qué epítetos merecería esa prensa irresponsable, ese periodismo de salón que por un titular sacrifica todo lo que sea menester, incluso lo más sagrado para un periodista: la veracidad, antaño bandera, patrimonio y honra irrenunciable hasta para el más humilde gacetillero.

Hace cuarenta años, Sidney Lumet dirigió la película Network, ambientada en el mundo televisivo y en la lucha por las audiencias. En ella narra la historia de Howard Beale (impresionante Peter Finch, que ganó un oscar por su interpretación), quien en un ataque de ira porque va a ser despedido pronuncia un incendiario discurso en su programa de despedida que, sorprendentemente, cala en la población. Debido al éxito de su soflama la cadena da marcha atrás y le mantiene, pero nada es eterno, y las cifras de audiencia vuelven a caer mientras Beale se vuelve cada vez más difícil en su trato. La cuestión llega a tal punto que los productores no saben qué hacer para aumentar la audiencia, momento en el que una persona, en tono jocoso, propone nada menos que asesinar al presentador al iniciarse el programa. Lo que parecía una boutade dicha a modo de broma, fue tomada en serio, hasta el punto que uno de los directivos, Frank Hackett (encarnado por Robert Duvall), en plena reunión interroga a los presentes absolutamente en serio: “Well, the issue is: Shall we kill Howard Beale, or not? I’d like to get some more opinions on that”. Poco después, cuando se inicia el programa televisivo y Howard Beale saluda al público alguien se levanta y dispara sobre el presentador, mientras una voz en off indica: “This was the story of Howard Beale: The first known instance of a man who was killed because he had lousy ratings.” No cabe duda que lo que en el año 1976 parecía una exageración, hoy puede no serlo tanto. Pero lo que no deja de ser cierto es que a muchos programas que emiten hoy en día les es aplicable una frase pronunciada por Hackett cuando se le opone que su actitud vulnera todas las normas del periodismo responsable: “We’re not a respectable network. We’re a whorehouse network, and we have to take whatever we can get.”

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LA HIGH COURT OF JUSTICE Y LA SENTENCIA SOBRE EL BREXIT (II): RAZONAMIENTOS JURÍDICOS. EL ATAQUE DE LA PRENSA A LOS JUECES

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Continuaremos en el presente post la glosa de la sentencia dictada por la High Court of Justice del Reino Unido relativa a la competencia para ejercitar las facultades tendentes a iniciar el procedimiento de salida de la Unión Europea.

El núcleo de la controversia jurídica se resume perfectamente en los párrafos 35 y 36 de la sentencia (páginas décima y undécima), aunque un poco más adelante, en el párrafo 73, se contiene una interesantísima advertencia a los potenciales lectores de la misma: “Los razonamientos jurídicos de las partes constan transcritas y son accesibles a través de internet sin coste alguno. Es posible, por tanto, resumir brevemente los mismos”. La tesis principal de los demandantes se adelanta en el párrafo 35: “Es en este contexto legal en la que la parte demandante y otros interesados entienden que la ECA 1972 [European Community Act] y otros textos legales según los cuales el derecho comunitario tiene influencia en el ordenamiento interno no dejan lugar al uso de la prerrogativa regia para iniciar el procedimiento previsto en el artículo 50 del TUE y otros Tratados”. Por el contrario, el trigésimosexto sintetiza la pretensión de la parte demandada: “Al mismo tiempo, y en este contexto, la Secretaria de Estado alega que la prerrogativa regia para iniciar el procedimiento previsto en el TEU no ha sido derogado por la legislación. Se argumenta que el Parlamento ha reconocido que la Corona tendría la potestad, en el uso de las prerrogativa para dirigir la política internacional, para comunicar el inicio del proceso establecido en el artículo 50…” En definitiva, se trata de verificar si la competencia para iniciar la desconexión del Reino Unido de la Unión Europea ha de iniciarlo el Gabinete (como órgano que ejercita de ordinario las prerrogativas depositadas históricamente en la Corona) al tratarse de un asunto que afecta a la política internacional o si por el contrario ha de ser el Parlamento quien deba tomar esa decisión.

La resolución judicial ya ofrece una pista de por dónde iban los tiros en el párrafo 41: “la Corona no podría haber ratificado la incorporación del Reino Unido a las Comunidades Europeas a no ser que el Parlamento hubiese aprobado la correspondiente legislación. Era necesario, pues, que el Parlamento legislase para que el ordenamiento comunitario tuviese efecto en el ordenamiento interno de las jurisdicciones en el Reino Unido como requerían los Tratados…” Digo que ya da una pista porque es un principio jurídico existente en casi todos los ordenamientos que para dejar sin efecto una normativa es preciso utilizar el mismo procedimiento que para aprobarla. A continuación la sentencia efectúa un largo excursus sobre la naturaleza jurídica de la European Comunity Act y sus modificaciones, a las que incluso se ha otorgado naturaleza constitucional.

Y es aquí donde la sentencia distingue dos cuestiones que ofrecen soluciones jurídicas distintas. La primera, que la Corona no puede utilizar sus potestades de prerrogativa para modificar el ordenamiento jurídico interno, dado que ello es una función que corresponde al Parlamento. Por otra, no niega que las cuestiones internacionales sí que entran dentro de la prerrogativa regia, pero siempre y cuando carezcan de efecto en el ordenamiento interno, en cuyo caso no es posible utilizarla, salvo que el Parlamento le haya autorizado previamente. Aplicando la tesis general al caso concreto, ello implica que: “Si interpretamos la ECA 1972 a la luz del contexto constitucional, entendemos evidente que con la aprobación de la misma el Parlamento pretendió transformar el ordenamiento comunitario en derecho interno, de tal forma que no puede dejarse sin efecto mediante el ejercicio de la prerrogativa regia. Con la aprobación de dicha ley, la Corona carece de potestad para acordar la retirada de la Comunidad….” Conclusión que reitera en el párrafo final: “Por las razones expuestas, la Secretaria de Estado carece de potestad, bajo la prerrogativa regia, para iniciar el procedimiento previsto en el artículo 50 del TUE para iniciar la retirada del Reino Unido de la Comunidad Europea.”

Con todo lo anterior, es de indicar que se ha desatado una campaña de prensa auténticamente feroz contra los jueces que han dictado la sentencia que acabamos de glosar. Quien se llevó la palma fue el Daily Mail, quien dedicó al asunto nada menos que su portada a toda página, donde bajo un retrato de cada uno de los tres jueces (con sus togas rojas y dieciochescas pelucas empolvadas) plasmó este brutal titular: “Enemies of the people: fury over out of touch judges who defied 17.4.m Brexit voters and could trigger constitutional crisis” (Enemigos del pueblo: furia contra los jueces “fuera de onda” que desafían a diecisiete millones de votantes favorables al Brexit y que pueden disparar una crisis constitucional). He aquí la polémica página:

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El Daily Express fue menos draconiano, aunque también culpaba a los jueces con el siguiente titular: “Three judges yesterday blocked brexit. Now your country really does need you. WE MUST GET OUT” (Ayer, tres jueces bloquearon el brexit. Ahora, tu país realmente te necesita: DEBEMOS SALIR). El clásico Daily Telegraph sobre una foto de cada uno de los jueces colocaba el siguiente titular: “The judges versus de people” (jueces contra el pueblo. Con todo, lo grave no es eso, sino que nada menos que la Primera Ministra, Theresa May, cuya postura ha sido ciertamente equívoca, pues manifestó “Creo y valoro la independencia de nuestra judicatura, pero también valoro la libertad de prensa.”

Tales críticas no sólo son inusuales, sino desproporcionadas e injustas. Porque la sentencia (y lo dice bien claro) no se pronuncia sobre el fundo del asunto, sino tan sólo sobre un asunto competencial: determinar cual es el órgano que ha de tomar la decisión de iniciar el procedimiento de desconexión. Quizá la brutalidad del ataque se deba a que la peculiaridad del sistema británico, donde la soberanía no reside en el pueblo, sino en el Parlamento, pueda conducir a que éste se aparte de la decisión expresada por el pueblo en el referéndum, algo que no creo sea realmente probable, pero que sí es jurídicamente posible. Pero entonces la culpa no estaría en los jueces, sino en el Parlamento.

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REFLEXIONES SOBRE LOS COMICIOS PRESIDENCIALES EN ESTADOS UNIDOS

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Aunque teníamos previsto abordar la segunda parte de nuestro anterior, post, la rabiosa actualidad de lo acontecido en las elecciones presidenciales norteamericanas celebradas el pasado martes día 8 de noviembre de 2016 impone un análisis que pretende cohonestar aspectos jurídico-constitucionales, políticos e históricos acerca de la naturaleza de los comicios presidenciales en los Estados Unidos.

1.- JURÍDICO-CONSTITUCIONALES.

A.- Ausencia de elección directa presidencial. Ha de partirse de un hecho no por básico bastante olvidado: no existe en los Estados Unidos una elección directa del Presidente, y ello es así porque los founding fathers se mostraban tan recelosos de un Jefe de Estado dependiente hasta la médula del Parlamento, como de una elección presidencial directa que pudiera facilitar a un demagogo invocar la legitimidad popular directa frente a las propias Cámaras legislativas. Por ello, idearon la fórmula del Electoral College, según la cual serían los compromisarios (electors) elegidos por cada estado (en la forma en que la legislatura estatal legalmente estableciera), quienes elegirían al máximo responsable del ejecutivo federal. Los compromisarios de cada estado se reunirían en la capital de dicho estado (no hay una reunión física del Electoral College más allá de esta reunión de los compromisarios estatales), y emitirían dos votos, uno de los cuales habría de ser para una persona que no fuese residente en el Estado. Con ello se pretendía garantizar que fuesen personas de una alta estimación y de amplio reconocimiento quienes ostentasen el cargo. No obstante, este sistema quebró con la aparición de las facciones republicana y federalista, germen de los futuros partidos políticos, y la práctica del electoral ticket, es decir, una coalición electoral entre dos personas del mismo partido en virtud del cual uno se presentaba como candidato a la presidencia y otro para la vicepresidencia. Fue lo que ocurrió desde 1796, y que llevó a una crisis constitucional gravísima en 1800, cuando Thomas Jefferson y Aaron Burr (candidatos de una misma facción, la republicana –pese a la denominación, hoy equivalente al Partido Demócrata-) empataron a voto compromisario y la elección final hubo de recaer en la Cámara de Representantes. La Duodécima enmienda constitucional solventó el problema imponiendo la distinción en el voto, de manera que se separase el de la Presidencia del de la Vicepresidencia.

Otro dato a tener en cuenta es que el compromisario no está ligado por mandato ni vinculado a orden alguna, de manera que sería jurídicamente posible que el mismo emitiera libremente su voto sin ajustarse a la candidatura para la que fue elegido. No obstante, el que sea jurídicamente posible no implica que ello sea políticamente aconsejable, salvo en supuestos muy extremos, como ocurrió en las elecciones presidenciales de 1796 donde, para evitar el empate a voto entre los candidatos federalistas a la presidencia y a la vicepresidencia, uno de ellos votó por otra persona.

B.- Consecuencias de la existencia del Electoral College.

La existencia del anacrónico Electoral College determina o implica que no necesariamente el candidato más votado sea finalmente el elegido, porque lo que facilita el acceso a la Casa Blanca es el voto compromisario y no el voto popular. Quizá suene extraño, pero es así.

C.- Importancia de la separación de poderes y los frenos y equilibrio.

Estados Unidos es un ejemplo de interpretación bastante eficaz en la práctica de equilibrio de poderes en una doble vía. La primera, se divide entre el poder federal y el de los estados, de manera que son las instituciones estadounidenses federales las que tienen competencias tasadas (las que refleja el texto constitucional) permaneciendo en manos de los estados las no atribuidas expresamente en dicho documento al Congreso de los Estados Unidos. Pero existe un equilibrio muy detallado entre los tres poderes federales, de tal manera que legislativo, ejecutivo y judicial han logrado evitar que uno de los poderes prevalezca sobre ellos.

2.- POLÍTICOS.

Desde el punto de vista político, el candidato republicano hacía una campaña que tenía en su contra no sólo a los grandes medios de comunicación (alineados casi in totum hacia el lado demócrata), sino a parte de la misma formación por la cual se presentaba. Por el contrario, la candidata demócrata era un producto más rancio del establishment político norteamericano, los fondos obtenidos por la misma triplicaban los obtenidos por el republicano y los medios de comunicación la apoyaban de forma casi unánime. Algunas de las manifestaciones de las acusaciones efectuadas hacia Donald Trump eran ciertamente curiosas viniendo de quien venían, pues a sarcasmo y no a otra cosa puede sonar que alguien que lleva el apellido Clinton hable de respeto hacia las mujeres. La candidata demócrata apeló sobre todo al voto femenino e inmigrante, mientras que el republicano apeló al nacionalismo estadounidense frente a la casta política tradicional, a la que atacó de forma inmisericorde. Por cierto, no deja de ser curioso que en las naciones de la vieja Europa las formaciones “del cambio”, las que criticaron de forma inmisericorde a la “casta política” manifestaran abiertamente su apoyo a la candidata que reflejaba las peores costumbres de la casta política estadounidense, la que podríamos denominar la niña mimada del establishment. Bien es cierto que la influencia de esas opiniones en Estados Unidos suelen ser nulas, y si a algo se asemejan es a aquel redactor de periódico que, en la época franquista, se sentó a su mesa impertérrito afirmando: “Voy a hacer un editorial que se van a enterar en el Kremlin.” También queda con ello manifiesta la evidente sensación de superioridad de algunos, que poco más o menos tienen de los estadounidenses la misma opinión que de ellos manifestaba en El árbol de la ciencia (la célebre novela de don Pío Baroja) el padre de Andrés Hurtado: los estadounidenses eran todos unos vendedores de tocino que al ver a los primeros soldados españoles tirarían las armas y echarían a correr.

Aun dándose tan grave desproporción, el republicano logró la victoria, inclinando de su parte a los denominados key state, alguno de los cuales supone un auténtico triunfo, dado que por ejemplo el estado de Pennsylvania no se inclinaba hacia los republicanos desde las elecciones presidenciales de 1988, es decir, desde hace veintiocho años. Es evidente que se trata de simplificar mucho la situación, llevando a caricaturas personales que distorsionan la perspectiva. Pero lo cierto es que el mensaje populista y nacionalista de Trump guste o no ha calado en una gran capa de la población. Y es curioso que Hillary Clinton haya sido la primera candidata derrotada que demoró su concession speach durante más de diez horas.

Eso sí, pasadas las elecciones, los discursos tanto del candidato victorioso, como de la candidata derrotada y del presidente en funciones han sido impecables: llamamiento a la unidad y al patriotismo. Sorprendió en Trump, tras sus virulentos ataques en la campaña hacia su rival, el elogio hacia la misma pronunciado en plena celebración triunfal, de igual forma que Obama recordó las diferencias políticas que él y Bush jr habían tenido que no impidió un pacífico traspaso de poderes.

El resultado electoral sí que tendrá su proyección en el Tribunal Supremo, dado que la vacante que dejó Antonin Scalia será cubierta presumiblemente por alguien ideológicamente afín al fallecido juez. Merrick Garland, el candidato propuesto por Obama en marzo del año pasado, verá como su nombramiento caduca sin que el Senado de los Estados Unidos se haya dignado siquiera establecer un hearing para escuchar sus propuestas lo cual, si bien es políticamente válido, no deja de ser un gesto de mala educación.

3.- HISTÓRICOS.

La prensa española, en su descarada toma de partido por la candidata demócrata, ha efectuado a lo largo de la campaña y, sobre todo, al conocerse la victoria del candidato republicano, afirmaciones que no responden a la verdad. La más grave fue la de afirmar que Donald Trump es el primer Presidente que llega a la Casa Blanca sin experiencia política previa, lo cual supone que los autores de dicha afirmación no deben estar familiarizados con las figuras tanto Ulises S. Grant como Dwight Eisenhower, los dos militares que llegaron a la Presidencia, ninguno de los cuales había ocupado responsabilidades políticas con anterioridad (en el caso de Ike pudiera decirse que ocupó el cargo de Gobernador de la zona americana en Alemania tras la victoria de los aliados, pero no dejaba de ser un puesto militar, y no político). Esos mismos medios inciden también para tratar de mitigar la derrota que el voto popular mayoritario se inclinó del lado de la candidata demócrata. Pues bien, el hoy idolatrado Abraham Lincoln en alguno de los estados del sur no logró ni un solo voto popular, y su victoria se debió a que los demócratas dividieron su voto, pues el sur presentó su propio candidato. Olvidan también que la diferencia de votos en las elecciones presidenciales de 1960 entre John F. Kennedy y Richard Nixon apenas sobrepasó los cien mil votos (Kennedy logró 34.220.984 y Nixon 34.108.157) y con más que fundadas sospechas de que en el estado de Illinois, y más concretamente en Chicago, Kennedy logró la victoria por medios nada limpios (algo que reconoce incluso Andrew Gumbel en su obra Steal this vote, en el apartado que dedica a estos comicios); no obstante lo cual tan reducida diferencia se tradujo en una enorme disparidad en voto compromisario bastante parecida, por cierto, a la de las elecciones presidenciales de 2016, puesto que Kennedy logró 303 votos electorales mientras que Nixon sólo obtuvo 219.

Otro asunto que se suele olvidar es que el Partido Republicano nació en 1854 precisamente para evitar la extensión de la esclavitud en territorio norteamericano, y que fue una gran parte del Partido Demócrata (no todo, justo es decirlo, pero gran parte) quien no sólo se alió con los esclavistas, sino que apoyó precisamente la home rule durante más de un siglo.

4.- CONCLUSIÓN.

El 4 de marzo de 1801, el republicano Thomas Jefferson ponía fin a un lustro de dominio federalista, inaugurando la época que se conocería como “dinastía de Virginia” (presidencias de Thomas Jefferson, James Madison y James Monroe). Cuando tras unos comicios francamente duros y tras una crisis constitucional de primer orden, finalmente el virginiano (por cierto, una de las personas más hipócritas que ha dado la política norteamericana) pronunció su discurso inaugural, hizo un llamamiento a la unidad con una frase que se ha hecho justamente célebre: “We are all republicans; we are all federalist.” Quería incidir con ello en una nota distintiva del carácter estadounidense: por encima de divisiones, querellas intestinas o similares, todos son estadounidenses. En eso radica su gran logro.

de Monsieur de Villefort Publicado en Opinión

VEHÍCULOS AUTÓNOMOS: PROBLEMÁTICA SOCIAL Y JURÍDICA.

KITT

El número 80 (septiembre de 2016) de la Revista de la Asociación de Antiguos Alumnos CEF-UDIMA publica un breve artículo titulado La rebelión de las máquinas,  del que es autor Maximino González Barfaluy. El mismo reflexiona acerca de las consecuencias que acarrea la progresiva implantación de los vehículos autónomos, es decir, aquéllos en los cuales “marcamos un destino y el vehículo hace absolutamente todo. Elige la ruta mejor según el tráfico, frena, acelera, y se ocupa de todo lo relacionado con la conducción […] En estos coches sí que no existe voluntad del conductor, con lo cual podríamos ir literalmente durmiendo y el vehículo seguiría hasta destino de igual manera.” En definitiva, que el conductor no es que haya quedado relegado, sino que ha sido suprimido, pues la única misión del antaño guía del automóvil se limitará a indicar el punto de destino, pudiendo a continuación despreocuparse porque tanto el desplazamiento físico como las decisiones fundamentales relativas a la conducción las tomará el ordenador. Si el público de los años sesenta para imaginarse esto tenía que acudir al ejemplo de Herbie, un volante loco, sin duda alguna quienes crecimos en la década de los ochenta evocaremos las palabras “KITT, te necesito”, con las que Michael Knight demandaba el auxilio del Knight Industries Two Thousand. KITT ya no es un producto de la ficción, sino que ha llegado con este tipo nuevo de vehículos, a los que únicamente les falta un software que proporcione conversación, aunque todo se andará.

Ahora bien, como indica este breve e interesantísimo trabajo, “toda ayuda a la conducción está bien mirada, pero hay un lado oscuro.” Ese lado oscuro no es otro que la excesiva y casi diría enfermiza obsesión por dejar en manos de la tecnología la adopción de decisiones relevantes. Pero en este caso ello puede conducir a resultados no siempre deseables. Pues bien, en el artículo que comentamos el autor ofrece un ejemplo concreto: “Supongamos que un vehículo autónomo atraviesa un cruce, en el que va a impactar con otro vehículo. Tiene varias opciones: una impactar contra el vehículo y otra esquivarlo, pero al evitarlo ha de decidir si subir a una acera con peatones o caer por un terraplén. La decisión debería tomarla el conductor, y en caso de elegir una poco acertada será el responsable de la decisión. En este tipo de vehículos ¿a quién se dará prioridad? A un niño, a un perro, a una farola. Es más, probablemente estemos viendo nuestra serie favorita mientras se produzca el incidente, con lo cual con suerte sabremos qué ha pasado a posteriori, sin poder argumentar nada.” Al aficionado al cine este ejemplo quizá le suene familiar, pues en uno de los títulos célebres de la ciencia ficción, Yo, robot se da una situación parecida: un robot ha de enfrentarse a una decisión que a un ser humano le parecería terrible y dolorosa y que, además, ha de efectuar en apenas varios segundos: en un vehículo accidentado al caer al río y donde existen dos personas atrapadas en el mismo (un adulto y un niño) ha de decidirse, ante la imposibilidad de salvar a ambos, cuál va a ser el elegido; el robot toma esa decisión no en base a sentimientos, sino a meros cálculos probabilísticos.

Desde el punto de vista jurídico, la implantación de este tipo de vehículos puede traer consecuencias sin duda interesantes sobre las que merecería reflexionarse. Sin duda alguna no afecta para nada a la obligación de indemnizar en caso de accidente, pues en este supuesto las compañías aseguradoras estarían obligadas a indemnizar a terceros por los resultados dañosos que se produzcan a consecuencia del hecho circulatorio. Pero desde la óptica civil, penal y, sobre todo, administrativa, sí que pueden darse situaciones curiosas. ¿Qué futuro tiene, por ejemplo, el tipo penal y administrativo de “conducir bajo la influencia de bebidas alcohólicas o drogas tóxicas”? En puridad, en este tipo de vehículos el grado de alcohol que lleve el usuario del mismo sería irrelevante, porque no es él quien conduce y quien toma las decisiones relativas a la circulación, con lo cual no genera ninguna situación de peligro ni puede decirse que suponga un riesgo o una amenaza para el resto de vehículos. Pensemos un ejemplo concreto. Una persona que ha tomado varias copas y que, tras subirse a su automóvil programa correctamente el destino y se limita a reclinarse en su asiento a escuchar la radio mientras su coche le lleva cómodamente a su destino, con la mala suerte de que se ve implicado en un accidente. Los agentes encargados de la seguridad del tráfico le hacen la prueba de alcoholemia y la misma arroja un resultado positivo, pero al mismo tiempo acreditan que esa persona no era quien conducía, pues lo hacía automáticamente el mecanismo tecnológico del vehículo. ¿Es posible imputarle una infracción penal? No, porque falta el elemento culpabilístico, dado que no existe dolo o negligencia si se demuestra que introdujo correctamente las señas de su destino y, por tanto, al no ser físicamente quien conducía no puede imputársele ningún tipo de culpa; tampoco puede imponérsele una sanción administrativa, pues el tipo infractor administrativo implica igualmente que la persona con elevada tasa de alcohol en sangre conduzca físicamente, y en este caso no se daría esa circunstancia. Pero es más, incluso desde el punto de vista civil habría consecuencias, porque la compañía aseguradora del vehículo que ocasiona el siniestro no podría repercutir a su asegurado el importe satisfecho por daños a terceros aún cuando éste estuviese en la práctica en situación de delirium tremens siempre que se demuestre que el mismo no conducía efectivamente. En realidad, gran parte de las sanciones administrativas decaerían, aunque probablemente las distintas Administraciones, que han hecho su agosto con las sanciones administrativas en materia de circulación seguramente idearán algún mecanismo para solventar este problema, como por ejemplo imputar los hechos directamente a la persona ocupante del vehículo aunque el mismo no sea conductor efectivo, o bien a través de algún mecanismo de responsabilidad subsidiaria. Todo antes que perder este suculento pastel en forma de miles de millones de euros con que sangran a los ciudadanos.

No obstante, sí quisiera apuntar una circunstancia, y es la enfermiza y cada vez más preocupante tendencia del ser humano a delegar en máquinas la toma de decisiones. Y ello me recuerda un capítulo de la segunda temporada de la serie SeaQuest DSV, donde el gigantesco submarino que da título a la serie es catapultado a un futuro donde únicamente existen máquinas y donde parte de la tripulación se ve atrapada en medio de la lucha de dos feroces robots, que poco después descubren son manejados a distancia por dos seres humanos, un chico y una chica ambos adolescentes. Cuando llegan a un inmueble donde se ubica un gigantesco ordenador, éste les explica que la humanidad llegó a tal grado de desarrollo tecnológico que los seres humanos cada vez se relacionaban menos entre ellos y lo hacían a través del ordenador, hasta el punto que los dos únicos habitantes de la tierra en ese momento eran el chico y la chica que los tripulantes del SeaQuest habían encontrado. El problema era que su dependencia de las máquinas era tal que, al intentar que éstos de alguna manera entablaran una conversación, lo rechazaban para acudir cada uno a la terminal de un PC. El ordenador central hizo saber a los tripulantes que la única opción de garantizar el futuro de la humanidad consistía en que se liquidase la fuente que alimentaba todos los sistemas informáticos, es decir, liquidar el propio ordenador central, quien llega a demandar en términos realmente dramáticos y suplicantes al responsable tecnológico del submarino que le desconectara, algo que efectivamente hace. ¿Será acaso éste el futuro que nos depara la humanidad?

¿MANTIENE UN CANDIDATO A LA PRESIDENCIA DEL GOBIERNO DICHA CONDICIÓN TRAS SER RECHAZADA SU INVESTIDURA?

Congreso de los Diputados

Aunque el planteamiento de dicha cuestión pueda sonar extravagante, no crea el lector que la misma ha salido de la imaginación del redactor de estas líneas. A raíz de la frustrada investidura del candidato Mariano Rajoy, he visto ya hasta en un par de ocasiones lanzar este interrogante, al que sorprendentemente se ha dado una respuesta positiva. Así aparece en la edición en papel del diario El Comercio correspondiente al sábado día 3 de septiembre de 2016. Por su parte, la juez y diputada Margarita Robles, en una entrevista que concedió al programa Es la Mañana el viernes 2 de septiembre de 2016, aun no siendo tan categórica o tajante, sí que ha planteado la cuestión indicando que la cuestión plantea serias dudas.

Desde el punto de vista estrictamente jurídico, entiendo que no cabe otra respuesta que la negativa, es decir, que un candidato propuesto por el Rey pierde automáticamente dicha condición si no logra obtener el apoyo en las dos votaciones de investidura. Intentaré motivar mi respuesta.

1.- En principio, hemos de partir del artículo 99 de la Constitución, en concreto el párrafo cuarto: “Si efectuadas las citadas votaciones no se otorgase la confianza para la investidura, se tramitarán sucesivas propuestas en la forma prevista en los apartados anteriores.” Una vez que tenemos ya fijado el texto constitucional a aplicar, hemos de desentrañar el sentido del mismo, aplicando los criterios interpretativos usuales: texto, historia, tradición, precedentes, propósitos y consecuencias.

2.- Partamos de una interpretación literal, que es la primera que ha de efectuarse. Si analizamos el párrafo en cuestión, tanto de forma aislada como junto con el resto del artículo, permite entender que si el candidato es rechazado en la segunda votación la candidatura ha decaído por agotada, en cuanto la Cámara ha rechazado otorgar la confianza al candidato. En efecto, no otorgada la confianza, “se tramitarán sucesivas propuestas”, es decir, que carecería de sentido sostener que se mantiene la candidatura rechazada si han de tramitarse con carácter obligatorio otras propuestas (obsérvese que el texto constitucional utiliza la forma imperativa), que implican la presentación al Congreso de un nuevo candidato a la presidencia del Gobierno. Pero es más, si se interpreta dicho precepto conjuntamente con el artículo 114 de la Constitución, la respuesta es aún más sencilla: carecería de sentido que si el Congreso niega la Confianza al Gobierno este cesa de forma automática, perdiendo lógicamente su condición, y si la niega a un candidato a presidente éste mantenga la candidatura.

3.- Si acudimos a los precedentes, es decir, a la práctica política o a las convenciones constitucionales, éstas son más bien escasas, pues se limitan a lo acaecido en la legislatura precedente. Ahora bien, ello nos permite ratificar la respuesta a la que se llega con la interpretación literal. Cuando el Congreso negó la confianza a Pedro Sánchez, el monarca inició una nueva ronda de consultas en aras de proponer un candidato, explicitando con ello que la candidatura del socialista se encontraba agotada al haber sido rechazada por el Congreso. Nadie se planteó entonces si éste mantenía, tras el rechazo de la Cámara baja, la condición de candidato a presidente.

4.- Si acudimos a los propósitos y consecuencias del artículo, la respuesta negativa al interrogante refuerza aún más la tesis negativa. Lo que pretende el artículo es regular la elección del Presidente del Gobierno estableciendo la forma de proposición de candidato a dicho puesto y el procedimiento de investidura. Ahora bien, no existe propiamente el puesto de “candidato a presidente del gobierno” con visos de continuidad pese a un eventual rechazo de la Cámara. Dicha condición, la de candidato a presidente, tiene una duración temporal cuyos límites están claramente fijados en el texto constitucional: se adquiere con la propuesta formal del Jefe del Estado al Congreso por conducto del Presidente de la Cámara, y se cesa en ella bien cuando el Congreso  otorga la confianza tras el debate de investidura (momento en el que pasa a ostentar ya la condición de Presidente, aunque deba aún jurar o prometer el cargo ante el Rey) o cuando la rechaza (momento en que la candidatura pierde formalmente tal carácter al ser rechazada). Pero es más, si forzásemos la interpretación hasta el punto de sostener que el candidato rechazado por el Congreso no pierde tal carácter, ello nos llevaría al absurdo de sostener que podría bloquear la situación, toda vez que podría negarse a ceder dicha condición impidiendo así al Rey efectuar una nueva propuesta.

5.- No debe confundirse el mantener la condición de candidato a presidente con la condición de Presidente del Gobierno en funciones. Mariano Rajoy continúa manteniendo tal condición hasta el momento en que el Congreso otorgue su confianza a un nuevo candidato, esto es incuestionable y nadie se lo ha planteado; pero lo mantiene porque es el último presidente al que el Congreso otorgó la confianza, no porque sea el último “candidato a presidente”. Quiere ello decir que, si tras una nueva ronda de consultas, el monarca propone como candidato a Pedro Sánchez y éste tampoco logra la confianza tras dos votaciones, no mantiene la “candidatura a la presidencia” más allá de las dos votaciones.

Lo dicho anteriormente, creo que es bastante claro. No lo es tanto el hecho de si un candidato que ha visto rechazada su candidatura puede volver a intentar una investidura, algo que sí es jurídicamente interpretable, aunque mi criterio es que, tanto del texto constitucional como de los antecedentes (debates constituyentes) la respuesta sería negativa, es decir, que un candidato rechazado no podría volver a repetir tal condición, puesto que ello entraría en colisión con la expresión “sucesivas propuestas” contenido en el artículo 99. Y ello porque el término “sucesiva”, según la Real Academia Española, hace referencia a la que “sucede o sigue a otra”, y puesto que la Constitución se refiere a “sucesivas propuestas”, ello implica que la propuesta necesariamente ha de ser distinta, puesto que si el candidato es el mismo no nos encontraríamos ante una propuesta “sucesiva”, sino ante la “misma” o “idéntica” propuesta; cosa distinta es si el párrafo hablase de sucesivas “votaciones”, que no necesariamente implicarían una mutación subjetiva en el candidato.

Es evidente que el bloqueo político que supera ya con creces el periodo ordinario de gestación, pues ya están a punto de superarse los nueve meses desde la constitución de las Cortes salidas de los comicios del 20 de diciembre de 2015 sin que se haya logrado constituir un nuevo gobierno, creando con ello una situación inédita en nuestra experiencia constitucional. Pero estimo que no debe enturbiarse aún más con debates artificiales.

“LA POLÍTICA COMO RELIGIÓN Y LA RELIGIÓN COMO POLÍTICA”. IMPRESCINDIBLES REFLEXIONES DE ALEJANDRO NIETO.

Alejandro Nieto

Sin duda alguna Alejandro Nieto es una excepción en el panorama jurídico español, pues sus análisis jurídicos no suelen limitarse a analizar las disposiciones de todo rango publicadas en los diversos Boletines Oficiales (es decir, al derecho normado) sino que se salpimentan con agudísimas, jugosas y personales visiones acerca de la realidad social en que dichas normas han de llevarse a efecto y, sobre todo, al grado de aplicación de las mismas (léase, derecho practicado). En otras palabras, que sobrepone a las consideraciones jurídicas las imprescindibles consideraciones de carácter sociológico a las que no es infrecuente que añada incluso algunos buceos en el campo de la historia. De ahí que no solo circunscriba sus análisis al campo del Derecho administrativo, como en su indispensable Derecho administrativo sancionador (que va ya por la quinta edición), sino a ensayos sociológicos (como Corrupción en la España Democrática o El desgobierno de lo público) e históricos (Los primeros pasos del Estado Constitucional: historia administrativa de la Regencia de María Cristina de borbón, Mendizábal: Apogeo y crisis del progresismo civil). En algunas ocasiones algunas de sus obras con un compendio de historia, derecho y sociología (El desgobierno judicial, Balada de la Justicia y la Ley) que siempre nos deleitan con ese descenso a la realidad cotidiana, tan alejada del Olimpo conceptual en el que suelen situarse quienes se dedican profesionalmente a la docencia. Pero, en definitiva, lo que me interesa señalar es que Alejandro Nieto no es un paradigma de lo que, parafraseando la célebre distinción de José Ortega y Gasset, sería la “España oficial”, sino de la “España vital”.

De ahí que no pudiera menos que recibir con muchísimo interés la intervención que el pasado día 16 de febrero de 2016 tuvo lugar en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, donde Alejandro Nieto disertó sobre La política como religión y la religión como política, donde desglosa magistralmente la similitud tanto organizativa como de táctica y fines que presiden a organizaciones políticas y religiosas. La intervención es breve (transcrita ocupa apenas dieciséis folios) está muy bien elaborada se encuentra ayuna de citas bibliográficas, que no de eruditas referencias y jugosísimos ejemplos que sin duda alguna no gustarán a tirios y troyanos, pues igual pone en solfa la organización católica que la de los emergentes partidos del “cambio”. Y así, la tesis central del discurso es muy sencilla y esbozada en los primeros párrafos: “La premisa de la exposición se encuentra en la sorprendente circunstancia de que los partidos políticos pretendidamente laicos conservan unas adherencias de inequívoca tradición religiosa y que, a su vez, la Iglesia católica, confesadamente apolítica, conserva unos rasgos de inequívoca naturaleza política. Así puede comprobarse en los niveles de las estructuras, las doctrinas, las tácticas y las estrategias utilizadas por todos.” En efecto, tanto las formaciones religiosas como políticas parten de una figura mesiánica alrededor de la cual se van a estructurar todos los niveles inferiores: “En una primera y más superficial aproximación lo que mejor se observa es un estrecho paralelismo entre las estructuras de una organización política (un partido, por ejemplo) y una organización religiosa (la de la Iglesia católica, por ejemplo). Una y otra adoptan la figura de círculos concéntricos, en cuyo epicentro se encuentra el profeta o fundador, que alumbra una fe nueva: Jesucristo (como Mahoma) por un lado y en el otro Gil Robles o Pablo Iglesias. En el primer círculo están los apóstoles o barones que apoyan inicialmente al profeta o fundador y luego propagan sus ideas. En el segundo círculo están los fieles o militantes, que forman una comunidad específica. Y en el tercer círculo, los catecúmenos simpatizantes.” Una similitud tan evidente y clara que por simple pasa desapercibida, como los árboles que no dejan ver el bosque. Posteriormente se va creando una burocracia que separa los núcleos superiores o vértice de la pirámide de su base, creando así una disfunción evidente que marca el distanciamiento entre órganos superiores y militancia de base: “La organización queda en consecuencia desdoblada en dos niveles cuando menos: el formal de la superficie y el real del subsuelo, que suele ser el más operativo. Y por lo mismo para ascender hay dos caminos: o bien el del aparato o bien el formal de los congresos y comités ejecutivos. ¿Quién nombró a Hernández Mancha o a Susana Díaz? ¿Qué instrumentos de poder manejaban Juan Pablo II o Alfonso Guerra? ¿Quiénes actúan a la luz y quiénes en oscuros despachos, quizás desconocidos por los no iniciados? Para conocer los verdaderos ejes de una organización no basta la lectura de sus constituciones y reglamentos sino que hacer falta disponer de informaciones que no están al alcance de cualquiera puesto que no suele haber interés ni coraje para romper la reserva que por naturaleza las rodea.” Pero, como siempre, Alejandro Nieto con su maestría y saber indica que para ambas organizaciones, religiosas o seglares, el mundo termina en el último círculo que rodea la organización, cual es el de los simpatizantes. Fuera de ellos, nos adentramos en “las tinieblas del paganismo y de los que no son de los nuestros. Las relaciones con los paganos, con los otros, son ambiguas, dado que en principio son enemigos; pero, por otro lado, son destinatarios de actividades misioneras y, en fin, pueden servir – y esto sucede todos los días- de aliados potenciales en un frente contra enemigos comunes.”

Analizada la organización, pasamos a la táctica, que tanto para organizaciones políticas y religiosas son comunes: “muy simples y se basan en dos pilares: la psicología y la fuerza, claves constantes del misionado y en general de la expansión, mucho más utilizadas, contra lo que pudiera creerse, que la razón o el ejemplo personal.” Todo héroe necesita un villano, y toda organización política y religiosa un enemigo a estigmatizar y que sirve para justificar la propia existencia de la organización: “Para mantener la cohesión del grupo se imaginaba un enemigo en la seguridad de que gracias a la amenaza de éste la comunidad toma conciencia de sí misma, intensifica su solidaridad y produce energías defensivas y ofensivas. Para el cristianismo el pagano primero y luego el islam; para el nacionalismo la pérfida Albión; para la Dictadura franquista la conspiración judeo-masónica-separatista; para le democracia el comunismo; para el catalanismo, España. Al enemigo así inventado de le imputan todas las maldades y se justifica la necesidad de defenderse e incluso de desarrollar una agresión preventiva.” Es ahí donde entra en juego la propaganda y el juego de la manipulación, tan utilizado por unos y por otros: “ante los mismos hechos (la corrupción, la violencia) hay que ser implacable si se trata de enemigos y tolerante si se trata de amigos, pues siempre hay una justificación para los nuestros que no es aplicable a los demás. Denunciar la pederastia de un sacerdote es atacar a la Iglesia, denunciar la corrupción de un gobernante es atacar a la patria; una bandera puede cubrir los pecados más atroces y los delitos más graves; ondear la bandera bicolor es una provocación deliberada mientras que ondear la estelada es un deber.”

Pero, sobre todo, hay un párrafo en esta breve intervención que tiene inequívocos ecos unamunianos. Y es precisamente el que hace referencia a la anulación de la personalidad individual en favor de la cultura de masas, toda vez que, en efecto, ante comportamientos moralmente dudosos, siempre cabe esgrimir el célebre Fuenteovejuna, todos a una. Recordemos las palabras que don Miguel de Unamuno escribiera el día 7 de julio de 1936 en su artículo Justicia y bienestar, donde incidía en esta idea: “Y no se hable de ideología, que no hay tal. No es sino barbarie, zafiedad, sociedad, malos instintos y, lo que es –para mí al menos- peor, estupidez, estupidez, estupidez. De ignorancia no se hable. He tenido ocasión de hablar con pobres chicos que se dicen revolucionarios, marxistas, comunistas, lo que sea, y cuando cogidos uno a uno, fuera del rebaño, les he reprochado, han acabado por decirme: “Tiene usted razón, don Miguel, pero ¿qué quiere que hagamos?” Daba pena oirles en confesión. Pero luego se tragan un papel antihigiénico en que sacian sus groseros apetitos y ganas ciertos pequeños burgueses que se las dan de bolcheviques y de lo que hacen servil ganapanería populachera.” Contrástense con las que Alejandro Nieto pronuncia ochenta años después: “la movilización callejera mediante la cual se refuerza la psicología individual con los mecanismos de la psicología de masas: aquí se cuentan las viejas procesiones religiosas y las actuales manifestaciones políticas. En la procesión y en la “mani” la simpatía se eleva a devoción y la devoción en fervor colectivo. La individualidad se disuelve en la colectividad y la persona se transforma en un mero miembro de la masa con un nuevo espíritu. Es tal la exaltación, indudablemente patológica, que se experimenta en multitud, que sus participantes terminan convencidos de que son los protagonistas de la acción social y no perciben la manipulación a que están sujetos. Mientras el individuo permanece en la masa está dispuesto a creer disparates que aislado no aceptaría y a cometer horrores de los que aislado se avergonzaría. Y esto es cabalmente lo que buscan los pastores de la manada. Conste, sin embargo, que todavía puede darse un paso más hacia la aberración cuanto se participa en un espectáculo: desde los lejanos autos de fe a las misas solemnes y las multicolores manifestaciones actuales. El montaje espectacular de actos masivos se ha convertido en un arte imprescindible. Sin espectáculo ya no hay atractivo y éste ha dejado de concentrarse en el mensaje para atender únicamente a su expresión. La práctica el espectáculo, que en la actualidad ha invadido prácticamente todos los ámbitos sociales ha penetrado con singular intensidad en las ceremonias políticas y religiosas donde, por descontado, era donde mejor se conocían y siempre con efectos bien probados.”

No deseo extenderme más, pues quien desee tiene a su disposición el discurso cuya lectura recomiendo encarecidamente. Intervenciones como la de Alejandro Nieto son necesarias e imprescindibles, aunque sea para recordarnos cosas que, por evidentes, muchas veces se nos escapan. Y que no sólo organizaciones políticas y religiosas tienen estructuras, tácticas y fines similares, sino que incluso las distintas entidades políticas de una y otra ideología no son más que dos caras de una misma moneda o, por utilizar una referencia mitológica, como el dios Jano, un mismo cuerpo con dos caras.