DEAN MARTIN: EL “KING OF COOL” EN EL CENTENARIO DE SU NACIMIENTO.

Cuando el grueso de las fuerzas políticas han canalizado sus esfuerzos a recordar bien el cuadragésimo aniversario de las primeras elecciones democráticas, bien el centenario de la revolución soviética, quisiera incorporarme a esa ola de conmemoraciones, pero no para evocar en esta ocasión el aniversario de un acontecimiento político, sino para evocar el recuerdo de un personaje que este mes de junio, habría cumplido los cien años.

Y es que el siete de junio del año mil novecientos diecisiete, en una ciudad perteneciente al estado de Ohio, venía al mundo Dino Paul Crocetti, que sería universalmente conocido como Dean Martin, uno de los integrantes del “Rat Pack” junto con sus grandes amigos Frank Sinatra, Sammy Davis jr. y Peter Lawford. Sin duda alguna, fue el King of Cool y su inimitable y característica voz de crooner ha proporcionado horas y horas de entretenimiento a un público de lo más variado durante casi cuatro décadas.

Aunque sus inicios en el mundo del espectáculo fueron como cantante en clubes nocturnos, dio el salto a la primera plana como pareja artística con el actor cómico Jerry Lewis, con quien durante una década protagonizó una serie de películas donde invariablemente el elemento cómico predominaba, mediante el contraste entre el pícaro y elegante seductor que era Martin y el desastroso y cómico patán que era Lewis. Era cuestión de tiempo que “Dino” (como se le conocía entre sus amistades) fuese cansándose de interpretar siempre el mismo rol y finalmente, en el año 1956 el dúo acordase su separación, más o menos amistosa. Se llegó a decir que incluso la ruptura se produjo tras una agresión física de Martin a Lewis, y que este se habría tomado la revancha en el film The nutty profesor (El profesor chiflado), donde el personaje de Buddy Love (el galán caradura pero seductor en el que se transforma el genial pero físicamente poco agraciado y torpe profesor Kelp) era, en realidad, un ataque a Martin; incluso llegó a filtrarse el comentario de la mujer del cómico al ver el guión: “qué cruel eres con el pobre Dean.” De justicia es decir que Lewis negó siempre la mayor. Aun reconociendo que, en efecto, ambos estuvieron distanciados, se reconciliaron públicamente en 1976 en el programa que anualmente celebraba Jerry Lewis para recaudar fondos destinados a la Asociación de Distrofia Muscular. Sinatra, tras la lectura de una carta de sus nietos, le dijo a Lewis que “a friend of mine loves what you do every year”, y dio paso a Martin, quien se fundió en un sentido y fraternal abrazo con quien había sido su partenaire durante los diez años iniciales de su carrera. El pasado año 2016, en una entrevista efectuada a Jerry Lewis, al ser preguntado expresamente por Martin y, específicamente, si “aún considera que fue su mejor amigo”, la respuesta de Lewis fue automática y sentida: “Oh, God yes. Oh yes. He was the nicest, warmest, most genuine, honorable, integral man I´ve ever known in my life.” A continuación, el emotivo momento en que Martin y Lewis se reencuentran en 1976 de la mano de Frank Sinatra:

 

 

 

Dean Martin, emprendió una carrera en solitario, tanto en el séptimo arte como en los escenarios y en la televisión. Compartió protagonismo con leyendas como John Wayne (Rio Bravo, The sons of Catie Elder), Robert Mitchum (Five card stud) e incluso con sus colegas del Rat Pack (Ocean´s eleven, Sergeants three, Four for Texas, Robin and the seven hoods). En el séptimo arte tuvo incluso el sentido del humor suficiente para reírse de sí mismo, como lo demuestra el hecho de que aceptase tener un papel secundario en Kiss me stupid, donde interpretaba a un cantante seductor y mujeriego llamado…..Dino Latino.

Tuvo igualmente su propio show televisivo, donde aportó su inequívoco encanto y sentido del humor al lado de personalidades como John Wayne, Orson Welles o James Stewart. Particularmente hilarante fue el momento en el que Wayne se “mofó” cómicamente de los talentos vocales de Martin diciéndole que “cantar es muy fácil”, puesto que sólo hay que “practicar un poco.” Tras confesarle que “yo practico bastante”, Martin desafía a Wayne a que cante en público con él y, tras hacerse de rogar, éste accede a interpretar Everybody loves somebody…..con la voz de Frank Sinatra. La cara de sorpresa de Martin, vale por todo un poema. He aquí el momento:

 

 

Pero sin duda alguna, Dean Martin destacó por su prodigiosa voz de crooner. En este sentido, aun a riesgo de ser ciertamente heterodoxo, considero que fue Martin quien debiera ser conocido como “la voz”, y no su amigo Sinatra. Es realmente difícil concebir que una persona que se caracterizaba por un consumo excesivo de tabaco y alcohol podía tener una voz tan prodigiosa que le permitía interpretar tanto música country (Green, Green Grass of Home), baladas románticas (Return to me), melodías italianas (Torna a Surriento, Santa Lucia), villancicos (Jingle bells, White christmas) y temas de lo más variado, como Raindrops keep falling on my head o los clásicos I walk the line y King of the Road. Han sido muchas y muy variadas las interpretaciones de este gran cantante que ha marcado una época. No quisiera finalizar este post sin ofrecer dos de las que a mí me parecen más significativas. La primera, es el My rifle, my pony and me, un fragmento de la película Rio Bravo, y donde Martin alivia la tensión del momento (el sheriff y sus ayudantes asediados en la oficina del Marshall custodiando a un acusado de asesinato) interpretando una balada country (lo que hace, por cierto –y no sería la primera vez- dando caladas a un cigarrillo) y ofreciendoo la alternativa a un entonces jovencísimo Ricky Nelson. La segunda, su divertidísima e irreverente interpretación del King of the road…..que finaliza convirtiendo en Queen of the Road. Único, grande, inolvidable y siempre, siempre, con clase…..Dean Martin.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EVOCANDO A “AZORÍN”, EL CLÁSICO MODERNO, EN EL CINCUENTENARIO DE SU FALLECIMIENTO

El pasado día 2 de marzo se conmemoraba el medio siglo del fallecimiento del gran José Martínez Ruiz, Azorín, el más longevo de los escritores que integraron la denominada generación del 98. En el año 1967, a los noventa y tres años, fallecía en su domicilio en el número 21 de la madrileña calle Zorrilla, justo lindando con la parte trasera de lo que entonces eran las Cortes Españolas y hoy es la sede del Congreso de los diputados. Había sobrevivido a todos sus colegas de generación. Miguel de Unamuno, Ramón María del Valle Inclán y Ramiro de Maeztu habían fallecido en 1936, los dos primeros por causas naturales y el último de ellos asesinado en una de las matanzas que tuvieron lugar en la capital ese trágico año; la vida de Antonio Machado se apagó en Colliure en 1939, sin tiempo a que su hermano Manuel, con quien se encontraba personalmente muy unido, pudiese llegar para verlo por última vez (triste y simbolica historia la de estos dos hermanos tan queridos y bien avenidos, separados física e ideológicamente por la guerra sin que por ello dejasen de guardarse el afecto fraternal que siempre se tuvieron; el “impío” don Pío Baroja y Nessi había fallecido en 1956, once años antes que Azorín exhalase su último suspiro.

José Martínez Ruiz, Azorín, nacido en la ciudad levantina de Monóvar, fue sin duda alguna uno de los ensayistas más prolíficos y delicados de la historia de la literatura española. Su depuradísimo estilo literario con el dominio de las frases cortas, descriptivas y evocadoras es magistral, hasta el punto que, como él mismo decía, lo realmente difícil es hacer pasar por sencillo lo que no lo es. Desde su juventud, incapaz de finalizar la carrera de Derecho (pese a sus promesas, finalmente incumplidas, de hacerlo) se orientó definitivamente hacia la literatura. Llega a la capital de España en plena crisis finisecular, del mismo modo que desde la periferia levantina lo hiciese Ramiro de Maeztu. Escritor de artículos en varios de los periódicos de la capital, llega imbuido de ideas anarquistas que se proyectan en los mismos y que aún tiñe algunas de las páginas de su primera novela, La voluntad (en uno de cuyos capítulos, uno de los personajes llega a decir expresamente “la propiedad es el mal” haciendo una glosa de la principal literatura anarquista). No obstante, esos conatos revolucionarios ceden pronto y nuestro escritor gira súbitamente hacia el conservadurismo, y de la mano de dos grandes próceres de dicha formación, Antonio Maura y Juan de la Cierva, obtiene un acta de diputado al Congreso. Salvo en los años de guerra, donde se exilió a París, toda su vida permaneció en la capital, convirtiéndose en los últimos años en una figura ya propia de otra época.

Sus obras más conocidas son aquéllas en las que pone a Castilla y su paisaje como objeto principal de análisis. Ya desde La ruta de don Quijote, recopilación en forma de libro de los quince artículos redactados en 1905 cuando el director de El Imparcial le encomendó, para conmemorar el tricentenario de la publicación de la inmortal obra cervantina, un recorrido por las tierras manchegas. Pero también destacan Un pueblecito: Riofrío de Ávila, Pensando en España, Castilla (que Inman Fox, en su estudio introductorio a la magnífica edición publicada en Austral, califica de “quintaesencia de la obra de Azorín”) o Una hora de España (versión de su discurso de ingreso en la Real Academia Española, donde hace una deliciosa evocación de la vida en las postrimerías del siglo XVI a través de unos magníficos cuadros de costumbres donde, del rey abajo, desfilan todos los estamentos). Son también de destacar sus obras de acercamiento a los clásicos de la literatura española desde un punto de vista muy personal e íntimo. Así, por ejemplo, Los dos luises y otros ensayos, Rivas y Larra (impresionante la minuciosa y crítica disección a que somete el Don Álvaro o la fuerza del sino) o Clásicos y modernos. Es autor también de diversas crónicas parlamentarias y de un libro, El político, elaborado a la manera de los antiguos memoriales.

Como admirador confeso de la obra azoriniana, son varias las obras de dicho autor que han logrado hacerse un hueco en mis preferencias. Sin duda alguna, en un lugar destacado se encuentra La cabeza de Castilla, una recopilación de artículos que tienen como lugar común la figura del Cid y el paisaje castellano, y donde aúna de forma especial descripción de estampas castellanas y análisis literario del Cantar de mio Cid. Evidentemente, Castilla, que es un fresco en el cual el autor pretendió atrapar “una partícula del espíritu” de dicha tierra, lo que hace en varias estampas de las cuales recomiendo vivamente Las nubes (una especie de visión ucrónica de La Celestina, en la cual Calixto y Melibea no han fallecido, sino que han contraído matrimonio y viven felices) así como La fragancia del vaso, una melancólica continuación de La ilustre fregona. También es de destacar la colección de cuentos Blanco en azul (blanco de las nubes y azul del cielo), que tanto gustaba al recordado don José María Martínez Cachero, uno de los más conocedores y agudos analistas de la obra de Azorín. E incluso, como cinéfilo empedernido que soy, no puedo dejar de referirme a El cine y el momento, uno de sus últimos libros y en los que en su peculiar y fácilmente reconocido estilo pasa revista a las películas que ya en su ancianidad visionaba con afecto. “He pasado en mis predilecciones, en el cine, de Walter Pidgeon a Gary Cooper. Walter Pidgeon es el prototipo del caballero en la ciudad. Gary Cooper es el prototipo del caballero en el pueblo. Los pueblos me seducen.” Con esas palabras iniciaba su breve análisis de una de las obras maestras del western, Solo ante el peligro.

Existen en el mercado ejemplares fácilmente asequibles de las obras más conocidas de Azorín. No obstante, atesoro en mi biblioteca varios ejemplares de la benemérita colección austral así como tres volúmenes de las Obras completas editadas en los cincuenta por Aguilar y la más reciente selección titulada Obras escogidas, que Espasa Calpe publicó en tres gruesos volúmenes en edición de Miguel Ángel Lozano Marco.

Nunca está de más volver nuestra mirada hacia el maestro Azorín. Porque si éste sentía pasión por los clásicos, hoy en día él mismo se ha convertido ya en un clásico.

RECORDANDO A ALFONSO ARAGÓN, “FOFÓ”

Fofó

El día 22 de junio de 1976 Alfonso Aragón, “Fofó”, moría a consecuencia de una hepatitis contraída por una transfusión de sangre que se le había practicado al haberse sometido a una operación. Mañana se cumplirán, pues, cuarenta años del fallecimiento de uno de los personajes más queridos tanto de los niños como de sus mayores. La conmoción entre el público infantil y no tan infantil fue brutal, y como bien dijeron sus hermanos Gabriel y Emilio Aragón, “Fofó no ha muerto. Quien lo ha hecho es Alfonso Aragón.” Precisamente hoy, como homenaje, la página web de Radio Televisión Española ha colgado en su página web las imágenes en las que Gaby, Miliki y Fofito graban el momento en el que explican de forma muy alegre y risueña a los niños que en realidad, Fofó se ha ido al cielo para cantar a los niños que están allí, pero uno puede comprobar cómo al cesar la explicación (la cámara sigue grabando) los rostros pasan de la risa a la tristeza y, en el caso de Gaby, al llanto indisimulado. Una escena que evoca las palabras de Canio, el protagonista de la opera Pagliacci, en el célebre aria Vesti la giubba: “ridi, pagliaccio.” El corazón del payaso está roto, pero el show debe continuar. El lector interesado en acceder a dicha imagen aquí tiene el enlace.

Quienes, como el redactor de estas líneas, forman parte de la quinta del setenta y tres, aunque aún tienen vivo el recuerdo de los célebres “payasos de la tele” como uno de los episodios más evocadores de nuestra infancia, apenas guardamos más que un lejano recuerdo de Fofó, aunque ulteriormente pudiéramos ejercitar la nostalgia con las grabaciones y, hoy en día, con los videos que existen en internet. No obstante, los buenos momentos que nos hicieron pasar en aquella deliciosa época que transcurrió a finales de la década de los setenta y principios de los ochenta, que nuestros padres vivieron tan apasionadamente poniendo a rodar el sistema constitucional mientras la feliz ignorancia que caracteriza al mundo infantil era aderezada con píldoras semanales que consumíamos sin oposición paterna en forma de aquel inolvidable: “Cómo están ustedeeeeeeees” merece que desde esta bitácora rindamos un homenaje sentido al gran Alfonso Aragón y, como no, también a sus hermanos Gabriel y Emilio así como a sus hijos Alfonso y Rodrigo. Para ello, no me resisto a traer dos momentos inolvidables. El primero, cuando Fofó interpreta esa canción que tantas veces hemos cantado en nuestra infancia en aquéllos interminables viajes estivales a la hora de desplazarnos al lugar de veraneo. Y que quien no haya cantado alguna vez En el auto de papá que tire la primera piedra……

Y, para finalizar, en una de sus películas, la titulada Había una vez un circo, los tres hermanos Aragón interpretaban de una forma divertidísima la célebre jota de los ratas de la zarzuela La gran vía. Ya saben, aquélla cuya letra, de la más rabiosa actualidad, dice aquello de “siempre que nos persigue la autoridad, es cuando más tranquilos timamos más….”

LA BATALLA DE WATERLOO Y SUS CONSECUENCIAS EN EL ÁMBITO DEL DERECHO PÚBLICO

Waterloo

Confieso que la fecha de la batalla de Waterloo se me quedó grabada a fuego gracias a una magnífica secuencia de la película Five fingers (título que en español se mutó a “Operación Cicerón”), magnífica cinta dirigida por Joseph Leo Mankiewicz y que narraba los juegos de espionaje entre británicos y alemanes en la segunda guerra mundial. Nada menos que el ayudante de la embajada inglesa, Ulysses Diello (encarnado magistralmente por el gran James Mason) contacta con un destacado miembro de la embajada alemana para ofrecerle secretos de estado ingleses a cambio, eso sí, de una buena recompensa. Cuando el alemán, tras ausentarse para contactar con sus superiores y recibir el beneplácito, regresa a su oficina y se dispone a abrir la caja fuerte para entregarle un anticipo a Diello se encuentra con que éste ya había vaciado la caja tras haberla abierto sin problema. “Ustedes los alemanes son muy poco imaginativos y siempre usan la combinación 3-0-1-3-3, la fecha de ascenso de Hitler al poder”, le explica irónicamente el inglés para, cuando ya se disponía a retirarse, se gira de forma súbita y le aconseja al teutón “¿Por qué no prueba con 1-8-6-1-5? Es la fecha de la batalla de Waterloo”.
En efecto, la batalla de Waterloo, de la que hace un par de días se ha celebrado el bicentenario, supuso enterrar definitivamente el imperio napoleónico. Tras el primer destierro a la isla de Elba, de la cual logró escapar, ese efímero “Imperio de los cien días” supuso el canto de cisne del gran corso, cuyos sueños de recuperar su pasada grandeza se enterraron definitivamente en la célebre batalla que inmortalizó el genio de sir Arthur Wellesley, duque de Wellington. Tales acontecimientos no sólo sirvieron de escenario para inmortalizar geniales obras de literatura; así, por ejemplo, si la huida de Napoleón sirvió a Alejandro Dumas de marco para situar los capítulos iniciales de su imprescindible novela El conde de Montecristo (y es precisamente tal hecho el que acarrea a la postre el injusto encarcelamiento de Edmond Dantés en el castillo de If), Víctor Hugo (hijo, por cierto, de un general bonapartista) en su magna e inmortal Los miserables dedica un capítulo a dicha batalla, a la vez que hace que uno de los personajes más despreciables de la obra, el siniestro Thenardier, llame a la posada que regenta “El sargento de Waterloo”. Pero la batalla de Waterloo no sólo inspiró brillantes páginas literarias, sino que tuvo consecuencias importantes en el derecho público de la época, tanto en su vertiente internacional, como constitucional como administrativa.

1.- Desde el punto de vista del Derecho internacional, se consagran definitivamente las fronteras de los distintos países europeos acordadas un año antes en el Congreso de Viena (por cierto, quien desee contemplar una visión humorística y dulzona de tan magno acontecimiento no puede dejar de ver la divertidísima El Congreso se divierte, una cinta filmada en 1931 por Erik Charell y que cuenta con un insuperable Conrad Veidt como Metternich). Las alteraciones territoriales que siguieron a la Revolución francesa y, sobre todo, al Imperio napoleónico sufren una ligera marcha atrás, salvo en el caso del Sacro Imperio Romano Germánico, que no logró restaurarse. Se intenta, infructuosamente, retornar a la clásica idea del “equilibrio europeo”, pero la emergencia del reino de Prusia, y sobre todo la aparición en la segunda mitad de la centuria del nuevo Imperio Alemán y sus tensiones con Francia harán imposible mantener ese delicado y precario equilibrio entre las naciones.

2.- Desde el punto de vista del Derecho político y constitucional, la derrota final de Napoleón supuso el regreso de los viejos monarcas destronados por el corso o, en algunos casos, de sus herederos. Se inicia el auge del legitimismo, y nombres como Luis XVIII de Francia (el antiguo Conde de Provenza, hermano del guillotinado Luis XVI), Fernando VII de España o Fernando I de las Dos Sicilias vuelven a ceñir sobre sus sienes las coronas que en su día les fueron retiradas.
Pero ese regreso de los monarcas no significó la vuelta al Antiguo Régimen. La Revolución había producido una serie de conquistas algunas de las cuales era ya imposible de anular. Se trataba de cohonestar el principio legitimista con todo aquello que la Revolución trajo y que podía conservarse, pero sin los excesos revolucionarios. Se da pie así a un nuevo liberalismo muy distinto del que alumbrara o inspirara los acontecimientos que desembocaron en los hechos de 1789. Se trata de un liberalismo mucho más práctico y apegado a la realidad que el filosófico y abstracto liberalismo dieciochesco, que pasó de rechazar los dogmas políticos británicos a asumirlos como propios, que aceptó el bicameralismo y un monarca dotado de robustos poderes entre los cuales se encontraba en derecho de disolución de las Cámaras y el nombramiento del Gobierno, pero que no tenía en sus manos la dirección política del Estado, que perdía en beneficio del Gabinete responsable ante la Cámara Alta. Esta nueva filosofía liberal ha sido magníficamente descrito por Luis Díez del Corral en su clásica obra El liberalismo doctrinario, y los principales rasgos del mismo pueden encontrarse en el excelente artículo resumen que el profesor Joaquín Varela efectuase en su artículo El liberalismo francés después de Napoleón: de la anglofobia a la anglofilia. Ese nuevo liberalismo se plasma en textos mucho más concretos, concisos y realistas que las ampulosas y abstractos textos dieciochescos. En nada se parecen la Carta de 1814 (incluso la reformada tras la Revolución de 1830) a la Constitución francesa de 1789, como en nada se parece la Constitución española de 1837 a la de 1812. Incluso la Constitución Belga de 1831 (por cierto, aún vigente) recoge estas nuevas orientaciones o principios filosóficos.

3.- Desde el punto de vista del Derecho administrativo. Curiosamente, en este punto se producen pocas mutaciones, dado que a grandes rasgos el régimen administrativo puesto en planta en la época imperial se mantiene. Las grandes creaciones de Bonaparte, como el Code Napoleon, el Consejo de Estado y el régimen prefectorial no sufren modificaciones de calado. Pero la batalla de Waterloo y la caída de Napoleón sí que van a traer una consecuencia que a estas alturas del siglo XXI aún sigue dando que hablar, aunque en líneas generales el debate sobre el mismo esté ya superado: el concepto de acto político. Lo explica perfectamente el profesor Eduardo García de Enterría en el volumen primero de su Curso de Derecho Administrativo a la hora de explicar la naturaleza del acto político, coincidiendo en tal explicación José Luís Carro y Fernández Almayor en su artículo que sobre esta materia publicara con el significativo título de La doctrina del acto político (Especial referencia al Derecho italiano). El Consejo de Estado francés, como creación napoleónica, tras la derrota de su creador pasó por uno de los momentos más delicados de su historia, y criticado por unos y otros vio peligrar su propia existencia. Para evitar inmiscuirse en temas políticamente delicados, elaboró el concepto de acto político como excusa para no pronunciarse sobre ellos. La primera decisión en que el Consejo de Estado francés acudió a esta nueva creación fue el 1 de mayo de 1822 en el arrêt Lafitte, donde debía pronunciarse sobre un hecho técnico pero de gran calado político; Napoleón había otorgado una renta de 670.000 francos a su hermana Paulina, renta que ulteriormente fue adquirida por un banquero (Lafitte, que es el que da nombre al caso), pero una ley de la nueva monarquía borbónica privó a la familia Bonaparte de todos los derechos adquiridos, entre los cuales se encontraba esta renta. Lafitte impugna tal decisión al Consejo de Estado, quien rechaza conocer el asunto por entender que la naturaleza estrictamente política del asunto le impedía entrar en el fondo. No obstante, una vez superada la crisis y cuando dicha institución vio garantizada su existencia, fue apartándose de dicha doctrina, siendo significativo que el primer asunto en el que se rechazase la excepción del acto político fue precisamente en el arrêt Prince Napoleon, de fecha 19 de febrero de 1875, y que se enfrentaba al recurso que el príncipe Napoleón José Bonaparte efectuó en relación a la decisión de no incluir su nombre en la lista de generales de división publicada en el Anuario Militar.

Muchas y variadas fueron, pues, las consecuencias de la célebre batalla de Waterloo, no limitadas al aspecto puramente militar, para el cual aconsejamos al lector la consulta del excelente monográfico que a tal batalla dedica el número 16 de la revista Desperta ferro – Historia moderna.

CIENTO CINCUENTA AÑOS DEL ASESINATO DE ABRAHAM LINCOLN.

Lincoln Assessination

El pasado día 14 de abril de 2015 se cumplieron ciento cincuenta años del asesinato del presidente norteamericano Abraham Lincoln, hecho que aquí pasó totalmente desapercibido por coincidir dicha fecha con la proclamación de la segunda república española. Al tema ya le dedicamos, hace casi seis años, un post con motivo de la publicación en nuestro país del libro La caza del asesino, escrito por James L. Swanson. Lincoln fue el primer presidente de los Estados Unidos que fue asesinado en pleno mandato presidencial. Las circunstancias de su muerte, además, contribuyeron a aumentar su leyenda, dado que pese a haber sido un presidente aureolado con un halo de santidad laica tiene en su haber notables puntos oscuros.
Lincoln había sido elegido como presidente en las elecciones de 1860 con mayoría del voto compromisario, pero sin obtener mayoría del voto popular. Le benefició notablemente en su elección la división del Partido Demócrata, pues el ala sureña de esta entidad presentó su propio candidato presidencial, John Breckenridge (que, casualmente, ostentaba en 1860 el cargo de Vicepresidente de la Unión) mientras que el candidato oficial de los demócratas era el senador Stephen Douglas, eterno rival de Lincoln. “Honest Abe” no recibió ni un solo voto popular en los estados sureños y su elección precipitó que varios estados del profundo sur declarasen su intención de separarse de la Unión, creando ulteriormente los denominados Estados Confederados. En abril de 1861 estalló con el ataque sudista a Fort Sumter una guerra que finalizaría el 9 de abril de 1865 con la rendición del ejército sudista, simbolizada en el edificio judicial de Appomatox donde el general sudista Robert E. Lee se rinde ante el unionista Ulises S. Grant; curiosamente Lee, un auténtico caballero en todos los sentidos, se oponía tanto a la esclavitud como a la guerra, pero como virginiano que era decidió seguir a su estado natal pese a haberle sido ofrecida la jefatura de los ejércitos de la Unión. Lincoln había sido reelegido en los comicios presidenciales de 1864 en una lista de unión constitucional, para lo que escogió como “running mate” a Andrew Johnson. El nuevo mandato de Lincoln se inició el día 4 de marzo de 1865, y apenas un mes después, al tener conocimiento de la rendición de las tropas sudistas, el mandatario americano ordenó ante la sorpresa de todos a una orquesta que se había desplazado al lugar que tocasen una melodía que era patrimonio de toda la nación: “Dixie”, el himno sudista por excelencia. Seis días después, cuando apenas había consumido un mes de mandato, era asesinado el 14 de abril en el teatro Ford, y en estricta aplicación de las previsiones constitucionales, el vicepresidente Johnson asumió de forma automática la presidencia.
Es evidente que de no haber sido asesinado Abraham Lincoln, el periodo que en la historia norteamericana se denomina “Reconstruction”, tan notablemente explicado Eric Foner, hubiera sido muy diferente. En efecto, el talante de Lincoln, mucho más abierto que el de Johnson (un racista convencido de la supremacía blanca) hubiera tomado otros derroteros. Conviene tener en cuenta que los republicanos (divididos a su vez en “high republicans” y moderados) lograron imponer su propia visión de la reconstrucción sobre la presidencial, e incluso instaron un procedimiento de impeachment del que Johnson se salvó por un solo voto. Lincoln hubiera podido lidiar mucho mejor por su talante y por sus circunstancias personales con el ala más extrema de su partido, lo que obviamente quizá hubiera conducido a otros resultados.
Con todo, en el debe de Lincoln se encuentran varias circunstancias que son aún más reprochables siendo el presidente un jurista de profesión. En efecto, Lincoln ordenó a uno de sus generales que suspendiese el derecho de habeas corpus si lo consideraba necesario, lo que provocó un choque entre el Presidente y el anciano chief justice Roger B. Taney, quien a sus ochenta y cuatro años propinó un sonoro varapalo a Lincoln al resolver el asunto Ex parte Merryman, donde actuando como juez de circuito, sostuvo que el Presidente no puede suspender unilateralmente el derecho de habeas corpus al proscribirlo el texto constitucional. Lincoln simplemente ignoró tal sentencia, aunque el Congreso dos años más tarde vino a ratificar la doctrina esgrimida por Taney al facultar en 1863 al Presidente a suspender tal derecho (lo cual suponía, implícitamente, avalar las tesis del chief justice, toda vez que dicha autorización sería innecesaria si el Presidente pudiera ejercer dicha facultad por su propia iniciativa). Fue igualmente el republicano Lincoln quien acordó en 1864 que en determinadas ocasiones los juicios militares sustituyesen a los juicios por jurado ante los Tribunales ordinarios, algo que ulteriormente el propio Tribunal Supremo acabó desautorizando en una sentencia, Ex parte Milligan, de la que fue ponente el juez David Davis, quien en su día había sido principal asesor en la campaña presidencial de Lincoln en 1860.
Una curiosidad histórica: uno de los implicados en el asesinato de Lincoln se llamaba Lewis Powell, del que existen retratos esposado tras su captura. Apenas un siglo y media década más tarde, una persona del mismo nombre alcanzaba el cargo de juez del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, siendo una de las personas más apreciadas y queridas en el alto tribunal estadounidense.

“UNA HORA DE ESPAÑA” NOVENTA AÑOS DESPUÉS: AZORÍN EN LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

Azorín

Son las cuatro y media de la tarde del día 26 de octubre de 1924. En la madrileña calle de Felipe IV, en la sede de la Real Academia Española, va a tener lugar el discurso en el que un nuevo Académico tomará posesión de su cargo. Preside el acto el director de la institución, el abogado y político mallorquín don Antonio Maura Montaner, quien además tiene el orgullo de ver cómo su propio hijo, Gabriel Maura Gamazo, ofrecerá la contestación al discurso del nuevo miembro de la benemérita Academia que “limpia, fija y da esplendor”. Asisten igualmente el obispo de Madrid-Alcalá y los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, quienes junto con don Antonio Maura posan ante las cámaras para inmortalizar el acto de recepción y bienvenida al nuevo colega, un hombre de semblante serio pero de una sensibilidad literaria exquisita. La persona que esa tarde dominical de 1924 ingresaba como miembro de pleno derecho de la Academia Española de la Lengua era el hijo ilustre de Monóvar, uno de los puntales de la denominada “generación del 98”, nada más y nada menos que José Martínez Ruíz, quien alcanzaría la gloria de las letras con el seudónimo de Azorín (nombre del personaje de sus primeras novelas, “La voluntad” y “Antonio Azorín”), aunque anteriormente había firmado alguno de sus artículos con el seudónimo “Cándido”.

El discurso de ingreso de Azorín lleva por título “Una hora de España (Entre 1560 y 1590)” y es fiel a las líneas que presiden todos los escritos de Martínez Ruíz. Es este autor el maestro de la descripción a través de frases cortas pero elocuentes; del amante de Castilla, sus pueblos, sus habitantes y su historia; del narrador de la “intrahistoria” castellana a través de sus ciudades y villas; del escritor obsesionado por el paso el tiempo y sus efectos sobre el paisaje patrio; y, sobre todo y por encima de todo, del amante incondicional de los clásicos, a quienes dedicó y dedicará varios ensayos. Como es habitual, comienza con unas palabras de salutación a su predecesor, don Juan Navarro Reverter, a quien elogia y evoca como si aún estuviese vivo en el salón de una casa a orillas del mar. Es entonces, cuando, de forma magistral y mediante cuatro únicas palabras (“el espíritu se abstrae”) da un giro que, cual lento flashback cinematográfico, permite al autor descender al tema nuclear de su discurso: España en la segunda mitad del siglo XVI. En cuarenta  capítulos, todos ellos muy breves (alguno verdaderamente fugaz), el autor más que narrar de forma exhaustiva ofrece sutiles pinceladas de la vida española en los últimos años del reinado de Felipe II, quien aparece magistralmente descrito en los tres capítulos iniciales. Todos los ámbitos y todos los estamentos tienen su reflejo en esta deliciosa obrita: el monarca, los cortesanos, el monasterio de San Lorenzo del Escorial, los pueblos perdidos en la árida llanura castellana, la religiosidad que preside el ambiente nacional. Escenas que quedan grabadas de forma indeleble en la memoria, como la del veredero que cruza el territorio para traer las malas nuevas de la derrota de la Armada Invencible, la pareja de pastorcillos enamorados que son secuestrados en una de las numerosas incursiones de los corsarios berberiscos. Pero también hay sutiles ensoñaciones literarias desarrollando temas de la literatura clásica, como el del hidalgo del Lazarillo de Tormes, o el encuentro físico que en las afueras de una venta manchega tiene don Miguel de Cervantes con su creación literaria. Toda una evocación de los siglos de oro hispanos de la mano de un enamorado de nuestros clásicos hecha con un estilo brillante, ameno, de muy fácil lectura y, sobre todo, con un fervor y una pasión como pocas. Pero cuando ya en el último capítulo, que se inicia curiosamente también con una frase de cuatro palabras (“El ensueño ha terminado”) que sirve para traernos de nuevo a la actualidad tras casi una hora de viaje literario por nuestros siglos áureos, José Martínez Ruíz, “Azorín”, aún tiene tiempo de ofrecernos una pequeña lección magistral que los historiadores y divulgadores de hoy muchas veces olvidan: “No pueden ser comprendidas las épocas pasadas sin ese poco de sincera simpatía. Otras épocas –lejanas de nosotros- no pueden ser estudiadas con arreglo a las ideas, a los sentimientos, a los anhelos del presente”.

Transcurridos noventa años desde el evento descrito en este post, aún produce en el amante de la historia y la literatura una sincera emoción la lectura de esta breve obrita azoriniana.

CUARENTA AÑOS SIN JOHN FORD (I).

John Ford

El próximo 31 de agosto se cumplirán cuarenta años de la muerte de Sean Aloysius O´Feeny, más conocido en el mundo cinematográfico como John Ford, uno de los grandes directores de la historia. Es imposible siquiera acercarse al séptimo arte sin toparse con la gigantesca presencia de Ford y sus westerns, y tan sólo su nombre evoca el incomparable paisaje de Monument Valley, el polvoriento y desértico paisaje del oeste americano y un grupo de jinetes de la caballería estadounidense. Es quizá la idea arquetípica que se tiene de Ford, aunque fue mucho, mucho más que un director de western, pues en su haber tiene obras maestras totalmente alejadas del género, como El hombre tranquilo o El delator, por poner tan sólo un par de ejemplos.

Con motivo del cuadragésimo aniversario de su fallecimiento, el canal de televisión Turner Classic Movies ha decidido rendir un homenaje al director programando a lo largo de todos los sábados de agosto las películas más memorables del director. Aprovecharemos estos meses de asueto veraniego para mantener activo nuestro post con unos comentarios personales a las películas emitidas. El pasado día 3 de junio se programaron La conquista del Oeste y La legión invencible.

I.- La conquista del oeste. Me parece un error emitir este film en un homenaje a John Ford, dado que en realidad se trata de cinco episodios independientes que tienen como hilo conector el devenir de las dos hijas de la familia Prescott, Eve (interpretada por Carroll Baker) y Lillih (Debbie Reynolds) y sobre todo del hijo de la primera, Zeb Rawlings (George Peppard). Tres episodios fueron dirigidos por Henry Hathaway quien, según declaración propia, aunque tuvo que rehacer gran parte del trabajo del episodio dirigido por George Marshall “el material de Ford no me hubiese atrevido a tocarlo jamás”. Ford se encargó de dirigir el tercer episodio, titulado “La guerra” y que sirve de alguna manera como “puente” entre ambas partes del film. A mi humilde entender la clave de todo este pequeño episodio se encuentra en la charla que en un lugar apartado del campamento mantienen los generales Ulisses S. Grant (Henry Morgan) y William Tecumseh Sherman (John Wayne). Ford demostró su maestría rodeándose de un elenco de actores como el divertido Andy Devine (a quien había dado el relevante papel del conductor en La diligencia), Raymond Massey (en una fugaz aparición como Lincoln), Russ Tamblyn (como el desertor sudista que pretende acabar con el conflicto bélico asesinando a Grant); Ford incluso rechazó el ofrecimiento de su amigo James Stewart, quien se puso a su disposición para aparecer brevemente como cadáver en la escena en la que se anuncia la muerte de Linus Rawlings en un hospital militar tras la batalla de Shiloh (personaje el de Rawlings ideado expresamente para Gary Cooper y que, al morir éste, se le ofreció a James Stewart en una decisión que el actor siempre entendió equivocada al no considerarse adecuado al rol). En definitiva, que la película nos permite acreditar la maestría de Ford, pero no es una película de Ford, no al menos al cien por cien, sino tan sólo al veinte por cien. Dado el amplio abanico de films que el genial director poseía, no encuentro explicación a la circunstancia de programar esta película que, a mayor abundamiento, es emitida cada dos por tres en dicho canal.

II.- La legión invencible, en lo que es una penosísima traducción del título original She wore a yellow ribbon (Ella llevaba una cinta amarilla). Se trata de la segunda de las películas que Ford rodó entre 1947 y 1949 dedicada a la caballería, y como las otras dos (Fort Apache y Río Grande) se inspiraba en un breve relato del escritor James Warner Bellah, en concreto el titulado War party (partida de guerra). Esta película narra los últimos días en activo del capitán Nathan Brittles en un puesto de caballería en el oeste americano, puesto en el que conviven los oficiales y los soldados junto con sus familias. Brittles ve acercarse el retiro como una sombra siniestra que pondrá fin a toda una vida dedicada al ejército; ni tan siquiera va a tener el consuelo de poder contar con el apoyo de su familia, dado que su mujer y su hija han fallecido y se hallan enterradas en el cementerio del fuerte, lugar al que como un ritual el capitán Brittles acude diariamente a presentar su “informe” y a cambiar las flores. Esta película, que repite prácticamente el reparto de Fort Apache (junto a John Wayne encontramos de nuevo a John Agar, Víctor McLaglen y George O´Brian) vemos temas que obsesionaban a Ford: el papel de las mujeres como apoyo silente, pero decisivo a los militares; la huella de la guerra de secesión y, sobre todo, la integración de la gente tras el conflicto bélico (la secuencia del fallecimiento del “soldado John Smith”, en realidad un antiguo general confederado integrado en la caballería estadounidense, junto con el rendido elogio del capitán Brittles a su valentía y el permiso para que el soldado Smith fuese enterrado con la bandera de la confederación sobre su ataúd); el rol de las tribus indias, cuyas nuevas generaciones claman la guerra frente a quienes, ya ancianos como Brittles, alzaban su voz en favor de la paz. Temas generales que coexisten con la trama sentimental protagonizada por los tenientes Flint Cohill (John Agar) y Ross Pennell (Harry Carey jr) que rivalizan por el amor de Olivia Dandrige (Joanne Dru), e incluso con la nota humorística que pone el sargento Quincannon (Victor McLaglen), cuya corpulencia es tan inmensa como su bondad, y que no duda en animar a un joven niño huérfano con frases tan hilarantes como “Soy el mejor nadador del mundo. Una vez crucé el canal de La Mancha….con un yunque en el pecho”. No obstante, si por algo destaca esta película es por la belleza de sus imágenes, con un colorido espectacular y con una fotografía brillantísima de la que es un ejemplo la escena en la que la que la partida camina bajo una tormenta a paso lento para que el médico del regimiento pueda, en una operación de urgencia perpetrada en la parte trasera de una carreta, extraer a un soldado una flecha india alojada en su pecho. Imprescindible película para cualquier aficionado no sólo al western en especial, sino al séptimo arte en general.

Continuará………..

LA INSTAURACIÓN DEL DÍA NACIONAL DE LA SEGURIDAD PRIVADA.

Seguridad privada

En los trescientos sesenta y cinco días del año caben realmente días para todo. Existe un día de navidad y otro de año nuevo. Existe un día de nochebuena y otro de nochevieja. Existe un día de reyes, un día de la madre, un día del padre, un día del niño, el día del abuelo…… Cada día sirve para conmemorar circunstancias de lo más variopintas, unas muy razonables, otras cuya justificación es quizá algo más forzada.

Pues bien, a partir de ayer añádase una nueva efeméride que cuenta con su fecha en el calendario. El día 30 de abril de 2013 el Boletín Oficial del Estado publica la Orden INT/704/2013 de 10 de abril por la que se establece el “Día de la Seguridad Privada”. Esta orden se une a larga lista de normas cuya exposición de motivos desborda con creces el contenido material o estrictamente normativo; en otras palabras, que consumen más esfuerzos justificando la norma que en su propia regulación sustantiva. El brevísimo contenido material se limita a un único artículo de tres párrafos que declara en el primero de ellos el día 21 de mayo como “Día de la Seguridad Privada”, cuya tendrá carácter anual, sin perjuicio de que el tercer párrafo permita que las acciones conmemorativas (descritas fugazmente en el segundo apartado) puedan celebrarse en fecha distinta. La Disposición Final Segunda establece que la Orden entra en vigor al día siguiente de su publicación en el Boletín Oficial del Estado, es decir, el día 1 de mayo. Por tanto, ello implica que en veintiún días tendremos por vez primera en nuestra patria el “Día de la Seguridad Privada”.

¿Cuál es la finalidad de esta norma y por qué se ha escogido dicha fecha? Pues acudamos a la Exposición de Motivos: “La finalidad que se persigue al establecer el «Día de la Seguridad Privada», es reconocer la trascendental labor desarrollada por la seguridad privada e impulsar la divulgación de su utilidad social, sensibilizando a la sociedad sobre su contribución a la mejora de la seguridad común como colaborador indiscutible de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. En consecuencia, sin perjuicio de otras fechas tradicionalmente usadas, atendiendo la solicitud de las entidades y organizaciones del sector de la seguridad privada en España para que se declare el 21 de mayo como «Día de la Seguridad Privada», en conmemoración del día del año 1518, en el que el Rey Carlos I dio la primera norma de seguridad privada en España, y teniendo en cuenta la asentada práctica generalizada de celebración de un «Día de la Seguridad Privada» en todas las Comunidades Autónomas, así como las conclusiones alcanzadas tras la celebración de la Comisión Nacional de Seguridad Privada del año 2012, y vista la referencia normativa contenida en el artículo 36.5 de la Orden INT/318/2011, de 1 de febrero, sobre personal de seguridad privada, se considera oportuno establecer ese día, como el día oficial de la seguridad privada en España, como ya ocurre en otros sectores profesionales”.

EL ASESINATO DEL ALMIRANTE CARRERO BLANCO.

Luis Carrero Blanco

El pasado lunes la primera cadena de Televisión Española emitía los dos capítulos de la miniserie “El asesinato de Carrero Blanco”, seguida de un documental sobre la vida del almirante. La serie estaba bastante bien realizada estéticamente y cuyo protagonista estaba magníficamente caracterizado. La realización, salvo algún que otro aspecto, me recordó en extremo el muy recomendable libro Carrero, las razones ocultas de un asesinato, que hace ya más de una década publicaron Carlos Estévez y Francisco Mármol en la editorial Temas de Hoy y que planteaba unos interrogantes sobre el magnicidio que, aún hoy, no han sido aclarados suficientemente. El asesinato tuvo lugar un día como hoy, un veinte de noviembre, en concreto a las nueve horas y veintiocho minutos del día veinte de noviembre del año mil novecientos setenta y tres. El autor de estas líneas contaba por entonces dos meses y medio de edad.

La familia del almirante Carrero está convencida de que si bien la banda terrorista ETA, que reivindicó el atentado, fue la mano ejecutora, hubo quienes desde la sombra guiaron y protegieron sus pasos. Así, es imposible que tres personas vinculadas a la organización se pasearan por la capital, cometieran errores garrafales que por mucho menos hubieran conducido a su detención y nada les ocurriese. Es impensable que (y así consta reflejado en la serie) cuando las fuerzas del orden tenían prácticamente consumado el cerco y captura de los terroristas una orden (que, según un testigo comunicó a los investigadores Estévez y Marmol “venía de arriba, de muy de arriba”) impusiese abortar la operación. Es difícil creer que la elaboración del túnel que tres personas realizaron en el semisótano de la calle Claudio Coello número 104 no despertase las sospechas no sólo por los ruidos, sino por el intenso olor a gas que la tierra desprendía y que impregnó incluso a los excavadores. Es chocante que pese a las continuas advertencias que desde la comisaría de Bilbao se hicieron a la Dirección General de Seguridad en relación a una acción directa y efectiva de ETA en la capital contra una alta personalidad (se barajaban los nombres del entonces príncipe Juan Carlos y del vicepresidente Carrero), se hiciese caso omiso desde las altas jerarquías. Pero si lo sucedido antes del atentado es chocante, lo que sucedió después es inquietante. Ni un solo control en las carreteras o en las fronteras, como lo prueba el hecho de que la hija del almirante, que se encontraba en Sevilla y que se desplazó urgentemente a Madrid al conocer el siniestro, se encontró en Barajas sin las más elementales medidas de seguridad; en las vías de comunicación entre las vascongadas y Madrid no existió ni un solo punto de control. Y lo peor de todo es lo ocurrido en la embajada española en Francia. Los servicios de seguridad franceses ofrecieron extraoficialmente (oficialmente el país galo no veía con buenos ojos el régimen franquista español, pero se trataba del asesinato del presidente del gobierno) a los españoles que extraoficialmente capturasen a los tres autores del atentado, que estaban identificados y localizados en el país vecino; el segundo de la embajada se lo comunicó urgentemente al embajador español, Pedro Cortina Mauri, quien no sólo no dio la más mínima importancia al asunto, sino que incluso llegó (aspecto éste no reflejado en la serie más que muy dulcificado) a abandonar la embajada para iniciar sus vacaciones, desobedeciendo una orden expresa del Ministro de Asuntos Exteriores (por entonces, Laureano López Rodo, hombre de confianza del almirante Carrero) en el sentido de permanecer en la embajada. A Cortina Mauri se le cesó en su puesto de embajador…..para ser nombrado nuevo Ministro de Asuntos Exteriores. Esa, entre otras cosas, fue la consecuencia del asesinato del almirante Carrero: finiquitar su línea de actuación mutando todo el gobierno en el que se encontraban personas abiertamente aperturistas como López Rodó y Fernández Miranda, quienes fueron abruptamente eliminadas de la primera línea política, catapultando a la presidencia a Carlos Arias Navarro, ministro de la gobernación (y máximo responsable, por tanto, de la seguridad del presidente del gobierno); el único ministro de Carrero que no había sido nombrado por éste, como lo prueba el hecho de que cuando Arias fue a darle las gracias a aquel por el nombramiento, la respuesta que obtuvo fue “dáselas al Caudillo”.

No obstante, con independencia de la opinión que uno tenga de Luis Carrero Blanco, hay algo que sí refleja la serie y que merece ser destacado: la austeridad espartana con la que conducía su vida. Vivía en un piso modesto, su escolta (como vicepresidente del gobierno y hombre fuerte del régimen) se limitaba a un policía de paisano, que se aumentó a dos cuando fue nombrado presidente en junio de 1973; ahorrativo hasta los tuétanos, reintegraba al tesoro las cantidades asignadas que le sobraban. También, cuando en familia comentaban el secuestro de un empresario por la banda terrorista, el almirante les soltó inesperadamente que “Si alguna vez me secuestran, no deis por mí ni un duro.” Quedará para la posteridad la serena imagen del presidente del gobierno en funciones, el asturiano Torcuato Fernández Miranda cuando, tras una agotadora jornada, manifestaba ante las Cámaras que “El odio puede soñar con posibles revanchas. Es inútil. Hemos olvidado la guerra en nuestro afán por construir la paz de los españoles. Pero no hemos olvidado ni olvidaremos nunca la victoria, que ha abierto el camino español de la paz y la justicia

EL OLVIDADO CENTENARIO DEL ASESINATO DE JOSÉ CANALEJAS

José CanalejasDoce de noviembre del año mil novecientos doce. Un ciudadano de poblados bigotes y gafas con cierto aire quevedesco se detiene en la madrileña Puerta del Sol a contemplar  el escaparate que la librería San Martín poseía entonces en dicho lugar. Sin que se diera cuenta, un individuo se le aproximo por la espalda y le descerrajó tres tiros. La policía intentó reducir al asesino a golpes de porra pero éste, dándose cuenta de que estaba perdido, se disparó un tiro en la cabeza. Su víctima, que fallecería a consecuencia del atentado, era don José Canalejas, líder indiscutible del Partido Liberal y que, además, ostentaba por entonces el cargo de Presidente del Gobierno de España. Canalejas había nacido en 1854 la villa gallega de El Ferrol (curiosamente el mismo lugar donde treinta y ocho años después nacería Francisco Franco), por lo que contaba con cincuenta y ocho años en el momento de su vil asesinato. Era ya la tercera vez en nuestro país que un atentado terrorista truncaba la vida de un presidente de gobierno. Juan Prim había muerto el 30 de diciembre de 1870 tras el atentado que en la calle del Turco había sufrido dos días antes (aunque la reciente autopsia practicada al cadáver momificado de Prim revela que el mismo no falleció a consecuencia de las heridas –ninguna de ellas mortal- sino estrangulado), y en 1897 Antonio Cánovas del Castillo (asesinado en el balneario de Santa Águeda el 8 de agosto de 1897). Con posterioridad, el conservador Eduardo Dato sería igualmente asesinado el 8 de marzo de 1921, cuando un comando anarquista tiroteaba el vehículo presidencial con más de veinte disparos.

No tuvo suerte el monarca Alfonso XIII. La situación política se agravó al poco de declararse su mayoría de edad, y en el hecho tuvo no poco que ver la desintegración de los partidos dinásticos, liberal y conservador, que no acababan de salir del marasmo y luchas internas que los desgastaban. Alfonso XII había contado con dos sólidos bloques que se alternaban en el poder, pero, lo que es quizá más importante, ambos con un férreo e indiscutible liderazgo, pues si don Antonio Cánovas del Castillo acaudillaba el Partido Conservador, Práxedes Mateo Sagasta aglutinó en torno al Partido Liberal a todas las fuerzas de la izquierda. El sistema constitucional instaurado en 1876, la solidez de los partidos y el liderazgo sin fisuras de ambos líderes hicieron posible que un suceso tan trágico como la inesperada y prematura muerte del monarca Alfonso XII en noviembre de 1885 no supusiese una crisis de estado, pues la viuda del rey, doña María Cristina de Habsburgo Lorena asumió constitucionalmente la regencia y el 17 de mayo de 1886 daba a luz al hijo póstumo de Alfonso XII, quien le sucedería en la corona. No obstante, a fines de siglo el sistema comenzó a hacer aguas, inicialmente con un tímido goteo, ulteriormente a chorro limpio. Para agravar la situación, Cánovas es asesinado por un anarquista el verano de 1897, y Sagasta, ya en su ocaso político, veía cómo lo que con tanto esfuerzo se había edificado corría serio peligro de desintegración. La pérdida de las últimas colonias el año 1898 provocó una seria reflexión por parte de la élite intelectual del país y dio lugar a un amplio movimiento en la élite culta en demanda de reformas institucionales. Crisis política y crisis social a lo que se junta la falta de liderazgo y división interna de los partidos. No obstante, la situación pudo reconducirse, pues si los conservadores, tras el breve liderazgo de Silvela, lograron hallar un líder formidable en el mallorquín don Antonio Maura Montaner, los liberales lograron, por su parte, oponerle al ferrolano don José Canalejas Méndez, quien ya había desempeñado las carteras de Hacienda, Gracia y Justicia y Fomento en sendos gobiernos liberales en los últimos años del siglo XIX. No obstante, esa posible vía de solución se truncó por dos acontecimientos que acabaron con esta esperanza regeneracionista.

Los sucesos acaecidos en 1909 a raíz de la Semana Trágica acabaron con la presidencia de Antonio Maura, que ostentaba la presidencia desde el mes de enero 1907 en lo que se conoció como “el gobierno largo”. Las algaradas provocadas en Barcelona y la decidida actuación de Maura provocaron la campaña del “Maura no”, haciendo que el día 21 de octubre de 1909 don Alfonso XIII, en uno de los gravísimos errores de su reinado, le aceptase una dimisión que el mallorquín no había presentado. Como el propio Maura diría, le “falló el muelle real”, abortando un gobierno que estaba dando pasos decisivos en la democratización del sistema a través de la reforma de la Administración local, tratando de dar un golpe de gracia al caciquismo. La presión contra Maura fue tan brutal que el diputado republicano-socialista Pablo Iglesias, en su célebre intervención del 7 de julio de 1910 en el Congreso de los Diputados (siendo ya, por tanto, José Canalejas presidente del Consejo de Ministros) dijo expresamente que antes que permitir que Maura regresase al poder había que acudir incluso al atentado personal; tras indicar que su partido “luchará en la legalidad cuando pueda y saldrá de ella cuando deba” manifestó que “debemos, viendo la inclinación de este régimen por su señoría, comprometernos para derribar ese régimen. Tal ha sido la indignación por la política del Gobierno del Sr. Maura en los elementos proletarios que nosotros hemos llegado al extremo de considerar que antes de su señoría suba al Poder debemos ir hasta el atentado personal”. Maura sufriría un atentado en Barcelona en 1910.

Pero desde el mes de enero de 1910 el Partido Liberal había accedido al gobierno gracias al nombramiento de José Canalejas como presidente del Consejo de Ministros. El jurista y político gallego había aglutinado en torno a su persona a las distintas facciones del partido liberal, proponiendo una alternativa al partido conservador. Así, aprobó la Ley de Congregaciones Religiosas (que le valió la crítica del clero hispano pese a ser Canalejas un católico practicante), solventó el delicado asunto marroquí iniciando las negociaciones que conducirían al establecimiento del protectorado español en la zona, inició las negociaciones para poner fin al problema catalán mediante las negociaciones tendentes al establecimiento de la mancomunidad catalana (algo que ya había intentado Antonio Maura en la etapa previa a su cese). Pero sus convicciones liberales no le impidieron reaccionar con dureza ante la huelga de ferrocarriles que tuvo lugar en 1912, ante la que no dudó en militarizar el servicio, hecho este último al que algunos atribuyen su asesinato poco después. Creo que fue Jesús Pabón (cito de memoria) quien manifestó que todo era posible antes del asesinato de Canalejas y que nada fue posible después. Y es que, en efecto, el asesinato de Canalejas privó al Partido Liberal de un líder brillante, dando lugar a una implosión interna en la cual diversas facciones y banderías fueron encabezados por personajillos más atentos a los intereses de la facción que a los generales del país.

Pese a que se ha cumplido justo el siglo del vil asesinato de José Canalejas, nadie ha tenido a bien recordar a uno de los políticos más brillantes y honestos de nuestro país, lo que nos demuestra lo “peculiar” de nuestra mal llamada “memoria histórica”. Y, para finalizar, una curiosidad adicional: el primogénito de Canalejas, llamado José María, fue asesinado en 1936 por milicianos del frente popular. Quizá este último hecho sea clarificador de los motivos que han llevado a nuestros políticos actuales, en un ejercicio de desmemoria histórica, a olvidarse de uno de los nombres clave de la izquierda liberal española. Desde esta humilde bitácora, vaya un recuerdo para don José Canalejas Méndez, Presidente del Consejo de Ministros del Reino de España.