EVOCANDO A “AZORÍN”, EL CLÁSICO MODERNO, EN EL CINCUENTENARIO DE SU FALLECIMIENTO

El pasado día 2 de marzo se conmemoraba el medio siglo del fallecimiento del gran José Martínez Ruiz, Azorín, el más longevo de los escritores que integraron la denominada generación del 98. En el año 1967, a los noventa y tres años, fallecía en su domicilio en el número 21 de la madrileña calle Zorrilla, justo lindando con la parte trasera de lo que entonces eran las Cortes Españolas y hoy es la sede del Congreso de los diputados. Había sobrevivido a todos sus colegas de generación. Miguel de Unamuno, Ramón María del Valle Inclán y Ramiro de Maeztu habían fallecido en 1936, los dos primeros por causas naturales y el último de ellos asesinado en una de las matanzas que tuvieron lugar en la capital ese trágico año; la vida de Antonio Machado se apagó en Colliure en 1939, sin tiempo a que su hermano Manuel, con quien se encontraba personalmente muy unido, pudiese llegar para verlo por última vez (triste y simbolica historia la de estos dos hermanos tan queridos y bien avenidos, separados física e ideológicamente por la guerra sin que por ello dejasen de guardarse el afecto fraternal que siempre se tuvieron; el “impío” don Pío Baroja y Nessi había fallecido en 1956, once años antes que Azorín exhalase su último suspiro.

José Martínez Ruiz, Azorín, nacido en la ciudad levantina de Monóvar, fue sin duda alguna uno de los ensayistas más prolíficos y delicados de la historia de la literatura española. Su depuradísimo estilo literario con el dominio de las frases cortas, descriptivas y evocadoras es magistral, hasta el punto que, como él mismo decía, lo realmente difícil es hacer pasar por sencillo lo que no lo es. Desde su juventud, incapaz de finalizar la carrera de Derecho (pese a sus promesas, finalmente incumplidas, de hacerlo) se orientó definitivamente hacia la literatura. Llega a la capital de España en plena crisis finisecular, del mismo modo que desde la periferia levantina lo hiciese Ramiro de Maeztu. Escritor de artículos en varios de los periódicos de la capital, llega imbuido de ideas anarquistas que se proyectan en los mismos y que aún tiñe algunas de las páginas de su primera novela, La voluntad (en uno de cuyos capítulos, uno de los personajes llega a decir expresamente “la propiedad es el mal” haciendo una glosa de la principal literatura anarquista). No obstante, esos conatos revolucionarios ceden pronto y nuestro escritor gira súbitamente hacia el conservadurismo, y de la mano de dos grandes próceres de dicha formación, Antonio Maura y Juan de la Cierva, obtiene un acta de diputado al Congreso. Salvo en los años de guerra, donde se exilió a París, toda su vida permaneció en la capital, convirtiéndose en los últimos años en una figura ya propia de otra época.

Sus obras más conocidas son aquéllas en las que pone a Castilla y su paisaje como objeto principal de análisis. Ya desde La ruta de don Quijote, recopilación en forma de libro de los quince artículos redactados en 1905 cuando el director de El Imparcial le encomendó, para conmemorar el tricentenario de la publicación de la inmortal obra cervantina, un recorrido por las tierras manchegas. Pero también destacan Un pueblecito: Riofrío de Ávila, Pensando en España, Castilla (que Inman Fox, en su estudio introductorio a la magnífica edición publicada en Austral, califica de “quintaesencia de la obra de Azorín”) o Una hora de España (versión de su discurso de ingreso en la Real Academia Española, donde hace una deliciosa evocación de la vida en las postrimerías del siglo XVI a través de unos magníficos cuadros de costumbres donde, del rey abajo, desfilan todos los estamentos). Son también de destacar sus obras de acercamiento a los clásicos de la literatura española desde un punto de vista muy personal e íntimo. Así, por ejemplo, Los dos luises y otros ensayos, Rivas y Larra (impresionante la minuciosa y crítica disección a que somete el Don Álvaro o la fuerza del sino) o Clásicos y modernos. Es autor también de diversas crónicas parlamentarias y de un libro, El político, elaborado a la manera de los antiguos memoriales.

Como admirador confeso de la obra azoriniana, son varias las obras de dicho autor que han logrado hacerse un hueco en mis preferencias. Sin duda alguna, en un lugar destacado se encuentra La cabeza de Castilla, una recopilación de artículos que tienen como lugar común la figura del Cid y el paisaje castellano, y donde aúna de forma especial descripción de estampas castellanas y análisis literario del Cantar de mio Cid. Evidentemente, Castilla, que es un fresco en el cual el autor pretendió atrapar “una partícula del espíritu” de dicha tierra, lo que hace en varias estampas de las cuales recomiendo vivamente Las nubes (una especie de visión ucrónica de La Celestina, en la cual Calixto y Melibea no han fallecido, sino que han contraído matrimonio y viven felices) así como La fragancia del vaso, una melancólica continuación de La ilustre fregona. También es de destacar la colección de cuentos Blanco en azul (blanco de las nubes y azul del cielo), que tanto gustaba al recordado don José María Martínez Cachero, uno de los más conocedores y agudos analistas de la obra de Azorín. E incluso, como cinéfilo empedernido que soy, no puedo dejar de referirme a El cine y el momento, uno de sus últimos libros y en los que en su peculiar y fácilmente reconocido estilo pasa revista a las películas que ya en su ancianidad visionaba con afecto. “He pasado en mis predilecciones, en el cine, de Walter Pidgeon a Gary Cooper. Walter Pidgeon es el prototipo del caballero en la ciudad. Gary Cooper es el prototipo del caballero en el pueblo. Los pueblos me seducen.” Con esas palabras iniciaba su breve análisis de una de las obras maestras del western, Solo ante el peligro.

Existen en el mercado ejemplares fácilmente asequibles de las obras más conocidas de Azorín. No obstante, atesoro en mi biblioteca varios ejemplares de la benemérita colección austral así como tres volúmenes de las Obras completas editadas en los cincuenta por Aguilar y la más reciente selección titulada Obras escogidas, que Espasa Calpe publicó en tres gruesos volúmenes en edición de Miguel Ángel Lozano Marco.

Nunca está de más volver nuestra mirada hacia el maestro Azorín. Porque si éste sentía pasión por los clásicos, hoy en día él mismo se ha convertido ya en un clásico.

Anuncios

AN INSPECTOR CALLS v NO NAME ON THE BULLET: UN EXTRAÑO COMO CATALIZADOR DEL CONFLICTO LATENTE.

An Inspector Calls

Ciudad de Brumley, mes de abril del año 1912. La familia Birling, integrada por Arthur (próspero industrial), su esposa Sybill y sus hijos Eric y Sheila celebran en el comedor de su vivienda una plácida cena familiar para institucionalizar el compromiso matrimonial de Sheila con Gerald Croft, integrante de otra próspera familia cuya fortuna está ligada igualmente a la gran industria. En la tranquilidad del hogar, donde nada parece alterar el idílico ambiente burgués de comienzos del siglo XX, mientras el patriarca de la familia, una vez finalizada la cena, comienza a esbozar un discurso alabando el espíritu de prosperidad ligada a la responsabilidad individual desligándose de todo compromiso que no sea estrictamente personal (“da la impresión de que todo el mundo está obligado a cuidar de todo el mundo…como si estuviéramos mezclados como las abejas en una colmena…, la comunidad y todas esas tonterías. Pero hacedme caso a mí, ahora que sois jóvenes, porque lo que sé lo he aprendido en la escuela de la experiencia, una maestra dura pero competente; lo que un hombre tiene que hacer es ocuparse de sus propios asuntos y cuidar de sus intereses y los de su….”) súbitamente hace su aparición en el domicilio el inspector Goole, de la policía, quien dice investigar el suicidio de una joven, Eva Smith. El inspector comienza a abordar uno por uno tanto a los miembros de la familia Birling como al propio Gerald Croft dado que, como indica el funcionario policial, “Es mi manera de trabajar. Una persona y una línea de investigación cada vez. De lo contrario, todo se complica”. Merced a esa técnica, van haciendo su aparición oscuros secretos familiares, acciones nada halagüeñas que ponen de relieve episodios desconocidos de la vida de cada uno de los miembros de la aparentemente intachable familia y como las acciones de uno van a influir de forma decisiva no sólo en los acontecimientos que afectan al resto de miembros de la familia, sino en el de terceras personas. Al final, como en un gran puzzle donde todas las piezas encajan, se ofrece el resultado final de las pesquisas y se logran desvelar tanto los motivos por los que una joven llena de vida ha optado por el suicidio como los episodios ocultos de la familia Birling (no delictivos, pero sí moralmente reprobables) que la figura del inspector ha logrado sacar a la luz.
El párrafo anterior describe someramente el argumento de An inspector calls, la celebérrima obra teatral de J.B Priestley, cuyo estreno tuvo lugar en el año 1946 con un ya consagrado Ralph Richardson en el papel del inspector Goole (de hecho, la foto que ilustra este post es la del gran actor británico interpretando el papel de Goole en esa representación inicial) y un jovencísimo Alec Guiness en el rol de Eric Birling. Sin duda alguna, en ella están presentes temas que interesaron sobremanera al autor británico, como el enigma del tiempo (presente en otras obras suyas como Time and the Conways o I have been here before -curiosamente, esta ultima obra fue la escogida por Radio Televisión Española en el año 2000 para intentar resucitar las célebres adaptaciones teatrales del clásico Estudio Uno-), la idea de que la responsabilidad de cada persona no se extiende a lo estrictamente individual, sino que sus actos afectan a todo el colectivo, así como una visión pesimista de la evolución humana. Pero, sin duda alguna, un hecho que a mí me ha llamado la atención y en el que el autor incide es el hecho de que determinados colectivos, más o menos extensos, que aparentemente desarrollan su vida cotidiana en una plácida existencia encubren en realidad un torbellino de pasiones y secretos que un elemento extraño a dicha comunidad puede desencadenar, transformando las pacíficas aguas de un lago en un auténtico tsunami que pone en peligro la propia existencia del colectivo. Así ocurre en esta obra, donde la quietud inicial (en la que, dicho sea de paso, pueden intuirse elementos del latente conflicto) se rompe con la súbita aparición del inspector, que es el elemento activo encargado de sacar a la luz toda esa información comprometedora de cada uno de los miembros de la familia Birling.
Esta idea central es la que inspira igualmente una película norteamericana de serie B que constituye una deliciosa obrita menor del género western y cuya duración apenas se extiende más de una hora. Me estoy refiriendo a No name on the bullet, dirigida en 1959 por Jack Arnold y protagonizada por Audie Murphy en una de sus más memorables interpretaciones. A la pacífica ciudad de Lordsburg llega el jovencísimo John Gant, un pistolero a sueldo que se ha ganado una notable fama no sólo por su rapidez con el revólver, sino por la no habitual circunstancia de limitarse estrictamente a cumplir con el encargo recibido, de tal manera que las únicas muescas de las que presume se deben a las vidas de aquéllos para cuya eliminación fue contratado, así como las de quienes intentaron medirse infructuosamente con él, siendo, además, destacable que jamás ha acabado con una vida a traición, sino cara a cara y en duelos donde cumple estrictamente con las normas habituales (quien desenfunda más rápido, es el vencedor). Gant no sólo es un pistolero atípico por ello, sino por su vasta cultura y por el hecho nada habitual de ser un experto jugador de ajedrez. Pero su llegada implica que alguien que ha cometido un hecho reprobable está señalado. Como Gant no suelta prenda de quién es el señalado (de ahí el título de la película) la tranquilidad del pueblo comienza a verse afectada, pues los más destacados ciudadanos comienzan a bucear en su pasado y con ello afloran a la superficie episodios nada honorables que han sido protagonizados antaño por los hoy “honorables” ciudadanos. Gant no es, pues, el causante de romper la paz y armonía de Lordsburg (como Goole tampoco lo es de quebrar la armonía de la familia Birling) sino que es el elemento catalizador, el detonante de un explosivo que se encontraba enterrado bajo un manto de ficticia paz social. Por cierto, que si el final de An inspector calls deja al espectador atónito por el súbito giro de los acontecimientos en un tour de force inesperado, la escena final de la película No name on the bullet no deja igualmente de sorprender por el estoicismo que demuestra el jovencísimo pistolero ante el dramático acontecimiento que sufre en sus propias carnes y que le supone una muerte en vida: “Don´t worry about it physician. Everything come to a finish

LOS QUINIENTOS MILLONES DE LA BEGÚN: DERECHO INTERNACIONAL, DERECHO URBANÍSTICO Y CIENCIA POLÍTICA EN VERNE.

Los quinientos millones de la begún

En uno de los episodios de la serie Víctor Ros, uno de los personajes hacía referencia a una de las novelas de Julio Verne, en concreto Los quinientos millones de la Begún. No es una de las obras más conocidas del gran autor francés, pero sí que está entre las más destacadas. Como todas las obras del escritor, es susceptible de una lectura simplista, es decir, como un mero divertimento para el público juvenil, dado que en la misma hay aventura, acción, intriga. Pero una lectura más atenta y reflexiva nos permite concluir que la misma desborda ese aparente simplismo para encerrar en sí misma una serie de valiosas lecciones.
El argumento de la novela es bien sencillo: una inmensa fortuna de una princesa india acaba en las manos de dos personas, un francés y un alemán. Ambos son científicos (el francés es médico y el alemán químico). Ambos dedican su parte de la fortuna a erigir una ciudad según los postulados de la ciencia, y ambos lo hacen, además, en el mismo lugar: la costa oeste de los Estados Unidos de América, a orillas del pacífico. Pero si el alemán Herr Schultze construye una fortaleza industrial dedicada a la producción masiva de acero destinada a construir el armamento más moderno (Stahlsdat, la ciudad del acero), el francés doctor Sarrasin dedica su parte de la herencia para crear una especie de paraíso en la tierra, una ciudad-jardin (significativamente denominada France-Ville) para que el individuo pueda desenvolver su vida laboral y familiar.
Al jurista no puede dejar de centrarse en varios aspectos de esta obra:
1.- Derecho internacional: militarismo v. pacifismo Téngase en cuenta que esta novela se encuentra escrita en 1879, es decir, apenas nueve años después del súbito hundimiento del Segundo Imperio francés a manos del reino de Prusia, derrota que sirvió como acta de nacimiento del Segundo Reich Alemán con la proclamación como Kaiser de Guillermo I. Pues bien, Los quinientos millones de la Begún es una especie de revancha literaria, dado que la misma opone el militarismo alemán al pacifismo francés. Alemania se personifica inicialmente en el antipático Herr Schultz y ulteriormente por la ciudad que este erige, Stahlstadt, una urbe fortificada y dedicada a la producción masiva de acero y armamento con claras veleidades imperialistas. Por el contrario, Francia se personifica en el filantrópico doctor Sarrasin y en France-Ville, construida sobre bases racionales y con la única finalidad de proporcionar al individuo una vida sana y feliz. Por ello, Verne quiere dejar bien claro que Alemania tiene una clara vocación conquistadora y que busca claramente la supremacía no sólo sobre Francia, sino sobre el resto de pueblos. El diálogo que al efecto mantienen Herr Schultze y Marcel Bruckmann. La historia dio la razón a Verne, pese a que pudiese objetársele inicialmente su parcialidad, dado que escribía desde la óptica del pueblo francés, que aún sangraba por la herida de la pérdida de territorios de Alsacia y Lorena.
2.- Derecho constitucional: autocracia v. democracia. La ciudad del acero, Stalhstadt es una auténtica fortaleza, donde están restringidas tanto la salida como la entrada. Además, internamente se organiza en sectores estrictamente cerrados, estando igualmente restringido el acceso intersectorial y donde el núcleo de la ciudad es la residencia de Schultze, al que únicamente éste y sus dos guardaespaldas tienen acceso, sin olvidar que incluso el autócrata doctor alemán tiene incluso un bunker secreto en su residencia al que nadie, absolutamente nadie tiene acceso. Toda la ciudad la gobierna personalmente Schultze con mano de hierro. Por el contrario, France-Ville se rige por un Concilio o Consejo municipal electo. Verne, como buen francés, se inclina por la democracia, y lo hace no sólo por criterios patrióticos, sino incluso científicos: basta para ello demostrar empíricamente qué ocurre con la próspera Ciudad del Acero cuando su máximo y único dirigente misteriosamente desaparece. La didáctica lección que pretende ofrecer Verne desde el punto de vista empírico es clara: cuando el autócrata desaparece todo el sistema edificado en torno a su persona se desvanece; por contra, el sistema democrático puede sobreponerse al descansar en última instancia en el pueblo, dado que éste no desaparece jamás.
3.- Derecho urbanístico: industrialismo v. ecologismo. Verne ofrece también una auténtica lección de urbanismo, y lo hace contrastando dos modelos de ciudad. Stalhstdat es la ciudad industrial, cercada por murallas, estratificada, donde abundan las chimeneas, el calor de los altos hornos, con una población hacinada que reside en los estratos de esa ciudad fabril. Frente a ese infernal panorama fabril, típico de las ciudades industriales más populosas del siglo XIX (y que no se circunscribían al territorio cercano) se opone la visión de la ciudad ideal desde el punto de vista francés. Y es curiosa la forma en que lo hace en el capítulo X: a través de un artículo de prensa contenido en un diario abiertamente simpatizante de la causa alemana. La visión urbanística de Verne es claramente anticipadora de lo que hoy en día podría denominarse “ciudad sostenible”: edificios de no más de dos plantas de extensión, construidos de forma que puedan aprovechar la energía solar y de tal manera que el individuo pueda vivir en ella gozando de todas las comodidades pero sin dañar al medio ambiente. Así, la Ciudad del Acero es una fortaleza en el sentido literal de la palabra; France-Ville es una fortaleza en el sentido metafórico, dado que está destinada a proteger al individuo frente a la enfermedad y la pobreza. Baste para ello indicar que los hospitales de la ciudad francesa están ideados para “pocos enfermos”.
Por último, la visión que el gran novelista francés tiene de los juristas en esta novela no es precisamente muy halagüeña, dado que concentra en británico Mr Sharp, todos los estereotipos negativos de la profesión jurídica. Precisar que Mr Sharp no es un abogado litigante (un barrister en terminología británica) sino un mero asesor jurídico (solicitor). Pero la forma en que lleva el asunto cuando frente al heredero único aparece otra persona con posibles derechos a la inmensa fortuna, es francamente despreciable: negocia individualmente con cada uno de los aspirantes ocultándoles a ambos que cada uno de ellos está dispuesto a llegar a un acuerdo. Así, logra concluir una transacción amistosa embolsándose, además, una millonaria recompensa.

En todo caso, y con independencia de estas reflexiones más concretas y específicas, aconsejo leer esta magnífica novela, porque a buen seguro que el lector pasará un buen rato.

de Monsieur de Villefort Publicado en Literatura

VÍCTOR ROS: UN EJEMPLO DEL BUEN HACER TELEVISIVO.

Victor Ros

Hace ya casi quince días se inició la emisión de la serie Víctor Ros, basada en las novelas de Jerónimo Tristante que tienen como protagonista a este joven policía (según los cánones actuales, dado que a finales del siglo XIX una persona de veintiocho años era ya un hombre hecho y derecho en plena madurez) y como marco histórico-geográfico la España del último cuarto del siglo XIX. Sin duda alguna que los lectores aficionados a las novelas de intriga estarán sin duda familiarizados con este formato debido, sobre todo, a la serie de novelas debidas a la pluma de la escritora Anne Perry y que tienen como protagonista al inspector Thomas Pitt. Pitt es un policía dotado de un enorme poder de intuición, y que desarrolla su labor en la Inglaterra victoriana, también en el último cuarto del siglo XIX, y cuya presentación tiene lugar en la novela Los crímenes de Cater Street (que, por cierto, fue objeto de una adaptación cinematográfica), donde se enfrenta a una serie de asesinatos de mujeres jóvenes, todas ellas por estrangulación. Es en esa novela, la primera de una serie que llega a los veinte títulos, donde conoce a la joven Charlotte Ellison, la segunda de las hijas de un matrimonio de clase media-alta, que acabará convirtiéndose en su esposa y de hecho, la segunda novela, Los asesinatos de Callandar Square, se abre ya con la pareja convertida en matrimonio. El matrimonio Pitt (dado que su esposa no duda en echar un capote al marido) se encarga de resolver crímenes que afectan habitualmente a integrantes de la alta sociedad, y casi siempre se acaba demostrando que la aparente quietud, orden y estabilidad que caracterizaban el sistema victoriano no eran más que una fachada que encubría habitualmente bastante turbiedad. Ni tan siquiera la propia realeza se libra de esa sordidez (como puede comprobarse en Un crimen en Buckingham Palace –donde el escenario del crimen es precisamente el palacio real y la víctima una joven con la que el príncipe de Gales había mantenido un affaire la noche anterior- y, en menor medida, en El complot de Whitechapel –dado que en esta última se juguetea con la tesis de que bajo los asesinatos cometidos por Jack el Destripador podría estar implicado el príncipe Albert Víctor, duque de Clarence y primogénito del Príncipe de Gales, heredero directo, por tanto, al trono de Inglaterra)

Al igual que su equivalente británico, Victor Ros ha de resolver delicadas situaciones en la España del siglo XIX, en concreto en la de los primeros años de la restauración borbónica. Y ello sirve al autor para ofrecer un retrato de la sociedad del momento, con sus luces y sombras y, sobre todo, para ofrecer pinceladas de los gustos de todo tipo (musicales, literarios e incluso religiosos) de la sociedad, así como la notable inclinación a lo paranormal, que desemboca en que muchos, ante situaciones inexplicables, tiendan a buscar respuestas acudiendo al más allá. Ros no. El se guía, al igual que Pitt y que, por supuesto, el gran Sherlock Holmes, por la observación y por el método deductivo, pero también por la notable intuición que desarrolló en sus años juveniles de raterillo en la capital, mundo del que fue rescatado por don Armando, “el molinillo” (como le denominan cariñosamente los propios rateros debido a su particular forma de dar sopapos), un personaje al que no llegamos a conocer físicamente, pues la primera de las novelas (El misterio de la casa de Aranda) se inicia precisamente con la llegada de Víctor Ros a la capital para asistir al entierro de su mentor. Pero, sobre todo, lo que a mi juicio describe muy bien la novela es la tensión (que nunca llega a desembocar en un conflicto abierto) entre razón y fe, entre la investigación científica siguiendo los nuevos métodos de análisis forense y la religiosidad extrema de un sector (bastante amplio todavía, y que alcanzaba incluso a las clases altas) de la población anclada aún en viejos esquemas.

Pues bien, esta serie de novelas ha sido adaptada a la gran pantalla y han podido verse ya los dos primeros capítulos. Evidentemente, existen ciertas discordancias entre la serie y la novela. Para empezar, en el mundo televisivo Víctor Ros aparece en el Madrid de los años noventa del siglo XIX, cuando la presentación literaria del personaje tiene lugar veinte años antes, en 1877; el primer capítulo nos muestra a don Armando como investigador de los asesinatos en serie de unas cuantas prostitutas, siendo finalmente abatido por el asesino, mientras que en la novela esto no ocurre, dado que fallece de causas naturales con anterioridad. Con todo, esas divergencias son lo de menos, puesto que lo que destaca sobre todo es la magnífica ambientación que logra recrear de manera insuperable el Madrid del siglo XIX. Cuando uno observa las calles de ese Madrid finisecular, las impresionantes recreaciones de lugares como la Puerta del Sol o la Plaza Mayor, uno casi está tentado a creer que, en efecto, una cámara ha viajado en el tiempo para traernos imágenes del pasado. Las interpretaciones son igualmente destacables, y ello hace que los personajes sean muy creíbles, y los guiones saben salpimentar una serie policíaca con algún que otro rasgo de humor para relajar el tono de vez en cuando, sin descuidar la trama sentimental, en concreto la pugna entre Lola “la Valenciana” y Clara Alvear, por lograr el amor del protagonista, de cuyo resultado el lector de las novelas seguramente ya está al tanto. En definitiva, que nos encontramos ante un claro ejemplo de que pueden hacerse series de calidad sin necesidad de acudir a guiones extravagantes, diálogos chabacanos y muestras de violencia gratuita.

Por cierto, un dato final. Cuando hace no tanto tiempo glosábamos en este mismo blog la serie “Alatriste”, nos hacíamos eco de la falta de respeto que hacia el espectador suponía la emisión con más de un cuarto de hora de retraso (algo que, decíamos, no era extraño en una cadena que se caracteriza por despreciar de forma abierta al televidente, y no sólo por lo zafio y nauseabundo de su parrilla habitual) sino que además la demora venía motivada por “alargar” un programa dedicado a escarbar en la hediondez más nauseabunda, algo que incluso el propio autor de las novelas, Arturo Pérez-Reverte, ha denunciado a través de su cuenta en Twitter. Pues bien, en este caso no sólo no existe un retraso significativo (uno o dos minutos, a estos efectos, suponen un ejercicio de puntualidad), sino que además puede visionarse sin ninguna pausa, tanto en directo como en internet.

En definitiva, una magnífica serie que nos reconcilia con lo mejor de la televisión, que ya era hora!!!.

LA CRISIS DE LA REPÚBLICA ROMANA Y LOS INICIOS DEL IMPERIO EN LA NOVELA HISTÓRICA.

Roma imperial

Aprovecho estas vacaciones de verano para hacer una serie de recomendaciones bibliográficas a los lectores de este blog. Todas ellas tienen algo en común pese a emanar de diversos autores: tratarse de novelas históricas ambientadas en la antigua Roma, concretamente en el interesantísimo periodo que transcurre desde el final del siglo II a.C hasta mediados del siglo II d.C. Un amplio periodo que abarca la crisis de la república romana debido a las luchas entre optimates y populares, la elección sin precedentes de un ciudadano que no formaba parte del ordo equester como cónsul nada más y nada menos que durante siete veces, amenazas de invasión extranjera, escándalos de corrupción que nada tendrían que envidiar a los actuales, dictadura de Sila, luchas civiles, dictadura de Julio César, asesinato de éste y guerra, diarquía entre Augusto y Marco Antonio seguida del conflicto entre ambos y la derrota y muerte del segundo, proclamación del imperio, dinastía Julio-Claudia, el año de los cuatro emperadores (Galba, Otón, Vitelio y Vespasiano) así como la dinastía Flavia y la proclamación a finales del siglo I d.C de un emperador hispano, Marco Ulpio Trajano. Pues bien, he aquí las recomendaciones que me permito sugerir para la lectura:
1.- Los siete libros que Colleen McCullough dedica a la crisis de la república romana. Se trata de la colección integrada por El primer hombre de Roma, La corona de hierba, Favoritos de la fortuna, Las mujeres de César, César, El caballo de César y, por último, Antonio y Cleopatra. La autora ha efectuado una profundísima labor de investigación que le lleva a describir de forma exhaustiva no sólo la geografía y el ambiente de la ciudad de Roma, sino que efectúa unos notables retratos tanto físicos como psicológicos de todos los personajes. La notable erudición (que demuestra en sus apéndices en los que incide en aspectos clave de la historia) desplegada unida a un estilo muy directo y ameno hace que el lector aprenda, sin que apenas se percate de ello, mucho más que utilizando un libro de historia. Estos siete libros, cada uno de los cuales abarca casi las novecientas páginas de extensión, abarcan desde el año 110 a.C (El primer hombre de Roma se inicia el 1 de enero de ese año mediante la elección de los cónsules Marco Minucio Rufo y Espurio Postumio Albino) y finaliza en el 31 a.C (Antonio y Cleopatra finaliza con la batalla de Actium, la muerte de los personajes que dan título a la obra y la anexión del reino de Egipto por Roma).
2.- Yo, Claudio y Claudio el Dios, de Robert Graves. Ficticia autobiografía de Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico, que abarca justo desde la derrota de Marco Antonio hasta el fallecimiento del emperador Claudio (es decir, desde el 31 a.C hasta el 54 d.C). Graves era un auténtico erudito y amante de la antigüedad clásica, a la que dedicó muchas de sus obras (me permitiría destacar los dos tomos dedicados a Los mitos griegos, El vellocino de oro, La hija de Homero o Rey Jesús). Está efectuada desde una perspectiva muy favorable al emperador Claudio (no tan bien parado en las fuentes clásicas). Quien no desee sumergirse en la lectura siempre puede optar por visionar la adaptación que para la pequeña pantalla efectuó la BBC a mediados de los setenta, con Derek Jacobi en el papel del emperador Claudio. Como curiosidad, indicar que a finales de los años treinta se intentó una adaptación cinematográfica de las novelas, con el gran Charles Laughton como Claudio, Merle Oberon como Messalina y Emlyn Williams como Calígula, llegando a iniciarse el rodaje, que se abandonó cuando la protagonista femenina sufrió un aparatoso accidente de coche; los fragmentos que se filmaron fueron conservados e incluso a finales de los sesenta el actor Dirk Bogarde presentó un documental que cuenta la historia de este frustrado proyecto.
3.- Trilogía del emperador Trajano, de Santiago Posteguillo (actualmente se han publicado las dos primeras –Los asesinos del emperador y Circo Máximo, estando pendiente de salir al mercado la última de ellas-). Si las novelas de Graves finalizan con la muerte del emperador Claudio, la trilogía de Santiago Posteguillo se inicia a finales del reinado del emperador Nerón. Aquí la ciudad de Roma cede algo el protagonismo, pues al autor le interesa sobremanera un personaje, Marco Ulpio Trajano, de ahí que en el primer tomo el foco de la cámara se desplace ocasionalmente a las tierras del sur de Hispania y a –quién iba a decirlo- conflictivo oriente medio, donde el levantamiento de los judíos contra Roma movilizó al ejército de Vespasiano, en el cual servían los Trajano. Libros muy voluminosos (al igual que los de McCullough) donde el rigor no oculta la crudeza de algunos episodios, fundamentalmente los que rodean al tétrico emperador Domiciano.
4.- Memorias de Adriano, el clásico de Margarit Yourcenar donde es precisamente el sucesor de Trabajo quien describe en primera persona los principales avatares de su vida.
Sin duda alguna, la lectura de estas obras puede complementarse con clásicos de siempre (las Vidas Paralelas de Plutarco, los Anales de Tácito o la Vida de los doce Césares de Suetonio), pero no me cabe la menor duda de que el lector decida sumergirse en las novelas recomendadas verá con sorpresa que muchos episodios históricos quedarán grabados de forma indeleble en su memoria.

Para finalizar, y como curiosidad adicional, me permito ofrecer al lector el documental presentado por Dirk Bogarde y en el que se narra el frustrado intento de llevar a la gran pantalla la obra de Graves, y donde se podrán disfrutar de varios fragmentos de la obra que permiten sin duda alguna intuir que Charles Laughton hubiera bordado literalmente el papel, como de hecho bordó el del emperador Nerón en El signo de la cruz.

“UNA HORA DE ESPAÑA” NOVENTA AÑOS DESPUÉS: AZORÍN EN LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

Azorín

Son las cuatro y media de la tarde del día 26 de octubre de 1924. En la madrileña calle de Felipe IV, en la sede de la Real Academia Española, va a tener lugar el discurso en el que un nuevo Académico tomará posesión de su cargo. Preside el acto el director de la institución, el abogado y político mallorquín don Antonio Maura Montaner, quien además tiene el orgullo de ver cómo su propio hijo, Gabriel Maura Gamazo, ofrecerá la contestación al discurso del nuevo miembro de la benemérita Academia que “limpia, fija y da esplendor”. Asisten igualmente el obispo de Madrid-Alcalá y los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, quienes junto con don Antonio Maura posan ante las cámaras para inmortalizar el acto de recepción y bienvenida al nuevo colega, un hombre de semblante serio pero de una sensibilidad literaria exquisita. La persona que esa tarde dominical de 1924 ingresaba como miembro de pleno derecho de la Academia Española de la Lengua era el hijo ilustre de Monóvar, uno de los puntales de la denominada “generación del 98”, nada más y nada menos que José Martínez Ruíz, quien alcanzaría la gloria de las letras con el seudónimo de Azorín (nombre del personaje de sus primeras novelas, “La voluntad” y “Antonio Azorín”), aunque anteriormente había firmado alguno de sus artículos con el seudónimo “Cándido”.

El discurso de ingreso de Azorín lleva por título “Una hora de España (Entre 1560 y 1590)” y es fiel a las líneas que presiden todos los escritos de Martínez Ruíz. Es este autor el maestro de la descripción a través de frases cortas pero elocuentes; del amante de Castilla, sus pueblos, sus habitantes y su historia; del narrador de la “intrahistoria” castellana a través de sus ciudades y villas; del escritor obsesionado por el paso el tiempo y sus efectos sobre el paisaje patrio; y, sobre todo y por encima de todo, del amante incondicional de los clásicos, a quienes dedicó y dedicará varios ensayos. Como es habitual, comienza con unas palabras de salutación a su predecesor, don Juan Navarro Reverter, a quien elogia y evoca como si aún estuviese vivo en el salón de una casa a orillas del mar. Es entonces, cuando, de forma magistral y mediante cuatro únicas palabras (“el espíritu se abstrae”) da un giro que, cual lento flashback cinematográfico, permite al autor descender al tema nuclear de su discurso: España en la segunda mitad del siglo XVI. En cuarenta  capítulos, todos ellos muy breves (alguno verdaderamente fugaz), el autor más que narrar de forma exhaustiva ofrece sutiles pinceladas de la vida española en los últimos años del reinado de Felipe II, quien aparece magistralmente descrito en los tres capítulos iniciales. Todos los ámbitos y todos los estamentos tienen su reflejo en esta deliciosa obrita: el monarca, los cortesanos, el monasterio de San Lorenzo del Escorial, los pueblos perdidos en la árida llanura castellana, la religiosidad que preside el ambiente nacional. Escenas que quedan grabadas de forma indeleble en la memoria, como la del veredero que cruza el territorio para traer las malas nuevas de la derrota de la Armada Invencible, la pareja de pastorcillos enamorados que son secuestrados en una de las numerosas incursiones de los corsarios berberiscos. Pero también hay sutiles ensoñaciones literarias desarrollando temas de la literatura clásica, como el del hidalgo del Lazarillo de Tormes, o el encuentro físico que en las afueras de una venta manchega tiene don Miguel de Cervantes con su creación literaria. Toda una evocación de los siglos de oro hispanos de la mano de un enamorado de nuestros clásicos hecha con un estilo brillante, ameno, de muy fácil lectura y, sobre todo, con un fervor y una pasión como pocas. Pero cuando ya en el último capítulo, que se inicia curiosamente también con una frase de cuatro palabras (“El ensueño ha terminado”) que sirve para traernos de nuevo a la actualidad tras casi una hora de viaje literario por nuestros siglos áureos, José Martínez Ruíz, “Azorín”, aún tiene tiempo de ofrecernos una pequeña lección magistral que los historiadores y divulgadores de hoy muchas veces olvidan: “No pueden ser comprendidas las épocas pasadas sin ese poco de sincera simpatía. Otras épocas –lejanas de nosotros- no pueden ser estudiadas con arreglo a las ideas, a los sentimientos, a los anhelos del presente”.

Transcurridos noventa años desde el evento descrito en este post, aún produce en el amante de la historia y la literatura una sincera emoción la lectura de esta breve obrita azoriniana.

“EL CLAVO: CAUSA CÉLEBRE”: NOVELA Y PELÍCULA.

El clavo

Es imposible condensar en unas breves páginas novela costumbrista, relato de viajes, lances amorosos, investigación policial y causa judicial. Pues bien, Pedro Antonio de Alarcón lo hace con notable maestría en su novela corta El clavo: causa célebre, que el autor asegura ser verídica. La obra se escribe en primera persona y el narrador, que responde al nombre de Felipe, inicia su relato en el viaje que realiza en una diligencia en la medianoche de uno de aquellos días de mediados del siglo XIX. Orillemos los aspectos puramente de intriga amorosa propia de la novela rosa para centrarnos en el encuentro esencial del narrador con su amigo Joaquín Zarco, juez de primera instancia en un pequeño pueblo. Los dos, Joaquín y Felipe, han sufrido un aparente desengaño amoroso por sendas mujeres misteriosas. Pero el núcleo de la trama, hasta este momento propia del costumbrismo decimonónico mezclado con el relato folletinesco, da un giro cuando en uno de los paseos por el cementerio del pueblo, descubren cómo el sepulturero está desenterrando varios cadáveres para hacer sitio a otros nuevos, y es en ese momento cuando en el juez Zarco descubre un clavo incrustado en la sien de una calavera. Joaquín Zarco se sobrepone y, como juez, constata la existencia de una muerte por asesinato y hace cuestión de honor descubrir a la víctima y al culpable. Y, en efecto, Zarco impulsa el procedimiento con una celeridad encomiable y, con poquísimos datos y escasísimos indicios logra descubrir la identidad de la víctima y de su presunto asesino. Pero, sin duda alguna, las escenas más logradas son aquéllas en las que se conduce a presencia del juez Zarco a la persona que ejecutó el asesinato, escenas que no descubriremos para no destripar el final, por si quien ojea estas líneas no ha leído este relato corto y se decide a hacerlo. Desde el punto de vista jurídico, cabe destacar la profesionalidad de Joaquín Zarco, a quien no empequeñecen ni desmoralizan los obstáculos y se empeña en descubrir la identidad del asesino para llevarlo ante la Justicia. Impresionante relato.

Pero si la obrita es magnífica, la adaptación que en 1944 realizó de la misma el grandísimo director español Rafael Gil (de quien el año pasado se celebró precisamente el centenario de su nacimiento) fue portentosa. La adaptación cinematográfica se toma algunas licencias, algunas anecdóticas (el protagonista se llama Javier y no Joaquín), otras más relevantes (se elimina el personaje del narrador, Felipe, que se funde con el personaje de Javier Zarco). La película, de apenas hora y media de duración, tiene dos fases diferenciadas: la costumbrista y la estrictamente judicial. Respecto a la primera, nos adentra de lleno en las vidas de dos personajes de la clase alta española del siglo XIX. Pero, sin duda alguna, los momentos más impactantes son las del juez Zarco (insuperable el hoy lamentablemente olvidado Rafael Durán) en ese pequeño pueblo en el que la única diversión consiste en pasear y donde el magistrado encuentra un interlocutor en el Secretario judicial (magníficamente interpretado por ese secundario de lujo que fue Juan Espantaleón), y en las conversaciones que ambos mantienen en sus paseos vespertinos algunos de los cuales finalizan en el cementerio rural, donde se descubre el corpus delicti. Pero la imagen más impactante es la que nos revela cómo se administraba la Justicia en el siglo XIX: una vez que el juez Zarco finaliza las diligencias de instrucción y pone a la persona culpable a disposición de la justicia, ésta ha de ser enjuiciada en un Tribunal presidido por……¡el juez instructor! Así, Javier Zarco se convierte en juez instructor y juez resolutor, siendo absolutamente impactante las imágenes del magistrado en su faceta de juzgador a medida que el pleito se va resolviendo.

Recomendamos encarecidamente a los lectores que se animen a leer la novela y, ulteriormente, a ver la película. Pasarán un rato muy, pero que muy agradable amén que ilustrativo.

MEMORIAS ESCOLAPIAS DE UN ALUMNO INQUIETO (1967-1980): EJERCICIO EVOCADOR DE JOSÉ RAMÓN CHAVES.

Memorias escolapias

Los libros de memorias o recuerdos pueden dividirse, en líneas generales, en dos grandes bloques. Aquéllos que, so pretexto de exponer la propia trayectoria vital, pretenden ser además memoriales autojustificativos o defender ante el público y/o la posteridad determinados comportamientos del autor; el ejemplo más claro de esta clase de recuerdos serían las Memorias críticas y apologéticas que, desde su exilio parisino redactó don Manuel Godoy y Álvarez de Faria. Pero existen otra clase de libros en los cuales lo de menos es la trayectoria vital del narrador, que éste utiliza como simple excusa o motivo para describir el ambiente político-social de un momento histórico concreto, y donde la personalidad del autor se diluye en un colectivo mucho más amplio; las Memorias de un setenton de don Ramón Mesonero Romanos son un buen ejemplo de esta otra clase de recuerdos.

La reflexión anterior viene al caso de la reciente publicación del último libro de José Ramón Chaves García, titulado Memorias escolapias de un alumno inquieto (1967-1980), que además el autor ha tenido la generosidad de ofrecernos de forma gratuita a través de internet y que ha presentado recientemente en una entrada de su blog. Se trata de un librito moderadamente breve y, por tanto, puede leerse de un tirón, a lo que ayuda y no poco el estilo ágil, ameno, divertido y agridulce que salpimenta todas y cada una de sus ciento setenta y nueve páginas. En este libro, que entra de lleno en la segunda clase de obras a las que nos hemos referido en el primer párrafo, la personalidad de José Ramón Chaves pierde su individualidad en beneficio de un colectivo más amplio, en concreto el  de alumnos del Colegio Loyola de Oviedo. Pero si me apuran, más que describir la intrahistoria de un centro educativo, en realidad la obra es un auténtico fresco de la vida de unos niños que despiertan a la adolescencia en aquella España del tardofranquismo, de tal manera que para quien haya vivido o conocido aquel ambiente sumergirse en sus páginas supone hacer el mismo viaje que el protagonista de la serie Life on Mars, aunque sin el desplazamiento físico en el tiempo. Su utilidad es, por tanto, impagable para toda clase de público: para quien haya conocido aquéllos tiempos y desee hacer un ejercicio de nostalgia, sin duda pasará un buen rato evocando las experiencias del joven Chaves; por el contrario, las nuevas generaciones que han nacido en un mundo dominado por la tecnología y no hayan conocido la escuela de antaño puedan sentir por un momento el encanto de los pupitres escolares, las pizarras, las tizas y los libros de texto. Como si de un largo traveling cinematográfico se tratara, y de una forma bastante parecida al comienzo de La voluntad, de Azorín, el autor pasa de describir la sociedad de la época (capítulo primero) para acercar un poco más el zoom de su cámara y describirnos físicamente el centro escolar (capítulo segundo) y entrar ulteriormente de lleno en el ambiente educativo de la época en todos sus aspectos. Nada escapa a la visión del autos, que se adentra en ese microcosmos educativo infantil y juvenil con la mirada serena que dan los años de la madurez; es más, el autor ha sido tan intelectualmente honesto que no recata en exponer algunas de sus travesuras, que no describo a fin de animar al lector a que las descubra por sí mismo.

Pero hay algo que me ha llamado la atención, y es que en este breve ejercicio de evocación literaria, el autor aprovecha para hacer algún comentario que, aun expuesto de forma muy sibilina, nos permite reflexionar acerca del mundo educativo del hoy y de las enormes carencias que existen en pleno siglo veintiuno a pesar de todos los avances tecnológicos y legislativos. Por ejemplo, cuando describe el ambiente de las clases con una brillantísima comparación que finaliza en una docta lección de comportamiento infantil y adulto: “Los alumnos nos encerrábamos en las aulas como las fieras con el domador. El espectáculo de cada clase duraba una hora, y a la jaula entraba otro domador con otra técnica. En unos casos, los mimos y en otros, el látigo. De igual modo, había fieras dóciles y salvajes. Pero nunca se superaban las líneas rojas pues se mantenían en las aulas unas reglas básicas de respeto que jamás se sobrepasaban”, algo que debe sonar extraño en un mundo como el actual donde las líneas rojas tiempo hace se han sobrepasado por parte del alumnado con la complicidad de una casta política que, merced a una equivocada concepción de la libertad, ha pretendido imponer en las aulas una peculiar ley de la selva donde no siempre impera el más fuerte; los niños son niños y, por ende, traviesos por naturaleza, pero la diferencia entre la sociedad de entonces y la de hoy es que si Chaves puede decir que “Las burlas sobre algunos profesores, que las había, eran planteadas con caballerosidad y sin pretensiones de humillación. La finalidad era divertirse y no dañar a nadie […] Lo excepcional era el desafío frontal al poder establecido. No recuerdo forcejeos ni agresión física a profesor alguno. Tampoco actitudes de desobediencia chulesca”, hoy en día en pocas ocasiones podría hacerse extensiva esta reflexión a las burlas de los escolares de hoy, donde en muchos casos degeneran en auténticas afrentas personales hacia los docentes que, además, en no pocos casos cuentan con el apoyo incondicional de los progenitores, que siempre excusan a los retoños. Es maravillosa la enumeración y descripción de cada uno de los castigos físicos que por entonces se imponían a los churrumbeles (“capón, pescozón, torta y bofetón”) que de ser aplicados hoy en día por cualquier docente en incluso en su versión más dulcificada mejor sería para el hacer la maleta y salir corriendo del país, porque caerían sobre él todo el peso de la Administración educativa en su doble vertiente de Inspección educativa y sanción disciplinaria, y ello si no alcanza cotas más graves e interviene la severísima Fiscalía General del Estado señalando con el dedo acusador al peligroso delincuente y al Poder Judicial castigando con dureza tamaña felonía. El propio autor, en las líneas finales, tras exponer crudamente esa etapa con sus luces y sus sombras, indica que su experiencia personal “nada que ver con la fantasiosa y torcida imagen ofrecida por la película La Mala educación (Pedro Almodovar) que quizá represente algún caso aislado de alguna mala experiencia de la época, pero desde luego, distinta y distante de la etapa que viví en el Loyola”.

El gravísimo problema que aqueja actualmente la educación española viene de un doble frente: el familiar y el legislativo/social. El más grave es el primero porque los centros educativos tienen como misión principal enseñar, es decir, impartir unos conocimientos, mas no educar, misión ésta que corresponde en su mayor parte al núcleo familiar; más cuando este se resquebraja o sus miembros abdican abiertamente de esa misión haciendo dejadez de las funciones inherentes a todo progenitor, el resultado es el que es y no puede ser más triste. De otro lado, el frente legislativo/social no puede ser más desalentador. En un país donde desde la desgraciada LOGSE cada gobierno ha traído bajo el brazo su propia reforma educativa, exclusiva y excluyente (y, por cierto, cada una peor que la precedente) mientras que los resultados no son todo lo bueno que debieran, pues blanco y en botella. Y se llega a aspectos tan grotescos como a disfrazar hechos negativos con eufemismos tan hilarantes como intolerables bajo la falaz escusa de no herir sensibilidades; quienes ya rondamos la cuarentena hemos recibido algún que otro bofetón en la escuela, hemos sufrido castigos físicos y no físicos, hemos regresado a nuestros hogares cargados con una pesada maleta llena de libros y cuadernos donde teníamos que realizar para el día siguiente deberes de cada una de las asignaturas, amén de verificar cómo en las clases había alumnos listos y tontos (en algún caso, a los últimos se les calificaba de “burros” -quien más quien menos todos hemos escuchado alguna vez a nuestros padres y profesores decirnos cuando éramos pequeños: “¡Qué burro eres!“) y en modo alguno ello nos ha causado ningún trauma ni nos ha impedido culminar nuestra formación. Ahora los castigos tanto en su vertiente física como no física son intolerables, los deberes son una carga inasumible por el alumnado y desde los propios centros se está fomentando su eliminación, y las expresiones “torpe” o “burro” han sido desterradas del lenguaje educativo al ser presuntamente denigratorias, por lo que han sido sustituidas por otras mucho más acordes con los tiempos, tales como “rendimiento inadecuado”, “insuficiente desarrollo curricular” o la muchísimo más divertida “programa de ayuda a la diversidad” .

Es, pues, más necesario que nunca echar la vista atrás y ver qué cosas merecen la pena ser conservadas y cuales no. Por ello, y porque el lector disfrutará enormemente con este libro magníficamente escrito, merece la pena leer este libro de José Ramón Chaves.

RAMIRO DE MAEZTU Y SU “DEFENSA DE LA HISPANIDAD”. EVOCACIÓN CON MOTIVO DEL DOCE DE OCTUBRE

Ramiro de Maeztu

Madrid, 15 de diciembre de 1931. En las páginas de la revista Acción Española se publicaba un artículo del vitoriano Ramiro de Maeztu, que comenzaba con estas palabras: “España es una encina media sofocada por la yedra. La yedra es tan frondosa, y se ve la encina tan arrugada y encogida, que a ratos parece que el ser de España está en la trepadora, y no en el árbol. Pero la yedra no se puede sostener sobre sí misma. Desde que España dejó de creer en su misión histórica, no ha dado al mundo de las ideas generales más pensamientos valederos que los que han tendido a recuperar su propio ser”. En esa misma publicación fue dando a la luz poco a poco una serie de artículos que fueron ulteriormente recopilados con el título Defensa de la hispanidad. En ellas sostenía Maeztu la tesis central que España comenzó su decadencia cuando dejó de creer en sí misma, cuando abandonó modelos propios y en su lugar importó doctrinas foráneas. La idea coincide en parte con las tesis de Ortega (téngase en cuenta que éste fue influido por las tesis de Maeztu en varios puntos), es decir, que lo característico de una nación es la existencia de un proyecto de vida en común, proyecto que según Maeztu se habría perdido al apartarnos del ser tradicional patrio, cual fue el abandono de la religiosidad católica, y como tal la obra considerada en su globalidad es un canto a los siglos de oro españoles, una acerva crítica al siglo XVIII y, sobre todo, una reivindicación de un concepto clave y básico como es el de hispanidad. Aunque este concepto suele vincularse a Maeztu, en realidad no fue el vitoriano quien lo inventó, mérito éste que corresponde al sacerdote vasco Zacarías de Vizcarra, quien lo introdujo en un opúsculo publicado en Argentina en 1926, siendo en este país donde probablemente Maeztu entró en contacto con tal idea, dado que durante un par de años, entre 1928 y 1930, don Ramiro desempeñó el cargo de embajador del reino de España en la república Argentina. Seis años después, Ramiro de Maeztu caería asesinado el 29 de octubre de 1936 víctima de una de las innumerables partidas de distinto signo que pululaban por el Madrid revolucionario, por el único delito de ser católico y conservador. Quienes continuamente vuelven la vista atrás buscando el fantasma de García Lorca (trágica y vilmente asesinado en Granada víctima de una lucha de poder entre la CEDA y la Falange –no olvidemos que la familia Rosales, que había ocultado al poeta en su casa, estaba afiliada en pleno a la Falange y Luis Rosales hizo lo posible y lo imposible por salvar la vida de su amigo-) debieran recordar el trágico final de Ramiro de Maeztu, o el de su amigo y correligionario Víctor Pradera, este último aún más doloroso dado que junto a él se asesinó a su hijo primogénito única y exclusivamente por llevar el apellido Pradera y ser hijo de quien era.

Dado que mañana día 12 de octubre es el día de la hispanidad, quisiéramos aprovechar tal circunstancia para evocar la figura de uno de los grandes nombres del periodismo político español y una de las mentes más brillantes; no en vano Inman Fox, en la breve introducción a los artículos que Maeztu publicara durante sus primeros años como periodista (1897-1904) indicaba que tan sólo Miguel de Unamuno y José Ortega y Gasset pudieran superar a Maeztu en cuanto a la profundidad de pensamiento. Aunque hace ya cuatro años intentamos una breve evocación del personaje, conviene insistir en una idea central que recorre toda la trayectoria vital de Maeztu y que permanece inalterable pese a sus mutaciones ideológicas: la modernización e industrialización de España, circunstancia ésta que se encuentra formulada expresamente en Hacia otra España y subyace claramente en Defensa de la hispanidad. La única diferencia es el papel del factor religioso en ese proceso. El Maeztu regeneracionista se aparta de sus compañeros de generación; mientras éstos se centran en cantar las bellezas del sobrio paisaje castellano y de sus gentes, Maeztu contempla extasiado el paisaje industrial de Bilbao, sus chimeneas, sus minas, sus fábricas, a la vez que llama a la colonización de la meseta castellana. Son los años de sus “barbaridades” juveniles, del darwinismo social, en los que únicamente concede un papel preponderante al capital industrial que permita el establecimiento de industrias productivas que saquen a España del marasmo económico en que se encuentra. Remover todos los obstáculos que dificulten ese fin es la obsesión de Maeztu, y entre esos obstáculos se encuentra la Iglesia, mas no como ideología o confesión religiosa, sino como detentadora aún de un notable poder económico que hay que limitar. Pero la constante evolución de Maeztu, desde estos años iniciales de identificación expresa con el socialismo (al que, pese a todo, reprochaba su excesivo desapego respecto de los intelectuales) e incluso de lecturas anarquistas (con artículo dedicado al “príncipe Kropotkin” incluido), poco a poco, sobre todo tras su paso por la capital del Imperio británico y sus años de corresponsal de guerra en el conflicto bélico de 1914-1918, el papel de la religión va poco a poco introduciéndose en su pensamiento. Maeztu continúa abogando por ese crecimiento y colonización industrial, pero no a cualquier precio y por el simple objetivo del implemento económico: la riqueza debe estar subordinada a una finalidad concreta, y esa es la preservación de los valores que hicieron grande a la patria española, que en sus últimos años el vitoriano identificaba con esa misión común que en la época de los Reyes Católicos y de los Austrias guiaron la estrella hispana y su mundo, esa hispanidad a la que canta en su último libro. Porque Maeztu, pese a nacer en las Vascongadas y cantar la belleza de su tierra natal y de sus gentes (como hiciera también otro vasco ilustre y profundamente español, don Miguel de Unamuno, en los artículos que recopilaría en el libro De mi país) siempre se sintió profundamente español y se mostró abiertamente crítico con los movimientos nacionalistas.

Por cierto, que la Defensa de la hispanidad tuvo un lector muy especial, situado ideológicamente en las antípodas de don Ramiro, pero a quien las reflexiones de éste impresionaron de tal forma que incluso tomó la pluma para dirigirle una carta felicitándole por la obra. Ese lector se llamaba Antonio Machado. La carta la reproduce Federico Suárez en la extenso estudio preliminar que precede a la edición de Defensa de la hispanidad editada por Rialp en 1995.

Sobre Ramiro de Maeztu pesa una losa de silencio tan pesada como inmerecida. Autores que no llegan ni con creces a alcanzar la intensidad y profundidad del vitoriano cuentan con ediciones de sus obras completas y con estudios biográficos más o menos afortunados. Maeztu únicamente contó con el ensayo biográfico de Vicente Marrero que databa de ¡1955! (una obra imprescindible y muy completa, pero con un enfoque que distorsiona la figura del biografiado) y únicamente con la publicación de la biografía que en 2003 le dedicara Pedro Carlos González Cuevas y editada en Marcial Pons, podemos decir que Maeztu cuenta con ese estudio biográfico que permite entender mejor su vida. Su obra continúa dispersa: muchos de sus artículos continúan perdidos en las hemerotecas; las ediciones de sus obras (recopilatorias por temas) las hizo Editora Nacional en los años sesenta, con un intento de agrupación más extenso en el grueso volumen que con el título de Obra se publicó en 1974 coincidiendo con el centenario de su nacimiento. En los años noventa fueron reeditadas únicamente Hacia otra España, La crisis del humanismo y Defensa de la hispanidad. Ya es hora de que desde instancias oficiales o desde editoriales privadas se haga un esfuerzo por recopilar toda la obra de quien fuera uno de los titanes de la generación del 98 y uno de los grandes periodistas políticos españoles.

LAS SANDALIAS DEL PESCADOR: PELÍCULA Y NOVELA.

Las sandalias del pescador

Es quizá un ejercicio muy deseable comparar la versión cinematográfica de Las Sandalias del pescador, film dirigido en 1968 por Michael Anderson, con la novela del mismo título que sirvió de base para la adaptación a la gran pantalla. El film de Anderson se centra mucho más en los aspectos visuales, puramente estéticos de la pompa y litúrgica vaticana así como el papel de la Iglesia en unos tiempos de crisis. La novela de West aborda en efecto el tema de la crisis política mundial, pero de adentra en aspectos mucho más concretos y que afectan a personas con nombre y apellidos.

Es curioso que el personaje del cardenal Lakota lo interpretase Anthony Quinn cuando el actor en quien originariamente se pensó para encarnar a dicho personaje fue el británico Rex Harrison, personaje que quizá se adecuara más a la descripción que de Lakota se hace en la novela (y a quien, por cierto, en el libro se le describe como portador de una barba que luce para ocultar las cicatrices que le ocasionaron los tormentos que sufrió durante sus diecisiete años de cautiverio en la Unión Soviética, lo que hace manifestar a otro personaje que estamos ante el primer Papa barbudo en muchos años), y sorprende no poco que se dotara de una relevancia absolutamente inusual al personaje de Kamenev, encarnado nada menos que por Lord Laurence Olivier, cuando en la novela el personaje que encarna jamás aparece físicamente, sino a través de cartas recibidas por el pontífice ucraniano, mientras que el presidente chino Peng (a quien encarna el actor Burt Kwouk, más conocido como el criado oriental del inspector Clouseau en los films de la Pantera Rosa) no existe en la novela ni tan siquiera como simple mención. Sin duda alguna el duelo interpretativo entre Quinn y Olivier eleva la intensidad de la película.

Como ya hemos indicado, el film combina aspectos puramente estéticos con un hecho general y dos historias personales. El hecho general es la crisis política derivada del problema de abastecimiento chino, ocasionando un clima de tensión política que presagia un conflicto bélico chino-sovietico con posibilidades de extenderse a nivel mundial. Las historias personales se centran en la relación de amistad-fraternidad que surge entre el cardenal Lakota (después elegido Sumo Pontífice con el nombre de Kiril I) y el joven sacerdote David Telemond, así como en el triángulo protagonizado por el periodista George Faber, su esposa Ruth y la joven Ciara. Pues bien, si la primera parte del film es impagable dado que describe de forma absolutamente visual el proceso que la curia vaticana sigue en el momento de fallecer el Papa hasta la elección del sucesor, lo cierto es que la misma es quizá la que más se aparta de la novela. El libro comienza con las palabras “el papa había muerto”, siendo así que el film incluso aventura la presencia del pontífice a quien Lakota sucede, que es encarnado por sir John Gielgud. La presencia de David Telemond (a quien por razones que se desconoce se muta el nombre, dado que en la novela se llama Jean) desde los mismos comienzos del film como la persona que se desplaza a Moscú a recoger a Kiril Lakota es invención de los guionistas que, por cierto, escamotean otro dato esencial: Telemond (una especie de Theilard de Chardin que pretende cohonestar la profundidad de la fe católica con los avances de la historia y la paleontología –es decir, aunar fe y razón-) pertenece a la orden de los Jesuitas, y tras veinte años de viaje por el mundo es llamado a Roma por el padre general Emmerich, y su aparición en el libro es bastante tardía, pues se introduce ya superada la primera mitad de la obra.

Si en la película llaman la atención la profunda resignación a la vez que el sentido de la realidad que emana el personaje de Kamenev en contraste con la profundidad de la fe arraigada en Kiril Lakota, la novela es mucho más rica en matices. Lakota nunca vacila en su fe, pero ésta no es quizá tan sólida en el libro como en la pantalla, mientras que Kamenev es la persona que pretende culminar su carrera dentro de la jerarquía comunista llevando al país a su culmen mediante un acto de audacia política sin límites: entrar en contacto informal con el presidente de los Estados Unidos (a quien en la novela se denomina simplemente “Robert”) a través del Sumo Pontífice Lakota. En este sentido, las cartas que al papa dirige Kamenev son ciertamente un ejemplo de audacia extrema combinada con un profundo sentido de la realidad.

Aún tratándose de una misma obra, la película no desmerece en nada la novela salvo, a mi juicio, en un aspecto: lo tocante al periodista George Faber, a quien en la película se presenta como un reportero de televisión casado con una doctora y a quien le presentan a una joven que en principio parece destinada a ser su amante. En la novela el conflicto es mucho más rico en matices, porque, para empezar, Faber es el decano de los periodistas, no está casado pero sí viviendo una aventura con la joven Ciara, joven casada con un ministro de la República italiana de quien se pretende alejar solicitando de los tribunales eclesiásticos la nulidad matrimonial basándose en que su marido nunca tuvo intención de consumar el matrimonio al ser un reconocido sodomita. La riqueza de esta trama secundaria de la novela , los esfuerzos de Ciara por liberarse de las ataduras del matrimonio, unidos a los deseos de Faber de acelerar la disolución de dicho vínculo para poder contraer matrimonio con la joven mientras mantiene una profunda amistad con una joven doctora, es uno de los puntos más destacables de la novela.

Con todo, es aconsejable tanto la lectura de la novela como la visión de la película. A mí, personalmente, hay una escena que, aunque recogida de forma expresa en la novela, en la película cuentan con matices novedosos que agigantan la personalidad del cardenal Lakota. Me refiero a la “escapada” del pontífice Kiril I del Vaticano para recorrer la noche romana vestido con una simple sotana de sacerdote. Es entonces cuando acude a la humilde vivienda de un moribundo. Cuando le da la extremaunción y en la familia le dicen que son judíos, el “hombre de la sotana” (como jocosamente se refiere el papa Kiril I a sí mismo en esta breve escapada) entona un cántico judío al que se unen todos los presentes. Tan sólo por ver esa escena y la soberbia interpretación de Quinn merece la pena visionar esta película.