DOS REFLEXIONES DE GEORGE WASHINGTON SOBRE EL PODER JUDICIAL.

George Washington

El 3 de abril de 1790, el Presidente de los Estados Unidos, George Washington, se dirigió por carta a los seis jueces del Tribunal Supremo, que iban a inicias sus desplazamientos por el territorio estadounidense para ejercer como jueces de circuito, en cumplimiento de las previsiones de la Judiciary Act. Dado que la nueva organización judicial era sensiblemente distinta a la conocida, por lo que se estaba ante un territorio jurídicamente sin explorar, Washington no sólo transmitió a los jueces su concepción de lo que había de ser una recta Administración de Justicia, sino que solicitaba expresamente ayuda a la judicatura, lo que hacía en los siguientes términos:

Caballeros:

Siempre he creído que el éxito y estabilidad del gobierno nacional, y en consecuencia, la felicidad del pueblo de los Estados Unidos, depende en alto grado de la interpretación y ejecución de las leyes. Por ello, en mi opinión, es importante que el sistema judicial no sólo sea independiente en su funcionamiento, sino lo más perfecto posible en cuanto a su selección.

Dado que van a iniciar su primer circuito, y puesto que en muchos aspectos nos hallamos ante un territorio inexplorado y que sería extremadamente útil conocer, creo apropiado dirigirme a ustedes para indicarles que tendré sumo gusto en recibir la información y observaciones sobre la materia que estimen oportuno trasladarme.

George Washington

La disposición del Presidente a recibir la información y las sugerencias que los miembros de la judicatura le trasladasen en cuanto al funcionamiento de un sistema absolutamente novedoso, era normal. Pero lo que llama la atención es la importancia que el Presidente de los Estados Unidos otorgaba no sólo al funcionamiento, sino a la selección de los miembros del poder judicial. La importancia que otorgaba a una judicatura independiente quedaba explicitada en la carta que apenas medio año antes, el 5 de octubre de 1789, había dirigido a John Jay anunciándole su nombramiento como Presidente del Tribunal Supremo:

Al proponeros para tan importante cargo, no actúo sólo de conformidad con mi buen criterio, sino confiado en que actúo de la mejor forma para los intereses del pueblo de los Estados Unidos. Tengo plena confianza en que por el amor que habéis demostrado a vuestro país, y vuestro deseo de promover el interés público, no dudaréis un momento a la hora de ejercitar vuestras habilidades, conocimiento e integridad que tan necesarias son en el vértice de un Poder que debe ser considerado la piedra angular de nuestro sistema político.

Así pues, la persona situada al frente del Poder Ejecutivo manifestaba expresamente su creencia en que para el correcto funcionamiento de un sistema político y para garantizar la felicidad de los ciudadanos, se precisaba un Poder Judicial independiente en su actuación ordinaria, y cuyos miembros debían ser elegidos cuidadosamente.

Por desgracia, la historia no siempre ha seguido las pautas que el ilustre virginiano indicara en sus escritos. Desgraciadamente, en nuestro país la independencia judicial siempre ha sido una quimera, y de hecho políticos hubo que proclamaron a gritos el fallecimiento de Montesquieu. Pero si la independencia ha sido (y en no poca medida, lamento decir que continúa siendo) una quimera, la selección de jueces es otro de los grandes problemas. Las oposiciones a judicatura siguen ancladas (al igual que el resto) en esquemas decimonónicos, donde los opositores han de confiar la suerte en la memoria y el cronómetro. En otras palabras, “recitar” bien la lección y, sobre todo, en el tiempo fijado, sin pasarse pero sin quedarse corto, pues en uno y otro caso ocurre como en el juego de las siete y media, cuyas reglas exponía de forma divertida y magistral don Pedro Muñoz Seca en el clásico La venganza de don Mendo:

Y un juego vil
Que no hay que jugarle a ciegas,
Pues juegas mil veces, mil….
Y de las mil, ves febril

Que o te pasas o no llegas.
Y el no llegar da dolor,
Pues indica que mal tasas
Y del otro eres deudor.
Mas ¡ay de ti si te pasas!
¡Si te pasas es peor!

Nuestra Administración de Justicia es arcaica, decimonónica y anclada en principios que el tiempo ha dejado obsoletos. Pero desgraciadamente nadie aborda con seriedad un esfuerzo modernizador. Superar viejos esquemas, modernizar realmente la Administración de Justicia no se consigue únicamente mediante la supresión física del soporte papel (tarea ésta que no pocos empleados públicos y no pocos Letrados de la Administración de Justicia miran con recelo, cuando no manifiestan abiertamente su oposición a la medida), que es algo puramente anecdótico. Se trata de racionalizar estructuras, replantearse la organización interna de los juzgados y, sobre todo, replantearse claramente el sistema de selección de jueces. No eliminando las oposiciones, no es eso lo necesario, pero sí replantearse las pruebas y, sobre todo, posibilitando el acceso por ramas ya desde el inicio. No tiene sentido que alguien con querencia especial por las ramas contencioso-administrativa o social deba sufrir durante un par de años un juzgado mixto, ni tampoco es de recibo que muchos integrantes de la carrera recaigan en esos órdenes jurisdiccionales simplemente por el deseo de huir (en ocasiones, me consta, que literalmente) de un Juzgado de Instrucción.

Sólo cuando se hayan logrado tales objetivos podremos felicitarnos por el correcto funcionamiento del sistema, por cuanto, como bien decía George Washington, el éxito y la estabilidad del mismo depende en alto grado de la interpretación y ejecución de las leyes.

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