EL CASO NADIA O LA IRRESPONSABILIDAD DE LA PRENSA ACTUAL: NETWORK REDIVIVO.

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A finales del año 1898, cuando la prensa española reclamaba a grandes titulares la responsabilidad de quienes habían conducido al país a la pérdida de sus últimas colonias, un joven periodista vasco se atrevió a hacer autocrítica y lanzar un dardo envenenado contra los propios diarios, a quienes acusaba de haber sido los promotores del desastre. En un gesto de valentía sin límites, casi diríamos suicida para alguien que se ganaba la vida precisamente del periodismo, manifestaba entre otras cosas: “¡Depuremos las responsabilidades!…A las órdenes de ustedes, señores periodistas. Pero veamos, ante todo, si somos nosotros los más autorizados para lanzar la primera piedra […] Porque por ninguna parte hemos leído esos informes minuciosos, imparciales, escrupulosos, dignos, con que los grandes diarios de otros pueblos suelen ilustrar a sus lectores. Aquí no hemos visto más que noticias de reporteros, infundios de advenedizos ambiciosos y aduladores del poder o del perro-chico y artículos en los que se han hecho y deshecho, levantado y derribado, docenas de reputaciones, tan inmerecedoras de los elogios que se les prodigara, como de los ataques  con que se los desprestigió.“ El joven periodista se llamaba Ramiro de Maeztu, y el artículo donde hacía gala de tan gallarda actitud llevaba por título Responsabilidades, y debió parecerle tan certero que un año después lo incluyó en su libro recopilatorio Hacia otra España. Y conviene no perder de vista que a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX la prensa escrita era mucho más seria, rigurosa y profesional que sus sucesores en el siglo XXI.

Las citadas afirmaciones de Maeztu me vinieron a la memoria al albur del ahora denominado “caso Nadia”. Hagamos memoria. Hace no tanto tiempo un progenitor acudió a diversos medios de comunicación, escritos y televisivos, solicitando dinero para su hija enferma, dado que precisaba importantes cantidades de dinero para someterla a un oneroso tratamiento que por desgracia nuestro país no suministraba. Diferentes programas dieron su asilo al padre y a la niña, a quienes exhibieron en sus shows matutinos logrando beneficios recíprocos, pues mientras las emisiones incrementaban las audiencias excitando el pulso emocional del espectador con las lágrimas dolientes del padre y los inocentes correteos de la menor por el plató, la cuenta corriente del meritado progenitor alcanzaba las seis cifras. Ningún medio de comunicación se molestó en verificar si la historia era cierta o si no había en la misma indicios que permitieran cuando menos sospechar que existía gato encerrado. No. Lo importante era la conjunción de intereses entre los medios a la búsqueda de audiencias y los padres a la búsqueda de ingresos fáciles, de tal forma que la pequeña Nadia pudo ver a su padre convertido poco menos que en la versión masculina de La reina de Nueva York, aunque careciese de la gracia y la prestancia de Carole Lombard. Sin embargo, poco tiempo después saltó la liebre demostrando que esa emotiva historia no era más que un cúmulo de falsedades que encubrían un vulgar intento de estafa aprovechándose de la buena fe de la gente. El dinero recaudado no servía para sufragar el tratamiento médico de la menor, sino para satisfacer los caprichos de los progenitores, siendo detenido el padre cuando éste proyectaba la fuga. Fue entonces cuando esos mismos medios de comunicación que alzaron en volandas a una persona hasta el cielo de la fama le retiraron súbitamente los apoyos para hundirle en el cieno. A partir de entonces, esos medios que no tuvieron empacho en exhibir al ahora investigado por sus platós sin comprobar la veracidad de la historia, esos mismos medios que hicieron de la imprudencia su bandera, tratan de lavar su imagen de la manera más vil, rastrera y cobarde. No es que el sujeto no merezca algunos de los severos calificativos con que se le adorna, muchos de los cuales no es que le cuadren, sino que pecan de generosos. Pero uno se pregunta qué epítetos merecería esa prensa irresponsable, ese periodismo de salón que por un titular sacrifica todo lo que sea menester, incluso lo más sagrado para un periodista: la veracidad, antaño bandera, patrimonio y honra irrenunciable hasta para el más humilde gacetillero.

Hace cuarenta años, Sidney Lumet dirigió la película Network, ambientada en el mundo televisivo y en la lucha por las audiencias. En ella narra la historia de Howard Beale (impresionante Peter Finch, que ganó un oscar por su interpretación), quien en un ataque de ira porque va a ser despedido pronuncia un incendiario discurso en su programa de despedida que, sorprendentemente, cala en la población. Debido al éxito de su soflama la cadena da marcha atrás y le mantiene, pero nada es eterno, y las cifras de audiencia vuelven a caer mientras Beale se vuelve cada vez más difícil en su trato. La cuestión llega a tal punto que los productores no saben qué hacer para aumentar la audiencia, momento en el que una persona, en tono jocoso, propone nada menos que asesinar al presentador al iniciarse el programa. Lo que parecía una boutade dicha a modo de broma, fue tomada en serio, hasta el punto que uno de los directivos, Frank Hackett (encarnado por Robert Duvall), en plena reunión interroga a los presentes absolutamente en serio: “Well, the issue is: Shall we kill Howard Beale, or not? I’d like to get some more opinions on that”. Poco después, cuando se inicia el programa televisivo y Howard Beale saluda al público alguien se levanta y dispara sobre el presentador, mientras una voz en off indica: “This was the story of Howard Beale: The first known instance of a man who was killed because he had lousy ratings.” No cabe duda que lo que en el año 1976 parecía una exageración, hoy puede no serlo tanto. Pero lo que no deja de ser cierto es que a muchos programas que emiten hoy en día les es aplicable una frase pronunciada por Hackett cuando se le opone que su actitud vulnera todas las normas del periodismo responsable: “We’re not a respectable network. We’re a whorehouse network, and we have to take whatever we can get.”

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de Monsieur de Villefort Publicado en Opinión

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