Es pública y notoria la opinión que el autor de estas líneas tiene sobre en juez Baltasar Garzón. Es igualmente vox populi que quien suscribe ha venido manteniendo que el máximo órgano de gobierno de los jueces estaba cometiendo, en el más generoso de los supuestos, una imprudencia temeraria al mantener a este sujeto en la judicatura, y menos aún en el órgano judicial en el que se encuentra. Pues bien, hoy ha saltado a la prensa en grandes titulares que el Consejo General del Poder Judicial ha iniciado los trámites para suspender cautelarmente a Garzón una vez el Tribunal Supremo ha apreciado indicios de que el juez ha cometido un delito de prevaricación. El personaje en cuestión tiene grandes defensores y grandes detractores, pero a nadie deja indiferente, y ello se traduce a nivel periodístico en diferentes valoraciones de la noticia, que enfrentan a partidarios y opositores al juez estrella por excelencia.
Las hazañas de este personaje, a quien en intervenciones anteriores en este mismo foro hemos denominado en varias ocasiones “payaso número uno” de la judicatura, son realmente siniestras y han sido convenientemente divulgadas en artículos periodísticos y en voluminosos libros de gran difusión, donde abiertamente se le imputaban actuaciones que en la más benévola de las interpretaciones hubieran debido suponerle varios expedientes disciplinarios. Recomiendo encarecidamente a los lectores de este blog que echen un vistazo a las breves pero jugosísimas páginas que el maestro Alejandro Nieto dedica en su libro El desgobierno judicial (tan brillante como injustamente silenciado por la doctrina oficial) a definir al juez estrella, así como al indispensable libro Garzón, juez o parte, de José Díaz Herrera, un estudio auténticamente demoledor para el juez, donde se relatan actuaciones auténticamente bochornosas del juez estrella, que revelan no solo un desprecio (cuando no desconocimiento) de la ley por el aún integrante del poder judicial, sino las pésimas instrucciones de sonoros asuntos con extraordinaria relevancia mediática, así como un irreprimible afán por hacerse con jugosos sumarios en manos de otros compañeros que, sin duda, no sabrían extraer a los mismos el partido que tendrían en las manos del juez por excelencia. Actuaciones tan bochornosas como la petición (¡¡en 2009!!) de una partida de defunción de Francisco Franco, Emilio Mola o Queipo de Llano son ejemplos de la particular interpretación de la ley que hace el sujeto, quien al parecer desconoce la existencia de la figura del hecho notorio. Las auténticas piruetas legales de este magistrado, que en numerosos casos bordeaban peligrosamente las fronteras de la legalidad, le han llevado a dar bandazos a sumarios en función de criterios estrictamente políticos y extralegales. Es, en la humilde pero firme opinión de quien esto escribe, no un juez independiente que aplica la ley, sino de un frustrado político que utiliza la ley en función de sus peculiares aspiraciones personales.
Hace ya tiempo que el señor Garzón debiera haber sido apartado sonoramente de la carrera judicial, pues cada minuto que permanezca en la judicatura continúa siendo un elemento perturbador y un foco de profundo desprestigio para la misma. No obstante, de una cosa no tengo la menor duda: el día en que el árbol caiga, serán muchos los que, antaño amigos y partidarios de la estrella mediática, se aprovecharán para extraer leña del mismo. Quien haya tenido la ocasión de leer la primera parte de El diecinueve de marzo y el dos de mayo, el episodio nacional en el que Benito Pérez Galdós narra la revuelta que acabó con el otrora todopoderoso valido Manuel Godoy, comprobará la generalización de la ingratitud ante el espectáculo de un ídolo caído.

Escrito por Monsieur de Villefort 







