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FELICITACIÓN NAVIDEÑA DE LA MANO DE BING Y FRANK.

Un año más llegan estas fiestas, que para algunos supondrán la alegría de reunirse en torno a sus familiares y para otros la tristeza de celebrarlas con personas cercanas que ya no están. En uno de sus magníficos artículos donde agavilla el comentario cinematográfico con la vivencia personal, el maestro José Luís Garci indica que a medida que los años se amontonan en nuestra espalda uno cada vez más identifica la navidad con los recuerdos de infancia. De esa forma, el célebre director español recuerda las navidades de su niñez, unas navidades (en su caso, en blanco y negro, como las películas del Hollywood dorado) que se iniciaban el día veintidós de diciembre a los sones de los niños de San Ildefonso al cantar los premios de la lotería y finalizaban la noche del seis de enero cuando, sin apenas tiempo para disfrutar de los juguetes que habían dejado los Reyes Magos, uno debía acostarse pronto dado que al día siguiente se reanudaba la actividad escolar. Aunque una generación posterior a la suya, lo cierto es que en cierta medida las navidades de mi niñez se parecen en gran parte a las de Garci, con la salvedad de que las mías ya fueron en technicolor y con algunos detalles (como acudir físicamente a la misa del gallo) ya suprimidos.

Este año me gustaría felicitar las navidades a los lectores de este blog de una forma especial. Les ruego que hagan uso de esa máquina del tiempo que es la imaginación y retrocedan hasta un lugar indeterminado de los Estados Unidos a principios de los años cincuenta. Desde el exterior de un inmueble, a través de la ventana pueden contemplar un salón al que se accede directamente desde la puerta de entrada, situada a un nivel superior en tres escalones a la planta. No falta una estantería generosamente surtida de libros, un canapé y una mesa, y varios adornos que nos permiten situar la escena en las fiestas navideñas. En el salón hay dos personas de mediana edad, elegantemente vestidas. Una de ellas, de cabello rubio, se aproxima a la ventana y, con su voz de crooner, empieza a cantar el villancico White Christmas. La otra persona, que queda en segundo plano, transcurridos unos instantes se levanta y se acerca igualmente a la ventana, con dos tazas de café, para unirse a su amigo en el villancico, que terminan ambos a una. Acabada la interpretación, ambos se manifiestan recíprocamente sus buenos deseos (“feliz navidad, Bing”, “feliz navidad, Frank”) y hacerlos extensivos al público (“feliz navidad a todos”), y regresan al centro del salón, donde ya les espera una mesa bien repleta que les va sirviendo un mayordomo enfundado en la tradicional chaqueta blanca, mientras la cámara se aleja progresivamente de esa hogareña escena evidenciando cómo en el exterior comienza a nevar. De esta forma tan entrañable, Bing Crosby y Frank Sinatra felicitaban las fiestas navideñas a los estadounidenses.

Felices fiestas a todos.

FELIZ NAVIDAD….EN COMPAÑÍA DE MICHAEL CAINE Y LOS TELEÑECOS.

Cuando parece que tan sólo ha transcurrido un instante, en realidad ya casi se han superado las doce mensualidades que integraron este año 2021 que da sus últimos coletazos. Así pues, en los umbrales de llegar al año de los tres doses, el responsable de este blog quiere desear a todos unas feliz nochebuena y navidad, y que las restricciones que lamentablemente vuelven a imponerse (un triste canto a la inseguridad jurídica más absoluta al depender la situación de cada territorio autonómico) no les impidan disfrutar de la compañía de sus seres queridos.

Este año, en lugar de un villancico tradicional, he optado por un tema navideño inserto en una película que, quién lo diría, atesora ya tres décadas. Se trata de la canción “It feels like Christmas”, y que entona el fantasma de las navidades presentes en la divertidísima adaptación de la célebre breve pieza navideña de Charles Dickes que, con el título Muppets Christmas Carol, se realizó en el año 1992, y donde los protagonistas absolutos eran los teleñecos,  esas marionetas creadas por Jim Henson (entre las que destacaban la rana Kermit, la cerdita Miss Piggy y el gran Gonzo), aunque también compartió la gloria un inconmensurable Michael Caine, que se tomó tan en serio su papel hasta el punto de manifestar que encarnaría a Mister Scrooge “como si lo estuviera haciendo en la Royal Shakespeare Company”. Cumplió su promesa con creces, y con ello causa precisamente el efecto de acentuar la comicidad de la situación, algo que se ve en este fragmento, donde pese a que Caine no dice una sola palabra, su rostro (que si bien al principio traslada la sensación de desarraigo y de estar fuera de lugar, al final intenta un tímido acercamiento al espíritu navideño) vale por todo un tratado.

Felices navidades!!

IN MEMORIAM: LEONTINA ALONSO, MAGNÍFICA PROFESORA Y GRAN PERSONA.

Veo publicada en la edición digital del diario El Comercio de hoy jueves día 9 de diciembre de 2021 (de donde extraigo la fotografía que ilustra la presente entrada) la noticia del fallecimiento en Gijón Leontina Alonso Iglesias. Es posible que, a quienes no sean vecinos de Gijón, el nombre no les diga nada, e incluso es probable que tampoco suene a muchos habitantes de la villa de Jovellanos. Pero no me cabe duda que adquiere hondo significado no sólo para los miembros de la Comunidad educativa asturiana, sino también para quienes, como el humilde redactor de estas líneas cursamos la educación secundaria en el Instituto de Bachillerato “Doña Jimena” en los años que transcurren entre finales de la década de los ochenta y principios de los noventa del pasado siglo y tuvimos el privilegio de tenerla como docente y, ulteriormente, como directora.

Leontina Alonso no era quienes se dedicaron a la enseñanza por simple descarte o pura inercia, sino que era de esas personas que eligieron la docencia por vocación, algo que se percibía en cualquiera de sus clases. Desde el punto de vista personal, puedo constatar que los dos años en los que tuve el privilegio de contar con ella entre el cuadro de profesores, particularmente durante el segundo curso de Bachillerato (impartiendo la asignatura de “Geografía humana y económica”) y en el Curso de Orientación Universitaria (donde brilló con luz propia como encargada de “Historia del Arte”) calaron hondo en mi futura orientación profesional, sobre todo en la primera de las asignaturas citadas, pues fueron sus clases las que inclinaron definitivamente mi opción por la rama de letras en lugar de ciencias, opción ésta sin duda alguna la que a mi padre le hubiera gustado que siguiera. Aquellas horas de la mañana en que, tras el estentóreo, ensordecedor y nada armónico “canto” de la sirena encargada de marcar el final de los cincuenta minutos fijados a cada materia, y después de los cinco minutos de “cortesía” entre asignaturas donde un nutrido grupo de adolescentes ocupábamos durante unos instantes los pasillos para sacudirnos el polvo de la clase anterior, aún permanecen vivas en mi memoria. Y si bien confieso que la geografía humana no era una materia que fuese (a diferencia de la historia, que me encantaba y me sigue cautivando) santo de mi devoción, Leontina supo hacerla agradable a través de su método docente, totalmente alejado de las “clases magistrales” (donde el docente pontifica y los discentes se limitan a recibir silentes la información) para implicar al alumnado con actividades que, en ocasiones, sorprendían agradablemente. Un ejemplo concreto: a la hora de estudiar los diferentes tipos de clima, recuerdo como si fuera hoy mismo que Leontina puso un ejercicio para que, en la clase, se elaborar el correspondiente climograma con los datos suministrados, y una vez finalizado y corregido, informó que era el de la propia ciudad de Gijón. Pero, además de ser una gran docente, Leontina tenía un sentido del humor que transmitía no sólo a sus compañeros, sino también a su alumnado. Así, por ejemplo, cuando en la clase de historia del arte, para impartir la cual se valía de diapositivas (algunas de ellas incluso no del centro, sino personales que había tomado en sus viajes), en una ocasión inadvertidamente se le “coló” una donde aparecía posando la propia Leontina con una amiga, lo cual, pese al intento de “saltarla” con toda rapidez, no pasó desapercibido y provocó el lógico estallido de carcajadas entre los estudiantes. Cuando un alumno, algo distraído, preguntó a qué se debían esas risas, Leontina se limitó a volver atrás la diapositiva, provocando de nuevo la hilaridad del auditorio.

Pero Leontina no sólo era una magnífica profesora, sino, lo que es más importante, una gran persona que se preocupaba extremadamente por sus alumnos y que siempre intentó facilitarles la tarea, en ocasiones con una generosidad inmensa. En cierta ocasión, hubo de efectuarse un examen en horario de tarde, y quien suscribe tomó mal la fecha de realización de la prueba, anotándola para un día después del efectivamente señalado. La tarde en cuestión, recibí una llamada telefónica de Leontina, extrañada de que no hubiese acudido, pues tanto entonces como en la actualidad a quien suscribe jamás se le suelen pasar las fechas, sino incluso las horas. Obvio es decir que, raudo y veloz acudí de inmediato al centro, donde realicé la prueba sin ningún tipo de problema.

Cuando finalicé mis estudios de secundaria, durante mi etapa universitaria e incluso ya iniciado el ejercicio profesional, continué manteniendo el contacto con Leontina. Cada cierto tiempo, regresaba a mi antiguo instituto, ascendía por las escaleras que tantas veces había subido y bajado como estudiante y acudía a su despacho de dirección para charlar un rato. Durante todos esos años, en los que iba percibiendo no sólo los cambios físicos en el interior del edificio que alejaban cada vez más del que permanecía en mis recuerdos, sino la degradación del sistema educativo (debido a una legislación sobre la materia absolutamente disparatada que en vez de evolucionar, involucionaba), Leontina casi siempre tenía unos minutos para charlar, intercambiar opiniones y hablar de los temas más diversos, y nunca se olvidó de preguntar por mis progresos en la carrera, por mi actividad como abogado y, sobre todo, por mi familia. En ocasiones tales charlas finalizaban con divertidas anécdotas personales, como la vez en que quien suscribe, ya totalmente incorporado a su ordinario quehacer profesional, le manifestó sin tapujos la pésima opinión que tenía, tanto a nivel profesional como personal, de la profesora (cuyo nombre y apellidos son indignos de reflejarse en este post, pues lo dejaría “maculado”) a quien por desgracia le tocó en suerte en la asignatura de Educación Física en segundo curso, que era en todos los aspectos la antítesis de Leontina; ésta, tras una sonora carcajada, reconoció que en cierta ocasión, al pasar por donde la citada “docente” martirizaba de forma inmisericorde a sus alumnos, se limitó a manifestarle de forma irónica pero significativa: “hija mía, si me llegas a haber dado tú educación física, todavía estaría en bachiller”.

Es una lástima que profesores como Leontina Alonso se vayan, aunque siempre quedará su recuerdo y, en cierta medida, continuarán a través de las generaciones de alumnos a los que enseñó durante sus tres décadas en el Instituto “Doña Jimena” donde, dicho sea de paso, con la única excepción del garbanzo negro al que antes se aludió, contaba con un magnífico equipo docente. Y es de justicia recordar a quienes nos inculcaron no sólo un sólido utillaje de conocimientos, sino, lo que es más importante, una serie de valores.

FELICES (Y NOSTÁLGICAS) FIESTAS A TODOS.

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En uno de sus maravillosos y nostálgicos relatos incluidos en el muy recomendable libro A este lado del gallinero, el director y escritos José Luís Garci evoca, a través de las películas, diferentes etapas de su vida, entre ellas la infancia. Una idea que ha explicitado muchas veces tanto por escrito como en diversas intervenciones radiofónicas, es que para él (y para los niños de su misma “quinta”) la navidad comenzaba el día 22 de diciembre con el sorteo de la lotería, extendiéndose hasta el día 6 de enero. Ello reducía a quince intensos días, que para un niño transcurrían muy deprisa, y que finalizaban abruptamente una vez transcurrida la noche de reyes, cuando, “sin apenas tiempo para disfrutar de los regalos”, al día siguiente, siete de enero, había que volver a la rutina de las clases y la vida cotidiana.

Mucho tiempo ha transcurrido desde entonces, y mucho se ha desnaturalizado la navidad. Por un lado, el mercantilismo exacerbado ha impuesto que ya desde mediados de octubre empiecen a verse en los establecimientos adornos, bienes y motivos relacionados con la navidad. A ello se une la continua erosión de valores, no exclusivamente cristianos, sino que deberían trascender a cualquier confesión o ideología; valores tales como el respeto, la educación, el saber estar, que parecen haber quedado reducidos a una simple exposición en un museo de antigüedades. La navidad ha quedado hoy en día reducida simple y llanamente a una paga extraordinaria y a unos días de vacaciones en determinados sectores.

Por ello, estoy cada vez más convencido de la vigencia del sermón final que en la imprescindible cinta La mujer del obispo, el clérigo Henry Brougham (magnífico David Niven) pronuncia ante sus feligreses una fría e invernal nochebuena. Bien es cierto que el sermón navideño, en realidad, fue elaborado por Dudley (insuperable Cary Grant) un ángel venido del cielo en respuesta a la oración de un angustiado Brougham, superado por acontecimientos que afectan a su vida clerical y personal. Recomiendo a quien desee pasar un buen rato y disfrutar de ciento diez minutos de buen cine clásico imbuido de espíritu navideño, que vea esta atemporal película dirigida por Henry Koster en 1947.

Y con estas palabras que el obispo Brougham dirige a los asistentes a su misa de navidad, aprovecho para desear a todos los lectores de este blog unas felices fiestas.

 

DEAN MARTIN: EL «KING OF COOL» EN EL CENTENARIO DE SU NACIMIENTO.

Cuando el grueso de las fuerzas políticas han canalizado sus esfuerzos a recordar bien el cuadragésimo aniversario de las primeras elecciones democráticas, bien el centenario de la revolución soviética, quisiera incorporarme a esa ola de conmemoraciones, pero no para evocar en esta ocasión el aniversario de un acontecimiento político, sino para evocar el recuerdo de un personaje que este mes de junio, habría cumplido los cien años.

Y es que el siete de junio del año mil novecientos diecisiete, en una ciudad perteneciente al estado de Ohio, venía al mundo Dino Paul Crocetti, que sería universalmente conocido como Dean Martin, uno de los integrantes del “Rat Pack” junto con sus grandes amigos Frank Sinatra, Sammy Davis jr. y Peter Lawford. Sin duda alguna, fue el King of Cool y su inimitable y característica voz de crooner ha proporcionado horas y horas de entretenimiento a un público de lo más variado durante casi cuatro décadas.

Aunque sus inicios en el mundo del espectáculo fueron como cantante en clubes nocturnos, dio el salto a la primera plana como pareja artística con el actor cómico Jerry Lewis, con quien durante una década protagonizó una serie de películas donde invariablemente el elemento cómico predominaba, mediante el contraste entre el pícaro y elegante seductor que era Martin y el desastroso y cómico patán que era Lewis. Era cuestión de tiempo que “Dino” (como se le conocía entre sus amistades) fuese cansándose de interpretar siempre el mismo rol y finalmente, en el año 1956 el dúo acordase su separación, más o menos amistosa. Se llegó a decir que incluso la ruptura se produjo tras una agresión física de Martin a Lewis, y que este se habría tomado la revancha en el film The nutty profesor (El profesor chiflado), donde el personaje de Buddy Love (el galán caradura pero seductor en el que se transforma el genial pero físicamente poco agraciado y torpe profesor Kelp) era, en realidad, un ataque a Martin; incluso llegó a filtrarse el comentario de la mujer del cómico al ver el guión: “qué cruel eres con el pobre Dean.” De justicia es decir que Lewis negó siempre la mayor. Aun reconociendo que, en efecto, ambos estuvieron distanciados, se reconciliaron públicamente en 1976 en el programa que anualmente celebraba Jerry Lewis para recaudar fondos destinados a la Asociación de Distrofia Muscular. Sinatra, tras la lectura de una carta de sus nietos, le dijo a Lewis que “a friend of mine loves what you do every year”, y dio paso a Martin, quien se fundió en un sentido y fraternal abrazo con quien había sido su partenaire durante los diez años iniciales de su carrera. El pasado año 2016, en una entrevista efectuada a Jerry Lewis, al ser preguntado expresamente por Martin y, específicamente, si “aún considera que fue su mejor amigo”, la respuesta de Lewis fue automática y sentida: “Oh, God yes. Oh yes. He was the nicest, warmest, most genuine, honorable, integral man I´ve ever known in my life.” A continuación, el emotivo momento en que Martin y Lewis se reencuentran en 1976 de la mano de Frank Sinatra:

 

 

 

Dean Martin, emprendió una carrera en solitario, tanto en el séptimo arte como en los escenarios y en la televisión. Compartió protagonismo con leyendas como John Wayne (Rio Bravo, The sons of Catie Elder), Robert Mitchum (Five card stud) e incluso con sus colegas del Rat Pack (Ocean´s eleven, Sergeants three, Four for Texas, Robin and the seven hoods). En el séptimo arte tuvo incluso el sentido del humor suficiente para reírse de sí mismo, como lo demuestra el hecho de que aceptase tener un papel secundario en Kiss me stupid, donde interpretaba a un cantante seductor y mujeriego llamado…..Dino Latino.

Tuvo igualmente su propio show televisivo, donde aportó su inequívoco encanto y sentido del humor al lado de personalidades como John Wayne, Orson Welles o James Stewart. Particularmente hilarante fue el momento en el que Wayne se “mofó” cómicamente de los talentos vocales de Martin diciéndole que “cantar es muy fácil”, puesto que sólo hay que “practicar un poco.” Tras confesarle que “yo practico bastante”, Martin desafía a Wayne a que cante en público con él y, tras hacerse de rogar, éste accede a interpretar Everybody loves somebody…..con la voz de Frank Sinatra. La cara de sorpresa de Martin, vale por todo un poema. He aquí el momento:

 

 

Pero sin duda alguna, Dean Martin destacó por su prodigiosa voz de crooner. En este sentido, aun a riesgo de ser ciertamente heterodoxo, considero que fue Martin quien debiera ser conocido como “la voz”, y no su amigo Sinatra. Es realmente difícil concebir que una persona que se caracterizaba por un consumo excesivo de tabaco y alcohol podía tener una voz tan prodigiosa que le permitía interpretar tanto música country (Green, Green Grass of Home), baladas románticas (Return to me), melodías italianas (Torna a Surriento, Santa Lucia), villancicos (Jingle bells, White christmas) y temas de lo más variado, como Raindrops keep falling on my head o los clásicos I walk the line y King of the Road. Han sido muchas y muy variadas las interpretaciones de este gran cantante que ha marcado una época. No quisiera finalizar este post sin ofrecer dos de las que a mí me parecen más significativas. La primera, es el My rifle, my pony and me, un fragmento de la película Rio Bravo, y donde Martin alivia la tensión del momento (el sheriff y sus ayudantes asediados en la oficina del Marshall custodiando a un acusado de asesinato) interpretando una balada country (lo que hace, por cierto –y no sería la primera vez- dando caladas a un cigarrillo) y ofreciendoo la alternativa a un entonces jovencísimo Ricky Nelson. La segunda, su divertidísima e irreverente interpretación del King of the road…..que finaliza convirtiendo en Queen of the Road. Único, grande, inolvidable y siempre, siempre, con clase…..Dean Martin.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EVOCANDO A «AZORÍN», EL CLÁSICO MODERNO, EN EL CINCUENTENARIO DE SU FALLECIMIENTO

El pasado día 2 de marzo se conmemoraba el medio siglo del fallecimiento del gran José Martínez Ruiz, Azorín, el más longevo de los escritores que integraron la denominada generación del 98. En el año 1967, a los noventa y tres años, fallecía en su domicilio en el número 21 de la madrileña calle Zorrilla, justo lindando con la parte trasera de lo que entonces eran las Cortes Españolas y hoy es la sede del Congreso de los diputados. Había sobrevivido a todos sus colegas de generación. Miguel de Unamuno, Ramón María del Valle Inclán y Ramiro de Maeztu habían fallecido en 1936, los dos primeros por causas naturales y el último de ellos asesinado en una de las matanzas que tuvieron lugar en la capital ese trágico año; la vida de Antonio Machado se apagó en Colliure en 1939, sin tiempo a que su hermano Manuel, con quien se encontraba personalmente muy unido, pudiese llegar para verlo por última vez (triste y simbolica historia la de estos dos hermanos tan queridos y bien avenidos, separados física e ideológicamente por la guerra sin que por ello dejasen de guardarse el afecto fraternal que siempre se tuvieron; el “impío” don Pío Baroja y Nessi había fallecido en 1956, once años antes que Azorín exhalase su último suspiro.

José Martínez Ruiz, Azorín, nacido en la ciudad levantina de Monóvar, fue sin duda alguna uno de los ensayistas más prolíficos y delicados de la historia de la literatura española. Su depuradísimo estilo literario con el dominio de las frases cortas, descriptivas y evocadoras es magistral, hasta el punto que, como él mismo decía, lo realmente difícil es hacer pasar por sencillo lo que no lo es. Desde su juventud, incapaz de finalizar la carrera de Derecho (pese a sus promesas, finalmente incumplidas, de hacerlo) se orientó definitivamente hacia la literatura. Llega a la capital de España en plena crisis finisecular, del mismo modo que desde la periferia levantina lo hiciese Ramiro de Maeztu. Escritor de artículos en varios de los periódicos de la capital, llega imbuido de ideas anarquistas que se proyectan en los mismos y que aún tiñe algunas de las páginas de su primera novela, La voluntad (en uno de cuyos capítulos, uno de los personajes llega a decir expresamente “la propiedad es el mal” haciendo una glosa de la principal literatura anarquista). No obstante, esos conatos revolucionarios ceden pronto y nuestro escritor gira súbitamente hacia el conservadurismo, y de la mano de dos grandes próceres de dicha formación, Antonio Maura y Juan de la Cierva, obtiene un acta de diputado al Congreso. Salvo en los años de guerra, donde se exilió a París, toda su vida permaneció en la capital, convirtiéndose en los últimos años en una figura ya propia de otra época.

Sus obras más conocidas son aquéllas en las que pone a Castilla y su paisaje como objeto principal de análisis. Ya desde La ruta de don Quijote, recopilación en forma de libro de los quince artículos redactados en 1905 cuando el director de El Imparcial le encomendó, para conmemorar el tricentenario de la publicación de la inmortal obra cervantina, un recorrido por las tierras manchegas. Pero también destacan Un pueblecito: Riofrío de Ávila, Pensando en España, Castilla (que Inman Fox, en su estudio introductorio a la magnífica edición publicada en Austral, califica de “quintaesencia de la obra de Azorín”) o Una hora de España (versión de su discurso de ingreso en la Real Academia Española, donde hace una deliciosa evocación de la vida en las postrimerías del siglo XVI a través de unos magníficos cuadros de costumbres donde, del rey abajo, desfilan todos los estamentos). Son también de destacar sus obras de acercamiento a los clásicos de la literatura española desde un punto de vista muy personal e íntimo. Así, por ejemplo, Los dos luises y otros ensayos, Rivas y Larra (impresionante la minuciosa y crítica disección a que somete el Don Álvaro o la fuerza del sino) o Clásicos y modernos. Es autor también de diversas crónicas parlamentarias y de un libro, El político, elaborado a la manera de los antiguos memoriales.

Como admirador confeso de la obra azoriniana, son varias las obras de dicho autor que han logrado hacerse un hueco en mis preferencias. Sin duda alguna, en un lugar destacado se encuentra La cabeza de Castilla, una recopilación de artículos que tienen como lugar común la figura del Cid y el paisaje castellano, y donde aúna de forma especial descripción de estampas castellanas y análisis literario del Cantar de mio Cid. Evidentemente, Castilla, que es un fresco en el cual el autor pretendió atrapar “una partícula del espíritu” de dicha tierra, lo que hace en varias estampas de las cuales recomiendo vivamente Las nubes (una especie de visión ucrónica de La Celestina, en la cual Calixto y Melibea no han fallecido, sino que han contraído matrimonio y viven felices) así como La fragancia del vaso, una melancólica continuación de La ilustre fregona. También es de destacar la colección de cuentos Blanco en azul (blanco de las nubes y azul del cielo), que tanto gustaba al recordado don José María Martínez Cachero, uno de los más conocedores y agudos analistas de la obra de Azorín. E incluso, como cinéfilo empedernido que soy, no puedo dejar de referirme a El cine y el momento, uno de sus últimos libros y en los que en su peculiar y fácilmente reconocido estilo pasa revista a las películas que ya en su ancianidad visionaba con afecto. “He pasado en mis predilecciones, en el cine, de Walter Pidgeon a Gary Cooper. Walter Pidgeon es el prototipo del caballero en la ciudad. Gary Cooper es el prototipo del caballero en el pueblo. Los pueblos me seducen.” Con esas palabras iniciaba su breve análisis de una de las obras maestras del western, Solo ante el peligro.

Existen en el mercado ejemplares fácilmente asequibles de las obras más conocidas de Azorín. No obstante, atesoro en mi biblioteca varios ejemplares de la benemérita colección austral así como tres volúmenes de las Obras completas editadas en los cincuenta por Aguilar y la más reciente selección titulada Obras escogidas, que Espasa Calpe publicó en tres gruesos volúmenes en edición de Miguel Ángel Lozano Marco.

Nunca está de más volver nuestra mirada hacia el maestro Azorín. Porque si éste sentía pasión por los clásicos, hoy en día él mismo se ha convertido ya en un clásico.

RECORDANDO A ALFONSO ARAGÓN, «FOFÓ»

Fofó

El día 22 de junio de 1976 Alfonso Aragón, “Fofó”, moría a consecuencia de una hepatitis contraída por una transfusión de sangre que se le había practicado al haberse sometido a una operación. Mañana se cumplirán, pues, cuarenta años del fallecimiento de uno de los personajes más queridos tanto de los niños como de sus mayores. La conmoción entre el público infantil y no tan infantil fue brutal, y como bien dijeron sus hermanos Gabriel y Emilio Aragón, “Fofó no ha muerto. Quien lo ha hecho es Alfonso Aragón.” Precisamente hoy, como homenaje, la página web de Radio Televisión Española ha colgado en su página web las imágenes en las que Gaby, Miliki y Fofito graban el momento en el que explican de forma muy alegre y risueña a los niños que en realidad, Fofó se ha ido al cielo para cantar a los niños que están allí, pero uno puede comprobar cómo al cesar la explicación (la cámara sigue grabando) los rostros pasan de la risa a la tristeza y, en el caso de Gaby, al llanto indisimulado. Una escena que evoca las palabras de Canio, el protagonista de la opera Pagliacci, en el célebre aria Vesti la giubba: “ridi, pagliaccio.” El corazón del payaso está roto, pero el show debe continuar. El lector interesado en acceder a dicha imagen aquí tiene el enlace.

Quienes, como el redactor de estas líneas, forman parte de la quinta del setenta y tres, aunque aún tienen vivo el recuerdo de los célebres “payasos de la tele” como uno de los episodios más evocadores de nuestra infancia, apenas guardamos más que un lejano recuerdo de Fofó, aunque ulteriormente pudiéramos ejercitar la nostalgia con las grabaciones y, hoy en día, con los videos que existen en internet. No obstante, los buenos momentos que nos hicieron pasar en aquella deliciosa época que transcurrió a finales de la década de los setenta y principios de los ochenta, que nuestros padres vivieron tan apasionadamente poniendo a rodar el sistema constitucional mientras la feliz ignorancia que caracteriza al mundo infantil era aderezada con píldoras semanales que consumíamos sin oposición paterna en forma de aquel inolvidable: “Cómo están ustedeeeeeeees” merece que desde esta bitácora rindamos un homenaje sentido al gran Alfonso Aragón y, como no, también a sus hermanos Gabriel y Emilio así como a sus hijos Alfonso y Rodrigo. Para ello, no me resisto a traer dos momentos inolvidables. El primero, cuando Fofó interpreta esa canción que tantas veces hemos cantado en nuestra infancia en aquéllos interminables viajes estivales a la hora de desplazarnos al lugar de veraneo. Y que quien no haya cantado alguna vez En el auto de papá que tire la primera piedra……

Y, para finalizar, en una de sus películas, la titulada Había una vez un circo, los tres hermanos Aragón interpretaban de una forma divertidísima la célebre jota de los ratas de la zarzuela La gran vía. Ya saben, aquélla cuya letra, de la más rabiosa actualidad, dice aquello de “siempre que nos persigue la autoridad, es cuando más tranquilos timamos más….”

LA BATALLA DE WATERLOO Y SUS CONSECUENCIAS EN EL ÁMBITO DEL DERECHO PÚBLICO

Waterloo

Confieso que la fecha de la batalla de Waterloo se me quedó grabada a fuego gracias a una magnífica secuencia de la película Five fingers (título que en español se mutó a “Operación Cicerón”), magnífica cinta dirigida por Joseph Leo Mankiewicz y que narraba los juegos de espionaje entre británicos y alemanes en la segunda guerra mundial. Nada menos que el ayudante de la embajada inglesa, Ulysses Diello (encarnado magistralmente por el gran James Mason) contacta con un destacado miembro de la embajada alemana para ofrecerle secretos de estado ingleses a cambio, eso sí, de una buena recompensa. Cuando el alemán, tras ausentarse para contactar con sus superiores y recibir el beneplácito, regresa a su oficina y se dispone a abrir la caja fuerte para entregarle un anticipo a Diello se encuentra con que éste ya había vaciado la caja tras haberla abierto sin problema. “Ustedes los alemanes son muy poco imaginativos y siempre usan la combinación 3-0-1-3-3, la fecha de ascenso de Hitler al poder”, le explica irónicamente el inglés para, cuando ya se disponía a retirarse, se gira de forma súbita y le aconseja al teutón “¿Por qué no prueba con 1-8-6-1-5? Es la fecha de la batalla de Waterloo”.
En efecto, la batalla de Waterloo, de la que hace un par de días se ha celebrado el bicentenario, supuso enterrar definitivamente el imperio napoleónico. Tras el primer destierro a la isla de Elba, de la cual logró escapar, ese efímero “Imperio de los cien días” supuso el canto de cisne del gran corso, cuyos sueños de recuperar su pasada grandeza se enterraron definitivamente en la célebre batalla que inmortalizó el genio de sir Arthur Wellesley, duque de Wellington. Tales acontecimientos no sólo sirvieron de escenario para inmortalizar geniales obras de literatura; así, por ejemplo, si la huida de Napoleón sirvió a Alejandro Dumas de marco para situar los capítulos iniciales de su imprescindible novela El conde de Montecristo (y es precisamente tal hecho el que acarrea a la postre el injusto encarcelamiento de Edmond Dantés en el castillo de If), Víctor Hugo (hijo, por cierto, de un general bonapartista) en su magna e inmortal Los miserables dedica un capítulo a dicha batalla, a la vez que hace que uno de los personajes más despreciables de la obra, el siniestro Thenardier, llame a la posada que regenta “El sargento de Waterloo”. Pero la batalla de Waterloo no sólo inspiró brillantes páginas literarias, sino que tuvo consecuencias importantes en el derecho público de la época, tanto en su vertiente internacional, como constitucional como administrativa.

1.- Desde el punto de vista del Derecho internacional, se consagran definitivamente las fronteras de los distintos países europeos acordadas un año antes en el Congreso de Viena (por cierto, quien desee contemplar una visión humorística y dulzona de tan magno acontecimiento no puede dejar de ver la divertidísima El Congreso se divierte, una cinta filmada en 1931 por Erik Charell y que cuenta con un insuperable Conrad Veidt como Metternich). Las alteraciones territoriales que siguieron a la Revolución francesa y, sobre todo, al Imperio napoleónico sufren una ligera marcha atrás, salvo en el caso del Sacro Imperio Romano Germánico, que no logró restaurarse. Se intenta, infructuosamente, retornar a la clásica idea del “equilibrio europeo”, pero la emergencia del reino de Prusia, y sobre todo la aparición en la segunda mitad de la centuria del nuevo Imperio Alemán y sus tensiones con Francia harán imposible mantener ese delicado y precario equilibrio entre las naciones.

2.- Desde el punto de vista del Derecho político y constitucional, la derrota final de Napoleón supuso el regreso de los viejos monarcas destronados por el corso o, en algunos casos, de sus herederos. Se inicia el auge del legitimismo, y nombres como Luis XVIII de Francia (el antiguo Conde de Provenza, hermano del guillotinado Luis XVI), Fernando VII de España o Fernando I de las Dos Sicilias vuelven a ceñir sobre sus sienes las coronas que en su día les fueron retiradas.
Pero ese regreso de los monarcas no significó la vuelta al Antiguo Régimen. La Revolución había producido una serie de conquistas algunas de las cuales era ya imposible de anular. Se trataba de cohonestar el principio legitimista con todo aquello que la Revolución trajo y que podía conservarse, pero sin los excesos revolucionarios. Se da pie así a un nuevo liberalismo muy distinto del que alumbrara o inspirara los acontecimientos que desembocaron en los hechos de 1789. Se trata de un liberalismo mucho más práctico y apegado a la realidad que el filosófico y abstracto liberalismo dieciochesco, que pasó de rechazar los dogmas políticos británicos a asumirlos como propios, que aceptó el bicameralismo y un monarca dotado de robustos poderes entre los cuales se encontraba en derecho de disolución de las Cámaras y el nombramiento del Gobierno, pero que no tenía en sus manos la dirección política del Estado, que perdía en beneficio del Gabinete responsable ante la Cámara Alta. Esta nueva filosofía liberal ha sido magníficamente descrito por Luis Díez del Corral en su clásica obra El liberalismo doctrinario, y los principales rasgos del mismo pueden encontrarse en el excelente artículo resumen que el profesor Joaquín Varela efectuase en su artículo El liberalismo francés después de Napoleón: de la anglofobia a la anglofilia. Ese nuevo liberalismo se plasma en textos mucho más concretos, concisos y realistas que las ampulosas y abstractos textos dieciochescos. En nada se parecen la Carta de 1814 (incluso la reformada tras la Revolución de 1830) a la Constitución francesa de 1789, como en nada se parece la Constitución española de 1837 a la de 1812. Incluso la Constitución Belga de 1831 (por cierto, aún vigente) recoge estas nuevas orientaciones o principios filosóficos.

3.- Desde el punto de vista del Derecho administrativo. Curiosamente, en este punto se producen pocas mutaciones, dado que a grandes rasgos el régimen administrativo puesto en planta en la época imperial se mantiene. Las grandes creaciones de Bonaparte, como el Code Napoleon, el Consejo de Estado y el régimen prefectorial no sufren modificaciones de calado. Pero la batalla de Waterloo y la caída de Napoleón sí que van a traer una consecuencia que a estas alturas del siglo XXI aún sigue dando que hablar, aunque en líneas generales el debate sobre el mismo esté ya superado: el concepto de acto político. Lo explica perfectamente el profesor Eduardo García de Enterría en el volumen primero de su Curso de Derecho Administrativo a la hora de explicar la naturaleza del acto político, coincidiendo en tal explicación José Luís Carro y Fernández Almayor en su artículo que sobre esta materia publicara con el significativo título de La doctrina del acto político (Especial referencia al Derecho italiano). El Consejo de Estado francés, como creación napoleónica, tras la derrota de su creador pasó por uno de los momentos más delicados de su historia, y criticado por unos y otros vio peligrar su propia existencia. Para evitar inmiscuirse en temas políticamente delicados, elaboró el concepto de acto político como excusa para no pronunciarse sobre ellos. La primera decisión en que el Consejo de Estado francés acudió a esta nueva creación fue el 1 de mayo de 1822 en el arrêt Lafitte, donde debía pronunciarse sobre un hecho técnico pero de gran calado político; Napoleón había otorgado una renta de 670.000 francos a su hermana Paulina, renta que ulteriormente fue adquirida por un banquero (Lafitte, que es el que da nombre al caso), pero una ley de la nueva monarquía borbónica privó a la familia Bonaparte de todos los derechos adquiridos, entre los cuales se encontraba esta renta. Lafitte impugna tal decisión al Consejo de Estado, quien rechaza conocer el asunto por entender que la naturaleza estrictamente política del asunto le impedía entrar en el fondo. No obstante, una vez superada la crisis y cuando dicha institución vio garantizada su existencia, fue apartándose de dicha doctrina, siendo significativo que el primer asunto en el que se rechazase la excepción del acto político fue precisamente en el arrêt Prince Napoleon, de fecha 19 de febrero de 1875, y que se enfrentaba al recurso que el príncipe Napoleón José Bonaparte efectuó en relación a la decisión de no incluir su nombre en la lista de generales de división publicada en el Anuario Militar.

Muchas y variadas fueron, pues, las consecuencias de la célebre batalla de Waterloo, no limitadas al aspecto puramente militar, para el cual aconsejamos al lector la consulta del excelente monográfico que a tal batalla dedica el número 16 de la revista Desperta ferro – Historia moderna.

CIENTO CINCUENTA AÑOS DEL ASESINATO DE ABRAHAM LINCOLN.

Lincoln Assessination

El pasado día 14 de abril de 2015 se cumplieron ciento cincuenta años del asesinato del presidente norteamericano Abraham Lincoln, hecho que aquí pasó totalmente desapercibido por coincidir dicha fecha con la proclamación de la segunda república española. Al tema ya le dedicamos, hace casi seis años, un post con motivo de la publicación en nuestro país del libro La caza del asesino, escrito por James L. Swanson. Lincoln fue el primer presidente de los Estados Unidos que fue asesinado en pleno mandato presidencial. Las circunstancias de su muerte, además, contribuyeron a aumentar su leyenda, dado que pese a haber sido un presidente aureolado con un halo de santidad laica tiene en su haber notables puntos oscuros.
Lincoln había sido elegido como presidente en las elecciones de 1860 con mayoría del voto compromisario, pero sin obtener mayoría del voto popular. Le benefició notablemente en su elección la división del Partido Demócrata, pues el ala sureña de esta entidad presentó su propio candidato presidencial, John Breckenridge (que, casualmente, ostentaba en 1860 el cargo de Vicepresidente de la Unión) mientras que el candidato oficial de los demócratas era el senador Stephen Douglas, eterno rival de Lincoln. “Honest Abe” no recibió ni un solo voto popular en los estados sureños y su elección precipitó que varios estados del profundo sur declarasen su intención de separarse de la Unión, creando ulteriormente los denominados Estados Confederados. En abril de 1861 estalló con el ataque sudista a Fort Sumter una guerra que finalizaría el 9 de abril de 1865 con la rendición del ejército sudista, simbolizada en el edificio judicial de Appomatox donde el general sudista Robert E. Lee se rinde ante el unionista Ulises S. Grant; curiosamente Lee, un auténtico caballero en todos los sentidos, se oponía tanto a la esclavitud como a la guerra, pero como virginiano que era decidió seguir a su estado natal pese a haberle sido ofrecida la jefatura de los ejércitos de la Unión. Lincoln había sido reelegido en los comicios presidenciales de 1864 en una lista de unión constitucional, para lo que escogió como “running mate” a Andrew Johnson. El nuevo mandato de Lincoln se inició el día 4 de marzo de 1865, y apenas un mes después, al tener conocimiento de la rendición de las tropas sudistas, el mandatario americano ordenó ante la sorpresa de todos a una orquesta que se había desplazado al lugar que tocasen una melodía que era patrimonio de toda la nación: “Dixie”, el himno sudista por excelencia. Seis días después, cuando apenas había consumido un mes de mandato, era asesinado el 14 de abril en el teatro Ford, y en estricta aplicación de las previsiones constitucionales, el vicepresidente Johnson asumió de forma automática la presidencia.
Es evidente que de no haber sido asesinado Abraham Lincoln, el periodo que en la historia norteamericana se denomina “Reconstruction”, tan notablemente explicado Eric Foner, hubiera sido muy diferente. En efecto, el talante de Lincoln, mucho más abierto que el de Johnson (un racista convencido de la supremacía blanca) hubiera tomado otros derroteros. Conviene tener en cuenta que los republicanos (divididos a su vez en “high republicans” y moderados) lograron imponer su propia visión de la reconstrucción sobre la presidencial, e incluso instaron un procedimiento de impeachment del que Johnson se salvó por un solo voto. Lincoln hubiera podido lidiar mucho mejor por su talante y por sus circunstancias personales con el ala más extrema de su partido, lo que obviamente quizá hubiera conducido a otros resultados.
Con todo, en el debe de Lincoln se encuentran varias circunstancias que son aún más reprochables siendo el presidente un jurista de profesión. En efecto, Lincoln ordenó a uno de sus generales que suspendiese el derecho de habeas corpus si lo consideraba necesario, lo que provocó un choque entre el Presidente y el anciano chief justice Roger B. Taney, quien a sus ochenta y cuatro años propinó un sonoro varapalo a Lincoln al resolver el asunto Ex parte Merryman, donde actuando como juez de circuito, sostuvo que el Presidente no puede suspender unilateralmente el derecho de habeas corpus al proscribirlo el texto constitucional. Lincoln simplemente ignoró tal sentencia, aunque el Congreso dos años más tarde vino a ratificar la doctrina esgrimida por Taney al facultar en 1863 al Presidente a suspender tal derecho (lo cual suponía, implícitamente, avalar las tesis del chief justice, toda vez que dicha autorización sería innecesaria si el Presidente pudiera ejercer dicha facultad por su propia iniciativa). Fue igualmente el republicano Lincoln quien acordó en 1864 que en determinadas ocasiones los juicios militares sustituyesen a los juicios por jurado ante los Tribunales ordinarios, algo que ulteriormente el propio Tribunal Supremo acabó desautorizando en una sentencia, Ex parte Milligan, de la que fue ponente el juez David Davis, quien en su día había sido principal asesor en la campaña presidencial de Lincoln en 1860.
Una curiosidad histórica: uno de los implicados en el asesinato de Lincoln se llamaba Lewis Powell, del que existen retratos esposado tras su captura. Apenas un siglo y media década más tarde, una persona del mismo nombre alcanzaba el cargo de juez del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, siendo una de las personas más apreciadas y queridas en el alto tribunal estadounidense.

«UNA HORA DE ESPAÑA» NOVENTA AÑOS DESPUÉS: AZORÍN EN LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

Azorín

Son las cuatro y media de la tarde del día 26 de octubre de 1924. En la madrileña calle de Felipe IV, en la sede de la Real Academia Española, va a tener lugar el discurso en el que un nuevo Académico tomará posesión de su cargo. Preside el acto el director de la institución, el abogado y político mallorquín don Antonio Maura Montaner, quien además tiene el orgullo de ver cómo su propio hijo, Gabriel Maura Gamazo, ofrecerá la contestación al discurso del nuevo miembro de la benemérita Academia que “limpia, fija y da esplendor”. Asisten igualmente el obispo de Madrid-Alcalá y los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, quienes junto con don Antonio Maura posan ante las cámaras para inmortalizar el acto de recepción y bienvenida al nuevo colega, un hombre de semblante serio pero de una sensibilidad literaria exquisita. La persona que esa tarde dominical de 1924 ingresaba como miembro de pleno derecho de la Academia Española de la Lengua era el hijo ilustre de Monóvar, uno de los puntales de la denominada “generación del 98”, nada más y nada menos que José Martínez Ruíz, quien alcanzaría la gloria de las letras con el seudónimo de Azorín (nombre del personaje de sus primeras novelas, “La voluntad” y “Antonio Azorín”), aunque anteriormente había firmado alguno de sus artículos con el seudónimo “Cándido”.

El discurso de ingreso de Azorín lleva por título “Una hora de España (Entre 1560 y 1590)” y es fiel a las líneas que presiden todos los escritos de Martínez Ruíz. Es este autor el maestro de la descripción a través de frases cortas pero elocuentes; del amante de Castilla, sus pueblos, sus habitantes y su historia; del narrador de la “intrahistoria” castellana a través de sus ciudades y villas; del escritor obsesionado por el paso el tiempo y sus efectos sobre el paisaje patrio; y, sobre todo y por encima de todo, del amante incondicional de los clásicos, a quienes dedicó y dedicará varios ensayos. Como es habitual, comienza con unas palabras de salutación a su predecesor, don Juan Navarro Reverter, a quien elogia y evoca como si aún estuviese vivo en el salón de una casa a orillas del mar. Es entonces, cuando, de forma magistral y mediante cuatro únicas palabras (“el espíritu se abstrae”) da un giro que, cual lento flashback cinematográfico, permite al autor descender al tema nuclear de su discurso: España en la segunda mitad del siglo XVI. En cuarenta  capítulos, todos ellos muy breves (alguno verdaderamente fugaz), el autor más que narrar de forma exhaustiva ofrece sutiles pinceladas de la vida española en los últimos años del reinado de Felipe II, quien aparece magistralmente descrito en los tres capítulos iniciales. Todos los ámbitos y todos los estamentos tienen su reflejo en esta deliciosa obrita: el monarca, los cortesanos, el monasterio de San Lorenzo del Escorial, los pueblos perdidos en la árida llanura castellana, la religiosidad que preside el ambiente nacional. Escenas que quedan grabadas de forma indeleble en la memoria, como la del veredero que cruza el territorio para traer las malas nuevas de la derrota de la Armada Invencible, la pareja de pastorcillos enamorados que son secuestrados en una de las numerosas incursiones de los corsarios berberiscos. Pero también hay sutiles ensoñaciones literarias desarrollando temas de la literatura clásica, como el del hidalgo del Lazarillo de Tormes, o el encuentro físico que en las afueras de una venta manchega tiene don Miguel de Cervantes con su creación literaria. Toda una evocación de los siglos de oro hispanos de la mano de un enamorado de nuestros clásicos hecha con un estilo brillante, ameno, de muy fácil lectura y, sobre todo, con un fervor y una pasión como pocas. Pero cuando ya en el último capítulo, que se inicia curiosamente también con una frase de cuatro palabras (“El ensueño ha terminado”) que sirve para traernos de nuevo a la actualidad tras casi una hora de viaje literario por nuestros siglos áureos, José Martínez Ruíz, “Azorín”, aún tiene tiempo de ofrecernos una pequeña lección magistral que los historiadores y divulgadores de hoy muchas veces olvidan: “No pueden ser comprendidas las épocas pasadas sin ese poco de sincera simpatía. Otras épocas –lejanas de nosotros- no pueden ser estudiadas con arreglo a las ideas, a los sentimientos, a los anhelos del presente”.

Transcurridos noventa años desde el evento descrito en este post, aún produce en el amante de la historia y la literatura una sincera emoción la lectura de esta breve obrita azoriniana.