UN CENTENARIO ARTÍCULO SOBRE JOHN JAY Y REFLEXIONES SOBRE LA OPOSICIÓN A JUDICATURA.

Oposiciones

La pasada semana un buen amigo, que había logrado superar los dos primeros exámenes de la oposición a judicatura, tuvo la mala suerte de quedar apeado en el tercero por un cúmulo de circunstancias adversas, haciendo que todo el tiempo y esfuerzo dedicado en cuerpo y alma a obtener una plaza (con jornadas diarias quince horas de estudio) se viniesen abajo en un instante. No obstante, siendo perfecto conocedor de su esfuerzo y su tesón así como de su inteligencia y fuerza de voluntad, estoy tan convencido de que su revés es pasajero como de lo arcaico y trasnochado de un sistema de selección que mantiene en esencia el sistema selectivo de hace un siglo, ignorando la mutación de las circunstancias. Pero es que, amén de ello, no es un secreto que quien suscribe está de acuerdo en el esfuerzo que supone el preparar una oposición hoy en día, esfuerzo que es tan loable como inútil por dos razones. La primera, porque se prima más que nada el elemento memorístico, es decir, en la repetición acrítica de los temas, lo cual es a su vez absurdo, no sólo por la motorización legislativa que hoy en día caracteriza nuestro ordenamiento jurídico (el absurdo llega al extremo de que, por ejemplo, los opositores a judicatura que celebraron su tercera prueba de selección hace apenas unos días debían acreditar el dominio de….¡legislación derogada!) sino porque nadie en su sano juicio (ya sea magistrado, juez, fiscal o funcionario superior) resuelve un asunto fiándose exclusivamente de su memoria. Segundo, porque lo que debería primarse (el razonamiento y la capacidad resolutiva para afrontar la resolución de asuntos) se orilla totalmente, y así existen algunos jueces que no sólo son auténticos ejemplos de indecisión, sino que ni tan siquiera dominan los más elementales rudimentos del lenguaje castellano, siendo sus resoluciones un ejemplo de lo que en la película My fair lady el profesor Henry Higgins calificaba de “asesinato a sangre fría del lenguaje.

No quisiera, por todo lo anterior, dejar de compartir con los lectores un artículo con el que me encontré la pasada semana en buceando en la web a la caza de artículos sobre el Tribunal Supremo de los Estados Unidos. Es un trabajo que tiene nada menos que ciento ocho años de antigüedad, pues se publicó en la Columbia Law Review en el mes de mayo del año 1906, cuyo título es John Jay, first chief justice of the United States, y que pretende ser una aproximación a la vida del primer Presidente del Tribunal Supremo de los Estados Unidos basándose fundamentalmente en la correspondencia particular del personaje biografiado. ¿Cuál fue la experiencia en el mundo del Derecho que aportaba John Jay para acceder al cargo? Más bien escasa. En 1768 se colegió como abogado, abriendo en 1771 un bufete con Robert Livingston, en el que permaneció hasta 1774, cuando entró en el mundo de la política al ser elegido delegado del Primer Congreso Continental. En 1777 fue elegido Presidente del Tribunal Supremo de Nueva York, su estado natal, en el que permaneció tan sólo dos años, pues en 1779 inició una carrera que se movió entre la diplomacia y la política. Embajador en España y en París, y Secretario de Asuntos Exteriores de los Estados Unidos bajo los Artículos de la Confederación, en 1787 fue un ardiente defensor de la Constitución federal, siendo uno de los autores, junto con Alexander Hamilton y James Madison, de los artículos que bajo el seudónimo de Publius, fueron publicados en la prensa neoyorkina y ulteriormente recopilados como libro bajo el título Federalist papers. Cuando Washington tomó posesión como primer Presidente de los Estados Unidos, a Jay se le ofreció continuar en el cargo de Secretario de Asuntos Exteriores (departamento que ulteriormente sufrió una mutación nominal pasando a denominarse Secretaría de Estado) o ser el primer chief justice. Jay optó por este último cargo, siendo así que en la carta que le remitió anunciándole su nominación, el presidente Washington le indicaba que “In nominating you for the important station which you now fill, I not only acted in conformity with my best judgment, but I think I did a grateful thing to the good citizens of these United States.” Su escasa experiencia como jurista práctico irritó a uno de sus colegas, John Rutledge, quien aspiraba secretamente al cargo, y le dolió tanto que una persona con tan escaso bagaje ocupase un puesto tan importante, razón por la que Rutledge dimitió como juez del Tribunal Supremo de los Estados Unidos para aceptar el cargo de Presidente del Tribunal Supremo de Carolina del Sur (cuando Jay renunció a su cargo en 1795, Rutledge se apresuró a escribir a Washington postulándose para el cargo de chief justice). No obstante, como indica el artículo anteriormente mencionado respecto a Jay: “It is certain that the trend of his mind was judicial, and although he had been busy with matters political and diplomatic, it is probable that they strengthened rather than weakened his powers of legal reasoning. He never was a partisan in the one-sided sense of the word, and he never decided any matter without a careful examination of the conflicting aspects in which it presented itself”. John Jay renunció al cargo de chief justice en junio 1795 al ser elegido gobernador del estado de Nueva York, puesto en el que fue reelegido, renunciando en 1801 no sólo a presentarse para un tercer mandato, sino para volver a su antiguo puesto pese a que le fue ofrecida esa posibilidad por el presidente en funciones John Adams. En ese año 1801 Jay se retiró de la vida pública, falleciendo en mayo de 1829.

Es cierto que estamos ante otro sistema, propio de otra sociedad y otras circunstancias, pero lo cierto es que quienes priman el memorismo acrítico olvidan que los mejores jueces de la historia estadounidense jamás han superado una oposición. No lo hizo John Jay, como hemos visto, pero tampoco John Marshall (su sucesor en el puesto, universalmente reconocido como the great chief justice), no lo hicieron Samuel F. Miller y Stephen J. Field, no lo hizo Louis D. Brandeis, no lo hizo Oliver Wendell Holmes, como tampoco lo hicieron tres grandes chief justices del siglo XX: Charles Evans Hughes, Earl Warren y William Rehnquist. En la actualidad, hay en el Tribunal Supremo de los Estados Unidos dos jueces que son paradigmas de dos modos diferentes de entender el Derecho, y a quienes nadie (ni siquiera los rivales ideológicos de cada uno de ellos) cuestiona su impresionante erudición: Stephen Breyer y Antonin Scalia; pues bien, ninguno es juez por oposición. Por otra parte, el actual chief justice, John G. Roberts jr es un magnífico jurista a quien nadie, ni siquiera los demócratas, han podido cuestionar en cuanto a su poderosa erudición y bagaje jurídico; tampoco ha pasado una oposición para acceder al cargo. Pues bien, desafío a cualquiera a que eche un vistazo a cualquier sentencia del Tribunal Supremo de los Estados Unidos y a cualquier sentencia del Tribunal Supremo de España. Que cada cual saque las conclusiones procedentes.

Como hemos dicho en un post muy reciente, puede que el actual sistema español de oposiciones a empleo público demuestre que un candidato ha hecho un innegable e impresionante esfuerzo por memorizar un temario más o menos amplio. Pero lo que realmente importa demostrar (es decir, cómo se enfrentaría a un caso real, la capacidad de razonamiento y, sobre todo, el sentido común –aspecto éste último al que hemos dedicado un reciente post-) parece carecer de importancia en los actuales procesos selectivos.

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