FRANKLIN ROOSEVELT CONTRA EL TRIBUNAL SUPREMO.

11-07-franklindelanoroosevelt-01

El 27 de mayo del año 1935, el presidente Franklin Delano Roosevelt entró en estado de shock. El principal instrumento legislativo que se constituía como elemento clave del New Deal, y en el que tantas esperanzas había puesto, era expulsado del ordenamiento jurídico.
En efecto, ese día el Tribunal Supremo de los Estados Unidos había dictado tres sentencias que suponían un auténtico varapalo jurídico para la Casa Blanca. Destacaba entre ellas la Schechter Poultry Corp v. United States, que declaraba la inconstitucionalidad de la National Industrial Recovery Act, aprobada por el Congreso de los Estados Unidos el día 13 de junio de 1933 y sancionada por el Presidente tres días más tarde. El chief justice Charles Evans Hughes (a quien un coetáneo describió como «semejante a Dios todopoderoso«) asumió la tarea de redactar la sentencia, que gozó del apoyo unánime de sus colegas anuló el texto legal sobre la base de que no sólo vulneraba el principio de separación de poderes (dado que la ley en cuestión efectuaba una amplísima delegación de funciones en favor del ejecutivo) sino que excedía las atribuciones que el texto constitucional otorgaba al Congreso de los Estados Unidos. El bofetón jurídico que el Tribunal Supremo había propinado al ejecutivo fue, pues, notable.
A Roosevelt no le sorprendió la oposición de algunos de los magistrados del Tribunal Supremo, pero sí que no esperaba una sentencia en su contra, y menos aún que la misma fuera unánime, dado que existía una enorme división interna en citado órgano judicial con dos bloques ideológicos equilibrados y con un magistrado, el juez Owen Roberts, que servía de equilibrio entre ellos. Precisamente debido a tal circunstancia, era de esperar que, por ejemplo, la concepción que de la división de poderes tenía James McReynolds (juez que, por cierto, en alguna ocasión se había referido en privado a Roosevelt como “ese hijo de puta”) le llevase a votar en favor de declarar la inconstitucionalidad de la ley. Pero un atónito Roosevelt llegó a preguntar a sus asesores “dónde se encontraban” Cardozo y Brandeis, dos de los jueces de talante más avanzado y que habían sumado sus votos a los del resto de colegas.
Roosevelt no logró digerir el golpe y rumió su venganza, que intentó consumar tras su victoria en las elecciones presidenciales de 1936. Una vez revalidada su mayoría, tomó una decisión a espaldas del partido, y que reveló sólo a su círculo más íntimo: intentaría fabricarse una mayoría en el Tribunal Supremo incrementando el número de miembros de dicha institución, lo que le permitiría nombrar jueces cercanos a sus posturas. Dicha iniciativa, que recibió popularmente el nombre de Court-packing plan, una vez se hizo pública fue recibida con enorme recelo, cuando no abierta hostilidad. La prensa, de forma casi unánime, mostró su oposición a lo que veía como un claro intento de orientar de forma burda la jurisprudencia del Tribunal Supremo en un sentido favorable al poder ejecutivo. Y aunque el mismo Roosevelt salió a la palestra a defender personalmente su iniciativa, la misma no logró recabar el apoyo ni de la propia formación que sustentaba al presidente.

Con todo, el propio Tribunal Supremo se encargó de dar la puntilla al inquilino de la Casa Blanca al denunciar sutilmente los verdaderos motivos que subyacían en la iniciativa. En efecto, Roosevelt había justificado su iniciativa para aumentar el número de jueces del Tribunal amparándose en la provecta edad de los magistrados que lo integraban (cuya media rondaba los setenta) y que ello tenía sus efectos en el ritmo de trabajo de la institución. Sin embargo, los propios jueces del Tribunal Supremo hicieron ver que no existía ningún retraso y que el órgano judicial tramitaba con mucha agilidad los asuntos que le llegaban, por lo que la excusa de las dilaciones no era cierta.
El proyecto con el cual Roosevelt pretendía hacerse un Tribunal a su medida estaba, pues, destinado al fracaso. La puntilla al mismo la ofreció un luctuoso acontecimiento. El 14 de julio de 1937, el Jefe de la Mayoría en el Senado, Joseph T. Robinson, senador por Arkansas y uno de los escasos apoyos del presidente, fallecía en su domicilio a consecuencia de un ataque al corazón.
No obstante, esa fue una dulce derrota, pues Roosevelt permaneció en la Casa Blanca durante doce años completos, lo que le permitió designar, cuando se fueron produciendo vacantes, nada menos que ocho jueces mediante el cauce ordinario constitucionalmente previsto.

Anuncio publicitario

1 comentario en “FRANKLIN ROOSEVELT CONTRA EL TRIBUNAL SUPREMO.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s